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lunes, 5 de mayo de 2008

Arte y Contexto


Un sujeto entra en la estación de Metro, va vestido con un pantalón vaquero, una camiseta barata y se sitúa cerca de la entrada. Extrae un violín de la caja y comienza a tocar con entusiasmo para toda la gente que pasa por allí, es la hora punta de la mañana. Durante los 45 minutos que estuvo tocando el violín, fue prácticamente ignorado por todos los pasajeros del Metro. Nadie sabía que ese músico era precisamente Joshua Bell, uno de los mejores violinistas del mundo, ejecutando sin parar las piezas musicales más consagradas de la historia, con un instrumento muy especial, un violín Stradivarius, estimado en un valor de más de 3 millones de dólares. Unos días antes, Bell había tocado en la Sinfónica de Boston, donde los mejores lugares para el concierto costaban labagatela de 1000 dólares la entrada. Esta experiencia que ha sido grabada en vídeo, muestra a hombres y mujeres que caminan muy rápido, cada uno haciendouna cosa, pero todos indiferentes al sonido del violín. La iniciativa fue realizada por el diario The Washington Post, con la finalidad de lanzar un debate sobre el valor del arte, y de su contexto. CONCLUSIÓN: Estamos acostumbrados a dar valor a las cosas cuando están en un determinado contexto. En este caso, Bell era una obra de arte en sí mismo, pero fuera de contexto un artefacto de lujo sin la etiqueta de la marca. Personalmente me ha impactado la experiencia y he sentido los errores habituales en los que se cae, precisamente por no saber distinguir el valor de las personas por sí mismas y de algunas cosas, sin conceptualizaciones, contextos, marcas o etiquetas. Sí, realmente es un estudio que merece toda la consideración. Aquí pueden ver el video: http://www.youtube.com/watch?v=hnOPu0_YWhw

De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades


Fragmento de la novela "La rebelión de Atlas", de Ayn Rand -
"En la fábrica donde trabajé veinte años ocurrió algo extraño. Fue cuando el viejo murió y se hicieron cargo sus herederos. Eran tres: dos hijos y una hija que pusieron en práctica un nuevo plan para dirigir la empresa. Nos dejaron votar y todo el mundo, o casi todo el mundo, lo hizo favorablemente, porque no sabíamos en realidad de qué se trataba. Creíamos que ese plan era bueno, o mejor dicho, pensamos que se esperaba de nosotros que lo creyésemos bueno. Consistía en que cada empleado en esa fábrica trabajaría según su habilidad o destreza, y sería recompensado de acuerdo a sus necesidades. Nosotros... pero ¿qué le ocurre, señora? ¿Por qué me mira de ese modo? -¿Cómo se llamaba esa fábrica? – preguntó Dagny con voz apenas perceptible. -Twentieth Century Motor Company, señora. En Starnesville, Wisconsin. -Continúe. -Votamos por el plan en una gran reunión a la que asistimos unos seis mil, es decir, todos los que trabajábamos allí. Los herederos de Starnes pronunciaron largos discursos, no demasiado claros, pero nadie hizo preguntas. Ninguno estaba seguro de cómo funcionaría ese plan, pero todos pensábamos que nuestros compañeros lo habían comprendido. Si alguien tenía dudas al respecto, se sentía culpable y debía mantener la boca cerrada, porque todo aquel que se opusiera al plan hubiese parecido un desalmado, al que no era justo considerar humano. Nos dijeron que aquel plan significaba la concreción de un ideal muy noble. ¿Cómo íbamos a pensar lo contrario? ¿No habíamos oído decir durante toda nuestra vida, a nuestros padres y maestros, y a los pastores religiosos, leído en todos los periódicos y visto en todas las películas, y escuchado en todos los discursos públicos que aquello era recto y justo? Quizá nuestra conducta en la reunión podía ser comprensible hasta cierto punto. Votamos por el plan, y conseguimos lo previsto. Usted sabe, señora, que quienes trabajamos durante los cuatro años del plan en la fábrica Twentieth Century somos hombres marcados. ¿Qué se supone que es el infierno? Maldad, pura y simple, ¿verdad? Pues bien, eso es lo que vimos allí y lo que ayudamos a construir. Creo que estamos condenados por eso y quizá no se nos perdone nunca... "¿Sabe cómo funcionó aquel plan y cuáles fueron sus efectos en nosotros? – continuó explicando el vagabundo –. Es como verter agua en un depósito en cuya parte inferior hay un caño por el que se vacía con más rapidez de la que usted lo llena y cada balde que echa dentro ensancha ese desagüe cada vez más, entonces cuanto más uno duramente trabaja, más se le exige; primero trabaja cuarenta horas semanales, luego cuarenta y ocho, y, más tarde, cincuenta y seis, para pagar la cena del vecino, la operación de su mujer, el sarampión del niño, la silla de ruedas de su madre, la camisa de su tío, la educación de su sobrino, o para el niño que ha nacido en la casa de al lado, o el que va a nacer; en fin para cuantos lo rodean, y que han de recibirlo todo, desde pañales a dentaduras postizas, mientras uno trabaja desde el amanecer hasta la noche, un mes tras otro y un año tras otro, sin tener más para mostrarles a esas personas que el propio sudor, sin otra expectativa que la complacencia de los demás para el resto de su vida, sin descanso, sin esperanza, sin fin... De cada uno según sus capacidades, para cada uno de acuerdo con sus necesidades... "Nos dijeron que formábamos una gran familia, que todos participábamos en la empresa juntos, pero no todos trabajábamos ante la luz de acetileno diez horas diarias, ni padecíamos a la vez un dolor de vientre. ¿Cómo establecer, de un modo exacto, la capacidad de unos y las necesidades de otros? Cuando todo se hace en común, no es posible permitir que cualquiera decida sobre sus propias necesidades, ¿verdad? Si lo hace, pronto acabará pidiendo un yate, y si sus sentimientos son los únicos valores en que podemos basarnos, nos demostrará que es cierto. ¿Por qué no? Si no tengo derecho a tener un auto, hasta que caiga en una sala de hospital por haber trabajado para proporcionarle un coche a cada holgazán y a cada salvaje del mundo, ¿por qué no puede exigirme también un yate, si aún sigo de pie, si no he colapsado? ¿No? ¿Por qué no? Y entonces, ¿por qué no exigirme también que prescinda de la crema de mi café, hasta que él haya podido pintar su habitación...? ¡Oh, bien!... Acabamos decidiendo que nadie tenía derecho a juzgar sus propias necesidades o sus propias convicciones, y que era mejor votar sobre ello. Sí, señora, votábamos en una reunión pública que se celebraba dos veces al año. ¿De qué otro modo podíamos hacerlo? ¿Imagina lo que sucedía en semejantes reuniones? Bastó una sola para descubrir que nos habíamos convertido en mendigos, en unos mendigos de mala muerte, gimientes y llorones, ya que nadie podía reclamar su salario como una ganancia lícita, nadie tenía derechos ni sueldos, su trabajo no le pertenecía sino que pertenecía a ‘la familia’, mientras que ésta nada le debía a cambio y lo único que podía reclamarle eran sus propias ‘necesidades’, es decir, suplicar en público un alivio a las mismas, como cualquier pobre cuando detalla sus preocupaciones y miserias, desde los pantalones remendados al resfriado de su mujer, esperando que ‘la familia’ le arrojara una limosna. Tenía que declarar sus miserias, porque eran las miserias y no el trabajo lo que se había convertido en la moneda de aquel reino, así que se convirtió en una competencia de seis mil pordioseros, en la que cada uno reclamaba que su necesidad eran peor que la de sus hermanos. