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jueves, 14 de febrero de 2013

¿Le prestaron un libro y no lo ha devuelto?














Excomulgado por robar un libro

Durante la Edad Media, el robo de libros de las bibliotecas eclesiásticas llegó a ser tan frecuente que los monjes franciscanos no tuvieron más remedio que solicitar al Sumo Pontífice que tomara medidas contra los bibliocleptómanos. Haciendo eco a las quejas de los monjes, Pío V en 1568 formulará un decreto fechado el 14 de noviembre que dice lo siguiente:

“Según fuimos informados, algunos espléndidos con su conciencia y enfermos de avaricia, no se avergüenzan de sacar por gusto los libros de las bibliotecas de algunos monasterios y casas de la orden de los Hermanos de San Francisco, y retener en sus manos para su uso, en peligro de sus almas y de las mismas bibliotecas, y no poca sospecha de los hermanos de la misma orden; nos, sobre esto, en la medida que interesa a nuestro oficio, deseoso de poner remedio oportuno, voluntariamente y nuestro conocimiento decidido, ordenamos por el tenor de la presente, a todas y cada una de las personas eclesiásticas seculares y regulares de cualquier estado, grado, orden o condición que sean, aun cuando brillen con la dignidad episcopal, no sustraer por hurto o de cualquier modo que presuman de las mencionadas bibliotecas o de algunas de ellas, algún libro o cuaderno, pues nos queremos sujetar a cualquiera de los sustrayentes a la sentencia de excomunión, y determinamos que en el acto, nadie, fuera del romano pontífice, pueda recibir la absolución, sino solamente en la hora de la muerte.”

Las bibliotecas exhibían copia de esta carta en lugar visible para que los amigos de lo ajeno se lo pensaran dos veces antes de echar mano del manuscrito de turno, sopesando bien los riesgos del fuego eterno a los que se exponían.

La más famosa de estas cartas es la Cédula de Excomunión que está expuesta en la Biblioteca Antigua de la Universidad de Salamanca, conocida coloquialmente como la Salmantina, reproducida en la foto superior, que dice así:

“Hay excomunión reservada a su Santidad contra cualesquiera personas que quitaren, distrajeren, o de otro cualquier modo enajenaren algún libro, pergamino o papel de esta biblioteca, sin que puedan ser absueltos hasta que esta esté perfectamente reintegrada”.

No obstante, no es la única fórmula. Otro ejemplo es la del Monasterio de San Pedro, en Barcelona, un poco más explícita que la de Salamanca:

“Para aquel que robara, cogiera prestado o no retornara un libro a su legítimo propietario, que se transforme en una serpiente en su mano y se la desgarre. Que quede paralizado o todos sus miembros malditos. Que sufra el dolor pidiendo en voz alta clemencia, y que no se le permita recuperarse de su agonía hasta que se descomponga. Permítase a los gusanos de los libros que roan sus entrañas… y cuando vaya a alcanzar su castigo final, permítase que se consuma eternamente en las llamas del infierno”.

De todas formas, parece ser que la excomunión no acababa de echar para atrás a los “mangantes” de turno, ya que era una práctica muy habitual de las bibliotecas de la época el atar los ejemplares con una cadena a las estanterías. Por si acaso.














Seguro anti-robo en mi biblioteca.
Yo no soy muy dado a prestar libros, pero como a veces uno tiene compromisos ineludibles y no tiene más remedio que dejar alguno de vez en cuando, me he hecho unas copias de la “salmantina” a escala reducida, y las introduzco en los libros que presto a modo de marca páginas. Para que si no pensaban devolvérmelo, huelan un poquito el azufre de las calderas de Pedro Botero.


Tomado de: http://www.bibliofiloenmascarado.com

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