jueves, 8 de marzo de 2012

Mill

"La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro propio camino, en tanto que no intentemos privar a los demás del suyo, o le impidamos esforzarse por conseguirlo". John Stuart Mill

La tristeza del águila


Por: Ángel Lombardi Boscán - Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ - Aún en el país no se ha reconocido con suficiente justicia el tremendo esfuerzo renovador que ha suscitado, en el terreno de la historiografía, la colección Biblioteca Biográfica Venezolana bajo los auspicios de instituciones señeras como El Nacional y la Fundación Bancaribe. A través de la biografía de los grandes hombres que nuestro pasado ha producido se han revisado las distintas épocas y sus más destacados hechos con la novedad de no dejar por fuera a casi nadie. A su vez, y ésta es su principal baza, los autores escogidos son en su mayoría profesionales de la historia con una solvencia indiscutible.

Todo lo anterior nos sirve para referirnos al volumen 142 dedicado a uno de los intelectuales más sobresalientes y polémicos que el país jamás haya producido y cuya extensa obra es desconocida para la gran mayoría de los venezolanos de las generaciones presentes. Se trata nada más y nada menos que de Rufino Blanco-Fombona (1874-1944).

El estudio que Elsa Cardozo hizo de Blanco-Fombona es rico en matices y profundidad psicológica, además, tiene la rara virtud de acompañar la travesía vital del biografiado estableciendo un paralelismo entre sus acciones y lo esencial de la producción intelectual de éste. Y esto es clave, ya que Blanco Fombona fue un intelectual dedicado a la acción, cuya carrera política le fue truncada por la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935). En sus Diarios, se nos presenta como fervoroso duelista y amante, jugador impenitente y juerguista contumaz; viajero incansable poseído por una curiosidad intelectual sin límites lo cual le llevará a explorar prácticamente todos los géneros desde la poesía hasta el libelo político.

Si hay algo que llama la atención de este venezolano extrañado de su propia patria a lo largo de veinticinco años, es su tremendo amor por un país que sabe prisionero de la rapacidad y la ignorancia de los caudillos montoneros. Blanco-Fombona es heredero de las clases mantuanas defenestradas a raíz del traumático paso de Colonia a República. Es uno de los tantos intelectuales que luego de palpar la experiencia de otras naciones con un mayor desarrollo histórico/social, percibe trágicamente, que pudiendo contribuir a la modernización de Venezuela, otros, con menos clarividencia y talentos, aunque sí con mucho mas poder, le cierran el camino.

Blanco-Fombona vivió el drama de saberse predestinado para grandes empresas de figuración política en su propio país, y a la larga el ostracismo le condenó al trabajo intelectual bajo la condescendencia de países extraños al suyo, especialmente, en España. Y aún así obtuvo importantes reconocimientos que sospechamos que nunca lograron colmarlo del todo. El resentimiento acumulado le llegó a decir en una especie de epitafio: “Despreció a los timoratos, a los presuntuosos y a los mediocres. Odió a los pérfidos, a los hipócritas, a los calumniadores, a los venales, a los eunucos y a los serviles”.

Y si bien su obra escrita es prolífica y considerada por la crítica como ejemplar y señera, yo quisiera rescatar de éste compatriota nuestro lo siguiente: y es que a diferencia de la actitud de la mayoría de los intelectuales: sumisos y aduladores ante el poderoso de turno; cobardes y obsequiosos ante los gobiernos que ofertan cargos y prebendas a cambio de silencios cómplices, Blanco Fombona nunca fue un “felicitador”.

Dickens y los otros victorianos


Por: Rubén Monasterios - ND - Intruso en la intimidad - Por estos días culmina el dickensdelirio; es lógico que cause entusiasmo de alcance planetario la celebración del ducentésimo aniversario del nacimiento de Charles Dickens (7.O2.1812-8.06.1870), un escritor que tanto hoy como lo fuera en vida, es respetado por la crítica y uno de los “más leídos” en todo el mundo. Inició la celebración un homenaje real rendido en el Rincón de los Poetas; se extendió con un mes de maratones de lectura de sus obras en veinticuatro países, entre ellos China, Albania, Pakistán, México y Argentina; por todas partes, representaciones teatrales, una versión para TV de una de sus novelas, reposición de las numerosas películas basadas en ellas, reediciones, conferencias, artículos y ensayos que reexaminan su obra, exposiciones.

