domingo, 15 de noviembre de 2009

Tragedias del deporte


LA TRAGEDIA DE MUNICH - El gran Manchester United de los "Bubsy Boys" aterrizaba en Munich para repostar. Era una noche de invierno de 1958. Las joyas del equipo se encontraban en el avión. Bobby Charlton era apenas un niño de 19 años que acababa de debutar con el club de sus amores. Tras dos intentos de despegue que tuvieron que ser abortados se procedió a un tercero. El avión no conseguía velocidad para remontar y tras salirse de la pista y superar una valla se estrellaba contra una casa cercana. Ocho jugadores perdieron la vida en aquel accidente. Charlton fue rescatado por el portero del equipo.
IL GRANDE TORINO - Aquel equipo era el mejor que nunca había tenido el club italiano. Formaba la columna vertebral de la selección italiana y estaba llamado a hacer grandes cosas. El destino quiso lo contrario. En el viaje de regreso de un partido contra el Benfica de Portugal, el avión que llevaba al equipo se estrelló en las afueras de Turín, junto a la basílica de Superga. El accidente se llevó la vida de 31 personas, 18 de ellos jugadores del Torino.
ALIANZA DE LIMA - En 1987 el avión que trasladaba a la expedición del Alianza de Lima sufría un accidente que terminaba con la vida de 43 personas de las 44 que viajaban en él. Las causas del accidente fueron objeto de debate por muchos años y solo recientemente se reveló que hubo un intento por parte de la Armada peruana de ocultar las conclusiones de la investigación. El accidente cercernó al gran Alianza de Lima. El equipo perdió 16 jugadores, al entrenador, su asistente, el médico, ocho animadoras y otros miembros con distintas funciones en el equipo.
VIVENE - El 13 de octubre de 1972 el vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya desaparecía en la cordillera de los Andes. Tras la pérdida de contacto por radio se puso en marcha un dispositivo de rescate que se prolongó por una semana y resultó infructuosa. En el cerro en el que el avión se había estrellado 29 personas perdieron la vida mientras los supervivientes esperaban los equipos de rescate sin saber que la búsqueda se había suspendido. Dos miembros del equipo protagonizarían semanas después una gesta heroíca que permitió el rescate de los catorce supervivientes que se mantuvieron junto a los restos del aparato.
LA TRAGEDIA DE LE MANS 1955 - Espectadores huyen de las llamas en el estadio de Le Mans. El 11 de junio de 1955 el Mercedes pilotado por Pierre Levegh perdía agarre y se estrellaba contra la tribuna de espectadores. El incendio posterior, seguido de una explosión causaba la muerte a 82 espectadores y al piloto. La carrera, se trataba de las 24 horas de Le Mans, siguió su curso. Los organizadores temieron que la suspensión de la misma hubiera colapsado las rutas de emergencia necesarias para la evacuación de los heridos. La tragedia conmocionó a todo Europa. Francia prohibió la celebración de pruebas automovilísticas en su territorio. Lo mismo hicieron Portugal, España, Alemania y Suiza, país en el que aún hoy se mantiene la prohibición.
LA MUERTE DE AYRTON SENNA - El Williams Renault de Ayrton Senna tras el accidente. Foto: Getty ImagesPocos pilotos en la historia del automovilismo han despertado la admiración y el cariño que un piloto brasileño de nombre Ayrton y de apellido Senna. El 1 de mayo de 1994 millones de espectadores asistían con horror a la salida de la pista del Williams Renault FW 16 y su posterior choque contra un muro de contención. El bólido del brasileño impactaba a más de 200 kilómetros por hora contra un bloque de hormigón. Tras ser evacuado en helicóptero, fallecía horas después en el hospital de Bolonia. Más de dos millones de personas siguieron el féretro por las calles de Sao Paulo.
