miércoles, 5 de septiembre de 2012

Gracias a Dios por la mía...


  ¿Será que no tuvieron una mamá?

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Ilustración de Lerians Rojas
Cuando yo tenía 14 años, en las vacaciones de agosto, mi familia decidió que iríamos a pasar una temporada en la playa. Era mi primer viaje a la playa. Lo más cercano que conocía al mar, eran las playas de Bobures, al Sur del Lago de Maracaibo que, como su nombre lo indica, no es mar; aunque a mis ojos de niño andino lo parecía, son playas del inmenso lago zuliano.
Las dos noches previas al viaje casi no podía dormir de la emoción. Me quité yo mismo el yeso que tenía desde hacía seis meses en la pierna izquierda producto de una fractura montando patineta, y me alisté para mi viaje a La Guaira, a conocer el mar de verdad.
Llegamos a Caracas luego de interminables horas de viaje por carretera y, no sé por qué, paramos en alguna parte de la capital de la república para esperar a alguien o para comprar algunas cosas, ya no recuerdo bien. Lo que sí me quedó grabado en la mente fue lo que presencié en esa esquina caraqueña mientras esperaba que regresaran al carro mis familiares.
Estacionada delante de nuestro vehículo estaba una camioneta ranchera con la puerta trasera abierta y la cabina llena de paquetes, maletines y maletas en señal evidente de que era de alguna gente que, como nosotros, se disponían a viajar para disfrutar de sus vacaciones escolares.
Eran poco más de las seis de la tarde y comenzaba a oscurecer. Frente a mí pasaron dos muchachos conversando amenamente. Uno de ellos vio la camioneta abierta y, sin mediar palabras, agarró el maletín que estaba más accesible y se lo colgó del hombro. Su compañero, muerto de risa le dijo:
-¡Loco, qué bolas tienes tu!
-No joda, huevón, bolas tienen ellos de dejar esa vaina abierta. ¿quién los manda?
Mi cabeza adolescente no podía creer lo que estaba pasando ante mis ojos. Los muchachos siguieron su camino y yo me devolví 6 años de mi vida para recordar una lejana noche en La Parroquia cuando, en un diciembre, llegué a la casa muy contento a poner en el pesebre uno bellos pastores de plástico.
-¿De dónde sacó usted eso?- Me increpó severa mi mamá.
-Del pesebre de las Carrillo. Dije yo, presintiendo que algo no estaba bien.
-Vaya ya donde las Carrillo, se los devuelve y les pide perdón por haberle robado los pastores. Eso no se hace, uno no agarra lo que no es de uno.
Lo hice. Rojo de la vergüenza, fui y devolví los pastores. La lección fue aprendida y grabada en mi memoria para siempre. Lección que poco tiempo después quedó reforzada cuando un día, la familia de Toño, un amigo compañero de clases, casi le destroza las manos a mi amigo golpeándoselas con unas tijeras porque se había robado algo en casa de no sé quién.
Así entendí que tomar lo que no es de uno no está bien y no hay manera de que se pueda justificar. En algunas otras oportunidades, aproveché en la bodega de Emeterito o en la de la señora Mercedes que me dejaban solo y me robaba una bolsa de Ping Pong o un Cocossette. Pero, las pocas veces que lo hice, fue con conciencia plena de que lo que estaba haciendo no estaba bien y con un profundo sentimiento de culpa y remordimiento.
Por eso me asombró tanto la conducta de los muchachos de Caracas, no podía entender que el chamo, mucho mayor que yo, justificara su robo diciendo a su amigo que la culpa era de los que habían dejado abierta la camioneta. Por “huevones”. Evidentemente, o no tenían una madre como la mía, o ella nunca los descubrió hurtando algo pero, ¿cómo podría ese chico justificar en su casa el llegar con un maletín que no era de él?
Unos años más tarde, justamente al regresar de otro viaje de vacaciones a la playa, esta vez viniendo de la hermosa Isla de Coche, nos conseguimos con que se habían metido a robar a la casa y habían cargado con todo lo que pudieron.
Para entonces, ya tenía muy claro lo que era robar pero, en esa oportunidad lo que me asombró y grabé en la memoria fue el hecho de que mis hermanos descubrieron quiénes hicieron el robo, denunciaron ante la policía y la mayor parte de las cosas fueron recuperadas por los uniformados pero, para mi sorpresa, cuando fueron a retirar las cosas a las oficinas policiales, no había allí ni el cinco por ciento de lo robado y recuperado. En la misma sede de la comandancia, los efectivos policiales se repartieron entre ellos el botín y mi familia no recuperó prácticamente nada. Mi mente adolescente se preguntaba ¿Estos son los encargados de protegernos?
Han pasado muchos años desde aquellos primeros viajes a la playa; más de treinta pero, al día de hoy, sigo sin entender la capacidad del ser humano que lo hace actuar de manera errada y darle vuelta a la situación de manera tal que, ante sus ojos y conciencia, siempre termina siendo culpa de la víctima lo que sucede. Creo que allí y en una cierta laxitud de la moral y los valores  éticos, así como en el “vivismo criollo”, radican muchos de los males que aquejan hoy al mundo y, en especial, a los venezolanos.
Algunos ejemplos que ilustran lo que digo y, aclaro, de algunos de los cuales no escapo y que van desde lo más trivial hasta lo más grave:
Voy por la calle y abro un caramelo o tomo un refresco, boto a la calle el papel o la lata. No es que yo sea un mal ciudadano; es que en la ciudad no han dispuesto papeleras para tirar la basura.
