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martes, 9 de abril de 2013

Caracas en 25 escenas - CAPITULO 1


 

Capítulo I
El plano del Gobernador Pimentel
y la primera imagen de Caracas en 1578

Con anterioridad a 1927 los caraqueños desconocían la existencia de este invaluable testimonio que nos legó el Gobernador Don Juan de Pimentel en el siglo XVI.  El hallazgo se lo debemos al Centro de Estudios Americanistas de Sevilla; y el dibujo del plano, al copista Antonio Muñoz Ruiz.  Se trata en verdad de un solo expediente bajo el título de Relación de la descripción de la Provincia de Caracas, dirigido al Rey Felipe II por el Gobernador Pimentel en 1578, que será hecho público por el mencionado centro de estudios trescientos cuarenta y un años después; es decir, en 1919 en su boletín No. 25.  Este trabajo, sin embargo, lo conoceremos los caraqueños luego que la Academia Nacional de la Historia lo reproduzca, como se indicó, en 1927 en el No. 40 de su Boletín Oficial.

Tanto ayer como hoy esta famosa pieza documental ha sido centro de interés de los historiadores y de mucha curiosidad para el caraqueño común.  Es indudable el mérito que podemos atribuirle a los primeros por sus juicios o interpretaciones; pero también, no deja de sorprendernos lo inquiridor  que se muestra el público cuando se planta frente al plano de Pimentel, que se exhibe desde hace muchos años en el corredor Este del Palacio Municipal.  Puede que sus argumentaciones y conclusiones sean risibles para los más entendidos sobre el pasado; pero donde éstos deben centrar su juicio crítico, es justamente ante la incuestionable certidumbre de que aún pervive el nexo entre el pasado y el presente; entre las nuevas generaciones de caraqueños con las que fueron nuestro núcleo poblador hace más de cuatrocientos años.  La curiosidad espontánea que manifiestan los caraqueños cuando ven el plano de Pimentel, expresa sin duda una expectación un tanto difusa o distorsionada sobre los remotos orígenes de la ciudad.  El historiador tiene el deber de consolidar ese “puente” de comunicación creando conocimiento histórico, lo que permite a su vez, contribuir con un fraguado más sólido de nuestra identidad como pueblo.

Para quien observe con sentido crítico este plano, tendrá necesariamente que tomar en cuenta los reparos que hiciera hace más de treinta años Irma de Sola Ricardo.  Para esta distinguida dama de subidos méritos científicos, no se había advertido en los estudios hechos hasta entonces sobre el legado del Gobernador Pimentel, el “...hecho importantísimo de la delimitación señalada al valle de Caracas”; así como tampoco de una exacta interpretación del contenido de su informe.  Somos de la opinión de que ambas cuestiones siguen vigentes, por tanto, ameritan una respuesta aunque sea en los términos más reservados o provisorios.

Lo primero que salta a la vista en este plano, es que pese a los rudimentarios conocimientos que en materia de cartografía manejan los conquistadores de mediados del siglo XVI, si los comparamos con los adelantos científicos de hoy, sorprende el exacto dominio cartográfico que tenían sobre el valle de Caracas.  No era pues, como se ha hecho creer, ignoto el territorio que usurparon.  Con sólo examinar el cardinal Norte de este plano, encontraremos una buena cantidad de referencias topónimas de lugares, pero especialmente  la referida a los ríos que desembocan en el mar; en su extremo Este dice: “moro de Maracapana en el qual se acaba la gobernación de Venezuela”.  Con respecto a la serranía que sirve de baluarte natural al valle de Caracas, no existe  ninguna mención de su nombre, por lo cual resulta falso que fuera Gabriel de Avila quien apellidara nuestro hermoso cerro, tal como lo sostuvo el hermano Nectario María.  Será sólo a mediados del siglo XVIII cuando los documentos sobre tierra se le mencione como Cerro El Avila, cuyo nombre autóctono es Guarairarepano (nido de avispas).

