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domingo, 30 de agosto de 2009

Patria y Democracia, ayer y hoy

Por: Alberto Rodríguez Barrera - Si bien “el porteñazo” del 2 de junio de 1962 dejó la trágica muerte de 100 venezolanos, seguía la tarea de construir una Venezuela enmarcada dentro de una Constitución y de unas leyes que ofrecieran asideros y fórmulas para erradicar del país el peligro de una conspiración que atentara contra las bases mismas de la nacionalidad. El extremismo pretendía sustituir nuestras libres instituciones por un régimen totalitario que aboliera la propiedad privada, que hiciera de las Fuerzas Armadas algo diferente a una organización regular y que convirtiera nuestra independencia como nación en un satélite comunista que buscaba impedir que pensáramos como hombres libres y nos transformara en autómatas, de forma antivenezolana y extranjerizante. En la Presidencia de la República no se perdían los hilos del pasado que definían nuestra trama histórica, había conciencia de que las obras de los hombres, unas u otras, quedaban como testimonio del esfuerzo común de los venezolanos por la construcción de la patria, que no es “artificial creación humana” sino producto de la historia en la sucesiva labor de generaciones ligadas por un común destino. Rómulo Betancourt resumía su visión histórica de la siguiente manera*: Demarcaciones administrativas del último cuarto del siglo 18 fueron eliminadas y de la unión de las mismas surgió una entidad política más amplia: la Capitanía General de Venezuela. Tenía la nueva entidad provincial una viril tradición, cuyas más firmes expresiones estaban unidas a los recuerdos de las rebeliones de Andresote y de Juan Francisco de León. Después surgían las rebeliones de Chirinos y Pirela, la conspiración de Gual y España, la de 1808 y las expediciones de Miranda. Finalmente, a partir del 19 de abril de 1810, las gentes de esta tierra configuraron los rasgos definitivos de la patria, herencia común, esfuerzo de todos. La conciencia nacional no les llegó a nuestros antepasados como regalo divino. La conformaron lentamente en el estudio, en la meditación, en la contrastación de las condiciones de la vida colonial. De ahí las agrias polémicas que se sostuvieron en aquellos días aurorales con el propósito de darle a la patria que nacía una filosofía política. Frente a los ideólogos, deslumbrados con las teorías políticas de los enciclopedistas o de sus voceros en la Asamblea Nacional francesa, la obra macerada, menos espectacular, de cuantos más realistas buscaban para las nuevas instituciones, las instituciones democráticas, fórmulas duraderas que aseguraran su permanencia. Bolívar, en Cartagena, señaló los defectos de esta etapa inicial y los problemas que suscitaría a lo largo del tiempo. El fracaso institucional de 1812 abrió el abismo sangriento de la guerra magna. El país se convirtió en campamento. Multitudes se trasladaban de una región a otra por las exigencias de las operaciones militares. Los campos estaban desolados. El comercio estaba paralizado. Al final de la guerra, Venezuela solamente poseía la gloria de las campañas increíbles y los laureles conquistados por sus hijos en Boyacá, Bomboná, Pichincha, Junín, Ayacucho, el Alto Perú. Después de la victoria, cuando llegó la hora del hacer, nos quedamos en las polémicas infructuosas. El hombre venezolano quería entregarse a la búsqueda de sí mismo. Los soldados intentaron colgar las viejas espadas gloriosas. Buscaban todos afanosamente darle un sentido institucional a la vida republicana que se iniciaba. Se engallaron, no obstante, las pasiones. Tras los ambiciosos surgieron los gritos airados de las montoneras. Los ideólogos trasnochados, los hombres de armas ambiciosos, pretendieron desconocer el imperio de la ley, los resultados comiciales. Fue, entonces, la hora de Vargas. Vino, luego, la de Monagas. Alrededor de esos polos ha girado fatídicamente nuestra historia, envuelta en las tremendas dificultades de esa desarticulació n estructural que ha presidido el desarrollo de nuestra economía desde los días coloniales. Tal dislocación fue el motor que condujo al dramático período de la guerra federal y envileció las llamaradas de las subsecuentes contiendas civiles. Carecíamos de tradición cívica legal y todo lo fiamos