domingo, 1 de marzo de 2009

Democracia sin corrupciòn


Por: Eugenio Montoro - Hay ya poca duda de que Chávez se coló por la grieta que los partidos tradicionales crearon entre ellos y las clases populares. La grieta se fue abriendo paulatinamente en la misma proporción que las acciones de gobierno se iban convirtiendo en negocios. Hacer una nueva carretera, por ejemplo, significaba un revuelo de contratistas, influencias, almuerzos y reuniones con los funcionarios que debían tomar las decisiones para inclinarlas al “mejor postor”, aunque no era de extrañar que de pronto “viniese” una orden superior y a un contratista desconocido se le otorgase la obra sin licitación. El resultado era previsible. La obra o salía mal o mucho más cara o las dos cosas. Igual pasaba con las compras de materiales y la contratación de servicios. El tráfico de influencias, los sobornos o cualquier tipo de intercambio de favores era (y sigue siendo) el pan nuestro de cada día. Las organizaciones que forman el gobierno tienen poder discrecional para decidir sobre que comprar y contratar y, sobre todo, con quién. Pero la realidad de la corrupción tiene muchos matices que van desde el conocido pago por favores hasta el muy tolerado nepotismo. Vale preguntarse la razón de este fenómeno. Al decir de Manuel Caballero “La corrupción existe porque es muy sabrosa”. “Que tiene de malo que el Señor Martínez esté agradecido de mi ayuda y me regale unas vacaciones a Orlando para mi y mi familia. Carajo yo me lo merezco, yo lo ayudé a conseguir su vaina y él puede hacer lo que le de la gana con su dinero”. Pero hay muchas otras variantes. Es casi imposible que nuestra genética de hidalgos impida que cualquier funcionario público use su mucho o poco poder para demostrar que lo tiene. Todos los días alguien “se colea” apoyado por el funcionario amigo o pariente y eso no es considerado corrupción. Todos los días faltan a su trabajo miles de funcionarios o llegan tarde sin que nadie relacione eso con corrupción. Todos los días campean las comisiones, los regalos y los favores que permiten la conexión de un funcionario con un tercero para “ayudarse” mutuamente. Hasta son comentadas como algo natural. “Viste que a Ramiro le dieron un contrato arrechísimo. Lo que pasa es que él estudió con el Presidente del Instituto”. “Eso te lo arreglo yo. Tengo un contacto “de pana panita” en el Ministerio”. Hasta ahora la respuesta política a la corrupción ha sido la de la amenaza de castigo con casi nulos resultados. Y, como todos los males, la solución nunca vendrá por los lados del castigo sino por el convencimiento personal y colectivo de no hacerlo. ¿Es posible lograrlo?. ¿Es posible tener un País decente?.. La respuesta tiene que ser afirmativa, pero la siguiente pregunta es más difícil ¿Cómo lo hacemos?. Solo hay un camino y es un gran esfuerzo educativo sobre este fenómeno que le quite el disfraz tolerante y lo muestre como una tragedia que derrite la moral de una Nación. No hace tanto el Gobierno hizo una campaña de alfabetización para un millón y medio de venezolanos. De igual forma ¿Qué tal sonaría un entrenamiento anticorrupción para todos los funcionarios públicos con profesores de los Países de menor índice de corrupción como Dinamarca, Nueva Zelanda y Suecia?. Tal vez necesitamos que otros nos abran los ojos con sus ejemplos y experiencias exitosas. Quizás hasta podríamos empezar por una opinión evaluadora de cómo estamos. Tener un problema de corrupción puede ser comprensible pero no hacer esfuerzos por corregirlo es criminal. Parece que la consigna de futuro va a ser similar a la que acuñó Rómulo Betancourt, “Una democracia decente”, pero ahora con la claridad del detalle “Una democracia sin corrupción”.

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