LA TRAGEDIA DE HILLSBOROUGH - Un estadio obsoleto, un partido de máxima expectación y un número de aficionados que superaba ampliamente la capacidad del estadio fueron los ingredientes de la tragedia del estadio de Hillsborough. Una avalancha humana causó la muerte de 96 personas, la mayoría de las cuales perecieron aplastadas. Como consecuencia del suceso, el fútbol inglés retiró las vallas de todos sus estadios y obligó al rediseño de las medidas de seguridad en todos ellos.
HEYSEL - Europa entera se preparaba para asistir a un gran espectáculo; la final de la Copa de la UEFA iba a enfrentar a la Juventus de Turín y al Liverpool. En lugar de goles, pasión y fútbol el mundo asistió en directo a la tragedia de las gradas de Heysel. La causa de la estampida humana se produjo tras un salvaje ataque de los aficionados del Liverpool sobre los de la Juventus. El pánico de la masa trajo consigo las avalanchas y el terrible espectáculo de aficionados atrapados contras las vallas mientras la violencia continuaba en las gradas. 38 personas perdieron la vida aquella tarde. Como consecuencia de lo sucedido los clubes ingleses fueron apartados de las competiciones europeas y se introdujeron las reglas de seguridad que rigen hoy en los estadios europeos.
LA PUERTA 12 - Una puerta bloqueada por razones que nunca fueron aclaradas fue el origen de la tragedia del Monumental. Una salida que debería haber estado expedita para los espectadores se encontraba cerrada. El flujo de aficionados que deseaba abandonar el estadio causó la muerte por aplastamiento de 71 personas, la mayoría de ellos niños. La investigación de la tragedia resultó otra tragedia en sí misma. Las razones nunca quedaron aclaradas y nadie fue considerado culpable por los tribunales.
LA TRAGEDIA DEL NACIONAL - Un gol anulado, un espectador que salta al campo, la policía que lo reduce a golpes y el germen de la tragedia se ha sembrado. En 1964 el estadio Nacional de Lima era el escenario de un encuentro entre la selección peruana y la de Argentina. Tras la actuación de la policía contra un exaltado, parte del público saltó al terreno de juego. La reacción de las fuerzas de seguridad provocó el pánico en las gradas y miles de espectadores intentaron abandonar el estadio, cuyas puertas se encontraban cerradas. 318 personas perecieron aquel día.
EL ASESINATO DE ANDRÉS ESCOBAR - Andrés Escobar se lamenta tras anotar en propia puerta el gol que le costaría la vida. Un gol en propia puerta en el partido entre Colombia y Estados Unidos marcaba para siempre el destino de Carlos Escobar. El jugador colombiano era asesinado en Medellín después de que su selección hubiera quedado fuera del Mundial del 94 a consecuencia de un involuntario gol. El impacto de la muerte de Escobar sacudió a todo el mundo. Lejos de una cuestión deportiva, el planeta entero se sintió conmocionado por una nueva e incomprensible demostración de la violencia que en aquellos años imperaba en Colombia.
OLIMPIADAS DE MUNICH 1972 - Un terrorista del grupo Septiembre Negro en el balcón de la residencia de los atletas de Israel. Durante los Juegos Olímpicos de 1972 celebrados en Munich, un grupo terrorista árabe llamado "Septiembre Negro" asaltaba la residencia de los atletas de Israel y tras asesinar a varios atletas tomaba como rehenes al resto de la expedición. Las cámaras de televisión abandonaban las pistas y se dirigían a la residencia de los atletas.El drama era transmitido a todo el planeta que aguantaba la respiración mientras la policía alemana preparaba una operación de rescate. Al final de la odisea once atletas israelíes eran asesinados. Cinco de los ocho terroristas árabes eran eliminados por la policía que capturaba al resto.
Fuente: yahoo.

La osadía de la ignorancia… maravillosamente desnudada.


