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viernes, 27 de enero de 2012

López y Capriles: castigados por el tiempo


Por: Ezio Serrano - Del tiempo que pasa y la identidad que perdura, podría decirse de la política y una de sus expresiones más benévolas. Nos referimos a los acuerdos, a los pactos y alianzas. Estas expresiones de la política y lo político recogen algo inherente a los humanos: la posibilidad del entendimiento, del diálogo por oposición a la guerra o la confrontación abierta. De manera que, el acuerdo López-Capriles no tendría nada de extraño ni debería generar suspicacia alguna de no ser por el éxito que ha tenido en este país el discurso de la confrontación y la anti política, es decir, la anti democracia. Pero resulta que este dúo dinámico ha venido montando un discurso de supuesta ruptura con el pasado, de creación de formas novedosas revestidas de un grado de pureza tal que, en ellos no sería posible hallar traza del pasado, nada que pueda vincularlos con esa cosa fea y degradada que fue la etapa democrática forjada por los partidos tradicionales. Atrapados en semejante dislate, el dueto se acerca peligrosamente al discurso triunfante en 1998, tiempo en el cual los venezolanos se auto suicidaron buscando caras nuevas, no contaminadas de pasado, sin trazas de contagio puntofijista. Nos hartamos de los políticos y sus pactos, la hora de los milicos había llegado. El malhadado puntofijismo, llegó a ser para los venezolanos aferrados al caudillo victorioso en 1998, una suerte de purgante. Un vomitivo tan desagradable como la política y los políticos. Es decir, se estigmatizaba rabiosamente el acuerdo, la alianza de partidos y gremios que logró 40 años de estabilidad democrática para los venezolanos. El empeño de Capriles y López en deslastrase significa que no han aprendido la lección. Capriles se hace el creativo al afirmar que somos un país con más futuro que pasado, vaya bolsería. El otro creó un partido para demostrar formas novedosas y las prácticas puras de la democracia que no pacta, que no se lía con los acuerdos cupulares. Exactamente lo que hoy nos muestran como preciada diadema democrática. Y no es que la lengua castigue al cuerpo, pues luce excelente que se produzcan acuerdos, alianzas y pactos. Pero la manida idea de liberarse del pasado sigue denunciando inmadurez. Líderes inmaduros aptos ciertamente para dirigir pueblos inmaduros. De eso hemos alcanzado el hartazgo. Porque liberarse del pasado es la renuncia al tiempo vivido, o como diría Borges, la vida está hecha de tiempo y el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho. Cierto que podemos hallar cosas buenas y malas en el pasado, pero ambas han nutrido nuestra existencia. Ya va siendo hora de madurar y esto bien podría ser entendido como la aceptación de nuestro bien y nuestro mal. ¿Cómo asomarse al futuro sin esta digresión?

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