mover

mover

miércoles, 15 de febrero de 2017

El Médico

De: Florencio Escardó - Seudónimo Piolín de Macramé










El Médico es el profesional al que llamamos para que confirme el diagnóstico que previamente nos hemos hecho.
Si coincide con nosotros, nos preguntamos porque lo hemos llamado; si no coincide, dudamos de su valor.
Si nos receta, pensamos que es mejor que el organismo se defienda solo.
Si no nos receta, pensamos cómo es que se nos va a pasar la enfermedad.
Cuando nos curamos, nos enorgullecemos de nuestra naturaleza.
Cuando nos empeoramos, maldecimos la torpeza del médico.
Si el médico es joven, decimos que no puede tener experiencia.
Si es viejo, que no debe estar actualizado.
Si sabemos que va al teatro, que no se da tiempo para estudiar.
Si no sabe nada de teatro, que es un inculto que desconoce la vida.
Si se viste bien, que quiere nuestro dinero para darse lujos.
Si se viste mal, que no sabe nada y por eso le va tan mal.
Si te cita varias veces, pensamos que acrecienta las visitas porque quiere aumentar sus honorarios.
Si casi no te cita, que no le importa y abandona al enfermo.
Si nos explica lo que tenemos, que nos quiere sugestionar.
Si no nos explica, que no nos considera suficientemente inteligentes para entenderlo.
Si nos atiende enseguida, creemos que no tiene pacientes.
Si nos hace esperar, que no tiene método y es un desorganizado.
Si nos da el diagnostico de inmediato, que nuestro caso es fácil.
Si tarda en dárnoslo, que no tiene ni idea y carece de ojo clínico.

En síntesis
El médico es el máximo pretexto de nuestra disconformidad.

Estas reflexiones sobre el médico fueron escritas hace más de 50 años por:

jueves, 9 de febrero de 2017

La ira del hombre común





Por: Andrés Hoyos - @andrewholes

Vivimos en tiempos de la ira del hombre común. Uso la palabra hombreen el sentido tradicional de “ser humano”, como la usa Aaron Copland para titular su famosa fanfarria, aunque no se me escapa que hablo de una ira que afecta más que todo al género masculino. De hecho, las mujeres fueron las primeras en reaccionar contra Donald Trump al día siguiente de su posesión. No sé si exista la ira de la mujer común, pero en todo caso será distinta y menos potente que su contraparte masculina.
En aquellas épocas que llamamos normales sin saber muy bien a qué nos referimos, el hombre común se muestra más o menos tranquilo y se contenta con ejercer sus prejuicios en privado. Pero, sin previo aviso, puede saltar de la pasividad al frenetismo, de la indolencia al deseo de aplastar al diferente, de la insignificancia al peligro. Lo que desata la ira del hombre común es alguna frustración constante, el desprecio reiterado de alguna élite, una acumulación de detalles aparentemente insignificantes, eso siempre y cuando surja un caudillo que canalice su ira, un ídolo sobre el cual el hombre común pueda volcar sus pasiones, un hombre poco común al que el hombre común pueda entregarse.
El alemán que se afilió al partido nazi y cometió atrocidades vistiendo el uniforme gris rata era un hombre común; los comisarios que enviaban a miles al paredón durante la Revolución bolchevique eran de lo más comunes; tanto los militares que en Colombia torturaban, como los paramilitares que masacraban y los revolucionarios que secuestraban y aplicaban un tiro en la nuca a sus secuestrados eran todos gente común.
El hombre común —según lo hemos visto hace poco en los seguidores de Trump y un poco antes en los de Chávez— se aferra a una serie de “verdades” inamovibles con una irracionalidad a prueba de balas. El hombre común resiente como lo peor que gente más educada, más elocuente que él, o simplemente diferente, le explique sus errores o le señale sus prejuicios. Considera que esas explicaciones y señalamientos son afrentas inaguantables; debe haber algo en extremo perverso, algo diabólico en un discurso de apariencia sólida que contradice sus “verdades”.
Los caudillos que tienen éxito en los tiempos de la ira del hombre común son aquellos que aprenden a hablar en el idioma de esa ira, que retroalimentan esas “verdades” con explicaciones maniqueas y descaradas. Quienes intentan reflexionar, matizar o desmenuzar lo que pasa son unos mentirosos y unos traidores. Y se notará que lo son porque se exasperan ante la irracionalidad del hombre común, ante su testarudez. Sí, lo verde es amarillo, el círculo es cuadrado, ¡y qué!
Por todo lo anterior, la ira del hombre común suele terminar muy mal. Un día, sin embargo, el hombre común tal vez regrese a su antigua pasividad y se alce de hombros. Dejará su ira, al tiempo que no sentirá remordimiento por el daño causado. No querrá explicar nada, no aceptará ninguna culpa, volverá a enjaular sus demonios y entrará a hibernar para años después, quizá, volver a despertar, si no le llega antes una muerte común, que lo sorprenderá rodeado de otros hombres, mujeres y niños comunes.
Tratados uno a uno y lejos de los caudillos que los enloquecen, estos hombres comunes pueden ser agradables y serviciales. De nada sirve vociferar contra el hombre común. La gente común es la mayoría de la humanidad. Uno, ufano o no, a veces también puede ser de lo más común.

viernes, 3 de febrero de 2017

Respete el Castellano










Más Castellano y menos anglicismos


·       Pasatiempo en vez de hobby.
·       Asesoría en vez de coaching.
·       Compras en vez de shopping.
·       Vestimenta en vez de outfit.
·       Apariencia en vez de look.
·       Registro de entrada en vez de check in . .
·       Registro de salida en vez de check out.
·       Apoyo o respaldo en vez de backup.
·       Contraseña en vez de password .
·       Fecha límite en vez de deadline.
·       Experiencia en vez de knowhow.
·       Correo-e en vez de email
·       Liquidación en vez de sale
·       Interruptor en vez de switch
·       Boleto en vez de ticket



Cuando escriba una oración interrogativa, coloque el signo de interrogación al principio y al final. Está escribiendo en Castellano, no en inglés. 

