jueves, 17 de noviembre de 2011

Prudencia y más prudencia


Por: Manuel Barreto Hernaiz - barretom2@yahoo.com - Aristóteles decía que "la única virtud especial exclusiva del mando es la prudencia, todas las demás son igualmente propias de los que obedecen y de los que mandan. La prudencia no es la virtud del súbdito; la virtud propia de éste es la confianza en su jefe...". En tanto que para los escolásticos la prudencia consistía en la "recta ratio agibilium", lo que para nosotros vendría siendo la "rectitud de razón para elegir" o para juzgar el valor de los fines y de los medios a ellos conducentes, para acercarnos al pensamiento kantiano que nos indica que la prudencia resulta la habilidad de elegir los medios conducentes al mayor bienestar propio. Nos encontramos que el Diccionario de la Real Academia propone en la tercera acepción del término la siguiente definición: "Una de las cuatro virtudes cardinales, que consiste en discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello". No resulta fácil encontrar una exacta definición de prudencia, pero he aquí una aproximación que parece adecuarse al asunto que ahora nos ocupa: podemos decir que es la virtud moral que perfecciona nuestra razón práctica para elegir en toda circunstancia los mejores medios para alcanzar nuestros fines, subordinándolos al fin último. Etimológicamente el vocablo prudencia deriva de la voz latina prudentia, a su vez vinculada con providentia, ver desde lejos, fijarse en el fin lejano que se intenta, ordenando a él los medios oportunos y prever las consecuencias, hecho éste que nos indica que para lograrla se hace menester contar con experiencia, ya que el prudente necesita prever las consecuencias de sus decisiones. La experiencia se adquiere personalmente o repasando la historia, de allí que la inexperiencia sea propia de los más jóvenes y de los menos cultos. El fin de cuantos aspiran a dirigir este país nuestro tan exhausto, maltratado y burlado debe ser la permanente búsqueda del bien común, y esa sempiterna búsqueda debe acompañarse de la prudencia política, sin dejar espacio para más desaciertos, excluyendo la insensata temeridad y precipitación que suelen conducir a la actuación sin la debida reflexión, propias de los políticos autosuficientes, desconsiderados e incapaces de ponderar la realidad del delicado momento en el cual les ha tocado asumir posiciones relevantes, bien sea por falta de madurez o de juicio. Para nadie es un secreto que el político torpe carece de prudencia, como tampoco resulta desconocido que la actividad política verdadera, es una de las mayores manifestaciones de prudencial sabiduría. Ya lo sostenía Théophile Gautier: "En todo momento, los prudentes han prevalecido sobre los audaces". Ubicándonos en el pensamiento contemporáneo, nos encontramos que el filósofo canadiense Michael Ignatieff con lo que anota en su obra "El mal menor", al exigir el retorno a la prudencia política, sentencia que el mal de las democracias modernas no necesariamente lo provocan las personas "malvadas" que actúan aisladamente, sino que está inducido por la ceguera y el cinismo imprudente con que actúan sus políticos. A la luz de tales pensamientos, consideramos impostergable el momento para que nuestro líderes políticos no evadan la realidad y ponderen debidamente esas acciones imprevisibles e incontrolables muy propias en estos tiempos de intensas campañas en las cuales hemos escuchado una pobre y perniciosa retórica en lugar de expresiones que logren convencer. Es cierto, en estos menesteres es recurrente que los vocablos sean altisonantes, pero no necesariamente denigrantes. Y para concluir lo repetimos una vez más: se hace impostergable que todos los sectores que conforman esa notable mayoría opositora empiecen a tejer parámetros en común, en vez de enfatizar sus diferencias intrínsecas. De nada sirve que en la superficie todo parezca unificarse, si las raíces dejan ver dispersiones ambiguas y entramados discordantes. Prudencia, señores, prudencia y más prudencia.
Tomado de El Carabobeño.

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