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viernes, 4 de marzo de 2011

El equivocado de cielo


Rabindranath Tagore - Premio Nobel de Literatura 1913
I - Era uno de esos hombres completamente inútiles. No tenía trabajo, pero sí muchos pasatiempos. Cogía pequeños cascos de madera, que llenaba de barro, y después incrustaba piedrecitas y conchas. Desde cierta distancia, parecían cuadros con vuelos de pájaros, praderas donde pastaran las vacas, colinas con cascadas o huellas de pasos. Las humillaciones que le hacía sufrir su familia eran interminables. -¡Basta! Debo renunciar a mi locura- se juraba a veces el hombre, en su desesperación. Pero la locura no lo dejaba en paz.
II - Hay estudiantes que no trabajan en todo el año, y sin embargo aprueban sus exámenes. El suyo era un caso similar. Se había pasado toda la vida en aficiones a las que no se podía llamar trabajo. Sin embargo, a su muerte se enteró con espanto de que debía ir al cielo. Pero la mala suerte no lo abandona a uno ni siquiera cuando va al cielo. El mensajero celestial se equivocó y lo llevó al cielo de las gentes ocupadas. Es un cielo donde hay de todo, salvo ocio. Allí, los hombres dicen: -No me queda un momento ni para respirar. - Vamos a trabajar –dicen las mujeres-; no hay tiempo para charlas. -El tiempo es tan valioso –dicen todos. Pero nadie dice que sea inapreciable. -¡Ya no se puede seguir soportando esta tensión! –suspiran todos, y se sienten felices. El trabajo me está matando”: esta queja es la eterna música del cielo de los ocupados. Y ese pobre hombre no le ve escapatoria, ni encuentra lugar en ninguna parte. Cuando se pasea por el camino, con la cabeza en las nubes, los ocupados le obstruyen el paso. Cada vez que quiere extender su alfombrilla para sentarse, le dicen que está en un campo de trigo y que acaban de sembrarlo. Siempre tiene que seguir adelante, a empujones.
III - Todas las mañanas, una muchacha muy ocupada viene en busca de agua a la fuente celestial. Se precipita por el camino con la rapidez con que tañe un sitar demasiado tenso. Se ha recogido el pelo muy de prisa, pero unos cabellos rebeldes se le han escapado y atisban en el oscuro cielo de sus ojos. El ocioso inútil estaba de pie, al costado de la fuente, inmóvil como árbol. Tal como la piedad inunda el corazón de la princesa real, cuando desde el balcón de su palacio divisa a un mendigo, una emoción semejante conmovió el corazón de la muchacha al verlo. -Pobre –le dijo, compadecida-, ¿no tienes nada entre manos? -No tengo tiempo para trabajar –respondió el ocioso. Sin entender a qué se refería, preguntó la muchacha: -¿Quieres hacer algo de trabajo que tengo entre manos? -Eso es precisamente lo que he esperado todo el tiempo –replicó él-: recibir trabajo de tus manos. -¿Qué trabajo puedo darte? -¿quieres darme uno de tus cántaros en que llevas el agua? -¿Qué harás con él? ¿Recoger agua? -No, te lo decoraré con dibujos. -¡No tengo tiempo para escuchar semejantes tonterías! –respondió. Irritada, la muchacha-. Me voy. Pero, ¿cómo puede un entrometido triunfar sobre un ocioso? Todos los días se encuentran los dos en la fuente, y cada vez él le hace el mismo pedido: -Dame uno de tus cántaros para que pueda decorártelo. Finalmente, la joven tuvo que admitir su derrota y entregarle su cántaro. Y alrededor del cántaro, el ocioso comenzó su dibujo: ¡con qué juegos de colores, con qué ritmo en las líneas! Cuando la decoración estuvo terminada, la muchacha levantó el cántaro en sus manos y le dio vueltas y más vueltas observándolo-. -Esto, ¿qué significa? –preguntó, enarcando las cejas. -No significa nada. La muchacha volvió a casa con el cántaro. Oculta de todas las miradas, lo contempló de cien maneras diferentes, bajo todas las variantes de luz. A la noche se levantó de su cama, encendió la lámpara y se sentó, inmóvil, a mirar durante horas el diseño. Por primera vez en su vida, había tropezado con algo que no tenía significado alguno. Al día siguiente, cuando acudió a la fuente, parecía como si hubiera cierta leve languidez, cierta tenue vacilación en la presurosa urgencia de sus pasos. Como si los pasos, al andar, se hubieran perdido súbitamente en pensamientos… en pensamiento que no significaban nada. Ese día también se encontró con el ocioso esperando en la fuente. -¿Qué quieres? –le dijo. -Dame algún trabajo de tus manos –replicó él. -¿Qué trabajo puedo darte? -Si te apetece, tejeré una cinta de hilos de colores, para que te la anudes al pelo. -Y eso, ¿para qué sirve? -Para nada en absoluto. La cinta de mil colores, suntuosa en su diseño, quedó terminada. Desde entonces, la muchacha se pasó horas frente al espejo, arreglándose el pelo. Descuidaba su trabajo, y el tiempo iba pasando.
IV - Después, a pasos agigantados, empezaron a aparecer grandes brechas en el trabajo del cielo de los ocupados. Y las brechas se llenaban de canciones y lágrimas. Los dignatarios del cielo se inquietaron muchísimo y convocaron a una reunión. -Jamás en la historia de este lugar ha sucedido una cosa semejante –dijeron. Se presentó el Mensajero Celestial y confesó su culpa. -Me equivoqué de cielo –dijo- cuando traje aquí a este hombre. El hombre fue citado ante la asamblea. Al mirar su turbante multicolor y los artísticos pliegues flotantes de su túnica, todos se dieron cuenta inmediatamente del tremendo error que habían cometido. -Tendrás que regresar a la Tierra –le comunicó el Presidente. Mientras cogía la paleta y los colores y arreglaba su pequeño bolso de viaje, el ocioso suspiró aliviado: -¡Me voy! –dijo. Entonces se adelantó la muchacha. -Yo también me voy –dijo. El Presidente sacudió la cabeza, consternado. Por primera vez, estaba frente a algo sin poderle encontrar significado alguno.

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