Cuando escriba una oración admirativa, coloque el signo de admiración al principio y al final. Está escribiendo en Castellano, no en inglés. 

Cuando escriba una exclamación. coloque el signo de admiración al principio y al final. Está escribiendo en Castellano, no en inglés. 

martes, 17 de enero de 2017

ATENCION: Tips de Seguridad

Italo Alliegro: A continuación les comparto tips de seguridad diarias. Téngalas presente: 


*1.* No deje que los delincuentes lo sorprendan en ningún momento del día, por lo que debe estar atento SIEMPRE a su entorno.

*2.* Todo lo que vea y le parezca raro ¡ES RARO! por lo tanto desconfíe y aléjese.

*3.* Eche gasolina en estaciones de servicio donde haya muchos carros.

*4.* Nunca, nunca espere a alguien dentro del carro estacionado.

*5.* Antes de entrar al estacionamiento de su casa, de 2 vueltas a la cuadra si tiene dudas.

*6.* Si tiene moto de alta cilindrada no se pare a nada. 

*7." Si entra a un local, cafetín, restaurante, etc. no de la espalda a la entrada, Cuente las personas, ubique los sospechosos y visualice dónde pondrá el celular si lo atracan.

*8.* Los carros con vidrios muy oscuros pueden servir para que los choros lo secuestren en su propio carro. Los choros no hacen secuestro express para ruletear a la víctima en un carro sin papel ahumado.

*9.* El 80% de los malandros usan gorras.

*10.* Motorizado rodando por acera es choro y si van dos, más todavía, sospeche de TODOS los motorizados, mas vale prevenir.

*11.* Si no tiene práctica y no es bueno usando armas ¡NO LAS USE! Y si sabe usarlas y  tienes varias en casa, guárdelas en puestos diferentes y listas para usar.

*12.* Use una clave o palabra secreta con sus hijos por si alguien tiene que buscarlos al colegio o a cualquier otra parte en su nombre

*13.* Entrene a sus hijos y a su familia para que no den información por telèfono a desconocidos, nunca deben decir "mis padres no están en casa" sino "ellos están ocupados ahora y no pueden atenderle....deje el mensaje y yo les digo".

*14.*En la calle, si ve un tipo raro, cambie de sentido y si se siente en peligro,  corra.

*15.* No de información personal mas que la necesaria  cuando vaya a un curso o  en una garita de vigilancia, pregunte para qué quieren sus datos, quién los pide? etc.

*16.* Si ve el semáforo en rojo desde lejos, baja la marcha para que cuando llegue a él esté en verde.

*17.* De noche nunca se detenga ¡NUNCA!

*18.*Los malandros no son fantasmas, salen de algún lado, por lo tanto, atento cuando vaya a montarse en el carro o a entrar o salir del  estacionamiento, eche un vistazo antes.

*19.* Si hay un carro de vidrios oscuros frente a su casa ¡NO ENTRE!

*20.* Tenga cuidado con los escoltas, gente de vigilancia, etc., por lo general son los que te delatan.

*21.*Son sospechosos tipos parados en la esquina con la moto prendida y hablando por telèfono.

*22.* No permita que un extraño se le acerque. 

*23.* NUNCA, hable por teléfono encima de la moto o con la puerta del carro abierta (así esté en un estacionamiento).

*24.*No busque problemas en la calle.

*25.* Si viene un carro cambiando luces déjelo pasar.

*26.* El celular en la calle en modo vibrador. Usarlo lo menos posible.

*27.*Practiquen con la  familia qué se debe hacer y decir, unánimemente, en caso de que entren a nuestra casa y los sorprendan adentro, decidir quién va a hablar

*28.*EN LAS FOTOS EN LAS REDES ¡NO PONGA A LOS NIÑOS!

sábado, 7 de enero de 2017

9 Maneras comprobadas para recuperar tu vista














Un principio básico de la medicina es que si utilizas algún músculo se vuelve más débil. Al igual que otros músculos, necesitas entrenar los de tus ojos para que funcionen bien. En Genial.guru reunimos nueve maneras comprobadas para hacerlo.
1. Evita sobreesforzar tus ojos durante el día. Ciérralos durante algunos minutos y disfruta de la paz cada 2-3 horas.
2. Estos son 16 ejercicios básicos que puedes hacer para entrenar tus ojos. Hazlos cada día en el orden indicado.
3. Si usas lentes, reduce el tiempo que los traes puestos de ser posible. Quítatelos lo más seguido que puedas.
4. Dale un masaje a tus ojos usando movimientos suaves circulares que van por los puntos del 1 al 6, como lo muestra la imagen.
Usa tus dedos medio e índice para presionar tus ojos. Debes sentir una presión ligera pero definitivamente nada de dolor o incomodidad mientras realizas estos movimientos.
5. Cuando salgas a pasear al aire libre, intenta mirar a la distancia más que enfocarte en lo que está debajo de tus pies o en cercanía inmediata.
6. Bebe jugo de zanahoria tantas veces como puedas (de preferencia, cada día).
Si quieres sacar el máximo beneficio, agrega una o dos gotas de aceite de oliva. No arruinará el sabor y, en cambio, te ayudará a absorber los elementos nutritivos del jugo de zanahoria con una mayor eficiencia.
7. Cuando sientás que se te cansaron los ojos, lávalos con agua tibia.
8. Intenta no mirar la pantalla de tu computadora, TV o teléfono inteligente al menos dos horas antes de que vayas a dormir.
9. Intenta practicar ejercicios hindúes para los ojos, Trataka (https://www.youtube.com/watch?v=0197JsrWekM). Esto les ayudará a tus ojos y a tu mente a mantenerse enfocados.
Siéntate mirando un objeto inmóvil en un lugar abierto (una vela, por ejemplo). Enfoca tus ojos y toda tu atención en él. Intenta no parpadear. Trata de tener una imagen clara y detallada en tu mente y memoria.
Cierra los ojos y enfoca tu atención en el espacio entre tus cejas intentando mantener la imagen del objeto en tu cabeza durante tanto tiempo como puedas. Hazlo durante aproximadamente 10 minutos.
El objetivo de este ejercicio es alcanzar a tener una imagen clara de algún objeto antes de que tus ojos se cansen.