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? ¿Quiere saber lo que ocurrió? ¿Quiere saber quiénes mantuvieron la calma, sintiendo vergüenza y quiénes se aprovecharon de la situación? "Pero eso no fue todo. En la misma reunión se descubrió otra cosa. La producción de la fábrica había disminuido en 40 por ciento en el primer semestre, y se llegó a la conclusión que alguien no había trabajado ‘de acuerdo con su destreza o capacidad’. ¿Quién era? ¿Cómo averiguarlo? La ‘familia’ votó también sobre eso. Así se determinó quiénes eran los más capacitados, y a éstos se los sentenció a trabajar horas extra cada noche durante los siguientes seis meses. Horas extras sin paga, porque no se pagaba por el tiempo trabajado, ni por la tarea realizada, sino tan sólo según las necesidades. "¿Quiere que le cuente lo que sucedió después? ¿Y en qué clase de seres nos fuimos convirtiendo, los que alguna vez habíamos sido seres humanos? Empezamos a ocultar nuestras capacidades y conocimientos, a trabajar con lentitud y a procurar no hacer las cosas con más rapidez o mejor que un compañero. ¿Cómo actuar de otro modo, cuando sabíamos que rendir al máximo para ‘la familia’ no significaba que fueran a darnos las gracias ni a recompensarnos, sino que nos castigarían? Sabíamos que si un sinvergüenza arruinaba un grupo de motores, originando gastos a la compañía, ya fuese por descuido o por incompetencia, seríamos nosotros los que pagaríamos esos gastos con horas extra y trabajando hasta los domingos. Por eso, nos esforzamos en no sobresalir en ningún aspecto. "Recuerdo a un joven que empezó lleno de entusiasmo por ese noble ideal, un muchacho brillante, sin estudios, pero con una inteligencia asombrosa. El primer año ideó un plan de trabajo que nos ahorró miles de horas-hombre y lo entregó a ‘la familia’, sin pedir nada a cambio, aunque tampoco hubiera podido hacerlo. Se portó como creía correcto, lo hacía por el ideal, según dijo. Pero cuando en una votación lo declararon el más inteligente de todos, y lo sentenciaron a trabajar de noche porque no habíamos conseguido extraerle aún lo suficiente, cerró la boca y el cerebro. Le aseguro que el segundo año no aportó ninguna idea nueva. "¿Qué era eso que siempre nos habían dicho acerca de la competencia descarnada del sistema de ganancias, donde los hombres debían competir por ver quién realizaba mejor trabajo que sus colegas? ¿Cruel, no es así? Deberían haber visto lo que ocurría cuando todos competíamos por realizar el trabajo lo peor posible. No existe medio más seguro para destruir a un hombre, que ponerlo en una situación en la que no sólo desee no mejorar, sino que, además, día tras día se esfuerza en cumplir peor sus obligaciones. Dicho sistema acaba con él mucho antes que la bebida o el ocio, o el vivir haciendo malabares para tener una existencia digna. Pero no podíamos hacer otra cosa, estábamos condenados a la impotencia. La acusación que más temíamos era la de resultar sospechosos de capacidad o diligencia. La habilidad era como una hipoteca insalvable sobre uno mismo. ¿Para qué teníamos que trabajar? Sabíamos que el salario básico se nos entregaría del mismo modo, trabajáramos o no, recibiríamos la ‘asignación para casa y comida’, como se la llamaba, y más allá de eso no había chances de recibir nada, sin importar el esfuerzo. No podíamos planear la compra de un traje nuevo para el año siguiente porque quizá nos entregarían una ‘asignación para vestimenta’, o quizá no. Dependía de si alguien no se rompía una pierna, necesitaba una operación o traía al mundo más niños, y si no había dinero suficiente para adquirir ropas nuevas para todos, no lo habría para nadie. "Recuerdo a cierto hombre que había trabajado duramente toda su vida porque siempre había querido que su hijo fuera a la universidad. Bueno, el muchacho terminó la secundaria durante el segundo año del plan, pero ‘la familia’ no quiso entregar al padre ninguna asignación para que siguiera sus estudios. Dijeron que su hijo no podía ir a la universidad hasta que hubiera suficiente dinero para que los hijos de todos pudieran hacerlo. El padre murió al año siguiente en una riña de bar. Una pelea sobre nada en particular, en la que salieron a relucir navajas. Ese tipo de altercados se estaban haciendo muy frecuentes entre nosotros. "También, había un viejo viudo y sin familia que tenía una afición: los discos fonográficos. Creo que era todo cuanto pudo desear conseguir de la vida. En otros tiempos solía ahorrar en comida para poder comprar algún disco nuevo de música clásica. Pues bien: no le dieron "asignación" para discos por considerarlo ‘un lujo personal’ pero durante esa misma reunión, una niña fea y desagradable, de ocho años, llamada Millie Bush, que era la hija de alguno, consiguió que votaran para comprarle un par de aparatos de oro para sus dientes, porque se trataba de una ‘necesidad médica’ según el psicólogo que consideró que sino se enderezaban sus dientes, la niña tendría un complejo de inferioridad. El viejo amante de la música se dio a la bebida, hasta tal punto que rara vez lo veíamos sobrio. Pero había algo que no podía olvidar. Cierta noche, mientras se tambaleaba por una calle, vio a Millie Bush y empezó a darle puñetazos hasta dejarla sin un diente, ni uno solo. "La bebida era lo único que nos proporcionaba algún consuelo y todos nos volcamos a ella en mayor o menor grado. No pregunte de dónde sacábamos el dinero. Cuando todos los placeres decentes quedan prohibidos, existen siempre medios para llegar a los vicios. No se entra a robar a un bar durante la noche ni se registran los bolsillos de un compañero para comprar sinfonías clásicas o adquirir accesorios de pesca, pero sí para emborracharse y olvidar. ¿Accesorios de pesca? ¿Escopetas de caza? ¿Cámaras fotográficas? No existían asignaciones para ese tipo de pasatiempos. La ‘diversión’ fue lo primero que quedó descartado. "¿Es que acaso no se supone que uno debe avergonzarse por cuestionar cuando alguien nos pide que dejemos algo que nos da placer? Hasta nuestra ‘asignación para cigarrillos’ quedó reducida a dos paquetes mensuales, porque, según dijeron, el dinero debía usarse para comprar leche para los niños. La producción de niños fue la única que no disminuyó, sino que, por el contrario, se hizo cada vez mayor. La gente no tenía otra cosa que hacer y, por otra parte, no tenían por qué preocuparse, ya que los niños no eran una carga para ellos, sino para ‘la familia’. En realidad, la mejor posibilidad para obtener un respiro durante algún tiempo, era una ‘asignación infantil’, o una enfermedad grave. "Pronto nos dimos cuenta de cómo funcionaba aquello. Quien quisiera jugar limpio, tenía que