miércoles, 26 de junio de 2013

La Biblia vincula al azufre con los tormentos del infierno pero podría ser amigo de Dios porque son muchas sus bondades











Por: Arístides Bastidas - 21 de Diciembre 2007

En el más absoluto anonimato permanecerá siempre el hombre que hace tal vez cuarenta siglos descubrió el azufre percatándose de que bajo el calor parecía enfurecerse despidiendo llamas de color azul.

Por esa propiedad figuraría relevantemente, en los ritos y religiosos con que los antiguos pretendían abrir los secretos de lo desconocido. Hasta entonces sólo se habían identificado el oro, el cobre y el estaño como elementos individuales. El metaloide que hoy nos ocupa vendría a ser el cuarto personaje de la química novata que tuvieron los egipcios y sus herederos de Mesopotania. No podían suponer que estaban apenas empezando el conocimiento de una familia llamada materia, constituida por noventa y dos socios.

El azufre guarda afinidades con su hermano el oxígeno porque también se combina con todo el mundo. Hay bacterias que se valen de este metaloide para obtener la energía con que viven. 

Correspondió a Lavoissiore el reconocimiento del azufre y a Bercelius el simbolizarlo con la letra S. Sus aplicaciones prácticas en la industria química, se establecieron en el siglo pasado, cuando Sicilia era como la Arabia Saudita de ese producto, componente básico del ácido sulfúrico. No tardaron los primeros laboratorios en determinar, que el azufre es un comburente cuando se combina con metales y metaloides. Y con su color que va de amarillo pálido al amarillo franco, es un combustible cuando se combina con el oxígeno y con alguno de los halógenos, que son el cloro, el bromo, el yodo y el fluor. Es evidente que sus estrechos vínculos con el fuego le abrieron los escenarios de la superstición en el pasado y los de la industrialización en el presente. 

El azufre ocupa la casilla dieciséis de la tabla de Mendeleiv y aparte del oxígeno, no tiene otro pariente famoso, pues los demás que son el Selenio, el Telurio y el Polonio son unos ilustres desconocidos.

Está constituido por cuatro isótopos o átomos que se diferencian sólo por su número de neutrones. Ellos son estables pero se puede conseguir también el azufre 35. Es radioactivo y en el curso de ochenta y dos días se transmuta de metaloide en cloro, que es un gas. Los alquimistas tenían mala opinión del azufre, no porque lo consideraran una sustancia destructora, sino por estimar que era inflamable y transitorio en oposición al mercurio al que le asignaban las virtudes de ser denso y permanente.

El azufre junto con el vanadio son el dolor de cabeza de países como el nuestro, ricos en los incómodos petróleos pesados en que abundan los mencionados elementos. Tengo entendido que ya hay una patente ruso-canadiense, la cual convierte esa desventaja en un negocio redondo.

En efecto, el nuevo procedimiento tecnológico permitiría aprovechar tales petróleos y explotar también a sus acompañantes, en un insólita industria de doble propósito. A pesar de que el consumo de azufre aumenta en la Tierra no se puede decir que se prodiga en demasía. Habría que procesar diez mil kilos de corteza terrestre para obtener cinco kilos de ese metaloide.

Hay fertilizantes que se basan en el azufre para incrementar el rendimiento de las siembras. La ciencia no sabe todavía con exactitud cuál es la función que este oligo-elemento desempeña en las plantas, en los animales y en el cuerpo humano.

Resulta que esa sustancia que puede participar en explosivos y en insecticidas realiza un trabajo saludable en nuestro organismo aunque no lo hayamos definido bien. En el cuerpo de una persona que pesara sesenta kilos, encontraríamos doce gramos de azufre. La utilidad que presta a la vida debe ser debe ser, desde luego, muy diferente de la que también ofrece en la vulcanización de los cauchos automovilísticos. Véase pues cómo por las buenas nos entrega de balde sus mejores dones.

Quizás no merezca ese rol que les dan las Sagradas Escrituras que lo vinculan con el juicio de Dios y los tormentos del infierno que le hacen aparecer entre las bombas que cayeron del cielo para acabar como Sodoma y Gomorra por su supuesta perversidad.

Como se sabe, el más deslumbrante experimento que los alquimistas le hacían a los incrédulos era el de calentar el llamado pigmento rojo para que adviniera en su lugar una hermosa perla líquida y plateada. El pigmento rojo no era otra cosa que sulfuro de mercurio, es decir azufre y mercurio. Esta combinación se conoce como Cinabrio un mineral presente en la naturaleza. Si usted consigue un trocito sorpréndase haciendo esta prueba que es muy fácil.


Tomado de: http://lacienciaamena.blogspot.com

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