Por: Arturo Pérez-Reverte - De la Real Academia Española - Alguien debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las del Gobierno, que están muy mal acostumbradas. Una comisión del parlamento andaluz a la que se encomendó revisar el «lenguaje sexista» de los documentos de allí, se ha dirigido a la Real Academia Española solicitando un informe sobre la corrección de los desdoblamientos tipo «diputados y diputadas, padres y madres, niños y niñas, funcionarios y funcionarias», etcétera. Como suele –recibe cinco mil consultas mensuales de todo el mundo–, la RAE respondió puntualizando que tales piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales o en mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas, obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas. Aún se detalló más en la respuesta de la RAE: que precisamente la oposición de sexos, cuando se utiliza, permite destacar diferencias concretas. Usarla de forma indiscriminada, como proponen las feministas radicales, quitaría sentido a esa variante cuando de verdad hace falta. Por ejemplo, para dejar claro que la proporción de alumnos y alumnas se ha invertido, o que en una actividad deportiva deben participar por igual los alumnos y las alumnas. La pérdida de tales matices por causa de factores sociopolíticos y no lingüísticos, y el empleo de circunloquios y sustituciones inadecuadas, resulta empobrecedor, artificioso y ridículo: diputados y diputadas electos y electas en vez de diputados electos, o llevaré a los niños y niñas al colegio o llevaré a nuestra descendencia al colegio en vez de llevaré a los putos niños al colegio. Por ejemplo. Alguien debería decirles a ciertas feministas contumaces, incluso a las que hay en el Gobierno de la Nación o en la Junta de Andalucía, que están mal acostumbradas. La Real Academia no es una institución improvisada en dos días, que necesite los votos de las minorías y la demagogia fácil para aguantar una legislatura. La RAE tampoco es La Moncloa, donde bastan unos chillidos histéricos en el momento oportuno para que el presidente del Gobierno y el ministro de Justicia cambien, en alarde de demagogia oportunista, el título de una ley de violencia contra la mujer o de violencia doméstica por esa idiotez de violencia de género sin que se les caiga la cara de vergüenza. La lengua española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos, donde ningún imbécil analfabeto –o analfabeta– tiene nada que decir al hilo de intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en el exilio. Así que por una vez, sin que sirva de precedente, permitan que este artículo lo firme hoy Arturo Pérez-Reverte. De la Real Academia Española.
http://xlsemanal.finanzas.com/web/firma.php?id_firma=2230&id_edicion=847

La moral de los cínicos


Por: Mario Vargas Llosa - En una conferencia sobre la vocación política (Politik als beruf) ante una Asociación de Estudiantes, en Múnich en 1919, Max Weber distinguió entre dos formas de moral a las que se ajustarían todas las acciones humanas "éticamente orientadas": la de la convicción y la de la responsabilidad. La fórmula, que se hizo célebre, contribuyó casi tanto como sus estudios anticipadores sobre la burocracia, el líder carismático o el espíritu de la reforma protestante y el desarrollo del capitalismo al merecido prestigio del sociólogo alemán.A primera vista cuando menos, aquella división parece nítida, iluminadora e irrefutable. El hombre de convicción dice aquello que piensa y hace aquello que cree sin detenerse a medir las consecuencias, porque para él la autenticidad y la verdad deben prevalecer siempre y están por encima de consideraciones de actualidad o circunstancias. El hombre responsable sintoniza sus convicciones y principios a una conducta que tiene presente las reverberaciones y efectos de lo que dice y hace, de manera que sus actos no provoquen catástrofes o resultados contrarios a un designio de largo alcance. Para aquél, la moral es ante todo individual y tiene que ver con Dios o con ideas y creencias permanentes, abstractas y disociadas del inmediato quehacer colectivo; para éste, la moral es indisociable de la vida concreta, de lo