jueves, 1 de julio de 2010

Por la cultura de la vida


Por: René Núñez - Internacionalista - La vida es un proceso terrenal, con una fecha de inicio y una fecha de término. Como todo proceso. La primera se conoce con el nacimiento. Y la segunda con la muerte. La duración está determinada por lo biológico pero también incide lo social. Lo biológico por las debilidades heredadas de padres e hijos: enfermedades congénitas. Además del envejecimiento natural del cuerpo. Lo social influye también en la reducción del tiempo de vida por las falencias económicas para aliviar o corregir oportunamente males físicos. La afección se complica cuando el Estado no cumple con sus deberes de protección y defensa de la vida, de los derechos humanos. La ciencia y la tecnología, son medios coadyuvantes por excelencia en la búsqueda de mayores expectativas de vida. Por ello el Estado como rector de una sociedad tiene un rol determinante en esa dirección facilitando conocimiento, empleos estables y duraderos, seguridad natural y jurídica, protección social, sosiego, armonía, y sobre todo paz. En resumen la vida es un proceso de mejoramiento continuo físico, mental y espiritual, donde Estado y ciudadanos deben interactuar y participar con conciencia, respeto y dignidad. Por encima de la vida no hay otro interés terrenal supremo. Ir contra ella, ir contra la especie humana. Todo pueblo procura evolucionar para vivir mejor, seguro, independiente, y en paz. Hasta los más fanatizados o desadaptados sociales lo intentan, por supuesto, a su manera. Con la diferencia que parten de una premisa errada de creer tener la verdad absoluta, cosa que no existe terrenalmente. Se trata, entonces, de una lucha individual y colectiva permanente. Buscando siempre el bien común. El diseño del camino o la vía para lograrlo, hace la diferencia. Provocando división del mundo. Unos, la minoría, conciben la violencia como un medio y un fin a la vez. Otros, la gran mayoría, pregonan la paz a pesar del reconocimiento de sus propias desavenencias e intereses. Nos anotamos en este grupo último, porque amamos a Dios, por ende, defendemos la cultura de la vida. Rechazamos la de la muerte, porque detrás de ella está Satanás. La paz, una condición humana imprescindible para el encuentro. Para el diálogo. Para la discusión y el análisis. Para la tolerancia de la diversidad de pensamientos y acciones. No hay otra manera de preservar la vida en su integridad, si de por medio no hay respeto, dignidad y racionalidad por lo que hacemos. Nadie es perfecto. No habido ni habrá gobiernos perfectos. Pero las instituciones si son perfectibles. Esa es una razón de lucha. A la luz de la historias se han librado y se seguirán librando luchas por vivir mejor y seguros. No ha sido fácil. Pero tampoco imposible, muchas derrotas en varias partes de la tierra han sufrido sus depredadores. No cabe duda, cada vez hay mayor audiencia y espacio en defensa de los derechos humanos, una necesidad imprescindible para la convivencia espiritual y material compartida, sin odios, resentimientos, divisiones, exclusiones; bajo un orden interno y externo donde seres vivos sean tratados igual ante la ley. Y cuando me refiero a seres vivos, incluyo a animales, además del medio ambiente, porque al final de cuentas somos un solo ecosistema: Tierra. Quienes mejor han entendido esta realidad han sido aquellos pueblos sufridos por los antagonismos de sus dirigentes; encontrando en la democracia el sistema de vida más cercano a la justicia humana. No me estoy refiriendo a la democracia formal, la de apariencia, la débil y viciada de errores y desviaciones, administradas por gobiernos populosos, acostumbrados a llegar al poder no para servir a todos por igual, sino para satisfacerse asimismo, servir a sus amigos, a sus partidos, a su familia. La verdadera democracia que resalto es aquella capaz de facilitar a los ciudadanos la mayor suma de felicidad integral, mediante una autónoma e independiente administración de poderes, garantes de la igualdad ante la ley. Incluyendo derechos de los animales y los de protección del medio ambiente. La pluralidad del pensamiento y de las ideas. La tolerancia. La alternancia en el poder. El sistema de libertades. El derecho de la propiedad privada. La educación. La salud. La promoción de valores y principios de bien. La premisa de bien común, marca la diferencia del por qué pueblos civilizados exhiben un alto desarrollo humano, espiritual y material y otros no. No se trata de un problema ideológico sino de conciencia humana para garantizar la vida en toda su dimensión, no como han pretendido algunos gobiernos farsantes haciendo creer que son ellos Mesías salvadores y combatientes de las desigualdades sociales. No se trata de eso. El problema es de conocimiento, gerencia y transparencia, únicas posibilidades de asegurar resultados positivos a favor de la evolución de la humanidad. Venezuela, nuestro país, atraviesa por esa confusión. Gobernantes y gobernado tenemos corresponsabilidad por la precaria relación humana en que nos encontramos. ¿Saben por qué? Porque como ciudadanos hemos renunciado a derechos políticos, humanos, espirituales y democráticos, no hemos estado participando en la discusión de los problemas y las soluciones de tu barrio, de tu comunidad, de tu municipio, de tu estado. Ese retiro voluntario irresponsable, en gran parte, lo han tomado unos dirigentes vivos, farsantes y vagabundos para hacer de los gobiernos una oportunidad de negocios particulares ignorando -ex profeso- las competencias del mandato para los cuales fueron elegidos.

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