Tomado de: https://genial.guru

domingo, 1 de enero de 2017

Diez consejos para mejorar la memoria


Dos de las mentes más entrenadas en Latinoamérica explican cómo ejercitarla a diario.  

La memoria es una de las llamadas funciones cerebrales superiores y aunque existen diferentes tipos, no es un patrimonio exclusivo de los humanos. 

Por otro lado, a veces la gente solo relaciona el término con tareas comunes como recordar nombres, fechas, números de teléfono o incluso, dónde dejaron las llaves. 

Aunque el tema de la memoria merece análisis más profundos, vale la pena saber que esta función se puede entrenar y que con disciplina se pueden alcanzar niveles asombrosos de recordación. Juan Pablo Duque (récord sudamericano de memoria modalidad número PI) y David Cantor (récord nacional de memoria orear modalidad cartas de naipe), considerados como unas de las mentes más entrenadas de Latinoamérica, nos dicen que sí es posible entrenar la memoria y mejorar la atención y la concentración. 

De ellos son estos diez consejos para impactar en las neuronas y mejorar la capacidad natural de memorizar. 

Ejercítese antes de dormir 
Recorrer los pasos es uno de los ejercicios más prácticos que requieren mayor concentración y ejercitación, de un alto porcentaje de nuestro cerebro. La idea consiste en tratar de recordar todo lo que se realizó durante el día, antes de acostarse a dormir, desde la cosa más insignificante, ¿qué comió al almuerzo?, hasta información más compleja como recordar cuántas personas se encontró en el día (nombres, caras), esto hasta convertirlo en un hábito de ejercicio diario. 

¿Cómo memorizar un nombre de una persona? 
“¡Ah!, sí, conozco su cara, pero no acierto con el nombre”. ¿Le suena familiar?, pues bien, con esta recomendación lo que se busca es que deje de pasar por la pena de usar denominaciones como ‘señor’, ‘amigo’, ‘vecino’, ‘sumercé’, y no llamarlas por el nombre verdadero. Lo primero que debe hacer es escuchar con atención cuando le presenten una persona, puesto que en ocasiones se cree que con solo dar la mano y responder “encantado de conocerlo”, ya se memorizó el nombre con toda exactitud. Como sugerencia, si no entendió bien el nombre, ¡asegúrese de haber oído bien cómo se llama la persona que le presentan! Cuando tenga el nombre claro, haga una asociación con alguien que ya conoce o con un personaje famoso, por ejemplo: ‘Juan Pablo’ es un nombre muy común y por lo mismo se olvida más rápido, entonces lo puede asociar con el papa ‘Juan Pablo II’ o con ‘Juan Pablo Montoya’. 

Use su mano no dominante 
Utilice la mano que no es dominante para realizar diferentes actividades diarias: si es zurdo use la derecha y si es diestro use la izquierda. Empiece en algo tan básico como tomar sopa o cambiar el reloj de mano, después aumente la complejidad en accionescomo cepillarse los dientes o enjabonarse, hasta llegar a utilizar el ratón del computador y poder escribir con la mano no dominante. 

Gimnasia cerebral 
En cuanto a la gimnasia cerebral, primero hay que definir el término acotación: “Son ejercicios que, coordinados y combinados, ayudan a ejercitar nuestros hemisferios cerebrales”, de tal forma que si realiza movimientos con su cuerpo, va creando una conexión interhemisférica en donde según el grado de complejidad, es mayor la ejercitación cerebral. 

Cambie rutas 
De ahora en adelante vaya al trabajo, lugard e estudio o sitios que normalmente frecuenta utilizando una ruta diferente a la habitual, así tenga que utilizar un medio de transporte diferente para movilizarse. Esto hará que su cerebro se impacte y tenga que crear nuevas conexiones neuronales, con las nuevas rutas que empiece a crear para ir a los diferentes sitios de destino. 

Curiosée en el transporte público 
La próxima vez que se suba al transporte público trate de observar a las personas, después enumérelas y clasifiquelas en grupos diferentes. Empiece con algo sencillo como: ¿cuántas personas están sentadas y cuantas de pie? Esto hará que se entrene en la capacidad de atención y concentración, a la vez que hará gimnasia cerebral mediante cálculos matemáticos sencillos de suma; verá que cada vez se le facilitarán más las operaciones matemáticas, y lo hará a mayor velocidad. Otros tipos de agrupación posible son: ¿Cuántos hombres y mujeres hay? ¿Cuántos están durmiendo? ¿Cuántos van elegantes e informales? ¿Cuántos van hablando o utilizando su teléfono celular? ¿Cuántos van escuchando música? 

Cambie las rutinas 
Haga cosas diferentes. Oblíguese a salir, conocer y charlar con personas de diferentes edades, trabajos e ideologías. Experimente lo inesperado, use las escaleras en lugar del ascensor, salga al campo si vive en la ciudad o salga a la ciudad si vive en el campo. Trate de utilizar sus sentidos cuando cambie sus rutinas, esto hará que mejoren sus memorizaciones futuras. 

Identifique las monedas 
Ponga en su bolsillo varias monedas de diferentes denominaciones y al introducir la mano tome una e identifique de qué denominación es; al sacarla del bolsillo revise si era correcta o no la respuesta y continúe así con todas las monedas. 