privarse de todo, perder el gusto por los placeres, aborrecer fumar o masticar chicle, preocupado de que hubiese alguien que necesitara más esas monedas. Sentía vergüenza de la comida que tragaba, preguntándose quién la habría pagado con sus horas extras, pues sabía que esa comida no era suya por derecho propio y prefería ser engañado antes que engañar. Podía aprovecharse, pero no hasta el punto de chupar la sangre de otro. No se casaba ni ayudaba en sus hogares para no ser una nueva carga para ‘la familia’. Además, si conservaba cierto sentido de la responsabilidad, no podía casarse y tener hijos, puesto que no le era posible planear, prometer, ni contar con nada. Pero los desorientados y los irresponsables se aprovecharon. Trajeron niños al mundo, se casaron, y trajeron consigo a todos los indignos parientes que tenían en todo el país, y a cada hermana soltera que quedaba embarazada y con el fin de obtener ‘asignaciones por incapacidad’, contrajeron más enfermedades de las que cualquier médico podía atender, arruinaron sus ropas, sus muebles y sus casas, pero ¡qué importaba!: ‘la familia’ pagaba todo. Así, encontraron más modos de tener ‘necesidades’ que los que nadie hubiera podido imaginar, desarrollaron una habilidad especial para eso, la única habilidad que mostraban. "¡Por Dios, señora! ¿Se da cuenta de lo que sucedió? Se nos había dado una ley con la cual vivir y que llamaban ley moral, que castigaba a quienes la cumplían. Cuanto más tratábamos de vivir de acuerdo con esa ley, más sufríamos y cuando más la burlábamos, mayores recompensas obteníamos. La honestidad era una herramienta entregada a la deshonestidad ajena. Los honestos pagaban, mientras los deshonestos cobraban. El honesto perdía y el deshonesto ganaba. ¿Cuánto tiempo puede un ser humano permanecer bueno con semejante ley? Éramos un buen grupo de personas decentes al principio. No había demasiados oportunistas entre nosotros. Conocíamos bien nuestra tarea, nos sentíamos orgullosos de ella, y trabajábamos para la mejor fábrica del país, propiedad del viejo Starnes, que sólo admitía en su plantel a los más selectos obreros. Al cabo de un año del nuevo plan, no quedaba entre nosotros ni una sola persona decente. Aquello era maldad, la clase de maldad horrible e infernal con la que los predicadores solían asustarnos, pero que uno nunca imaginamos que existiera. No es que el plan haya incentivado a algunos cuantos bastardos, sino que transformó a la gente decente en cretinos, sin que se pudiera obrar de otra manera... ¡y a eso llamaban ideal moral! "¿Para qué habríamos de desear trabajar? ¿Por amor a nuestros hermanos? ¿Qué hermanos? ¿Para los aprovechadores, los sinvergüenzas, los holgazanes que veíamos a nuestro alrededor? Si eran simuladores o incompetentes, si no querían trabajar o estaban incapacitados para hacerlo, ¿qué nos importaba a nosotros? Si quedábamos reducidos para toda la vida al nivel de su capacidad, fingida o real, ¿para qué preocuparnos? No teníamos manera de saber cuáles eran sus verdaderas condiciones, carecíamos de medios para controlar sus necesidades. Lo único que se sabía era que estábamos convertidos en bestias de carga, luchando ciegamente, en un lugar que era mitad hospital, mitad almacén, sin marchar hacia ningún objetivo, excepto la incompetencia, el desastre y las enfermedades. Éramos bestias colocadas allí como instrumentos de aquél que quisiera satisfacer las necesidades de otro. "¿Amor fraternal? Fue allí cuando aprendimos a aborrecer a nuestros hermanos por primera vez en la vida. Los odiábamos por todas las comidas que ingerían, por los pequeños placeres que disfrutaban, por la nueva camisa de uno, el sombrero de la esposa de otro, una salida familiar, o la pintura de la casa, porque todo eso nos era quitado a nosotros, era pagado con nuestras privaciones, nuestras renuncias y nuestro hambre. Empezamos a espiarnos unos a otros, con la esperanza de sorprendernos en alguna mentira acerca de nuestras necesidades y disminuir las asignaciones en la próxima reunión. Y empezamos a servirnos de espías, que informaban acerca de los demás, revelando, por ejemplo, si alguien había comido pavo el domingo, posiblemente pagado con el producto de apuestas. Empezamos a meternos en las vidas ajenas, provocamos peleas familiares para lograr la expulsión de algún intruso. Cada vez que veíamos a alguno saliendo en serio con una chica, le hacíamos la vida imposible, y así arruinamos numerosos compromisos matrimoniales, porque no queríamos que nadie se casara, no queríamos más gente a la que alimentar. "En los viejos tiempos, el nacimiento de un niño era celebrado con entusiasmo y generalmente ayudábamos a las familias a pagar sus facturas de la clínica si estaban apretadas. Pero luego, cuando nacía un niño, estábamos varias semanas sin dirigirle la palabra a sus padres. Para nosotros, los niños eran como las langostas para los agricultores. En otras épocas ayudábamos a quien tuviera enfermos en su casa, pero luego... Voy a contarle un solo caso. Se trataba de la madre de un hombre que llevaba con nosotros quince años. Era una anciana afable, alegre e inteligente, que nos llamaba por nuestros nombres de pila, y con la que todos solíamos simpatizar. Un día se cayó por la escalera del sótano, y se fracturó la cadera. Sabíamos lo que eso significaba, a su edad, y el médico dijo que tenía que ser internada en un hospital de la ciudad para someterla a un tratamiento costoso y prolongado. La anciana murió la noche antes de ser traslada a la ciudad para su internación. Nunca se pudo establecer la causa de su fallecimiento. No sé si fue asesinada, nadie lo dijo, nadie hablaba del tema. Todo cuanto sé es que... y esto es lo que no puedo olvidar... es que yo también deseé que muriera. ¡Que Dios nos perdone! Tal era la hermandad, la seguridad, la abundancia que se suponía que el famoso plan nos iba a brindar. "¿Qué motivo había para que se predicara esta clase de horror? ¿Sacó alguien algún provecho de todo esto? Sí, los herederos de Starnes. No vaya usted a contestarme que sacrificaron una fortuna y que nos entregaron la fábrica como regalo, porque también en esto nos engañaron. Es verdad que entregaron la fábrica, pero los beneficios, señora, dependen de aquello que se quiere conseguir. Y no había dinero en el mundo que pudiese comprar lo que los herederos de Starnes buscaban porque el dinero es demasiado limpio e inocente para tal cosa. "El más joven, Eric Starnes, era un sometido, sin valor ni energía para hacer nada en especial. Resultó electo director del departamento de Relaciones Públicas que no hacía nada y tenía a sus órdenes a un personal ocioso, por lo cual no tenía por qué quedarse en la oficina. Su paga, en realidad no debería llamarla así, porque no se ‘pagaba’ a nadie... la limosna que se votó para él, era muy modesta, algo así como diez veces mayor que la mía, pero a Eric no le importaba el dinero, porque no hubiera sabido qué hacer con él. Pasaba el tiempo entre nosotros, demostrándonos su compañerismo y su espíritu democrático. Le encantaba que la gente le demostrase