social, de la eficacia, de la historia. Ninguna de las dos morales es superior a la otra; ambas son de naturaleza distinta y no pueden ser relacionadas en un sistema jerárquico de valores, aunque, en contados casos -los ideales- se complementen y confundan en un mismo individuo, en una misma acción. Pero lo frecuente es que aparezcan contrastadas y encarnadas en sujetos diferentes, cuyos paradigmas son el intelectual y el político. Entre estos personajes aparecen, en efecto, quienes mejor ilustran aquellos casos extremos donde se vislumbra con luminosa elocuencia lo diferente, lo irreconciliable de las dos maneras de actuar. Si fray Bartolomé de las Casas hubiera tenido en cuenta los intereses de su patria o su monarca a la hora de decir su verdad sobre las iniquidades de la conquista y colonización de América, no habría escrito aquellas denuncias -de las que arranca la leyenda negra contra España- con la ferocidad que lo hizo. Pero para él, típico moralista de convicción, la verdad era más importante que el imperio español. También a Sartre le importó un comino desprestigiar a Francia, durante la guerra de Argelia, acusando al Ejército francés de practicar la tortura contra los rebeldes, o ser considerado un antipatriota y un traidor por la mayoría de sus conciudadanos, cuando hizo saber que, como la lucha anticolonial era justa, él no vacilaría en llevar "maletas con armas" del Frente de Liberación Nacional Argelino (FLN) si se lo pedían. El general De Gaulle no hubiera podido actuar con ese olímpico desprecio a la impopularidad sin condenarse al más estrepitoso fracaso como gobernante y sin precipitar a Francia en una crisis aún más grave que la que provocó la caída de la IV República. Ejemplo emblemático del moralista responsable, subió al poder en 1958, disimulando detrás de ambiguas retóricas e inteligentes malentendidos sus verdaderas intenciones respecto al explosivo tema colonial. De este modo, pacificó e impuso orden en una sociedad que estaba al borde de la anarquía. Una vez en el Elíseo, el hombre en quien una mayoría de franceses confiaba para que salvase Argelia, con suprema habilidad fue, mediante silencios, medias verdades y medias mentiras, empujando a una opinión pública al principio muy reacia, a resignarse a la idea de una descolonización, que De Gaulle terminaría por llevar a cabo no sólo en Argelia, sino en todas las posesiones africanas de Francia. El feliz término del proceso descolonizador que logró, retroactivamente mudó lo que podían parecer inconsistencias, contradicciones y engaños de un gobernante, en coherentes episodios de una visión de largo alcance, en la sabia estrategia de un estadista. En los casos de Bartolomé de las Casas, Sartre y De Gaulle, y en otros como ellos, todo esto resulta muy claro porque, debajo de las formas de actuar de cada uno, hay una integridad recóndita que contribuye a dar consistencia a lo que hicieron. El talón de Aquiles de aquella división entre moralistas convencidos y moralistas responsables es que presupone, en uno y otros, una integridad esencial, y no tiene para nada en cuenta a los inauténticos, a los simuladores, a los pillos y a los frívolos. Porque hay una distancia moral infranqueable entre el Bertrand Russell que fue a la cárcel por excéntrico -por ser consecuente con el pacifismo que postulaba- y la moral de la convicción de un Dalí, cuyas estridencias y excentricidades jamás le hicieron correr riesgo alguno y, más bien, servían para promocionar sus cuadros. ¿Debemos poner en un mismo plano las extravagancias malditas que llevaron a un Antonin Artaud a una suerte de calvario y al manicomio y las que hicieron de Cocteau el niño mimado de la alta sociedad y miembro de la Academia de los inmortales? Pero es sobre todo entre los políticos donde aquella moral de la responsabilidad se bifurca en conductas que, aunque en apariencia se asemejen, íntimamente se repelen. Las mentiras de De Gaulle a los activistas de la Algérie Française -"Je vous ai compris"- cobran una cierta grandeza, en perspectiva, juzgadas y cotejadas dentro del conjunto de su gestión gubernamental. ¿Se parecen ellas, en términos morales, a las miríadas de mentiras