Respecto al Poniente, Oriente y Mediodía, el acento continúa siendo los nombres de los ríos y quebradas.  El Guaire pone término al valle de Caracas por el Sur y la quebrada de Caurimare hace lo propio por el Este; Caruata baja del Noreste al Sur al igual que Catuche, Anauco, Tócome y Caurimare, convirtiéndose todos estos ríos o quebradas en afluentes o tributarios del río Guaire.  El vecindario en forma de cuadrícula se le representa un tanto constreñido bajo el título, en letra cortesana de “La Ciudad de Santiago de León”, con evidente exclusión del nombre autóctono de Caracas, que los propios conquistadores le habían conferido sólo en atención a una referencia para toda la extensa provincia, tal como se aprecia cuando indica:  “Toda esta provincia de Caracas” donde ubican el río Caurimare en su vertiente Norte.  Flanquean lo que en propiedad es el Cuadrilátero histórico, el Caruata, Catuche y desde luego el río Guaire; por el Oeste, Este y Sur, respectivamente.  Más alejados del núcleo urbano, veremos representadas una serie de montañas y bosques anónimos, que con el correr de un brevísimo tiempo, pasaron al dominio privado de los primeros conquistadores y sus descendientes por vía de reparto, mercedes de tierras y composiciones.  Todavía el vecindario no se le ha fijado sus ejidos para el bien común (1594); no obstante, el Ayuntamiento para estimular el avecindamiento, reparte solares y otorga título de vecindad a propios y extraños que desean enraizarse en la incipiente aldea, que desde sus inicios apenas once años atrás, se hace llamar tercamente Ciudad de Santiago de León.  Los solares que vemos alrededor de la plaza, es pues concreción de esa disposición.  Para el momento de la elaboración del informe, el Gobernador Pimentel señala en el capítulo 9, que sólo existen vivos catorce españoles de los ciento treinta y seis que acompañaron a Diego de Losada para la conquista de Caracas, así como cuatro más residentes en Caraballeda.

En el ángulo Norte de la Plaza se indica la ubicación de las casas de Cabildo y en el lado Este el lugar que ocuparía la Iglesia parroquial, lo que sería después la Catedral.  Pero al igual que éstas, las restantes edificaciones particulares eran un tanto precarias a juzgar por lo que opina el Gobernador Pimentel en el capítulo 31: 

“El edificio de las casas de esta ciudad ha sido y es de madera, palos hincados y cubierta de paja; la más que hay ahora en esta ciudad de Santiago son de tapias, sin alto ninguno y cubiertas de cogollos de caña, de dos o tres años a esta parte se han comenzado a labrar tres o cuatro casas de piedra y ladrillo y cal y tapería con sus altos cubiertos de teja, son razonables y están acabadas la iglesia y tres casas de esta manera, y los materiales los hay aquí...”.

Por último debe apreciarse en el croquis del cuadrilátero histórico, la última manzana del noreste que se encuentra desocupada.  Ello reafirma las observaciones hechas por Luis Alberto Sucre, respecto a la inexactitud de un artículo del General Manuel Landaeta Rosales de 1912, sobre la supuesta casa del fundador de Caracas Diego de Losada, en esa cuadra y que hoy conocemos como esquina de Maturín (antes de Arguinzones).  Es decir, el plano tiene como prueba documental la suficiente confiabilidad como para refutar la autoridad de Landaeta Rosales sobre este asunto en particular.

Detrás del solar donde se encuentran las casas del Cabildo, que le dio el nombre a la esquina como de Principal, vemos el lugar que ocupaba la iglesia de San Sebastián, primera ermita que existió en el vecindario en ofrenda al santo que protegía a los conquistadores contra las flechas de los indios.  En ese preciso lugar, donde está hoy la iglesia de Santa Capilla, sabemos gracias a los trabajos arqueológicos realizados por Mario Sanoja, que Diego de Losada levantó su campamento militar para defenderse de la tenaz resistencia indígena.  Desde ese montículo se podía divisar tanto al Oeste como al Este del valle; hacia el Sur como ahora, era una pendiente.  El Norte estaba resguardado por las barrancas naturales del Catuche y la serranía de Guarairarepano.  Es decir, era un verdadero baluarte ese sitio escogido para levantar el campamento militar.

La  existencia  de  esta  ermita  de  San  Sebastián,  así  como  la  Iglesia Mayor para 1578,  incluyendo  el  conjunto  de  casas  particulares  que  se  habían levantado  precariamente  en  el  cuadrilátero,   cuando  menos  nos  dice  que  estaba quebrantada  en  buena  medida  la  resistencia  aborigen,   lo  que  significa  que  su mundo  se  encontraba  en  el  seguro  trance  de  su  extinción,   pues  las  nuevas formas  de  una  sociedad  criolla  emergente,   venía  forjándose  en  el  crisol  del linaje  pero  también  del  mestizaje  entre  españoles  e  indios.