Ojos cerrados 
Con los ojos cerrados realice actividades cotidianas como vestirse o bañarse, verá cómo notará más texturas y experimentará sensaciones que nunca antes había percibido. 

Cambie las cosas de lugar 
Si sabe dónde está todo quiere decir que el cerebro construyó un mapa mental de la ubicación de las cosas de la casa, por lo cual cambie las cosas de lugar para que el cerebro tenga que crear este nuevo mapa mental y así desarrolle nuevas conexiones neuronales. Por ejemplo, cambie el lugar de la caneca de la basura, verá la cantidad de veces que tirará el papel al viejo lugar, o cambie de lugar la mesa de noche y los productos de aseo que usa diariamente.

Tomado de: http://www.grandesmedios.com/diez-consejos-para-mejorar-la-memoria/

viernes, 23 de diciembre de 2016

Alrededores de la ausencia









Por: Noël Devaulx


Estaba leyendo en el quiosco chino cuando un campanilleo tan leve que habría podido creerse un engaño del viento me hizo dejar a un lado el libro y aguardar una confirmación. Y en efecto, luego se oyó un segundo llamado, aún más incierto y menos diverso de los ruidos del campo. Salí del pabellón echando pestes contra el intruso, algún vagabundo que acudía a mendigar pan antes del viernes, día en que se lo distribuye a los pobres, cuando vi una chiquilla de ocho a diez años que en puntas de pie trataba de alcanzar el cordón para llamar por tercera vez. Había dejado, junto a ella, una maletita como las que yo solía preparar de niño, para mis viajes imaginarios, pero envuelta en una funda que a mí no se me habría ocurrido y que daba visos de autenticidad a ese vagabundeo precoz. Por fin alcanzó el cordón provocando un sostenido repiqueteo que la dejó totalmente aturdida, tanto más cuanto que los postigos de la cocina restallaron y apareció en el umbral el ama de llaves, muy tiesa en su ropa de domingo y dispuesta a dar una lección a la descarada, sorprendida en flagrante delito. Me adelanté para evitar un drama, escoltado de cerca por Madame Grande Yvonne, nombre que la gobernanta debe a mi hermana mayor, de quien fue nodriza, y al cual se ha agregado el título de “Madame” para consagrar sus altas funciones.
-¿Adónde vas, pequeña? -le pregunté con ese tono con que intentaba simular ante los pilletes ladrones y depredadores de nidos una severidad de propietario, y que reforzaba aún más la costumbre que tengo de aconsejar paternalmente a los niños.
-Aquí -respondió.
No pude disimular una sonrisa, y ella, que sin duda aguardaba ansiosamente el resultado de su treta, rompió a reír, tranquilizada, con una confianza que me conmovió.
Del mismo lado de la reja y de las convenciones, Madame Grande Yvonne y yo examinamos estupefactos a aquella visitante extenuada pero decidida, encantadora aunque vestida como una pobre, y sin confesárnoslo ya habíamos consumado la mitad de la traición. Así entró ella en nuestra casa, en nuestras vidas -digo “nuestras” porque mi mayordomo con faldas fue conquistado tan rápidamente como su amo-, con tanta naturalidad como si siempre hubiéramos formado parte de su imperio infantil.
Aquella misma noche, cuando se quedó dormida (cosa que conseguimos no sin dificultad, debido, creo, al enervamiento del viaje, o a nuestra torpeza, pues tan pronto la reñíamos como la acunábamos), celebramos un consejo, en el que después de haber cambiado graves reflexiones sobre la tristeza de los tiempos y el abandono de la infancia, y de haber examinado minuciosamente las hipótesis más pesimistas sobre el sentido moral de los padres, confeccionamos la lista del ajuar, de las provisiones y aun el programa de estudios, que no puedo releer sin reírme: estaba lejos de pensar que mi humilde colaboradora desempeñaría en esto un papel rector, por su competencia en los quehaceres domésticos y su conocimiento de las cosas del campo. A tal punto exageramos nuestras propias luces…
La casa es lo más incómoda que se pueda imaginar y toda en corredores; una casa solariega que han desfigurado sucesivamente los granjeros que la arrendaron mucho tiempo y el gusto por un medioevo excesivo que profesaba la tía de quien la heredé. La fachada, un poco seca, cuidadosamente desahogada de rosales trepadores y de las asimetrías que en ella aclimataba la vida, es de un hermoso fin de siglo XV. Sobre el granito se destacan los marcos de la puerta y de las ventanas, en.piedra azulada de Kersanton. Ese rostro terroso de ojeras profundas se rodea de geranios frescos y de rosas, como de una vieja beldad.
A no ser por el absurdo de un quiosco chino de vidrios multicolores, por las yucas, por un presuntuoso jardín de invierno, el conjunto no estaría desprovisto de armonía. Un huerto rodeado de gruesos muros favorables a las plantas trepadoras, rebosante de flores y legumbres, prolonga la casa, de la que está separado por una zanja antaño unida al estanque, pero que hoy parece no tener otra razón de ser que esa encantadora pasarela sobre la que se abre la puerta de la torre. Una higuera se agobia hasta rozar las ventanas de la trascocina. Cada una de las tres entradas restantes se halla en mitad de un muro, de suerte que los cuadros están repartidos con tierna simetría entre dos alamedas perpendiculares. En el centro, los castaños circundan un estanque encenagado por las hojas muertas. El recinto está tan bien protegido por sus altos muros y el ruedo de árboles, que una mimosa ha consentido en instalarse en él, seducida por el sal y el zumbido de las abejas. Vista de aquí, con su ancho tejado que se inclina para abrigar la torrecilla, la casa cuya fachada es quizá demasiado grave me parece más dulce y más familiar.