que tantos gobernantes profieren a diario con el solo objeto de durar en el poder o de evitarse dolores de cabeza, es decir, por razones menudas y sin la menor sombra de trascendencia histórica? Esta interrogación no es académica, tiene que ver con un asunto de tremenda actualidad: ¿cuál va a ser el futuro de la democracia liberal en el mundo? El desplome del totalitarismo en Europa y parte del Asia ha insuflado, en teoría, nueva vitalidad a la cultura democrática. Pero sólo en teoría, pues, en la práctica, a lo que asistimos es a una crisis profunda del sistema aun en países, como Francia o Estados Unidos, donde parecía .Más arraigado e invulnerable. En muchas sociedades emancipadas de la tutela marxista, la democracia funciona mal, como en Ucrania, o es una caricatura, como en Serbia, o parece pender de un hilo, como en Rusia y Polonia. Y en América Latina, donde parecía haber sido vencida, la bestia autoritaria ha vuelto a levantar cabeza, en Haití y Perú, y acosa sin descanso a Venezuela. Una triste comprobación es que, en casi todas partes, para la mayoría de las gentes la democracia sólo parece justificarse por contraste con lo que anda peor, no por lo que ella vale o pudiera llegar a valer. Comparada con la satrapía fundamentalista de Irán, la dictadura de Cuba o el régimen despótico de Kim il Sung, la democracia parece preferible, en efecto. Pero ¿cuántos estarían dispuestos a meter sus manos al fuego -a defender con sus vidas- en un sistema que, además de mostrar una creciente ineptitud para resolver los problemas, parece en tantos países paralizado por la corrupción, la rutina, la burocracia y la mediocridad? En todas partes y hasta el cansancio se habla del desprestigio de la clase política, la que habría expropiado para sí el sistema democrático, gobernando en su exclusivo provecho, a espaldas y en contra del ciudadano común. Esta prédica, que ha permitido a Jean Marie Le Pen y al neofascista Front National echar raíces en un espacio considerable del electorado francés, se halla en boca del aprendiz de dictador peruano, Fujimori quien despotrica contra la partidocracia, y es el caballito de batalla del tejano Ross Perot, quien podría dar la gran sorpresa en las elecciones de Estados Unidos derrotando, por primera vez en la historia de ese país, a los partidos tradicionales. Excluido todo lo que hay de exageración y de demagogia interesada en esas críticas, lo que queda de verdad es todavía mucho, y muy peligroso para el futuro del sistema que, pese a sus defectos, es el que ha traído más prosperidad, libertad y respeto a los derechos humanos a lo largo de la historia. Y lo más grave que queda es la distancia, a veces grande y a veces enorme, entre gobernantes y gobernados en la sociedad democrática. La razón principal -de este alejamiento e incomunicación entre el ciudadano común y aquellos que, allá arriba, en los alvéolos de la Administración, en los gabinetes ministeriales o en los escaños parlamentarios, deciden su vida (y a veces su muerte) -la clase política- no es la complejidad creciente de las responsabilidades de gobierno, y su consecuencia inevitable, tan bien analizada por Max Weber, la burocratización del Estado, sino la pérdida de la confianza. Los electores votan por quienes legislan y gobiernan, pero, con excepciones cada vez más raras, no creen en ellos. Van a las urnas a depositar su voto cada cierto tiempo, de manera mecánica, como quien se resigna a un ritual despojado de toda sustancia, y a veces ni siquiera se toman ese trabajo: el abstencionismo, fenómeno generalizado de la democracia liberal, alcanza en algunos países cotas abrumadoras. Esta falta de participación es ostensible en ocasión de los comicios; pero es aún más extendida, y ciertamente más grave, en el funcionamiento cotidiano de esas instituciones claves de una democracia, que son los partidos políticos. Aquella no es concebible sin éstos, instrumentos nacidos para asegurar, de un lado, el pluralismo de ideas y propuestas, la crítica al poder y la alternativa de gobierno, y, de otro, para mantener una comunicación permanente entre gobernados y gobernantes, la escala local y nacional. Los partidos