viernes, 10 de julio de 2009

En vela


Por: Julio Rodríguez - envela@nacion.co.cr - Frente a la violencia, caben, según los expertos, tres reacciones: responder con violencia, huir o desertar, y tomar la palabra; esto es, tratar de argumentar y defender o expresar la posición personal, pacificando la situación. Esto es lo que ha hecho Arias, desde ayer, en su casa, con Manuel Zelaya y Roberto Micheletti, en la mesa de la palabra, como opción civilizada contra la violencia. “Las palabras –dice Marshall Rosenberg– son ventanas, o bien, son muros”. La democracia escogió la ventana por cuanto se inventó hablando, así como la filosofía se fortaleció caminando. “La argumentación (la palabra henchida de sentido), como capacidad para convencer al otro y también para dejarse convencer por el punto de vista del otro –dice Philippe Breton– es, históricamente, la primera práctica democrática”. Cuando se extingue la palabra civilizada o con sentido, surgen la palabra violenta y los tanques. El Gobierno y el pueblo de Costa Rica han tomado muy serio esta reunión, a sabiendas de que el reto es complejo por su propia naturaleza y porque, tras la palabra, funciona el ser humano con toda su grandeza y con toda su miseria. Aquí entra de lleno, en esta coyuntura, más que el derecho, la moral y la política. Cómo hermanarlas es labor de titanes. Lo dijo bien, ayer en La Nación, Marcio Durón, hondureño, desempleado, de 56 años: “Yo no creo que se vaya a solucionar… la ambición está de por medio”. No podemos esperar de Marcio optimismo, pues lo consume el desempleo y conoce, por experiencia, los desastres de la ambición humana, la misma exactamente que engendró la pandemia actual de la crisis económica y financiera, y que en Honduras, un país segregado, puede provocar el caos y agigantar aún más la pobreza. La ambición humana tras la pompa del poder, dictará la última palabra. Detrás del presidente de facto, Roberto Micheletti, no está el Ejército de Honduras ni detrás del presidente constitucional, Manuel Zelaya, el respaldo de Hugo Chávez, susurrándole al oído. Tras ellos están todos los pobres de Honduras, que contemplan, con estupor y con hambre infinita, este torneo por la copa envenenada del poder, una vez pisoteada por ambos la Constitución de su país. El ejército inmenso de los pobres de Honduras son los huéspedes de honor en estos días en la casa del presidente Arias y en nuestro país. Ellos no pueden tomar la palabra, pero ¡ay de aquellos que les usurpen la paz y la justicia, y les arrebaten esta última esperanza! Si la oración es la palabra suprema, oremos por todos ellos.

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