Este doble carácter de vieja barraca conmovedora y de mansión señorial vuelve a encontrarse en la disposición de sus dependencias. Raras son las habitaciones de acceso directo. Algunas se abren sobre la escalera de caracol, otras en corredores sombríos, limitados por las paredes de inmensas salas. Este loteo, practicado con tanto acierto como en los terrenos suburbanos, ha cortado en dos una gran chimenea o un ajimez cuyo arquibanco ha sido sacrificado. Es justo añadir que las paredes de abeto están cubiertas de falsos tapices a los que indefinidas hileras paralelas de leones rampantes dan cierta atmósfera heráldica.
Los cuartos serían tristes si el paisaje que desde ellos se contempla no fuera una fuente siempre renovada de satisfacción y de paz. Una avenida maestuosa, concebida para el regreso de las partidas de caza sobre la blanda alfombra del otoño, donde ya no se aventuran las calesas, sube desde la hondonada donde se recata la casa solariega, y su larga procesión hacia la campiña a menudo brumosa lleva el espíritu a esas colinas boscosas al pie de las cuales se presiente el mar. Esta avenida casi regia, desproporcionada a la casa adonde conduce, dispone las hileras de sus hayas en una espaciosa nave central y en dos naves laterales que forman una masa frondosa y compacta, a la que se ordena todo el paisaje circundante. A cien pasos de la reja embiste bruscamente el muro cubierto de musgo, que a través de un pórtico ruinoso solo deja pasar la alameda central; y esta cruza sobre un terraplén lo que antaño fue un estanque. Lo divide esa elevación del terreno en dos saetines, entre los que trabajaba un molino: el molino es ahora la casa del cuidador, y el estanque una pradera. Olvidaba la exquisita capilla cubierta de un tejado tan bajo que de a trechos lo roza la hierba, y al que el único vitral levanta sin ceremonias para mirar curiosamente a las visitas.
Ese nuevo mundo, con sus archipiélagos y sus colonias, fue apenas un bocado para nuestra fugitiva. Ya al día siguiente de su llegada, en un abrir y cerrar de ojos y en dos o tres excursiones vertiginosas, había explorado el dominio a su manera. Comprendí en seguida que, contrariamente a lo que yo imaginaba de una visión infantil (en la que me parecían preponderantes ciertos detalles que nosotros no habríamos advertido), era el conjunto lo que poseía para ella una fisonomía y sin duda un olor especial; y el afectuoso conocimiento que en nuestros mejores momentos tenemos de una casa, de un paisaje, debía ser, si no me engaño, su manera habitual de percibir.
Lo cierto es que, una vez libre, cuando hubo adoptado el perro del molino, el bebé de la cuidadora y una coneja con una graciosa mancha en la nariz, debí ejercitar una tenacidad poco común para persistir en el interrogatorio que me había parecido hábil postergar hasta que descansara esa primera noche. Aun así, mis preguntas más premeditadas solo obtuvieron resultados irrisorios.
Debí recurrir a la Grande Yvonne, cuyo empirismo apenas consiguió algunas ventajas secundarias. Concluimos que la niña debía ser huérfana, no porque esto respondiera a nuestros secretos deseos, sino porque cuando tratábamos de interrogarla sobre su madre, su mirada se clavaba a lo lejos, y esa palabra no despertaba en ella ninguno de los sentimientos violentos que habíamos temido. A juzgar por vagos indicios, nos pareció que pertenecía a una familia acomodada, pero su país, por mucho que insistiéramos, era imposible de identificar, y se reducía a un palomar suficientemente reconocible por su rumor de alas y a un camino interminable cuyo valladar estaba poblado de cantos.
Apenas habíamos extraído de sus descripciones un dato utilizable cuando lo enredaba todo de nuevo mezclando elementos visiblemente imaginarios, o bien, no teniendo ojos más que para el presente, añadía: “Este es mi país”, y llevaba la confusión a su colmo. Su equipaje no pudo suministrarnos indicios más coherentes: un perro de lana negra al que le faltaba un ojo y al que todas las noches había que acostar a su lado era, con un chaleco descosido, lo que en él había de más explícito. La funda no traía inicial. En aquel revoltijo reconocí también una budinera aplastada, un carretel vacío, los restos de un ajuar, cintas, hilo de seda rosa y una gruesa aguja de zurcir.
Después de darle mil vueltas al asunto, decidí publicar un anuncio donde no sin repugnancia y contra la formal opinión del “Concejo” incluí su fotografía. Presté mi declaración ante los gendarmes y el secretario de la Alcaldía, quienes me escucharon con el más vivo interés. El secretario, antiguo patrón de barca, enternecido y deseoso de complacerme, tomó el asunto tan a pecho y desplegó tanto celo que bien pronto evité encontrarlo, cansado de enterarme diariamente de sus nuevos descubrimientos y de oírle decir que seguía una buena pista. Al mismo tiempo consulté a mi abogado en vista de una posible adopción.
Bien pronto fue necesario aceptar la evidencia: la gramática y la aritmética le disgustaban tanto como la atraían los quehaceres domésticos y la cocina. No porque fuese poco dotada, sino porque sin duda su herencia la inclinaba más a los trabajos manuales que al estudio, contradiciendo una distinción natural en sus modales y manera de expresarse, que me había asombrado desde el primer momento. Me prestó un poco más de atención en botánica y geografía, en lo que yo mismo estaba muy flojo y reducido a los manuales. Su obediencia era ejemplar, mas resultaba tan evidente que se aburría, y se embrollaba de tan buena fe en la terminología más elemental, que después de haber perseverado honestamente un mes, variado mis métodos, amenizado la clase con sesiones de prestidigitación y gritos de animales -cosas todas estas por las que revelaba pronunciada afición-, debí inclinarme ante el cepillo y la gamuza. Pero si bien los quehaceres domésticos y las labores de aguja ejercían sobre ella tal seducción (lo que llenaba de orgullo el corazón de Madame Grande Yvonne), no por eso dejaba de ser el juego su verdadero elemento, y el vaciado de un flan o de una tarta no podía alejarla por mucho tiempo de un partido de croquet.
