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lunes, 19 de septiembre de 2011

Jugar a Dios


Por: Eugenio Montoro - montoroe@yahoo.es - Uno de los juegos más frecuentes es jugar a dios. El placer de hacerlo es casi un elemento de vida y podría pensarse que sin el juego no existiríamos como raza. La mejor prueba de nuestro gusto por estos asuntos es la asombrosa alta sintonía de unos programas de TV en donde, usualmente una mujer, hace de moderadora entre personas que ventilan sus conflictos personales delante de las cámaras. Se gritan, se insultan, se sacan “los trapitos”, aparece de pronto el amante de la esposa y se cae a trompadas con el esposo o se trata de una pareja en que él sale con sus amigos y llega pintado de coloretes femeninos por lo que ella le cae a carterazos y gritos. Hay también un público que participa y da sus opiniones sobre los asuntos que se ventilan y hacen preguntas y dan consejos. Con las muchas diferencias de cada escena lo esencial es que los actores tienen un problema y nosotros (la moderadora, el público presente y los televidentes) somos dioses por unos minutos y evaluamos y condenamos a alguno de esos pobres desgraciados. Igual sucede en nuestra vida cotidiana. El vecino no coloca la basura correctamente, la cachifa es olvidadiza, el gobierno no sirve, la maestra la tiene “cogía con Luisito”, ese bolsa del carro verde casi me choca, subió el café otra vez, no soporto a mi suegra, el perro se volvió a hacer. Los otros son los malos, nosotros somos los buenos y así jugamos a dios. Pero también es cierto que nuestros juegos que destacan lo malo de los otros, por muy poca cosa se pueden transformar en aceptación. Si el vecino de la basura nos invita a una parrilla la cosa cambia, si la cachifa encuentra una joya que habíamos extraviado la cosa cambia, si el bolsa que casi me choca es un compañero de graduación la cosa cambia, si mi suegra me da un buen regalo la cosa cambia y así nuestro voluble juicio cambia con las circunstancias. Igual pasa, por ejemplo, con los militares. Pueden entender un artículo de la Constitución que los obliga a no meterse en política, pero cuando les zumban un ascenso inesperado, “Uh, Ah, Chávez se queda”. Igual pasa con un empresario criticón del gobierno al que se le pierde la lengua cuando le otorgan un buen contrato. Jugar a dios y criticar es divertido y rectificar en cuanto sucede algo que nos agrada lo es más. Por allí este gobierno le hace un hueco a sus opositores. Le basta llamar a algún dirigente, negociar con él y callarle la boca. Le basta repartir dineros y becas entre gente humilde para mejorar su número de votantes. Le basta otorgar obras para animar a los contratistas, aumentar los sueldos para terminar un conflicto laboral y miles de casos parecidos donde nuestro juego del dios cambiante se repite una y otra vez. Solo saldremos de este régimen dejando de jugar a ser dioses y actuar como Patriotas. El futuro de este País requiere del rescate de nuestra integridad.

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