afecto. Su mayor empeño consistía en recordarnos a cada instante que nos habían dado la fábrica. Ya no podíamos soportarlo. "Gerald Starnes era nuestro director de producción. Nunca pudimos averiguar la medida de su rastrillaje de ganancias, pero hubiéramos necesitado todo un equipo de contadores y otro de ingenieros para saber de qué modo todo aquel dinero pasaba por una tubería directa o indirectamente a su despacho. Sin embargo, nada figuraba como beneficio particular, sino como medios con los que pagar los gastos de la compañía. Gerald tenía tres automóviles, cuatro secretarias y cinco teléfonos, y solía organizar fiestas con champán y caviar, que ningún gran magnate que pagara impuestos en el país podía permitirse. Gastó más dinero en un año que el que ganó su padre en los dos últimos de su vida. En su despacho encontramos unos cuarenta kilos de revistas, llenas de artículos sobre nuestra fábrica y nuestro noble plan, con grandes retratos de Gerald Starnes, en los que se lo mencionaba como un ‘gran paladín social’. Por la noche le gustaba entrar en las tiendas vestido de etiqueta, con gemelos de brillantes, del tamaño de monedas, desparramando la ceniza de su puro por doquier. Un bruto con plata que no tiene otra cosa que exhibir aparte de su dinero, ya es un tipo desagradable, pero al menos no necesita mostrar que el dinero es suyo y uno puede contemplarlo con la boca abierta si lo desea. Pero cuando un bastardo como Gerald Starnes se exhibe de ese modo y declara una y otra vez que no le preocupa la riqueza material y que sólo sirve a ‘la familia’, que todos aquellos lujos no son para él sino en beneficio del bien común porque es preciso mantener el prestigio de la firma y del noble plan de la misma... entonces es cuando uno aprende a aborrecer a esos seres como nunca se ha aborrecido a ningún ser humano. "Pero su hermana Ivy era peor. A ella realmente no le importaba la riqueza material. La asignación que recibía no era mayor que la nuestra, y siempre iba con zapatos chatos y faldas simples y camisas, con el fin de demostrar su indiferencia. Era directora de Distribución, a cargo de nuestras necesidades, la que, en realidad, nos tenía agarrados del cuello. Se suponía que la distribución se realizaba por votación, por la voz de la gente, pero cuando la gente son seis mil voces roncas que tratan de decidir sin ningún criterio, medida o razón, cuando no existen reglas y cada uno puede pedir lo que quiera sin tener derecho a nada, cuando cada cual ejerce el derecho sobre la vida ajena pero no sobre la suya, todo acaba como efectivamente terminó: Ivy Starnes acabó siendo la voz del pueblo. Al finalizar el segundo año, abandonamos aquella farsa de las ‘reuniones de familia para proteger la eficacia productora y economizar tiempo’, que solían durar diez días, y todas las peticiones fueron enviadas directamente a la oficina de la señorita Starnes. No, no eran enviadas. Mejor dicho, cada peticionante en persona debía presentarse allí y ella elaboraba una lista de distribución que nos leía en una reunión que duraba tres cuartos de hora. Luego votábamos. Había diez minutos para la discusión y las objeciones, pero no formulábamos ninguna, para ese tiempo ya nos habíamos dado cuenta. Nadie puede dividir la renta de una fábrica entre miles de obreros, sin una norma con que medir el valor de la gente. La de la señorita Ivy era la adulación a su persona. ¿Desinteresada? En los tiempos de su padre todo su dinero no le hubiera permitido hablar al tipo más bajo de su empresa en el modo como ella solía hablarles a nuestros más hábiles obreros y a sus esposas. Tenía unos ojos pálidos, vidriosos, fríos y muertos. Si se quería conocer la maldad absoluta, bastaba con observar cómo resplandecían sus ojos cuando alguien le respondía a un cuestionamiento para entonces ya no recibir más que la "asignación básica". Al observar aquello, comprendíamos el motivo real de quienes fueran capaces de apreciar la consigna: ‘De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades’. "Allí residía el secreto de todo. Al principio no dejaba de preguntarme cómo era posible que hombres educados, justos y famosos, pudieran cometer un error semejante y presentar como buena tal abominación, cuando cinco minutos de reflexión les hubieran indicado lo que sucedería en caso de que alguien pusiera en práctica semejante idea. Ahora comprendo que no obraron así por error, porque errores de este tamaño no se cometen nunca inocentemente. Cuando alguien se hunde en alguna forma de locura, imposible de llevar a la práctica con buenos resultados, sin que exista, además, razón que la explique, es porque tiene motivos que no quiere revelar. Y nosotros no éramos tampoco tan inocentes cuando votamos a favor del plan, en la primera reunión. No lo hicimos sólo porque creyéramos que la vieja y empalagosa farsa que nos presentaban fuera buena. Teníamos otro motivo, pero la farsa nos ayudó a ocultarlo de nuestros vecinos y de nosotros mismos. La farsa nos daba una posibilidad de hacer pasar como virtud algo de lo que nos hubiéramos avergonzado. Ninguno votó sin pensar que dentro de una organización de tal clase participaría en los beneficios de quienes eran más hábiles que él. Nadie se consideró lo bastante rico y listo para no creer que alguien lo sobrepasaría, y este plan lo participaría de la riqueza y la inteligencia ajenas. Pero pensando conseguir beneficios de quienes estaban por encima, olvidamos que había seres inferiores, que buscaban lo mismo de nosotros, olvidamos a los inferiores que tratarían de explotarnos del mismo modo que cada uno intentaría explotar a sus superiores. El obrero impulsado por la idea de que sus necesidades le daban derecho a un automóvil como el de su jefe, olvidó que todo pordiosero y vagabundo de la tierra empezaría a exigir un refrigerador como el del obrero. Ése fue nuestro motivo real cuando votamos. Tal es la verdad pero no nos gustaba reconocerlo y cuanto más lo lamentábamos, más alto gritábamos nuestro amor hacia el bien común. "Conseguimos lo que nos habíamos propuesto, pero cuando nos dimos cuenta de lo que aquello representaba, ya era demasiado tarde. Estábamos atrapados, sin lugar adónde huir. Los mejores de entre nosotros abandonaron la fábrica en la primera semana del plan. Así perdimos a los mejores ingenieros, supervisores, capataces y obreros especializados. Todo el que se respete no quiere verse convertido en vaca lechera de la comunidad. Algunos intentaron impedir el proyecto, pero no lo consiguieron. Los hombres huían de la fábrica como de una zona infectada, hasta que no quedaron más que los necesitados, sin habilidad ni condiciones. "Si algunos de nosotros, dotados de ciertas cualidades, optamos por quedarnos, fue porque llevábamos allí muchos años. En los viejos tiempos, nadie renunciaba a Twentieth Century y no podíamos hacernos a la idea de que aquellas condiciones ya no existieran más. Transcurrido algún tiempo, nos fue imposible marcharnos, porque ningún otro empresario nos habría admitido, y no se los puede culpar. Nadie, ninguna persona respetable, quería