Como yo vacilaba en darle por amigos a los ganapanes de la aldea, brutales y mentirosos, de suerte que los compañeros de su edad quedaban reducidos al chico del molino y al viejo podenco, sacaba de su propia cosecha los figurantes y el decorado de una comedia inagotable. La vida familiar y social: comidas, viajes, visitas, constituía el tema de una especie de ballet con transformaciones parecidas a las de un sueño, donde un poco de barro resultaba una torta de chocolate y una hoja de acebo un escalope; donde ella misma interpretaba los personajes más diversos: un guarda de tranvía, sugerido por una hilera de sillas; el salvaje emplumado y armado hasta los dientes, cuya vida primitiva transcurría bajo una alfombra sostenida por un palo de escoba; el ama de casa afligida por una criada insoportable, y esa misma criada charlando con el almacenero.
Pero me equivocaría si dijera que esta pasión del juego era una pasión exclusiva, pues la Grande Yvonne, muy piadosa ella misma, me hizo notar desde los primeros días la inclinación que nuestra protegida mostraba por la plegaria. En efecto, ponía en ella la misma avidez, la misma energía infatigable que en sus pantomimas y brincos. La capilla la había fascinado inmediatamente. Desde la muerte del capellán, yo no tenía autorización para conservar la hostia y rara vez se cantaba allí la misa. Pero tocábamos el Ángelus y los granjeros vecinos se reunían para la oración de la tarde. Clara -es tarde para decir que se llamaba así, y sin embargo ese nombre no debía significar para mí, al cabo de tantos años, otra cosa que luz y paz-; Clara, apenas arrodillada, se sumía en un recogimiento tan profundo que la plegaria de los mayores, torpe o distraída, me asombraba de pronto como el aturdimiento de un ciego.
A menudo, cuando la creíamos en el molino o paseando con el podenco, la sorprendíamos en una de esas conversaciones silenciosas que me parecían excesivamente graves para su edad, y de buena gana habría compartido yo el ingenuo temor, abrigado por Madame Grande Yvonne, de que los niños demasiado piadosos no estuviesen destinados al cielo. Sin embargo, una autoridad no menos considerable era de opinión diferente: el cura de la aldea, hombre excéntrico pero bueno, había empezado a dar clases particulares a Clara, abreviándole la enseñanza del catecismo con el fin de que ese mismo año pudiera tomar la primera comunión. Y cuando yo mismo iba a buscarla al presbiterio, los días en que mi trabajo no adelantaba, en que tenía necesidad de refrescar mis ideas, hablábamos de ese fervor que me parecía revelar una perturbadora discordancia en un carácter tan exuberante.
Pero el anciano sacerdote, que durante mucho tiempo frecuentara la infancia más desheredada de las ciudades, había observado a menudo las mismas tendencias profundas, y pensaba que lo sobrenatural era la atmósfera ordinaria de esas almas que aún no han atesorado su amor ni su tiempo.
-Porque la divisa de los hombres de negocios -me decía- trasciende en mucho su pensamiento: el oro es literalmente el pasado mezquino, el porvenir frío y temeroso. Nada obliga tanto a la Providencia como el espíritu de abandono, resorte de esas vidas nuevas y pródigas, y si el ángel que las asiste ve en el cielo la faz de Dios, ellas, en este mundo, ven a menudo ese ángel que las custodia.
Se mostraba encantado de una réplica de Clara, sobre la que volvía a menudo. Para ilustrar una lección sobre los ángeles y mostrar que están siempre a nuestro lado en las circunstancias peligrosas, refería la aventura de un chiquillo que a pesar de hallarse sobre la acera estuvo a punto de ser aplastado por un acoplado sin gobierno. El vehículo, cargado de hierro, rozó al chico y, al parecer, le arrancó su cartera de colegial. A lo que Clara repuso:
-Entonces habrá sido el ángel guardián quien sufrió el revolcón.
El buen sacerdote, echándose a reír, no distó mucho de hallar una confirmación de sus puntos de vista allí donde yo, conociendo a la maliciosa chiquilla, sospechaba que se trataba de otra cosa enteramente distinta.
De esta malicia que a veces lindaba con el descaro, yo mismo he conservado punzantes recuerdos, y a medida que el alivio de mi pena me permite evocarlos con mayor serenidad, más me asombra su profunda lección.
Alarmado por el vacío que se producía en mi huerto y que comprometía la cosecha, en vez de reprender a la culpable, intenté neciamente vincular ese pecadillo a los grandes principios e hice de ello ocasión para un sermón en tres puntos digno del vicario de Wakefield. Admití, como buen horticultor, que mis productos eran particularmente sabrosos, y la tentación muy comprensible, pero añadí que era preciso saber privarse de lo más agradable, no en previsión de las conservas de frutas que se preparan para el invierno -cosa que ese año sería imposible- sino por amor del buen Dios. Escuchó mi filípica sin decir palabra, con una compunción que me pareció poco auténtica. Luego no pensé más en el asunto.
Poco después debíamos festejar el día de Santa Clara. La Grande Yvonne había empezado, con mucha anticipación, a encerrarse con su ayudante de cocina, preparando sus recetas. Yo había ocultado cuidadosamente, para ofrecerlo a Clara la noche de la fiesta, un horno magnífico, algo más que un juguete, en el que se podía preparar una verdadera comida, provisto de una chimenea acodada con su correspondiente mariposa y de un reluciente escalfador, amén de los atizadores y un surtido de sartenes. Reconozco que en estas ocasiones la gobernanta y yo hacíamos gala de una gran emulación y acaso -quién sabe- un poco de celos. Y, cosa bastante divertida, manteníamos el uno respecto del otro, y ambos ante la niña, idéntico secreto.