democráticos cumplen cada vez menos con esta última función porque en casi todas partes -democracias incipientes o avanzadas- se van quedando sin militantes, y el desafecto popular los convierte en juntas de notables o burocracias profesionalizadas, con pocas o nulas ataduras al grueso de la población, de la que un partido recibe el flujo vital que le impide apolillarse. Se esgrimen muchas explicaciones de este desgano colectivo para con unas instituciones de cuya renovación y creatividad permanentes depende en buena medida la salud de una democracia, pero muchas de ellas suelen confundir el efecto con la causa, como cuando se dice que los partidos políticos no atraen adhesiones porque carecen de líderes competentes, de dirigentes dotados de aquel carisma de que hablaba Weber (sin imaginar qué clase de líder carismático le sobrevendría muy pronto a Alemania). La verdad es la inversa, claro está: aquellos dirigentes no aparecen porque las masas ciudadanas se desinteresan de los partidos. Y de la vida política, en general. (No hace mucho leí una encuesta, sobre el destino de los jóvenes graduados con los' calificativos más altos en las universidades norteamericanas: la gran mayoría elegía las corporaciones y, después, distintas profesiones liberales; la política era elección de una insignificante minoría). La falta de fe, la pérdida de confianza del ciudadano común en sus dirigentes políticos -cuyo resultado es la pérdida de autoridad de la clase política en general- se debe, básicamente, a que la realidad ha convertido en un simulacro bochornoso aquella moral de la responsabilidad, supuestamente connatural al político, que Max Weber distinguió con sutileza de la moral de la convicción, lujo de irresponsables. Una suerte de consenso se ha establecido que hace de la actividad política, en las sociedades democráticas, una mera representación, donde las cosas que se dicen, o se hacen, carecen del respaldo de las convicciones, obedecen a motivos y designios opuestos a los confesados explícitamente por quienes gobiernan, y donde las peores picardías y barrabasadas se pueden justificar en nombre de la eficacia y del pragmatismo. En verdad la sola justificación que tienen es la tácita aceptación a que ha llegado la sociedad de que la política es un espacio reservado y aparte, parecido a aquel que definió Huizinga para el juego, con sus propias reglas y su propio discurso y su propia moral, al margen y a salvo de las que regulan las del hombre y la mujer del común. Es esta cesura entre dos mundos impermeabilizados entre sí lo que está emprobreciendo a la democracia, desencantando de ella a muchos ciudadanos y volviéndolos vulnerables a los cantos de sirena xenófobos y racistas de un Le Pen, a la chamuchina autoritaria de un Fujimori, a la demagogia nacionalista de un Vladimir Meciar, o al populismo antipartidos de Ross Perot, y lo que mantiene todavía viva la romántica solidaridad en muchos beneficiarios de la democracia con dictaduras tercermundistas. Por eso conviene, como primer paso para el renacimiento del sistema democrático-, abolir aquella moral de la responsabilidad que, en la práctica -donde importa-, sólo sirve para proveer de coartadas a los cínicos, y exigir de quienes hemos elegido para que nos gobiernen, no las medias verdades responsables, sino las verdades secas y completas, por peligrosas que sean. Pese a los indudables riesgos que implica para un político no mentir, y actuar como lo hizo Churchill -ofreciendo sangre, sudor y lágrimas a quienes lo habían llamado a gobernar-, los beneficios serán siempre mayores, a mediano y largo plazo, para la supervivencia y regeneración del sistema democrático. No hay dos morales, una para los que tienen sobre sus hombros la inmensa tarea de orientar la marcha de la sociedad, y otra para los que padecen o se benefician de lo que aquéllos deciden. Hay una sola, con sus incertidumbres, desafíos y peligros compartidos, - en la que convicción y responsabilidad son tan indisociables como la voz y la palabra o como las dos caras de una moneda. Copyright , 1992. Copyright Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas, reservados a Diario El País, SA, 1992.