tratar con nosotros. Los dueños de las tiendas donde comprábamos empezaron a abandonar Starnesville a toda prisa, hasta que no nos quedaron más que los bares, las salas de juego y algunos comerciantes estafadores y aprovechadores, que nos vendían bazofia a precios exorbitantes. Nuestras asignaciones fueron perdiendo valor a medida que aumentaba el costo de vida. En la empresa, la lista de los necesitados se fue estirando, al tiempo que la de sus clientes se acortaba. Cada vez era menor la riqueza a dividir entre más y más gente. En los viejos tiempos solía decirse que Twentieth Century Motors era una marca tan buena como el oro. No sé qué pensarían los herederos de Starnes si es que pensaban algo, pero tengo la impresión de que, igual que todos los planificadores sociales y los salvajes insensatos, estaban convencidos de que aquella marca era en sí misma una especie de emblema mágico dotado de un poder sobrenatural que los mantendría ricos, igual que a su padre. Pero cuando nuestros clientes empezaron a notar que nunca lográbamos entregar un pedido a tiempo, y que siempre había algún defecto en los que entregábamos, el mágico emblema empezó a operar en sentido inverso: la gente no aceptaba un motor marca Twentieth Century ni regalado. Llegó un momento en que nuestros únicos clientes fueron los que nunca pagaban ni pensaban hacerlo, pero Gerald Starnes, embrutecido y engreído por su propia publicidad, empezó a ir de un lado a otro con aire de superioridad moral, exigiendo que los empresarios nos pasaran pedidos, no porque nuestros motores fueran buenos, sino porque necesitábamos esos pedidos urgentemente. "Por aquel entonces, una ciudad fue testigo de lo que generaciones de profesores pretendieron no observar. ¿Qué beneficios podría reportar nuestra necesidad a una central eléctrica, por ejemplo, si sus generadores se paraban a causa de un defecto en nuestros motores? ¿Qué beneficio reportaría a un hombre tendido en una camilla de operaciones, si, de pronto, se le cortara la luz? ¿Qué bien haría a los pasajeros de un avión si el motor fallaba en pleno vuelo? Y si adquirían nuestros productos no por su calidad sino por nuestra necesidad, ¿la acción moral del propietario de la central eléctrica, del cirujano y del fabricante del avión sería buena, justa y noble? "Sin embargo, tal era la ley moral que profesores, directivos y pensadores habían querido establecer. Si esto fue lo que ocurrió en una pequeña ciudad donde todos nos conocíamos, ¿imagina lo que hubiera sido a escala mundial? ¿Imagina lo que hubiera ocurrido si hubiéramos tenido que vivir y trabajar, sujetos a todos los desastres y a todos los inconvenientes del planeta? Trabajar pensando en que si alguien fallaba en cualquier lugar, era uno quien debería pagarlo. Trabajar sin posibilidad alguna de progreso, con la comida, la ropa, el hogar y las distracciones pendientes de una estafa, una crisis de hambre o una peste en cualquier lugar del mundo. Trabajar sin posibilidades de una ración extra, hasta que los camboyanos tuvieran alimento suficiente o hasta que todos los patagónicos hubieran ido a la universidad. Trabajar con un cheque en blanco, en poder de cada criatura nacida, hombres a los que nunca vería, cuyas necesidades no conocería, cuya laboriosidad, pereza o mala fe nunca podría llegar a aprender o cuestionar. Tan sólo trabajar, trabajar y trabajar, dejando que las Ivys o los Geralds del mundo decidieran qué estómagos habrían de consumir el esfuerzo, los sueños y los días de su vida. ¿Es ésta la ley moral a aceptar? ¿Es éste un ideal moral? "Lo intentamos y aprendimos la lección. Nuestra agonía duró cuatro años, desde la primera reunión hasta la última, y todo terminó del único modo que podía terminar: en la quiebra. Durante la última reunión, Ivy Starnes fue la única que intentó forcejear un poco. Pronunció un corto, desagradable y agresivo discurso en el que dijo que el plan había fracasado porque el resto del país no lo había aceptado, que una sola comunidad no podía llevarlo a la práctica y triunfar en medio de un mundo egoísta y avaro; que el plan era un ideal noble, pero que la naturaleza humana no estaba a su altura. Un joven, el mismo que había sido castigado por habernos dado una idea útil durante el primer año, se puso de pie, mientras todos seguíamos sentados en silencio, y se dirigió a Ivy Starnes, que ocupaba el estrado. No dijo nada, sino que la escupió en la cara. Y ése fue el fin del noble plan de Twentieth Century".

Chichito la lleva volteada…


Por: Olgak_a@cantv.net - Lo sabroso de viajar por Venezuela, además de su incomparable naturaleza, es encontrar esos personajes entrañables que nos conmueven, nos sorprenden, nos atan… Chichito es uno de ellos. Contrario a su diminutivo, es un hombre corpulento y entrado en la cincuentena. Allí, en Choroní, Chichito es un empresario en toda regla aunque a él no se le ocurriría autodefinirse así.¡Eso jamás! el término tiene “mala propaganda”. Valga decir por ahora que Chichito lleva franela roja, pero ya hablaremos de su franela. Nuestro protagonista montó toldos y sillas en Playa Uricao, su peñero lleva y trae a los turistas y su esposa, la entrañable Flaca, cual personaje de película, alimenta a los visitantes con su cocina hecha, según sus propias palabras, de amor. La Flaca adorna su rústica cocina con riqui-riquis y alpinias en el entendido, intuitivo, que lo estético no está reñido con lo humilde. No teme compartir recetas porque ¿qué cocina puede competir con un lebranche que sale de la mar directo a la parrilla, o un dorado que nunca conoció nevera, envuelto en hojas de plátano tiernitas de la mata y puesto a asar sobre brasa de leña aderezado con cebollita rallada y un toque de soya?. ¡Amor amiga! me dice cuando le pregunto quien le enseñó a cocinar. La cocina es puro amor. Doy fe de ello. Estando en la cocina de la Flaca, Chichito nos cuenta cosas. Como de su conuco y su cacao, de su negativa a tirar el cable de luz, del pescado que se llevan los japoneses. De repente, a boca de jarro, nos pregunta ¿los hemos tratado mal?. Sorprendidos y entre risas, respondemos que todo lo contrario. Si la pregunta nos sorprendió, mas nos sorprendió que acto seguido sacara, de entre cavas y pipotes de agua dulce, una carpeta. -Entonces ¿me firman esta petición?. ¡Fin de mundo! ¿Un Firmazo? ¡en la playa de Uricao donde ni hay luz, ni otra entrada que el mar, donde se cocina a leña y donde el patrón lleva franela roja!. Teníamos que “procesar” el fenómeno. En este país, firmar, es casi un delito y siempre, un reto. Me entró un cosquilleo que oscilaba temerariamente entre la duda y las ganas. Nos aprestamos a escucharle. Resulta que lo quieren sacar de allí. …porque tiene un rancho …porque eso es muy feo …porque su conuco daña el ambiente …porque maltratan a la gente -¿Y quien te quiere sacar? es la pregunta que se impone. -Bueee…un tal Polo Casanova…dice que esto-y con los brazos abarca su humildísima empresa- no es bueno. De vuelta en la posada, el Firmazo en Uricao dominó la cena y provocó esta crónica. Hum… Pues sí. Visto objetivamente, lo