Asistí pues, pensando que ya llegaría mi turno, al triunfo de mi rival y aplaudí los pichones rellenos, las tartaletas de fresas silvestres, el monumental Diplomático. Clara comió hasta hartarse, como si la hubiéramos tenido ayunando ocho días. Debí rechazar la mezquina e inoportuna idea de que mis consejos de mortificación no habían obtenido el resultado deseable. Madame Grande Yvonne, abrazada, halagada, ostentaba una alegría poco discreta, y aunque parezca cómico, yo tenía prisa por que llegara la noche.
Ahora bien, ante el magnífico regalo que, según advertí, impresionaba a la concurrencia, Clara permaneció perfectamente insensible: No sabía dónde poner un juguete tan pesado. Además, era un objeto inútil, ya que ella solía acercarse a la gran cocina de la casa e inclusive estaba autorizada a vigilar la sopa que hervía en el fogón, lo que era mucho más peligroso. Llegó a pretender que su muñeca preferida se quemaría al tocar el hornillo, o se rasgaría el vestido con los mangos de las sartenes. Yo no me atrevía a mirar a Madame Grande Yvonne. Pero cuando llegó la noche, al besarla antes de dormirse, interrogué a la pequeña Clara. Ella me escrutó con insolencia apenas disimulada, y repitiendo textualmente el sermón que yo temía no hubiese ejercido en ella el menor efecto, me aseguró que por amor a mí se había privado de aquello que le resultaba más agradable. Y dicho esto cayó sumida en profundo sueño, y tuve que aguardar hasta el día siguiente, después de una noche de humillantes reflexiones, para retractarme honorablemente y acabar con esa querella inútil.
Naturalmente, el argumento de una chiquilla, por extravagante que fuese, no podía poner en tela de juicio, contra el sentimiento unánime de la Tradición, el valor de la ascesis. Pero me fue más fácil pensar que existieran ciertas almas superiores, almas de santos o de niños, para quienes los dones de Dios excluyen toda segunda intención, para quienes el Valde bonum de la Creación, lejos de ser un comunicado oficial o un slogan electoral, fuese una realidad comestible.
En conjunto, sin embargo, la educación moral de mi pupila me proporcionaba menos sinsabores que la esfera de los conocimientos prácticos. Sin excesiva amargura delegué en el ama de llaves la enseñanza doméstica, pero cuando nos paseábamos los tres por el bosque, yo envidiaba sus disertaciones sobre el pico verde o el cucú, la hormiga león, la culebra y la comadreja, evidentemente plenas de leyenda y falsarias de la realidad, pero que Clara, es preciso reconocerlo, escuchaba sin fatigarse. Infinitamente curiosa de los animales, así como de los nombres familiares de las flores, que recogía en grandes ramilletes campestres, lo era aún más de los trabajos y las vidas de los campesinos. Y como era la época de la trilla, la Grande Yvonne la llevaba a dar grandes caminatas, a las que no me invitaban por temor de perturbar ese misterioso trabajo, al que rodeaba la atmósfera de espanto del sacerdocio antiguo. Al regreso, yo sabía qué eras habían visitado, en qué granjas habían bebido leche cuajada y saboreado hojuelas. El viento nos traía de los cuatro puntos del horizonte un zumbido de trilladoras, y siempre quedaba una, un poco más lejos, que no habían visitado, de suerte que Clara solo me dedicaba los días de lluvia.
Entonces, en los ratos que le dejaban libres sus quehaceres en la cochera, en la cocina o en la capilla, la enseñanza de las artes que no me eran disputadas tendría, en justicia, que haberme resarcido de mis afrentas en otros dominios. Y en efecto, durante mucho tiempo creí que esa satisfacción me sería acordada. Infortunadamente, la pequeña Clara tenía el peor gusto imaginable. Lo ridículo, inclusive lo absurdo, la atraían invenciblemente. El quiosco chino, con sus vidrios de colores y su complicado techo, era su ideal en arquitectura, y poco a poco había atestado su cuarto de todos los bibelots que yo había proscrito del salón y relegado a las bohardillas, de donde desenterraba con infalible instinto los más atroces: un pozo de porcelana que se podía llenar de agua y cuyo mecanismo funcionaba aún, un barómetro con muñecos que trajo mi tía de unas vacaciones alpinas, una celda de carmelita cuyas paredes de vidrio dejaban ver hasta las pantuflas y el misal; más aún, bajo enormes globos de cristal, una multitud de caracolas, una colección de cruces, un arbusto petrificado.
Me esforcé por corregir ese gusto vulgar. Tengo algunos buenos cuadros que en aquella época, es cierto, palidecían junto a inmensos mazacotes -el lado flaco de mi herencia- que no me atrevía a quitarme de encima antes de la desaparición total de mi parentela. Pero a mi Rouault y mi Cézanne, a pesar de todos mis esfuerzos por disuadirla, mi discípula prefería las abominables copias de Murillo y de Zurbarán que nos había impuesto la ascendencia española de mi tía. En mis álbumes, el único. que gozaba de su buena opinión era Louis Lenain, por la figura del niño que disimula tras una chimenea o en la abertura de una puerta. Tímido, aunque curioso del mundo de los mayores abrumados por las preocupaciones, ese personaje ínfimo y por añadidura inútil agradaba a Clara en virtud de no sé qué secreta afinidad. En suma, solo admitía la pintura en la medida en que pudiese reconocer fácilmente el tema, y su repulsión por la Inmaculada Concepción que sirve de retablo al altar (repulsión tanto más sorprendente para mí cuanto que nada diferenciaba ese cuadro de los horrores del salón) se debía, según ella, a que la santa Virgen era irreconocible.
