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miércoles, 11 de enero de 2012

La hermana pobre de la fe


Por: Alfredo Yánez Mondragón - @incisos - Los venezolanos, ganados siempre a las palabras de consuelo mutuo, de solidaridad discursiva, de aliento reservado, tenemos en la esperanza a nuestra arma secreta para enfrentar los vaivenes de la vida; las vicisitudes y hasta las promesas incumplidas; convertidas ahora... en reencuentro entre la verdad y una mentira... la esperanza sigue el sueño; confía de nuevo, se permite el olvido y se otorga el deseo de volver a intentarlo... En el país reina la esperanza. Está en boca de miles, de millones. La esperanza es un aliciente en medio de tanta pobreza -material y espiritual-, es una ayuda inmensa a la hora de pensar qué es lo que viene, hacia dónde vamos, qué queremos ser, cuál país queremos habitar, construir y disfrutar... Que en adelante ya más nunca nadie se burle de la esperanza de un pueblo, que en adelante sepamos enfrentar con verdadera esperanza el futuro que nos viene, no por los designios de la incertudumbre, sino por la consecuencia coherente entre lo que hemos hecho y los resultados esperados... Ella es la esperanza... la hermana pobre de la fe

Sufre, padece y llora; aunque se alienta a sí misma. La ilusión es su compañera; procura no perderse nunca; aunque siempre viva entre la resignación y la llegada de un cambio que luce inminente; siempre inminente, nunca concreto. Angustia y lamento; suspiro por una solución posible, que muchos advierten utópica; abrazo a la posibilidad de un milagro, sea por aferrarse a un culto, sea por resistirse a las verdades ciertas que la ciencia dicta. La esperanza está como consuelo; pese a que su hermana mayor, la que tiene abundancia de certezas, la reprenda porque nunca sentencia en afirmativo, porque nunca da muestras de creer realmente lo que piensa. Los venezolanos, ganados siempre a las palabras de consuelo mutuo, de solidaridad discursiva, de aliento reservado, tenemos en la esperanza a nuestra arma secreta para enfrentar los vaivenes de la vida; las vicisitudes y hasta las promesas incumplidas; convertidas ahora, en nueva posibilidad; en mano extendida; en beso reconciliador, en reencuentro entre la verdad y una mentira contada en forma de futuro, para la burla que se recicla. Quizá porque es la hermana pobre de la fe; con la fuerza de la genética, pero también con la vulnerabilidad de su condición humilde; la esperanza sigue el sueño; confía de nuevo, se permite el olvido y se otorga el deseo de volver a intentarlo. No es bueno ni es malo; simplemente es. Una característica propia de quienes vivimos en una especie de ambigüedad de criterio; por más decididos que parezcamos en cuanto a nuestra vida propia y cercana; individual y colectiva; familiar y nacional es asirnos de la esperanza; sin que ello repercuta en acciones reales y concretas, sin que ello signifique convicción; sin que ello se materialice en hechos que demuestren que esa esperanza al cielo ruega; pero también da. Un poco de cautela - ¿Blasfemo contra la esperanza? No. Creo en ella, al fin y al cabo, riega el ánimo, permite una sonrisa e impulsa a ver a su hermana mayor; la fe; esa que hace posible -como dice san Agustín- creer en quien no se ve, por la fuerza de lo que sí se ve. Pero por ser la esperanza la pobre; los bandidos se burlan de ella, se mofan, se recrean en las debilidades de una actitud cándida; quizá ingenua; y la emprenden contra esa sumisión bondadosa que siempre consigue elementos para justificar, para bendecir, para desconfiar de las posibles malas intenciones de aquellos que a todas luces actúan ondeando una bandera de "esperanza" para más adelante valerse de ello y confundir toda la ilusión depositada, todo el ímpetu de acompañamiento, toda la voluntad por la construcción de un futuro de progreso y con ello destruir eso; que quienes juegan con el dolor ajeno, con el miedo, con la angustia, dicen que es lo último que se pierde. Esa frase, hecha refrán, es quizá la puerta de entrada para que los malhadados se aprovechen de quienes tenemos fe en la esperanza. La esperanza no se puede perder; pero tampoco puede ser elemento flaco para ofrecer ventajas a quien ha decidido actuar en contraparte, en desmedro nuestro, en escalinata con nosotros