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viernes, 3 de octubre de 2014

Elogio de la violencia













Escrito por Antonio Sánchez García (historiador)  

Lo escribieron Marx y Engels en 1848, hace 166 años: "Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos. Proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. 

Que las clases dominantes tiemblen ante una Revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar".Lenin, sacó las conclusiones prácticas setenta años después al proclamar que "la muerte de un enemigo de clase es el más alto acto de humanidad posible en una sociedad dividida en clases". 

Y Mao, a un siglo de distancia, lo consideró al pie de la letra al escribir que "la tarea central y la forma más alta de toda revolución es la toma del Poder por medio de la lucha armada, es decir, la solución del problema por medio de la guerra. Este revolucionario principio marxista-leninista tiene validez universal tanto en China como en los demás países. 
Todos los comunistas tienen que comprender esta verdad: EL PODER NACE DEL FUSIL".Por cierto: la violencia hermanada con el odio, como lo dijese con todas sus letras y sin hacer melindres el partero por excelencia de la violencia de la historia en América Latina, Ernesto Guevara Lynch, el Ché,  eximio ejemplar del profesional de la revolución, el arma más destructiva inventada por el hombre, como lo escribiese Carl Schmitt en “El guerrillero”. 
Dijo el Ché: “¡El odio es el elemento central de nuestra lucha! El odio tan violento que impulsa al ser humano más allá de sus limitaciones naturales, convirtiéndolo en una máquina de matar violenta y de sangre fría. Nuestros soldados tienen que ser así”. 

A nuestros políticos profesionales y escribidores amateurs que se solazan condenando la violencia “de lado y lado, venga de donde venga” y tanto han reflexionado sobre el papel de la violencia en la historia que consideran que arrancar una tanquilla y levantar una barricada con colchones, destartalados hornos microondas y veladores despaturrados, sin una sola arma blanca o de fuego en sus manos, es el súmmum de la violencia – “sólo tu estupidez, eres eterna” – les recomiendo las siguientes frases de un hombre que sí sabía lo que significaba y el papel que jugaba la violencia – el asesinato a sangre fría- en la historia, les recomiendo detener un segundo sus afanes candidaturales y sus pujos reflexivos para ponerle atención a las siguientes frases: “Nunca debemos establecer la coexistencia pacífica. En esta lucha a muerte entre dos sistemas tenemos que llegar a la victoria final. Debemos andar por el sendero de la liberación incluso si cuesta millones de víctimas atómicas”.
“Para enviar hombres al pelotón de fusilamiento, la prueba judicial es innecesaria. Estos procedimientos son un detalle burgués arcaico. ¡Esta es una revolución! Y un revolucionario debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro”.

…Acabé el problema dándole en la sien derecha un tiro de pistola [calibre] 32, con orificio de salida en el temporal derecho. Boqueó un rato y quedó muerto. Al proceder a requisarle las pertenencias no podía sacarle el reloj amarrado con una cadena al cinturón, entonces él me dijo con una voz sin temblar muy lejos del miedo: ‘Arráncala, chico, total…’ Eso hice y sus pertenencias pasaron a mi poder”.
“…Ejecutar a un ser humano es algo feo, pero ejemplarizante. De ahora en adelante aquí nadie me volverá a decir el saca muelas de la guerrilla.”El “sacamuelas de la guerrilla”, autor de las afirmaciones precedentes, pasaría a la historia como el epitome del combatiente revolucionario, a quien su hermano de causa, “el leguleyo de la guerrilla” Fidel Castro bautizaría para la posteridad como “el guerrillero heroico”. Y quien, por cierto, al que hoy algún funcionario de la tiranía quiere dedicarle un perfume para el consumo de la idiotía universal,  coronaría su patética existencia escribiéndole a su padre, un argentino pudiente, decente y de bien llamado Ernesto Guevara de la Serna: “Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar.” 

El fascismo logra el epítome del despropósito, como lo señalara con su genial perspicacia la judía alemana Hannah Arendt: convertir a la víctima en victimario y al culpable en inculpado. Lo que es sabido y no debiera causar asombro: el régimen que hoy nos oprime con el uso de la más brutal de las violencias, las del terrorismo de Estado, nació de la violencia y lleva 15 años de omnímodo poder amparado en la violencia. 

Que hoy continúa achacándole la violencia al violentado. Nada sorprendente. Lo que es insólito y causa desazón es que quienes se abrogan el derecho a representar a los oprimidos se vuelvan hacia ellos conminándolos a renunciar a la violencia, confundiendo la protesta civil en todas sus expresiones, incluido el derecho constitucional a salir a la calle, el pecho al descubierto y las manos pintadas de blanco, con los tiros en la sien, el asalto a mano armada, el uso indiscriminado del paredón, la horca y el degüelle e incluso la decisión de lanzar una bomba atómica sobre el escogido enemigo, con un pobre muchacho devolviendo una granada de gas lacrimógeno al asesino que se la lanzara seguida de una andanada de escopetazos al rostro. O con un bocón inconsciente. Que lo siga haciendo hoy por los escasos medios de comunicación que aún nos quedan se debe al último resquicio de la sobrevivencia: periódicos de la agonía. Por desgracia utilizados por algunos en obediencia a los aviesos dictados de la dictadura. Pues el principio de Guevara, el hombre al que le gustaba asesinar, lo dejó estipulado y los esbirros de la satrapía le obedecen como a Moisés, el de las sagradas tablas de la Ley: “Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con la libertad de prensa”.

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