Nuestra música, que siempre he considerado nuestra actividad más elevada y diferente de la de Virtudes y Serafines solo en esto: en que nos vemos obligados a volver las páginas, nuestra música le era igualmente extraña. Mal pianista, no podía yo aspirar a develarle sus arcanos. Solo toco para mí, y siempre que una especie de necesidad me impulse a revivir aquellas entre mis obras predilectas que están por azar al alcance de mi mano. Esto no impidió que me sintiera profundamente lastimado cuando al concluir aquella Alemanda de Mozart que me había costado varias semanas de estudio, o tal exquisita melodía que preludia una Suite de Bach y que me parecía cargada de cosas inefables, la veía defraudada, como si le hubiese ofrecido, para engañarla, el papel cuidadosamente plegado de un bombón o la cáscara vacía de una naranja. Pero cesé de atribuir esa indiferencia a la mala calidad de mi ejecución cuando después de comprar un gramófono le hice escuchar a Horowitz y a Gieseking. Porque la frase o la cadencia perturbadoras a las que mi vida me parece tan ligada que sigo con angustia la curva que las lleva a resolverse, cuando quería comprobar si la habían conmovido, me valían una mirada de profunda conmiseración.
Felizmente, pasábamos el anochecer sentados en un banco de piedra delante de la casa y Madame GrandeYvonne respetaba nuestro coloquio. Mirando las estrellas, que son un frágil vínculo entre la tierra y el cielo, rivalizábamos en desentrañar las formas más diversas en las nubes ya vacilantes, en los árboles, sobre todo en los abetos, donde esas formas se prodigan. Y mis ocasionales hallazgos atenuaban quizá el desfavorable juicio que se formaba Clara de mis dones.
A medida que se modificaban, una a una, mis ideas sobre la educación de las niñas, nos acercábamos a la fecha fijada para la primera comunión. Ella se mostraba tan recoleta que me costaba trabajo deshacerme de las necias aprensiones que ya he mencionado, y según esta inquietud, renovaba otra, descubría en el fondo de mis menores alegrías el temor, a decir verdad nunca adormecido, de que la pequeña Clara me fuese reclamada. Un sentimiento de precariedad echaba a perder hasta sus muestras de ternura.
Una noche en que la preocupación del trabajo que estaba realizando me tenía despierto más tarde de lo habitual, creí oír un ligero roce en el descanso, contra la puerta de mi cuarto. Sin duda había soñado, entre dormido y despierto, e iba a dormirme definitivamente esta vez cuando un ruido de pasos, discreto pero prolongado, me aterrorizó. Sabe Dios qué ideas atravesaron mi espíritu en aquel instante. La más tranquilizadora era que la niña, no pudiendo conciliar el sueño e ignorando los temores nocturnos, bajaba a la cochera para entregarse a su juego favorito. Porque esa cochera tiene una extraña ubicación dentro de la misma casa. Es un recinto inmenso, que se extiende a todo lo ancho del edificio, con una puerta que desemboca en el aguilón. Desde el interior se llega a ella a través de un pasaje abovedado y de varios peldaños, bajo la escalera de caracol. Guarda tres vehículos antiguos: una diligencia inglesa, una jardinera y una calesa que constituían, como fácilmente se adivina, una fuente de apasionantes aventuras, indefinidamente renovadas. Me incorporé y salí silenciosamente. Desde el descanso que domina la hélice de piedra vi entonces, en mitad de la escalera, iluminada de espalda por la luna que entraba por una saetera, a Clara, sentada en camisa de dormir y con los cabellos aureolados de luz. No muy seducido por este nuevo capricho, pensé mandarla a dormir, cuando un cuchicheo me detuvo. Clara rezaba, velando sobre la casa y sin duda sobre mí mismo. Me invadió un extraño sentimiento de respeto y volví a mi lecho en silencio.
Por lo demás, el mundo invisible con que ella estaba tan familiarizada y que irrita nuestros ojos de carne parecía desplazar sus fronteras a su arbitrio. Y aunque mis impresiones sean tan frágiles cuanto es posible y, fríamente consideradas, el buen sentido las rechace con violencia, debo reconocer que en algunos raros momentos pude creer que la atmósfera de la casa estaba llena de presencias, o bien yo salía del sueño con un soplo sobre los ojos.
Sin embargo, las cosas seguían su curso habitual. Madame Grande Yvonne se aprestaba a superar en mucho las hazañas de la fiesta de Santa Clara. La víspera de la solemnidad los preparativos se multiplicaron febrilmente; los cristales y la platería brillaban sobre el aparador; la costurera hilvanaba un pliegue, retocaba un frunce, secundada por nuestra postulante, cuya piedad no le impedía, en absoluto, mirarse al espejo. Nos acostamos muy tarde en la emoción del júbilo del siguiente día.
Pero a la mañana no la encontramos. No estaba en su cama, ni orando en la escalera, ni en el fondo del pasillo, ni en el huerto. Los granjeros salieron a buscarla, en automóvil o en bicicleta. Yo telefoneé a las gendarmerías y puse sobre aviso a los pescadores que habían sido sus amigos. Luego, muy rápidamente, comprendimos que se había ido como vino y que a esa hora estaría llamando a otra reja, contestando: “Aquí es” y llevando a otros su alegría.
Sin convicción me dirigí a los periódicos y a las agencias, y vi nuevamente al secretario de la Alcaldía, quien debió abandonar una pista todavía fresca para lanzarse a una búsqueda diametralmente opuesta.
No obstante, una cosa permanecía inconcebible para Madame Grande Yvonne y para mí: que ella se hubiera sustraído, no a nuestras torpes atenciones, sino a ese don de Dios al que la sentíamos tan maravillosamente predispuesta. Hasta que pocos días más tarde cayó bajo mis ojos una frase de la Epístola a los Hebreos que me hizo renunciar a toda búsqueda:
“No olvidéis la hospitalidad. Al practicarla, algunos -sin saberlo- han albergado ángeles.”
FIN