Carcoma Bolivariana


Por: Carlos Blanco - http://www.tiempodepalabra.com/ -Chávez es infalible hasta que él reconoce un error que sólo él puede reconocer - La epopeya chavista vive un momento de inmenso agotamiento. Tanto pujar y pujar por la gloria, por la historia y la posteridad para obtener, al final, esta lombriz roja. Tanto esfuerzo para que la era pariera un corazón y sólo ha alcanzado a parir un ratón. Tantas palabras vertidas por la primera garganta de la República para que terminara en esas lamentables parodias en las cuales regaña a la viceministra Dominga, tartamuda por la furia inúti lde quien es responsable de su descalabro. Tanta guerra contra Colombia para terminar con ese desangelado "¿Quién dijo guerra?, ¿yo?, yo no fui" No comprende que el fracaso de sus subordinados es irrevocablemente suyo, y que el peligro más inmediato de su mando no viene de afuera sino de los intestinos bolivarianos. Lo presiente, por eso está como está. La congoja tiene sus razones, más aún cuando la "Operación Honduras" se le transformó en fiasco, y Zelaya termina acurrucado y empollado por el águila imperial. Lentamente los aliados del ALBA colorada tuercen su mirada y algo parecido al crepúsculo se les insinúa. La enfermedad de Chávez no es la gripe ni un tracto digestivo rebelde ni la guerrilla neurológica que le ataca por mampuesto y por los polos, sino la anestesia de la estructura que lo ha empinado. Una de sus mayores incomprensiones es la referida al debate. El debate no sólo es esencial a la democracia sino también a los autoritarismos estables, la diferencia es que la democracia lo hace en la plaza pública y los comunistas en el Comité Central, pero se debate aunque sea entre los escogidos miembros del politburó. Chávez no entiende que los comunistas cubanos, los mismos que reprimen la discusión abierta, muchas veces se han fajado en discusiones sobre diversos asuntos de Estado; hay límites no traspasables, pero hay discusiones. En el caso de los autoritarismos personalistas ese forcejeo no es posible porque se asume como un cuestionamiento al autócrata. El resultado es que el jefe acierta mientras interpreta correctamente el momento, pero cuando los sensores se le entumecen viaja en las sombras y sin instrumentos. Puede quediv ise el aeropuerto si el cielo se despeja, pero si no, aterriza de barriga si es que la impericia no lo lleva a la compañía de los ángeles negros y del propio Lucifer. Nadie puede decir nada que contradiga a Chávez. No es de buena educación darle malas noticias. No está tolerado decir "mira Hugo, no seas torpe, no sigas por ese camino". Ni siquiera asomar "señor Presidente, ese ministro es un inútil" o "ese funcionario hay que sustituirlo". Nada. Él es infalible hasta el momento en que él reconoce un error que sólo él puede reconocer, envuelto en un tramposo "nosotros" que lo encubre. Y cuando lo admite sustituye a inútil A por inútil B que a su vez ha sido sustituido por inútil C. Nadie debe saber nada sino ser obediente. El mérito se hace insultando al "enemigo", jamás desafiando la sabiduría convencional, incluida la del caudillo. No es que todos sean lerdos o brutos. Hay gente inteligente entre los colaboradores de Chávez, sólo que sobreviven si disfrazan esa característicao la usan para el halago. Como el caso del diplomático que le dice: "permítame que discrepe de usted Presidente, pero usted no se da cuenta de su propia estatura histórica y universal". Esa "discrepancia" equivale a un templón con baranda y columpio incorporado. El tinglado está montado para evitar decirle a Chávez que el fracaso de sus colaboradores es el resultado de sus decisiones. La ausencia de canales e instrumentos hace que el descontento se consolide, paradójicamente, en las figuras que se ven como más cercanas y con más poder al lado de Chávez. Inicialmente fue Luis Miquilena quien era de los pocos que le cantaba las cuarenta; a su alrededor se nucleó la desilusión inicial. Una vez salido del Gobierno por su propia voluntad, pareció que la persona que