El valle de Caracas representado en el plano de Pimentel, para fines del siglo XIX no había sido ocupado por la ciudad.  Sus fértiles tierras eran la base fundamental de la riqueza económica, como durante toda la colonia.  Es por ello que el crecimiento o extensión de la ciudad, se encontraba represado hacia el Este por el río Anauco; por el Oeste con la llamada quebrada de Lazarinos; por el Sur apenas trasponía el río Guaire al iniciar la compañía El Tranvía de Caracas la venta de lotes de terrenos de la hacienda El Paraíso propiedad de la familia Echezuría.  Por el Norte y Noreste surgirán dos nuevas parroquias urbanas en 1889:  La Pastora y San José, que no representan un ensanche de la ciudad.  Sólo con la aparición del Estado rentístico petrolero a partir de la década de los años cuarenta del siglo XX, es cuando el valle de Caracas se ocupa en su totalidad y desaparecen las haciendas de los alrededores de Caracas y en su lugar se levantan modernas urbanizaciones, pero también zonas marginales, tal como las apreciamos hoy.

Hasta ahora nos hemos referido a ciertos detalles del llamado plano de Pimentel, el cual, desde luego, no es de su autoría.  Es muy probable que dicho plano fuese factura del experimentado agrimensor Diego de Henares, a quien se le atribuye el trazado de las calles y solares de la ciudad, así como la nivelación de la Plaza Mayor, por expreso encargo del capitán Diego de Losada en 1567.  Decimos esto puesto que el historiador Luis Alberto Sucre, lo registra entre los vecinos que aún vivían en Caracas al momento de la llegada del gobernador Pimentel, quien no da los nombres de los catorce sobrevivientes que acompañaron a Losada en la fundación de la ciudad.  Con respecto a Diego de Henares, nos dice el hermano Nectario María lo siguiente: 

“Sus dotes de agrimensor hicieron que, más tarde el gobernador Diego de Osorio le designara para que midiera y delineara las tierras de la jurisdicción de Caracas, para su debida composición, en cumplimiento de las órdenes superiores que había recibido.  Henares realizó esta importante labor a satisfacción del Gobernador y de las partes interesadas”.

Pero el Gobernador Juan de Pimentel sí fue el autor intelectual de la valiosa relación que describía a Santiago de León en 1578.  Descendiente de los Condes de Benavente y Caballero del Hábito de Santiago, el Gobernador Pimentel pisó tierras venezolanas el 8 de mayo de 1578.  Sabemos además que este caballero contrajo nupcias con la caraqueña Doña María Guzmán, y una vez viudo en 1586, se consagró a la carrera eclesiástica.  Su decisión de residenciarse en Santiago de León, hizo posible que la ciudad fuese la capital de la provincia de Venezuela.  Luis Alberto Sucre, resume la importancia del gobierno de Pimentel en los siguientes términos:

“Desde su llegada se ocupó Pimentel en la reorganización civil y militar de la ciudad que había elegido para su residencia, dando al Cabildo más amplias facultades, que las que hasta entonces había tenido para la administración de los intereses políticos y económicos de la ciudad y su jurisdicción; creó los archivos del Ayuntamiento y los registros eclesiásticos; hizo un extenso informe, dando cuenta al Rey, del estado de todos los ramos de la administración; pidió para Santiago de León, el derecho de elegir directamente uno de sus Alcaldes, dando así el primer paso hacia la democracia; y que se suprimiera la mediación de la Audiencia de Santo Domingo, entre las relaciones del gobierno de esta provincia y el de España.”

