miércoles, 26 de diciembre de 2012

Del «fin del mundo» y otras irresponsabilidades.









 

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Ya sabemos que en Australia y en China no se acabó el mundo. Espero que  las profecías mayas no nos jueguen una treta y el esperado fin del mundo comience en Venezuela. Y es que los venezolanos estamos tan de malas, que nada me extrañaría que el cumplimiento de esas profecías comience por este país. Pero no, no es de eso de lo que quiero escribir ahora. Más bien quiero intentar reflexionar en voz alta en torno a los sofisticados modos de insultar la inteligencia. La inteligencia es un noble sentido que nos permite la captación y comprensión de una determinada realidad. Considero aquí insulto a la inteligencia como la real incapacidad de captar lo mejor posible una realidad determinada, a sabiendas de que nunca la realidad puede ser captada en su mismidad por el sujeto que intenta aprehenderla. El insulto a la inteligencia acontece cada vez que nos empeñamos en falsear la realidad y hacer decir a ésta lo que ésta nunca quiso decir. No debería representar escándalo alguno el hecho de afirmar los límites que de suyo tiene la captación y aprehensión de la realidad. Tampoco debería representar un escándalo saber que los seres humanos hemos desarrollado una extraña habilidad para insultar la inteligencia, valiéndonos, a veces, de los recursos más sofisticados.

Buena parte de las páginas de periódicos y de otras publicaciones menores se dieron a la tarea de hacer públicas unas supuestas predicciones de los Mayas entorno al fin del mundo. El asunto del fin del mundo no representa novedad alguna, habida cuenta de que ya en la antigüedad existió una tendencia a pensar en la destrucción y el fin del mundo, que cada cierto tiempo surgía de la mano de los llamados "movimientos milenaristas". Los milenarismos eran movimientos que afirmaban la destrucción del mundo cada vez que estaba por terminar un siglo o un milenio.  

Estas creencias solían estar asociadas a determinadas creencias religiosas. Los cristianos del siglo I, por ejemplo, pensaban que la segunda venida de Cristo era inminente. Las comunidades cristianas de Tesalónica tenían una certeza tan viva de la inminencia de la segunda venida de Cristo, que muchos de ellos se negaban a trabajar por el hecho de que trabajar no tenía sentido si Cristo vendría de manera inminente. San Pablo tiene que salir al frente de este error con afirmaciones tan lapidarias como que el que no trabaja, que no coma, porque nos hemos enterado de que algunos entre Ustedes viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada... Poco a poco las comunidades cristianas fueron madurando en su fe y cayendo en la cuenta de que la segunda venida de Cristo no era inminente.  Por eso es por lo que el autor del Evangelio de Juan pone en boca de Jesús que nadie sabe el día ni la hora.

La profecía de los Mayas en torno al fin del mundo lógicamente obedeció a una cosmovisión bien precisa y determinada, es decir, a la forma y como los Mayas veían el mundo y captaban la realidad. En el Occidente cristiano dominaron varias visiones del mundo, que fueron pasando a la par que fueron descubiertos otros paradigmas científicos que dieron lugar, a su vez, a nuevas visiones del mundo. Así, la cosmovisión de la filosofía griega y su popularización por parte del cristianismo, dio paso al descubrimiento del heliocentrismo. Luego nos encontramos con las leyes de Newton y ahora hablamos de la teoría de la relatividad.  ¿Cuál de estas visiones del mundo es la verdadera?  Todas son contentivas de verdades que lo fueron para una época.  La dinamicidad del conocimiento y su carácter acumulativo no permiten establecer puntos de llegada al proceso científico.

El problema reside en dejarse arrastrar por la novedad que representan y el impacto que producen estas predicciones sobre el fin del mundo. Desde el inicio de la humanidad, el hombre siempre ha poseído una finísima manera de evadir su responsabilidad ante sí mismo y ante los demás. Dicho de otro modo, siempre es mucho más fácil situar el origen de los problemas en los demás y no en uno mismo. Es mucho más fácil considerar la destrucción de este mundo por obra de unas fuerzas extrañas e incontroladas, que por efectos de la tamaña irresponsabilidad que exhibimos los seres humanos de cara al mundo que habitamos. Dios me libre de entrar en la dinámica ecologista de los «progres», pero no cabe la menor duda de que el hombre del siglo XX y del siglo XXI tiene una severa responsabilidad de cara al deterioro progresivo de que está siendo víctima el mundo. El problema no es ecológico, como muchísimos quieren hacerlo ver. La naturaleza tiene su propia dinámica con un carácter inexorable. El problema es humano, profundamente humano, porque tiene que ver con el uso y el abuso que el hombre hace del medio ambiente.

Es cierto que el ojo del huracán parece estar en el armamento nuclear. Las que son tenidas como «grandes potencias» no cejan en su esfuerzo por alcanzar niveles cada vez más sofisticados en la construcción de un armamento nuclear. Una posible Tercera Guerra Mundial tendría efectos devastadores para el mundo, incluso en aquellas zonas que no tengan una parte activa en esa guerra. Que me disculpen «progres» y todo bicho de uña políticamente correcto, pero cada vez que pienso en la terrible mezcla entre armamento nuclear y fanatismo islámico, no puedo evitar pensar que el fin del mundo está mucho más cerca de lo que pensamos.
Tomado de: http://macabrismos.blogspot.com/ 

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