que hay en Uricao es un rancho. Pero objetivamente también, ese rancho es una fuente de trabajo digno para una familia que a su vez da trabajo a familias de peñeros y pescadores, ese rancho provee a los turistas de los servicios que necesitamos los turistas y que fuera de Chichito y La Flaca, nadie ofrece: sillas, toldo, comida rica. Ese rancho, sus chécheres, su conuco y su cocina con flores constituyen, ni más ni menos, una empresa de servicio... Mas objetivamente aún, Chichito está cubriendo la falta, tan antigua como el mismo pueblo, de lo que allí no han hecho nunca ni los gobiernos, ni otros empresarios. Cuando vayan a Choroní, verán en varias casas, placas que asientan las restauraciones llevadas a cabo por Polo Casanova. En Internet lo encontrarán reseñado pionero del turismo en la región y también que fue director de la junta administradora de turismo. De Chichito, ni una línea. Para uno, que ve esta pugna desde afuera, concluye que es más lo que tienen en común que lo que separa a Casanova y a Chichito.Pero ellos no se han dado cuenta. Y uno, que le gusta su país para turistearlo, piensa: ¿Qué tal si en vez de sacar a Chichito de Uricao le pusieran unas normas y le ofrecieran ayuda para que pueda operar mejor lo que de hecho ya está haciendo?. ¿Qué tal si entre los valiosos Chichitos que atienden a los turistas en ranchos precarios y los Casanovas conservacionistas se estableciera una cooperación constructiva en lugar de Firmazos de guerra para que todos, ellos los primeros, saliéramos beneficiados?. Porque uno, que está atado a esta tierra, a este Macondo nuestro, trágico, mágico y cómico a un mismo tiempo, clama al cielo buscando respuestas a preguntas que nunca debieron ser formuladas… ¿Por qué “rústico” en Venezuela implica fealdad y miseria?. ¿Por que “conservación” se interpreta como prohibición en lugar de reglamentación sensata?. ¿Por qué, a falta de reglamentación, impera la anarquía, la basura y el descuido?. ¿Porqué nos engañamos llamando “turismo de aventura” a no tener infraestructuras, ni baños, ni ná de ná?. ¿Qué añaden las placas en 4 casas reconstruidas frente a un pueblo cuyo famoso malecón muestra impúdico sus cabillas peladas como dientes con caries y cuando terminan los tambores todo apesta a orines?. ¿Por qué Choroní no tiene todavía un embarcadero decente, bonito y pintoresco para sus peñeros y hay que encaramarse desde el agua, sorteando olas, levantando las toallas y pisando piedras?. Y las preguntas cogen un derrotero nuevo ¿Porqué Chichito llega a la cincuentena en un rancho y se cree pobre aun siendo un empresario en toda regla?. Chichito lleva la franela roja. Pero la lleva volteada. Ahora le da pena exhibirla pero le da mas pena quitársela. Y no es el único, fíjense... Esa franela, que se portaba como una declaración de orgullo revolucionario, volteada, está expresando una verdad distinta… Es un grito de auxilio que a la vez muestra un camino. Pero no veo a nadie tomándolo y convenciendo a todos los Chichitos que pueden quitársela del torso sin que signifique arrancarse del alma el sueño de una verdadera revolución. Nadie lo alienta para que se atreva a decir y defender que es el empresario que de hecho es, ni le explica que su dignidad es suya por su trabajo y no por un discurso. Si la mar está brava, Chichito no recibe renta porque la revolución, aunque lo ame, no controla la mar, ni la franela roja amansa la marea. Su franela volteada, como con vergüenza, pide a gritos que alguien lo arranque del “pobrecitismo” institucionalizado en misiones mediocres que no le dan otra cosa que ¡ay!, esa pobre franela nueva que lo clava ferozmente a su rancho viejo y a su miseria aun mas vieja.. Chichito necesita entender que él y Casanova tienen mucho en común, por encima de cualquier propaganda. ¿Choroní? Es un pobre pueblo pobre, da dolor verlo sucio, feo y malquerido con honrosas excepciones. Pero ¡caray! merece la pena ir a comer el lebranche de la Flaca hecho con amor, conversar largo, muy largo con Chichito y,¡faltaría mas!, añadir su firma a la lista…

Desesperado por un error


Por: Argelia Ríos - Argelia.rios@gmail.com - Noviembre revelará la dimensión del deterioro y se iniciaría el camino hacia el cambioNo hay cambios en el libreto. Chávez confía en que la oposición no conseguirá resistirse ante sus nuevas provocaciones. Todos los anteriores triunfos del oficialismo fueron el producto de una muy bien calculada estrategia similar, destinada a estimular respuestas erráticas por parte de los adversarios. Hoy, pese a las advertencias de algunos de sus aliados -que valoran la consistencia de la ruta electoral adoptada por los oponentes-, el comandante piensa que su guión aún tiene vigencia. Por eso emplea ahora los temas contenidos en la derrotada reforma constitucional, cuya materialización práctica -a espaldas del veredicto popular- es un intento por estimular una reacción opositora que le favorezca. Meter la reforma de contrabando representa un grave riesgo para los intereses electorales de Chávez. Sin embargo, es claro que asumió ese peligro porque le sirve a los dos propósitos clave que se ha trazado, de cara al mes de noviembre: estimular la división en el campo contrario -promoviendo la vuelta del "vete ya", del abstencionismo y la división-, y avanzar en el camino de la revolución, haciendo caso omiso de la deslegitimación que el proyecto socialista sufrió en el referendo de diciembre. El jefe del Estado actúa seguro de que muchos de sus opositores caerán en la tentación de promover una carburación artificial de los hechos políticos, con miras a fabricar condiciones para su salida anticipada del poder. Tiene también la certeza de que ese intento de carburación le colocará en una mejor posición frente a sus electores. Tal como lo ha dicho Baduel esta misma semana, Chávez pretende confeccionar una situación que lo victimice: nada mejor para ello que empujar a sus enemigos hacia la acera de una aventura.Quienes consideran que los atropellos constitucionales del régimen son un motivo suficiente para que el país se levante en un "basta ya" definitivo, tienen sólo una parte de la razón. Incluso para efectos propiamente electorales, la oposición está obligada a denunciar con bríos el desconocimiento que Chávez está haciendo del mandato de los electores. Pero esa denuncia no puede jugar en beneficio de los objetivos que el Presidente se ha impuesto para superar sus dificultades.No es cierto que las condiciones estén dadas para empujar a un desenlace, ni que ellas puedan carburarse artificialmente. Aunque Chávez se ha debilitado, no es un menesteroso. Mucho menos tiene sentido el temor de que el Presidente pueda recuperar lo que ha perdido, que es lo que en realidad mueve a los inmediatistas de hoy. La descomposición de su liderazgo y la de toda su alianza política tiene una profundidad muy distinta a la de ocasiones anteriores. Noviembre revelará la dimensión del deterioro: sólo entonces -con otra correlación- comenzará a aligerarse el camino hacia el cambio... Chávez busca desesperadamente un error y no hay que regalárselo.