En esta labor tan positiva para la ciudad, no hay lugar para reparos al Gobernador.  Por el contrario, nos vemos en el deber de complementar su hazaña de gobierno exaltando sus aquilatados dotes de hombre inclinado por el saber científico.  Ello es lo menos que podemos decir puesto que su informe bien lejos está de una simple descripción como ha querido señalarse.  Este informe expresa una concienzuda reflexión que debe ser entendida dentro de los prejuicios y limitaciones de los hombres de su tiempo.  Deberán transcurrir más de dos siglos para que Caracas recibiese el beneficio del estudio minucioso y sistemático tanto de su naturaleza como de su sociedad, incluyendo el régimen político y su sistema económico.  Nos referimos desde luego a José de Oviedo y Baños y un poco después a Humboldt y a Depons entre otros.  Estos al igual que Pimentel, se interesan por los vientos, las montañas, las enfermedades, la belleza femenina y una larga serie de aspectos que singularizaban a la ciudad de Caracas.  Entran por así decir, por “el filtro” de sus agudas mentes otros tantos asuntos en los cuales no necesariamente coinciden, debido a las inexorables mudanzas que el tiempo hace de las costumbres como de las creencias.  El gobernador Pimentel, al igual que los ilustres humanistas, no son curiosos ni empíricos, son eso sí historiadores, geógrafos y hasta físicos; en fin, auténticos científicos, según la época que les tocó vivir.  Esta es la razón por la cual seguramente Pimentel creó el Archivo del Ayuntamiento y el registro eclesiástico donde extrajo los datos que hicieron posible la redacción de su informe dirigido al Rey Felipe II en 1578.  Es también probable que haya interrogado a los testigos sobrevivientes de la fundación de Caracas en 1567, aunque de ello no queden muestras explícitas en el contenido del informe que redacta.

La imagen de Caracas no está representada en el plano de Pimentel.  La fisonomía de la ciudad la encontraremos en los cuarenta y nueve capítulos que componen su informe.  Esto no es una paradoja o un incontenible deseo de figuración para llevarle la contraria a quienes ya han escrito sobre esta excepcional pieza documental.  La primera imagen de Caracas la configuran las ideas y prejuicios que moldearon la época y circunstancias que le correspondió vivir al gobernador Juan de Pimentel; es decir, finales del siglo XVI.  Para los conquistadores y autoridades de entonces, embutidos en una mentalidad nominalista que consiste en otorgarle categoría de verdad a lo que está en formación, no les resultaba difícil ver a la ciudad de Santiago de León de Caracas.  Esta ciudad sólo existía en sus deseos de grandeza y probablemente en su interés de forzar favores y distinciones de la voluntad del Rey, expresándole sus grandes hazañas conquistadoras, a través de las llamadas probanzas de méritos.  Si encontramos, como en efecto los hay, juicios valorativos que desprecian a las comunidades indígenas, ello era el resultado de sentirse superiores y además favorecidos por la supuesta intervención divina de los cielos, especialmente por la intersección de su patrono Santiago que los llevó en buena lid por el camino del “destino manifiesto” .  De modo que la espada y la cruz fueron elementos que se fusionaron para dar término a la conquista y fundación de Caracas.  No era solamente una conquista, sino también una pacificación en nombre de Dios, según decían para civilizar el medio salvaje “...que no tiene adoraciones ni santuario ni casa ni lugar dedicado para ello, sólo tienen su creencia en el demonio”10 .  Pero el Gobernador cronista describe cuanto ve en el hermoso valle de Caracas, y así como expone que no le agradaban los vientos ni la existencia de ciénagas pantanosas, también hace referencia a las bondades de esta tierra para la agricultura y la cría, de sus bosques para la construcción; de los animales que forman la fauna exótica de la provincia, etc.  Al iniciar su largo estudio explica el origen del nombre dado a la provincia; es decir Caracas en los siguientes términos:

“...llámese toda esta provincia generalmente entre los españoles Caracas, por lo que los primeros cristianos que a ella vinieron con los primeros indios que hablaron, fue una nación que se llamaba Caracas que están en la costa de la mar; y aunque en esta provincia hay otras naciones indios de más cantidad que los Caracas, como son toromaimas, arnacosteques, guaiqueríes, quiriquires, meregotos, marijes, tarmas, guarenasija, garagotos, esmeregotos, boquiracotos; tomó el nombre de esa provincia de los caracas por lo arriba dicho y esta nación de indios Caracas tomó este nombre porque en su tierra hay muchos bledos que en su lengua se llaman Caracas”11.

Ver: http://libertadpreciadotesoro.blogspot.com/2013/04/caracas-en-25-escenas-1.html

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