iba a recoger ese enfado era José Vicente Rangel, quien trató, pero jamás pudo siquiera articular una protesta ante Chávez y ahora menos que nunca. Jorge Rodríguez tuvo el atrevimiento de hacer un amago y fue rápidamente conminado a volver a su cubil. Salvo Miquilena, ninguno tenía la voluntad de desafiar a Chávez pero se convirtieron en el polo de atracciónde los que querían constituir una alternativa (el famoso "chavismo sin Chávez"). Desde hace algún tiempo los decepcionados se le van pegando aDiosdado Cabello, quien tiene mayor poder militar, financiero y administrativo que cualquier otro funcionario del régimen después de Chávez, y con una pelea casada y sin regreso con la tribu que regenta Pdvsa. Cabello ha sido el más obsecuente seguidor de Chávez, lo que es difícil en una competencia tan brava, con tantos rivales, y ha recibido de éste las oportunidades para construir su propio sub imperio bolivariano; pero exactamente esa condición lo ha colocado como el atractor fatal de los quejosos dentro del aquelarre. Así se explica por qué Chávez rítmicamente lo eleva y lo hunde, lo ensalza y lo critica; le da posiciones para que haga el trabajo sucio y le pone límites para que no se crea más de lo que es. El garrote y la zanahoria, o el garrote y el atún o el garrote y las aduanas. A veces Chávez pareciera harto de éste y otros colaboradores, tal vez alguna voz caritativa debería aconsejarle que en el contexto de su decadente dominio siempre habrá alguien que reciba el susurro de los susurrantes. Sin instituciones, sin diálogo, sin debate, Chávez no puede sino luchar contra la marea que exige su relevo, la azul y la roja. Una abrasa desde afuera y la otra quema desde adentro.

"Mi lucha", por Hugo Chavez


Por: Angélica Mora - El Presidente de Venezuela, como buen camaleón tropical, está mostrando en estos momentos sus reales colores.No es que no los haya tenido antes, es que ahora es cuando está probando sus tonos bélicos, tipo tercer Reich, con el propósito de que todos conozcan que él es el Rey Momo Absoluto, en el Carnaval de la Vida.Pareciera que está emulando a Adolfo Hitler y está escribiendo su propia versión del libro, Mein Kampf, "Mi lucha".Como su predecesor, su mayor esfuerzo es ahora dominarlo todo y su semejanza con él es cada día más auténtica. Se "muere de ganas" de iniciar la Tercera Guerra Mundial. Total, tiene a los rusos y a los iranies (con sus bombas) de aliados.En una panorámica política mundial diferente a la de finales de los años 30, hoy hay algo que sin embargo permanece sin cambio: El Ego y las ambiciones de Chávez son iguales a las del Führer.Hoy, el mandatario venezolano amenaza con hacer estallar la guerra con Colombia, recoge la mano y luego vuelve a jugar -como en un Yo-Yo infernal- su estrategia preconcebida con el gobierno de La Habana.Tratando de aparentar algo que no lo es -creerse el líder por autonomacia de América Latina- engaña a los ilusos, aparentando estar luchando por la región, cuando lo único que ha hecho es robar a Venezuela, para alimentar regímenes de odio y opresión.Sin tomar en cuenta el daño que hace a su propio pueblo, se enfrenta a su vecino Colombia, que tiene el derecho a protegerse de los peligros de su locura.Ahora, inflado por liberales que lo halagan con visitas y lo presentan como "héroe" en documentales, y envalentonado por enemigos y potencias que tienen a Estados Unidos como rival en el juego de ajedrez mundial, Chávez intenta poner su peón de guerra. En Berlín, todavía se mantienen, frente al estadio Olímpico donde el Führer llevaba a cabo sus espectaculares desfiles, unas curiosas elevaciones de concreto. En esos lugares Hitler tenía proyectado colocar jaulas, donde iba a colocar a sus derrotados líderes aliados de Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Sovíética.Víctima de su chifladura, Hugo Chávez tiene hoy las jaulas en su cabeza, donde ha colocado a todos los que considera sus enemigos, sin querer percatarse que va para un fin, muy parecido al de su demente antecesor austríaco.