en aquella época a la fortuna de los caudillos y a las ruinosas empresas de las contiendas intestinas. Advino, entonces, un lento proceso de sedimentación popular que va de 1908 a 1936. Nuestro pueblo fue analizando, a veces subconscientemente, su propio discurrir. Tendencias políticas, filosóficas y económicas nuevas penetraron todos los sectores sociales. Esto conllevó a una reestructuració n de las fuerzas sociales y a nuevos programas políticos que contemplasen la realidad nacional. En primer lugar, surgió el hecho incontrastable de que sin excluir a ningún venezolano, todos éramos arquitectos en la tarea de construir la patria a la medida de nuestras fuerzas dentro de un sistema de derecho. En segundo lugar, se llegó a la conclusión de que solamente dentro de una organización democrática podíamos afianzar las bases de nuestro desarrollo nacional. Empatábamos así nuestro propósito con el ideal de los creadores de la nacionalidad. Ya la Primera República se había enfrentado con gentes que, como Coto Paúl, no aceptaban limitaciones al desarrollo de las tareas que exigía la hora. Si el anhelo popular no toleraba los pausados procesos que preconizaban los sociólogos de laboratorio, tampoco podía ser aceptado el apresuramiento como norma. El sistema democrático exige, como ningún otro, la educación popular y ésta no se alcanza sino mediante la metódica y penosa aplicación de programas cabalmente estructurados. La democracia es, en lo esencial, un asunto pedagógico; un lento proceso educativo que permite a las mayorías intervenir directamente en la vida colectiva. Es el proceso que facilita la transformació n del hombre en un miembro socialmente útil a la comunidad. Para lograr este anhelo y alcanzar esta meta, debemos darle al sistema democrático aquellas condiciones que no pudieron arbitrar los Padres de la Patria en la solemne hora de 1811: firmeza y seguridad institucionales. La lucidez del Libertador condensó en una frase lapidaria esta fórmula: “Sin estabilidad todo principio político se corrompe y termina por destruirse”. La gente que vive frente al último minuto, olvidada totalmente de la historia, no analiza la tremenda responsabilidad que se adquiere al pretender saltar etapas. Para lograr la estabilidad apetecida por todos los venezolanos debemos pensar en las condiciones básicas que aseguran la permanencia democrática: solidaridad y justo equilibrio social. Para asegurar la estabilidad es requisito indispensable al sistema democrático fortaleza y energía. Para algunos, democracia es agobierno, régimen inerte e inerme, cruzado de brazos, esperando como hecho inexorable que arrase con ella el hombre providencial o la montonera ahora disfrazada de grupos totalitarios. En realidad, lo fundamental es la firmeza institucional. La solidez del proceso democrático está en esa armonía institucional que garantiza a los ciudadanos libertad política y eficacia administrativa, fundamentos de la estabilidad, porque estas condiciones contribuyen a robustecer la estructura toda del gobierno popular. Ya el Libertador, en forma axiomática, formuló lo esencial de esta concepción: “El mayor vicio de un gobierno es la debilidad”. Al repasar nuestra historia sentimos una íntima satisfacción, decía Rómulo, porque en medio de los innumerables inconvenientes por los que se atravesaban en 1962, los venezolanos podían observar un cambio fundamental en nuestro proceso histórico. Un cambio decisivo. Frente a los fugaces ensayos del pasado surgía ante nosotros el hecho de que por primera vez un hombre elevado por el voto popular al ejercicio de la más alta magistratura de la República presidía durante cuatro años sucesivos la fecha inicial de nuestra declaración de independencia y soberanía. Esto era ya un índice en nuestro discurrir. Sin temores de ningún género, todos podíamos ahora enfrentarnos a las dificultades e interrogantes que ofrecía nuestro porvenir. La firmeza institucional de la República permitía ahora augurar mejores horas para todos los venezolanos, las cuales advendrían en la medida en que mantuviémos una tónica de quehacer cotidiano, en la actividad pública y en la privada; “y una actitud de vigilia y alerta para preservar y defender el estilo de vida libre y democrático que nos hemos dado, en ejercicio de propio y soberano albedrío”.