como peldaños, en maledicencia, en actitud despótica, en cambio solo para que todo siga igual. Conceptos renovados - Toca entonces; como suele suceder por estos días, redimensionar, reflexionar acerca de la esperanza y descubrirla como una posibilidad cierta de ánimo y vanguardia; sin mayores debilidades que el simple hecho de saberla presente; pero con criterios, de saberla activa, pero con visión cierta; sin cegueras autoimpuestas; que más que esperanza, develan resignación a lo que venga, sea lo que sea. La esperanza es certeza en la espera. No se trata de un acto mágico que tuerce el rumbo de una verdad escrita sobre piedra, se trata de la concreción de hechos, de la materialización de un esfuerzo sostenido. En definitiva es esperar; y si algo tiene de mística esa espera, si algo tiene de valor religioso, de fundamento misterioso y alto valor espiritual, es precisamente el inseparable apego a aquella hermana mayor; que sin ambigüedades y sin medias tintas actúa, aquella hermana a la que no le importa la pobreza, porque en los temas de la decisión, de la lucha a brazo partido, del acento en lo sustantivo, poco importan los recursos materiales; valen más los de la convicción, con la fortaleza de espíritu, los de la inspiración motivadora, los de la ilusión sustentada en verdades posibles. Fuera la resignación - En el país reina la esperanza. Está en boca de miles, de millones. La esperanza es un aliciente en medio de tanta pobreza -material y espiritual-, es una ayuda inmensa a la hora de pensar qué es lo que viene, hacia dónde vamos, qué queremos ser, cuál país queremos habitar, construir y disfrutar. Sin embargo, en el país, la esperanza se sustenta en las promesas, en las ventas de mercaderes que se valen de una demanda constante, satisfecha -creen algunos- únicamente por la prédica de vándalos ilusionistas. Es tiempo entonces de recuperar el valor de la esperanza, de deslastrarle el juego macabro de su uso para sustentar imposibles, para convertirla en resignación sistemática, para hacer de ella una excusa frente a la mediocridad y la desidia, para someterla, en sus convicciones, a más paciencia en la espera, a más dilación en el cumplimiento de las promesas. Urge validar el concepto de la esperanza, teñirlo de nuevos bríos, de endilgarle una fuerza reivindicativa existente; porque al final, la esperanza es un premio a la constancia, es una recompensa a la fuerza que imprime la fe. En estos tiempos, cuando más veces la palabra esperanza sale de nuestras bocas; hagamos un alto para entenderla, para internalizar su significado, para reencontrarle su valor y comenzar, de nuevo -con verdadera esperanza- a redoblar los esfuerzos para que esta espera cierta por un país justo, creíble, posible, factible, se concrete y no se pierda jamás. Un abrazo a la esperanza - La esperanza, con la frente en alto, entonces tiene motivos para existir y para convertirse en una fuente de inspiración inagotable para la conquista de los sueños; no porque una varita mágica actúe, sino porque pudimos ubicarla, más allá de la pobreza en la que se encuentra hoy, en un sitial de honor; en un pedestal de justicia. Que en adelante ya más nunca nadie se burle de la esperanza de un pueblo, que en adelante sepamos enfrentar con verdadera esperanza el futuro que nos viene, no por los designios de la incertudumbre, sino por la consecuencia coherente entre lo que hemos hecho y los resultados esperados. Bien vale aferrarse a la esperanza cuando ella se erige en bastión de una fortaleza de espíritu que no se sienta a ver pasar los acontecimientos, cuando ella se convierte en estandarte para liderar un futuro que se construye desde hoy en la certeza de que la esperanza es parte motora de cuanto hace falta, porque no es distante ni lejana, porque no es vieja ni nueva. Sí, la esperanza es la hermana pobre de la fe. Quizá por ello, en ese aspecto que parece vulnerable, es tan noble que permite estas disertaciones sin perderse, sin ofenderse, sin sentirse menos, sin mirar de reojo. Por el contrario, la esperanza, en medio de su nobleza y su humildad; asume estos conceptos para ampliarse en su presencia, para seguir andando al lado de la ilusión, para seguir dándose y dándonos aliento.
EL UNIVERSAL 5 de enero de 2012

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