lunes, 29 de agosto de 2011

Un guionista secreto


Por: Milagros Socorro - La coincidencia es tan escalofriante, los hechos se articulan con tal simetría, que da la impresión de que han sido organizados en una trama concebida por un guionista todopoderoso y silente. Mañana martes se cumplirá un año de la muerte de Franklin Brito, quien sucumbió a su radical protesta por la confiscación de su tierras por parte del régimen. El 5 de junio de 2010, el entonces presidente de Telesur, Andrés Izarra, había escrito en la red social twitter: “Franklin Brito Huele a Formol! (sic, la falta del signo de admiración para abrir la oración, como es norma vigente en castellano, es falta del funcionario). Efectivamente, el productor agropecuario fallecería en el Hospital Militar. Exactamente un año después, el presidente Chávez ingresa al Hospital Miliar para recibir quimioterapia. En junio de 2011 fue diagnosticado de cáncer en La Habana. Desde el centro de salud agradece al personal médico y paramédico las especiales atenciones que les dispensan… y hasta ahí llegan las coincidencias. Franklin Brito, en cambio, no recibió más que maltratos. El primer atropello fue el hecho de haber sido trasladado al Hospital Militar en contra de su voluntad. El vía crucis de Brito había comenzado en mayo de 2003, cuando el INT otorgó a terceros un par de cartas agrarias sobre dos lotes de terreno que abarcaban gran parte de su fundo “Iguaraya”, con el agravante de que se le eliminaba toda vía de acceso. A partir de ese evento, Brito se dedicó a acudir a diversas instancias nacionales e internacionales para denunciar la situación, pero al no ser escuchado optó por la huelga de hambre. La primera la inició en 2005 y ya el 2 de julio de 2009, abrazó esta forma de alegato de manera radical. La que terminaría con su muerte era la séptima huelga de hambre que emprendía. Había pasado siete años exigiendo la titularidad de su tierra. E iba a morir en el Hospital Militar de Caracas, donde permaneció 260 días, desde 13 de diciembre de 2009, cuando fue sacado de la sede de la OEA y llevado sin su consentimiento al citado centro de salud. Por eso, Brito decía que había sido sometido a un secuestro. Ya internado en el Hospital Militar, le impidieron recibir la visita de sus familiares, con la excepción de su esposa, Elena, y su hija, Angela, quienes debían entrar una a la vez; le impusieron una evaluación psiquiátrica llevada adelante por profesionales no aprobados por el disidente, a la que, sin embargo, se sometió gustoso. Ninguno de los siete psiquiatras encontró, por cierto, indicios de insania mental. Pero lo peor, lo más cruel, fue, a no dudarlo, las reiteradas mentiras que sin ningún rubor le decían los funcionarios, con el objetivo de que Brito suspendiera las huelgas de hambre. Hacían un compromiso con ;el, le insuflaban esperanza y luego daban declaraciones públicas en sentido totalmente contrario a lo que habían con él. El 4 de diciembre de 2009, la Fiscalía aseguró que las por los daños causados al no haber podido trabajar su fundo durante 7 años. Si eso se hbiera hecho la realidad, el Ghandi de Venezuela habría conquistado sus objetivos. Brito aceptó que le administraran sueros nutritivos cuya naturaleza y dosis él mismo supervisaría con talante científico. Vana ilusión. El 5 de diciembre, el INTI declaró, para la Agencia Bolivariana de Noticias que, en realidad, ese organismo nunca había perjudicado a Brito y que la revocatoria había sido pergeñada para que él dejara la huelga. Al retomar la protesta, se agudizaron las dificultades. Fanklin Brito tuvo que soportar un trato denigrante en el Hospital Militar, donde, según narran Elena y Angela, era tratado con rudeza y abiertas burlas por muchos de los médicos (que llegaron, por ejemplo, al pueril procedimiento de rodear la cama del yacente y al unísono quitar la envoltura de unos bombones y saborearlos mientras les daban lambetazos) y por la mayoría del personal paramédico, a quienes nadie enseñó que no se puede despertar mil veces a un paciente y muchos menos reírse de lo macilento que está y de los aletazos que sobre su cabeza da el pájaro de la muerte. El relato de la estancia en la Terapia Intensiva, donde Brito fue arrumbado en una especie de depósito de medicinas, contiguo al baño del personal, helado, ruidoso, es un testimonio estremecedor que incluye el día en que, inmediatamente después de la visita de Juan Carlos Loyo, entonces director del INTI, Franklin Brito fue sedado a contravía de su expresa voluntad. Y ya no volvería a ser el mismo. Elena asegura que cuando los médicos y las enfermeras salieron de la habitación, y ella pudo ver a su esposo, sumido en la inconsciencia, con hipotermia, incapaz de hablar y ni siquiera de abrir los ojos, fue hacia la papelera del cuarto y allí encontró, vacía, una ampolla que, al someter al análisis de médicos amigos, resultó ser el continente de un antisicótico. A partir de ese momento Brito perdió el control de su condición de huelguista. Días antes de cumplir 50 años, murió sin haber recobrado del todo la conciencia. Y a las pocas horas, la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, divulgó su proyecto de culpar a la familia de instigación al suicidio. Por su parte, Loyo sería promovido a ministro.

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