Dickens es uno de los grandes maestros de la literatura serial, o folletón, antecedente de la moderna telenovela, con la notable diferencia de que se ocuparon del folletón escritores de soberbio talento, componente que sólo como excepción participa en el género dramático televisivo; la suya es una novelística realista, focalizada en lo social, de incisivo contenido crítico, rica en personajes singulares trazados con penetración psicológica, en descripciones vívidas y narraciones emocionantes, en las que lo patético y el humor se entremezclan; narraciones con garra, con lo que quiero decir, de esas que atrapan al lector por el cuello y no lo sueltan hasta la última página; sus historias están contadas mediante una habilísima manipulación del suspense y de los clímax, puestos con genial intuición exactamente donde deben estar; y no faltan en ellas concesiones a la galería en forma de acentos melodramáticos y sensibleros; tal síntesis de factores lo llevó a ser el mayor bestseller de su tiempo.

Para los críticos, Dickens fue la conciencia de la Inglaterra victoriana; los historiadores afirman que su lectura es imprescindible para comprender esa sociedad en el momento de la Revolución Industrial; y van más allá: por sus descripciones de la paupérrima vida callejera de Londres y su señalamiento de la desproporcionada distancia entre las clases sociales, dicen que hoy sus libros son más actuales que nunca en las grandes urbes británicas. No obstante, el autor de David Copperfield y otros escritores escudriñadores del cuerpo social victoriano, lo examinaron digamos hasta la cintura.

En el millieu represivo propio de una época en la que el lema moral jamás declarado fue Virtud en público, depravación en privado, es comprensible que los autores aprobados por el establishment evitaran cuidadosamente cualquier aproximación a la vida sexual de los personajes de sus novelas y obras teatrales; algunos de ellos, especialmente Dickens, insistieron en denunciar la inmisericorde explotación de las clases desposeídas, pero ninguno hurgó más a fondo, hasta la podredumbre sexual de la época; en sus novelas no tiene cabida el tráfico clandestino de niños y niñas con fines sexuales, “uno de los más repugnantes capítulos de la vida victoriana”, escribe Erika Bornay en Las hijas de Lilith, cuya causa principal fue la miseria del proletariado; tales hechos fueron denunciados por el periodista W.T.Sead en 1885, mediante el muy poco ético procedimiento de comprar una chica de doce años a la que colocó a trabajar en un burdel a su beneficio. Olvidan discretamente la homosexualidad, que campeó por sus fueros entre los victorianos, al punto de que en Londres se establecieron prostíbulos masculinos. Ni por asomo se revela el hecho de que prácticamente todo aquel aristócrata o miembro de la alta burguesía educado en cualquiera de los distinguidos colegios británicos, en su iniciación escolar hubiera sido implacablemente sodomizado por los alumnos sophomores y seniors, así como sometido por ellos y sus maestros a persistentes cuerizas en sus nalgas desnudas, una socialización de nítido carácter sadomasoquista, que explica lo común de esa parafilia entre los varones de la élite social británica; a propósito de satisfacerla, proliferaron en Londres los burdeles especializados en flagelación, y tan popular fue la práctica que la conocieron en todo el mundo como el vicio inglés.

El bajo vientre de la época victoriana en realidad sólo se revela indagando en escritores que con sus obras no pretendieron beneficios económicos, fama ni respetabilidad, sino exorcizar sus demonios: “Walter”, el anónimo cronista que consignó sus interminables hazañas genitales, burdelescas casi todas ellas, en nada menos que once volúmenes de trescientas y tantas páginas cada uno de ellos, puestos bajo el título de Mi vida secreta (1890); el asimismo inicialmente ignorado autor de Teleny (1893), novela fundacional de la narrativa homosexual en occidente, cuyo autor hoy sabemos, a partir de la investigación literaria, fue Oscar Wilde; Mi vida y amores, de Frank Harris (con toda seguridad, un seudónimo) y el anónimo autor de la perturbadora poética de la sumisión que es La señorita Tacones Altos; o esa señora Schroeder-Devrient con sus Memorias de una cantante alemana (1862), la única autobiografía femenina que por su descarnada exposición pudiera comprarse a las Confesiones de Rousseau y las Memorias de Casanova, al decir de Apollinaire. También vendría a lugar hojear la revista mensual clandestina londinense The Pearl: A Journal of Facetiae and Voluptuos Read.

De aquí que si el propósito es lograr la comprensión de la sociedad de la Revolución Industrial en su compleja integridad, es necesario complementar la lectura de Dickens y otras luminarias literarias inglesas de la época, con esas páginas de narraciones extrañas, pérfidas y pecaminosas que aquellos no se atrevieron a escribir, pero que si fueron escritas por los llamados por Stephen Marcus “los otros victorianos”.

Feliz Día


Magda Mascioli G. - Feliz Día a todas mis congéneres, en especial a las venezolanas, quienes día a día salen a la calle a luchar a brazo partido enfrentando con tesón, dignidad y constancia todos los problemas que se les presentan. ¡Mis respeto a todas! Absolutamente a todas, sin distingo de ninguna clase.