Unasur: gritos y susurros


Por: Antonio Sánchez García - ¡Alcahuetes y cómplices! Ni de la OEA ni de UNASUR: nada pueden esperar los demócratas de la región de esta camada castrista. Llegó la hora del relevo. Dios quiera apurarla, para contar con auténticos estadistas, no con los esperpentos que jugaron una vez más a escamotear sus obligaciones constitucionales.Se escuchó casi en un susurro, dicho por la voz rezagada y temblorosa del presidente Álvaro Uribe. Una acusación del tamaño de una catedral, dicha como al desgaire, que ninguno de los presentes dio por escuchada, a saber: que en Venezuela están instalados Timochenko e Iván Márquez. Una insignificancia: son los líderes fundamentales de las FARC. Dicho así al pasar, mientras esa corte de la mediocridad y la farsantería que con muy escasas excepciones - Alan García, del Perú, y en parte, muy en parte, Michelle Bachelet, de Chile y tras de ellos Lula, el presidente honorario del Foro de Sao Paulo - planteaba algo sensato, contribuían a escamotear el único tema que debió haber estado en la agenda de UNASUR y que sombreó sobre toda la jornada: el asalto a la democracia, que todos ellos en un rasgo de siniestra hipocresía juran representar, y que es perpetrado desde el corazón de Colombia por las FARC con la ayuda y la injerencia de Hugo Chávez y sus aliados del ALBA.Como unas serviciales marionetas todos los presentes, con la ya dicha excepción del Perú y en parte de Chile y la discreta complicidad de Lula da Silva, le hincaron los dientes al hueso de Álvaro Uribe. Que por razones inexplicables dejó en el tintero las razones de Estado de su alianza estratégica con los Estados Unidos, todas ellas reveladas hasta la saciedad en los documentos de Raúl Reyes. La razón de esa necesaria alianza estaba allí a la vista de todos, corporizada en cada uno de los presidentes presentes y sobre todo de la amable anfitriona, en un papel muy cercano al de una burdeliana administradora: porque salvo los Estados Unidos de Norteamérica ninguna de las naciones de la región están dispuestas a contribuir a la lucha contra las narcoguerrillas colombianas. Ni muchísimo menos a ponerle atajo a la voracidad dictatorial de Hugo Chávez y sus lacayos del ALBA. Tirada en un rincón, parienta pobre de la elegante cumbre de Bariloche, lugar de recreo invernal de la burguesía argentina: los pueblos de América y su doliente deudora, la democracia.Todos los presentes, salvo Uribe y Alan García, escamotearon el auténtico tema del debate: no la presencia militar de algunos cientos de soldados norteamericanos sino las democracias ensangrentadas por la ingerencia brutal del fascismo chavista, en cuyo proyecto estratégico se encuentra el derrocamiento de Álvaro Uribe y la entronización en Colombia de un gobierno títere que sirva al proyecto imperial del castro-comunismo chavista. En gran medida financiado por el narcotráfico, ante la pérdida de ingresos debido a la caída de los precios del crudo. ¿Por qué tanta preocupación de Chávez, de Correa y de Evo Morales por la presencia de aviones radares norteamericanos operando sobre territorio colombiano? ¿Por qué el horror a que sus conversaciones sean interceptadas? ¿Cuáles son las razones de Estado que hacen imprescindible impedir el espionaje electrónico en la región por parte de quienes espían hasta los suspiros de sus opositores? Por una razón de bulto, disfrazada de soberanismo: porque tales radares contribuirán de manera efectiva a ponerle coto a las FARC y demostrarán las rutas que sigue el narcotráfico desde sus fuentes de producción, procesamiento y distribución, de los cuales Bolivia y Venezuela son base territorial. ¿O vamos a olvidarnos del gremio al que pertenece Evo Morales, del que no oculta ni un ápice? Los cocaleros. Ningún alcance de nombres.Mientras en UNASUR los presidentes de la región - con la excepción de Alan García todos crías de Castro llegados al Poder por el azar del juego generacional -, insistían en el tema de las bases militares con presencia norteamericana, el fantasma de todos los chovinismos izquierdistas de la región, en Venezuela se enviaba a once trabajadores de la perseguida Alcaldía Metropolitana a una cárcel de alta peligrosidad y se postergaba una vez más la apertura del proceso contra el prefecto de la misma alcaldía, Richard Blanco. Como en el famoso poema del chileno Carlos Pezoa Véliz: en Bariloche “tras la paletada nadie dijo nada, nadie dijo nada…”Mientras todos los presentes armaban alharaca por la necesidad de constituir una comisión en visita para verificar in situ qué es lo que se traerá entre manos Álvaro Uribe con su alianza estratégica con los Estados Unidos, nadie insinuó siquiera la posibilidad de constituir una comisión de visita para inspeccionar in situ las reiteradas y sistemáticas violaciones a los derechos humanos que se cometen a diario en Venezuela. Todos, esta vez sin excepción ninguna, hicieron como quien oye llover. Lo mismo que hacen sus embajadores en la OEA, justificando la razón esgrimida por Insulza para no tocar el tema de la dictadura chavista en Venezuela: Chávez no lo autorizaría. Santa palabra que todos los presidentes latinoamericanos obedecen como ley divina. Ni a Brasil, ni a Chile ni a Argentina - ¡incluso ni a Colombia y México, lo que ya es el colmo! - les interesa tratar en la OEA lo que los demócratas venezolanos reclaman a gritos. A los gobiernos latinoamericanos hoy regentes la democracia, de verdad, verdad, les interesa un pepino.¡Alcahuetes y cómplices! Ni de la OEA ni de UNASUR: nada pueden esperar los demócratas de la región de esta camada castrista. Llegó la hora del relevo. Dios quiera apurarla, para contar con auténticos estadistas, no con los esperpentos que jugaron una vez más a escamotear sus obligaciones constitucionales

Frase del día

El lenguaje artificioso y la conducta aduladora
rara vez acompañan a la virtud.
CONFUCIO