El dinero segun Ayn Rand


Cita:
"El dinero es sólo un instrumento de cambio, que no podría existir si no se produjeran géneros ni hombres capaces de crearlos. El dinero es la forma material de ese principio, según el cual, quienes deséen tratar con otros, han de hacerlo por el comercio, entregando valor por valor. El dinero no es el instrumento de los plañideros, que solicitan productos con lágrimas, ni de los saqueadores que los arrebatan por la fuerza. El dinero es sólo posible gracias a quienes producen. ¿Es eso lo que se considera culpable?. Cuando se acepta dinero en pago del propio esfuerzo, se hace bajo la condición de que luego se podrá cambiar por el producto del esfuerzo ajeno. No son los pusilánimes ni los merodeadores los que dan valor al dinero. Ni un océano de lágrimas ni todos los cañones de la tierra podrán transformar los pedazos de papel que lleva en la cartera en el pan necesario para sobrevivir mañana. Esos pedazos de papel, que en realidad deberían hoy ser de oro, constituyen una prenda de honor: su demanda de energía a la gente que produce. Su cartera es su declaración de esperanza, según el cual, en algún lugar del mundo existen hombres incapaces de quebrantar ese principio moral que es la raíz del dinero ¿Eso es lo que Ud. considera malvado?. ¿Se ha preocupado alguna vez en investigar las raíces de la producción?. Observe un generador eléctrico y atrévase a pensar que ha sido creado por el esfuerzo muscular de brutos sin inteligencia. Intente hacer crecer una semilla de trigo sin los conocimientos transmitidos por quienes lo descubrieron e iniciaron su explotación. Trate de obtener alimento tan sólo con movimientos físicos y comprenderá que la mente humana es la raíz de todos los géneros producidos y toda la riqueza que haya existido jamás sobre la tierra. Pero Ud. asegura que el dinero lo consiguen los fuertes a expensas de los débiles. ¿A que se refiere?. No será la fuerza de las armas o de los músculos. La riqueza es el producto de la capacidad del hombre para pensar. ¿Consigue el dinero quien inventa un motor a expensas de quienes no lo inventaron?. ¿Lo consigue el inteligente a expensas del tonto?. ¿El capacitado a expensas del incompetente?. ¿El ambicioso a expensas del holgazán?. El dinero se hace antes que pueda ser arrebatado antes que el ladrón o solicitado mediante lágrimas, por el esfuerzo de todo hombre honrado, y en la medida de la capacidad de cada cual. El hombre honrado es aquel que comprende que no puede consumir mas que lo que ha producido. Comerciar por medio del dinero es el código de los hombres de buena voluntad. El dinero descansa en el axioma de que cada cual es el propietario de su mente y su esfuerzo. El dinero no permite a ningún poder humano prescribir el valor de un esfuerzo, excepto por elección voluntaria de quien siente deseos de ofrecer el suyo a cambio. El dinero permite obtener por los propios géneros y el propio trabajo, aquello que quienes han de adquirirlo consideran apropiado; pero no más. El dinero no permite otros tratos que aquellos que se llevan a cabo en beneficio mutuo, dentro del recto juicio de ambas partes. El dinero exige el reconocimiento de que el hombre ha de trabajar en beneficio propio, y no en su daño; para ganar y no para perder, equivale a reconocer que el hombre no es una bestia de carga, nacida para transportar el fardo de su propia miseria, que hay que ofrecer valores y no queja; que el lazo común entre los hombres no es un intercambio de sufrimientos sino de mercancías o valores. El dinero exige que vendáis; pero no debilidad a cambio de estupidez, sino talento a cambio de razón; exige que se compre, no lo peor que sea ofrecido, sino lo mejor que se pueda conseguir con su propio dinero. Y cuando los hombres viven para el comercio, con la razón y no la fuerza como árbitro decisivo, el mejor producto es el que gana; el trabajo mas perfecto; el hombre de más profundo juicio y más alta maestría. Y el grado que alcance la productividad del hombre será también el de su recompensa. Tal es el código de la existencia, cuya herramienta y símbolo constituye el dinero. ¿Y Ud. considera eso reprobable?. El dinero es sólo una herramienta. Os llevará a donde deseéis, pero no podrá reemplazar como conductores. Os ofrecerá los medios para satisfacción de vuestros deseos, pero no aportará deseos en sí. El dinero es el azote de quienes intentan revertir la ley de causalidad; de quienes buscan reemplazar la mente por los productos de la misma. El dinero no comprará la felicidad para aquel que no tenga un concepto claro de lo que desea; el dinero no le proporcionará un código de valores, si ha evadido el conocimiento de evaluar, ni le proveerá de un propósito si ha eludido la elección de lo que busca. El dinero no conseguirá inteligencia para el tonto, ni admiración para el cobarde, ni respeto para el incompetente y falsificador. Quien intenta comprar el cerebro de su superior para que le sirva, reemplazando con su dinero su capacidad de juicio, termina en convertirse en víctima de sus superiores. Los hombres inteligentes lo abandonarán, pero continuara engañando y los fracasos acudirán en masa a él, atraídos por una ley que no ha descubierto, la que ningún hombre puede ser menor que su dinero. ¿Ese es el motivo que lo considera denigrante?. Sólo quien no lo necesita, está capacitado para heredar riqueza; me refiero al hombre que labraría su propia fortuna, no importa con qué. Si un heredero es igual a su dinero, éste le sirve; de lo contrario lo destruye. Vosotros exclamáis que el dinero lo ha corrompido. ¿Es así?. ¿No habrá sido él quien a corrompido al dinero?. No envidiéis a un heredero indigno; su riqueza no es vuestra, y no habríais obrado mejor, caso de adquirirla. No consideréis que debió haber sido distribuida entre vosotros. El agobiar al mundo con cincuenta parásitos en vez de uno, no habría hecho revivir esa muerta virtud de lo que fue fortuna . El dinero es un poder viviente que muere al carecer de raíz. El dinero no servirá a una mente que no esté capacitada para ello. ¿Es este el motivo porque lo llamáis odioso?. El dinero es vuestro medio de supervivencia. El veredicto que pronunciéis acerca de la fuente de vuestro sustento, es el mismo que pronunciáis de tu vida en sí. Si la fuente es corrupta, habréis condenado vuestra existencia. ¿Adquiristeis el dinero con fraude?. ¿Halagando los vicios o la estupidez humana?. ¿Acercándote a seres estúpidos con la esperanza de conseguir más de lo que vuestra habilidad merece?. ¿Bajando vuestro nivel de vida?. ¿Realizando una tarea que despreciáis con destino a compradores con los que sentís desdén?. En tal caso, vuestro dinero no os proporcionará ni un momento digno de auténtica alegría. Todo cuanto compréis no se convertirá en tributo, sino en reproche, no en triunfo sino en constante evocador de vergüenza. Entonces gritaréis que el dinero es malsano. ¿Malsano porque no esta a la altura de vuestro propio respeto?. ¿Malsano porque nos os deja disfrutar de vuestra depravación?. ¿Es esta la causa de vuestro odio hacia el dinero?. El dinero siempre seguirá siendo un efecto y rehusará reemplazarlos como causa. El dinero es producto de la virtud, pero no conferirá virtud ni os redimirá de vuestros vicios. El dinero no os dará lo que no hayáis merecido, ni material ni espiritualmente. ¿Es ésa la raíz de vuestro odio hacia él?. ¿Acaso habéis dicho que el amor al dinero es el origen de todo mal?. Amar una cosa significa conocer y amar la naturaleza de que ésta formada. Amar el dinero es conocer y amar el hecho de que tal dinero representa el mejor de vuestros poderes propios y es vuestro pasaporte para comerciar vuestro esfuerzo con el de los mejores de vuestros semejantes. La persona que vendería su alma por unos centavos suele ser la que proclama en voz alta su odio hacia el