Paso por encima de 30 personas en la fila de un banco. No es que yo sea un abusador, es que tengo que aprovechar que el cajero es mi amigo y yo no tengo la culpa de que esas 30 personas que llegaron antes que yo y esperan su turno, no lo conozcan.
Ocupo un cargo de adminustrador en Pdvsa y le quito a cada proveedor 20 mil bolívares en efectivo al mes para movilizarle sus pagos y hacer que sus cheques salgan. No es que yo sea corrupto; es que me pagan muy poco y más bien le estoy haciendo un favor pues, de no ser así, no se sabe cuando cobraría por su trabajo. Total, lo que hago es lo mismo que hacía quien estaba antes que yo en el cargo. Ni que yo fuera más pendejo que él para no hacerlo también y pelar ese boche.
Le pago 200 bolos a un fiscal de tránsito para que no me ponga una multa. No es porque yo esté estimulando la matraca y la corrupción siendo parte de ella, es que no tengo tiempo para el trámite burocrático y, ni que fuera bolsas para pagar 1300 de multa pudiendo ahorrarme esa plata y la molestia al darle los 200 al fiscal para los refrescos.
Voy a robar una camioneta, no porque yo sea ladrón sino porque es la única forma que tengo para comer, comprarme la ropa de marca que me gusta y tener las jevitas más explotadas del barrio. El tipo se pone Popy  y le tengo que meter un pepazo en la frente; no porque yo sea un asesino sino porque quién lo manda al pendejo a no quedarsen como en la cédula y entregarme las llaves y la cartera. Si hubiera colaborado, yo no le habría disparado porque no soy un matón.
Le descuento arbitrariamente de la nómina un porcentaje a los trabajadores de mi ministerio como aporte al partido, no porque sea un abusador sino porque es lo menos que pueden hacer esos buenos para nada de los empleados públicos por la organización que les dio el empleo.
Le pongo los cuernos a mi esposa, no porque sea infiel y desleal, sino que mi estructura biológica de macho me exige tener varias mujeres y, si la mía reclama, pues le meto sus coñazo. No es que yo sea un maltratador sino que ella se lo busca y para que aprenda, porque mi deber es enseñarla.
Estoy en la calle de mi barrio y viene una tipa con una cadena de oro y un Blackberry y corro a atracarla. No porque sea malandro y malo, sino que quién manda a esa pendeja a meterse a este barrio si sabe que es un peligro. Yo no salí a buscarla, ella vino mansita a que la robara.
Soy periodista y le cobro a personas e instituciones un dinero mensual por hablar bien de ellos todos los días. No es que sea palangrista, sino que en vez de pagar publicidad, pues que me paguen a mí por dar buenas noticias de ellas. Total, de todas formas esa gente me cae bien, entonces, qué tiene de malo que me pague por decir lo que siento de ella.
Soy un funcionario público o un artista y le pago a los periodistas para que hablen bien de mí; no porque los soborne sino que las buenas noticias funcionan mejor, son más efectivas, que la publicidad.
La lista puede continuar ad infinitum. Robar y atracar termina siendo tomado por los ladrones como un trabajo, nada por lo que sientan culpa o arrepentimiento. La corrupción termina siendo una virtud y la gente honesta un espécimen raro que pasa por pendeja. Agregue usted, amable lector, la anécdota que se le antoje o lo identifique. Así llegamos a no entender actitudes y acciones como esta que me sucedió hace unos años cuando trabajaba en la Secretaría de Cultura de la gobernación del Zulia.
Un día recibí mi pago y, al verificar el monto, me percaté que me habían depositado por error tres veces más del sueldo que me correspondía. Tomé el voucher del pago y fui a la oficina de personal a ponerlos al tanto del error:
-No te preocupéis. Dejá eso así. Si se dan cuenta, pues lo devuelves, que te lo vayan descontando poco a poco de tu sueldo. Si no se dan cuenta, pues lo tomáis como un regalo.- Me aconsejaron.
No conforme con la respuesta, me fui a la Secretaría de Administración a exponer el caso y luego de manifestarme lo asombroso que les parecía que yo quisiera devolver el dinero, me explicaron:
-El procedimiento es el siguiente: debes comprar en el banco un cheque de gerencia por el monto a devolver y, junto con una carta explicando el caso, dirigirte a la Tesorería del Estado y consignar cheque y carta. Claro, también puedes gastar esa plata, esperarte a que se den cuenta y que te lo descuenten poco a poco.
Salí al banco, compré el cheque de gerencia, hice la carta dirigida al Tesorero del Estado y me fui a su dependencia a realizar el trámite. Ya allí no me extrañó en lo más mínimo el asombro de los empleados al ver que alguien iba a devolver un dinero consignado en su cuenta por error.
-Eso ha pasado en otras oportunidades y lo que la gente hace es que se come los cobres y, a lo que la administración se da cuenta del error, le comienza a descontar un poco de su sueldo todos los meses, hasta que salda la deuda. Lo toman como un préstamo y corren a gastar los reales. Que yo sepa, nadie ha venido nunca a hacer lo que tu estás haciendo.
Entonces, recordé una vez más a mamá y la anécdota de los pastores, las manos enrojecidas de mi amigo Toño por los golpes de la tijera, la historia de los muchachos de Caracas cuando se robaron el maletín, los policías que se quedaron con el botín recuperado y, una vez más, me pregunté, ¿Será que toda esta gente no tuvo mamá? ¿por qué hemos llegado al punto que nos cuesta creer que alguien haga o quiera hacer lo correcto? La honestidad nos asombra, nos deja perplejos, no la podemos entender.

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