dinero; y hay que reconocer que tiene motivos para odiarlo. Los amantes del dinero se sienten deseosos de trabajar por él. Saben que están en condiciones de merecerlo. Permitidme una indicación acerca de una clave que conduce al estudio del carácter humano: Quien maldice al dinero, es porque lo adquirió de manera deshonrosa. Quien lo respeta, se lo ha ganado decentemente. Merecen de valor, de orgullo o de estimación propia, los que no poseen el sentido moral acerca de su derecho al dinero y no desean defenderlo como si defendieran su propia vida, aquellos que parecen pedir perdón por ser ricos, no lo serán por mucho tiempo. Constituyen un cebo natural para las bandas de merodeadores que desde hace siglos se agazapan bajo rocas, saliendo al exterior en cuanto huelen a un hombre que ruega ser perdonado por el pecado de poseer riqueza. Se apresurarán a aliviarle de su culpa, y de su vida también, que es lo que merece. Entonces presenciaréis la elevación de los hombres que militan bajo dos banderas; de quienes viven basándose en la fuerza y, sin embargo, cuentan con quienes viven del comercio para crear el valor de su dinero robado; hombres que se mueven a saltos por el camino de la virtud. En una sociedad moral, ellos son los criminales, y tenéis que proteger contra sus actividades. Pero cuando una sociedad establece la existencia de criminales por derecho y saqueadores legales, es decir, de hombres que utilizan la fuerza para apoderarse de la riqueza de víctimas desarmadas, el dinero se convierte en vengador de quien lo creó. Tales maleantes creen seguro robar a seres indefensos en cuanto han aprobado una ley que los desarme. Pero su botín se convierte en imán para otros como ellos, que se lo arrebatarán a su vez, y así continúa la carrera, venciendo, no el mas diestro en la producción, sino quienes emplean mayor brutalidad rudeza y engaño. Cuando la fuerza se convierte en estandarte, el criminal vence sobre el ratero, pero entonces la sociedad desaparece entre un cúmulo de ruinas y de crímenes. ¿Queréis saber si ese día va a llegar?. Observad al dinero. El dinero es el barómetro de las virtudes de una sociedad. Cuando notéis que el comercio se efectúa, no por el consentimiento de partes, sino por obligación; cuando veáis que, con el fin de producir, necesitáis permiso de quienes no producen nada; cuando observéis que el dinero afluya a quienes trafican no en géneros, sino en favores; cuando os deis cuenta que muchos se hacen ricos por el soborno, por la presión mas que o por el trabajo, y que las leyes no nos protegen contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los protegidos contra vosotros; cuando observéis cómo la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en sacrificio, podéis asegurar, sin temor a equivocaros, que vuestra sociedad esta condenada. El dinero es un medio tan noble que no compite con las armas, ni pacta con la brutalidad y el engaño. Nunca permitirá a un país sobrevivir como propiedad a medias o como botín compartido. Siempre que aparezcan elementos destructores entre los hombres, empezarán por destruir el dinero, porque éste es la protección del hombre y la base de la existencia moral. Tales elementos se apoderarán del oro, entregando a cambio un montón de papel falsificado. Con ello matarán todos los fines objetivos y situarán al hombre en las garras de un arbitrario promulgador de valores. El oro es un valor objetivo, un equivalente a riqueza producida. El papel es una hipoteca sobre riqueza que no existe, reforzada por un arma apuntada contra aquellos de quienes se espera que la produzcan. El papel es un cheque cursado por saqueadores legales sobre una cuenta ajena; la virtud de las víctimas. Vigilad la llegada del día en que dicha cuenta se agote. Cuando se ha convertido el mal en medio de supervivencia, no confiéis en que los hombres sigan siendo buenos. No esperéis que conserven la moralidad y pierdan la vida convertidos en pastos de lo inmoral. No esperéis que produzcan, cuando la producción se ve castigada y el robo recompensado. No preguntéis entonces ¿Quién está destruyendo al mundo? Porque seréis vosotros mismos. Os encontráis entre los mayores logros de la mayor civilización productiva y os preguntáis por que ésta se derrumba a vuestro alrededor mientras maldecís lo que le da vida: el dinero. Contempláis al dinero como los salvajes antes que vosotros, y os preguntáis por que la selva vuelve a acercarse a los limites de vuestras ciudades. En toda la historia humana, el dinero fue siempre botín de aprovechados, de un tipo o de otro. Sus nombres cambiaron, pero sus métodos fueron siempre los mismos: aprovecharse de la riqueza por la fuerza y mantener cautivos a los productores, rebajándolos, difamándolos y despojándolos de su honor. Esa frase acerca de los males del dinero, que usted ha expresado con semejante precipitación, no exenta de un deseo de rectitud procede de un tiempo en que la riqueza era producida por la labor de los esclavos; esclavos que repetían movimientos descubiertos con anterioridad por la mente de alguien y que prosiguieron ejecutándose sin mejoría alguna durante siglos. Mientras la producción fue gobernada por la fuerza y la riqueza se consiguió con la conquista, hubo poco que aprender. Sin embargo, a través de los siglos de miseria y de hambre, los hombres exaltaron a los saqueadores como aristócratas de la espada, como aristócratas de cuna, y más tarde como aristócratas de despacho, despreciando a los productores, primero como esclavos, y luego como comerciantes, tenderos e industriales.Para gloria de la humanidad, existió por única vez en la historia, un país del dinero y no me es posible pagar más alto y reverente tributo a América por lo que ello significa: un país donde reinan la razón, la justicia, la libertad, la producción y el progreso. Por vez primera, la mente y el dinero de los hombres quedaron libres y dejó de existir la fortuna como botín de conquista. Por el contrario, floreció allí como producto del trabajo, y en vez de guerreros y de esclavos, progresó el verdadero forjador de fortunas; el gran trabajador convertido en el más alto rango de ser humano: el forjador de si mismo, el industrial americano. Si me pedís que dé nombre a la distinción de que los americanos pueden estar más orgullosos, escogería, porque contiene a todas las demás, la de haber sido el pueblo que creó la frase "hacer dinero". Jamás en ninguna otra lengua o nación había existido semejante palabra; los hombres pensaron siempre en la riqueza como una cantidad estática que podía ser objeto de robo, conseguirse mediante ruegos engaños, heredarse, compartirse u obtenerse como favor. Los americanos fueron los primeros en comprender que la riqueza debía ser creada. La frase "hacer dinero" contiene la esencia de la moralidad humana.Sin embargo, tales fueron las palabras por la que los americanos se vieron denunciados por las podridas culturas de los continentes de ladrones. Ahora, el credo de los mismos los lleva a considerar vuestros más dignos logros como motivo de vergüenza; vuestra prosperidad como un afán culpable; vuestros más eminentes personajes industriales como unos granujas, vuestras magníficas fábricas como producto de labor muscular, trabajo de esclavos movidos por el látigo, como los que construyeron las pirámides de Egipto. El malvado que se lamenta de no ver diferencia entre el poder del dólar y el poder del látigo, debería aprender dicha diferencia en su propia piel... como creo que ocurrirá a la larga. Hasta descubrir que el dinero es la base de todo bien, se camina hacia la propia destrucción. Cuando el dinero deje de ser herramienta con la que los hombres trafiquen uno con otro, éstos se convertirán en herramientas de otros hombres. Sangre, látigos, cañones o dólares. ELEGID.... No existe otra opción y el tiempo se va acabando".