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miércoles, 28 de enero de 2015

MUD (pantano); por Federico Vegas


 
Por: Federico Vegas 
 





0. El barro como punto de partida. Un amigo celebró un artículo que había leído recientemente diciendo:
— Es justo lo que hubiera querido pensar…
Luego corrigió lo que supuso era un error y añadió:
— …lo que hubiera querido escribir.

Ha podido también decir: “lo que quería leer”, pero ésta sería la escala más baja para calificar un buen ensayo. “Leer lo que se quería leer” no es más que una autocomplacencia. Y existen autores que se especializan en darnos justo lo que esperábamos hasta dejarnos satisfechos, reafirmados, orondos y aún más convencidos de los razonamientos en los que se basa nuestra seguridad existencial.

Hay asuntos en los que me gusta pensar y otros que evito enfrentar por las más diversas razones. La más frecuente es la sensación de que voy a terminar en un callejón sin salida. Es lo que me ha estado pasando con el tema la MUD: no había querido revisar a fondo un recinto donde tengo depositadas tantas ilusiones y tantas dudas.

Así estaban las cosas hasta el día en que Ramón Guillermo Aveledo renunció a la dirección de la MUD y, en medio de mi desasosiego, hice una asociación bastante obvia pero que nunca antes me había pasado por la mente: “mud” en inglés significa “barro”, “fango”, “lodazal”. Al principio rechacé este pensamiento por considerarlo uno de esos tontos juegos de palabras que a nada conducen, pero parecía perseguirme con la insistencia de alguien que intenta darte una mala noticia. Finalmente tuve que aceptar que la traducción, que siempre había estado latente y de pronto se materializaba tenía su toque freudiano y se debía al terror de perder esas esperanzas cifradas en la MUD para entrar en un pantano sin estructura ni salida.

Aceptar esta condición me permitió asomarme al caudal de imágenes que nos ofrece una sustancia tan originaria y contradictoria. Al barro lo asociamos con una suciedad que va desde un grano en la frente hasta el acto de embarrarse de un corrupto. Por otro lado, la gran mayoría de los mitos religiosos plantean que el hombre fue creado por Dios a partir del barro. Dice la Biblia: “Y el señor Dios formó al hombre del polvo del suelo y sopló en sus narices el aliento de la vida, y el hombre vino a ser alma viviente”.

El barro también es la materia de las pequeñas tortas infantiles que fueron nuestra primera creación artística y, según presumíamos, gastronómica. Me interesa también el papel del barro en el primer contenedor creado por el hombre gracias a una transformación: las vasijas eran talladas en piedra o madera, y fue en la alfarería donde se dio el milagro de generar con tierra, agua y fuego una nueva sustancia capaz de pasar de lo moldeable a lo permanente.

Pareciera que entre las dos versiones antagónicas de la inmundicia y el acto creador sólo hiciera falta ese soplo divino, que a veces está a una cuarta de nuestras propias narices. Partiendo de esta dualidad liberadora, comencé a anotar algunas ideas que quisiera compartir, algo que me ayudará a ordenarlas y conducirlas hacia un camino con un posible final.

No intento convencer a nadie y advierto que en temas de política mis deseos suelen enrarecer mis juicios. Mi principal interés es dejar testimonio de mis sentimientos, esa fuerte corriente que termina siendo la verdadera materia de nuestras opiniones.

1. Sobre la desaparición de una palabra. Cuando voté por primera vez en 1968, la palabra democracia era un requisito indispensable para entrar en la competencia entre Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y Copei, un partido que se promocionaba como una “democracia cristiana”. Pero hacia finales del siglo XX se produjo una suerte de reacción y el término “democracia” pareció estar totalmente desprestigiado y comenzó a desaparecer. Era como si en nuestro inconsciente, y en algunas conciencias, la democracia fuera considerada la causa y el sedimento de un engaño, de un fracaso, de una manera de mentir. Era algo bueno para todo y para nada que siempre estaba presente, pero en un fondo tan remoto y oscuro que se ha podrido hasta volverse un barro que, sin el soplo divino, era algo sucio, apestoso.
Los partidos políticos comenzaron a bautizarse con nombres exóticos, como queriendo liberarse de un lastre. Algunos con un toque new age: “Un Nuevo Tiempo” o “Apertura”. Otros se inclinaron por lo folclórico: “Alianza Bravo Pueblo”, “Patria Para Todos”. Una buena parte se refería sólo a una de las cualidades, actividades o etapas que conforman una democracia: “Primero Justicia”, “Opina”, “Voluntad Popular”, “Movimiento Electoral del Pueblo”, “Convergencia”, “Proyecto Venezuela”, “Solidaridad”. Y una cantidad creciente se basó en definir su ideología política: “Movimiento al Socialismo”, “La Causa Radical”, “Marea Socialista”, “Clase Media Socialista”, “La Causa Radical”.

Y así llegamos al “Partido Socialista Unido de Venezuela”.

En la mayoría avasallante de estos partidos no sólo está ausente la palabra democracia: también lo está la idea de totalidad que requiere un ente que va a evolucionar y necesita ser capaz de asimilar un proceso de cambio e inclusión.

El sorprendente espectro de posibilidades que ofrecen estas denominaciones creo que se debe a la crisis de la propia democracia en la cual estaban llamadas a participar. Una vez le pregunté a un amigo que había diseñado su propia casa sin haber estudiado en una escuela de Arquitectura cómo había logrado detalles tan refinados y espacios tan acogedores. Me contestó con una frase que nunca olvidaré:

— Ya he vivido lo suficiente para saber lo que quiero.
Si le hubiéramos hecho esta misma pregunta a la democracia venezolana a finales del siglo XX hubiera contestado:
— Ya he vivido lo suficiente para no saber lo que quiero.

Una de esas reacciones a ignorar lo que en verdad se quiere es ser “elemental”, aferrarse a las partes, a las últimas causas y los primeros efectos, sin considerar la esencia de la totalidad.

Los nombres de partidos que hemos citado reflejan esa tendencia a tomar un elemento del proceso y convertirlo en el empaque, en la presentación, como un modelo de carro que se promueve sólo por su arranque o su limpiaparabrisas.

Un partido, además de ser un elemento para alcanzar y ejercer el poder, debe ser también un contexto, un contenedor capaz de permanecer en el tiempo y permitir que los elementos que contiene tengan vitalidad, creatividad, fuerza propia. Esas primeras vasijas de barro con su vocación de albergar diversas sustancias, e incluso fusionarlas, pueden ayudarnos a entender esta idea.

Una cosa es el cuchillo, el tenedor o la cuchara, y otra el plato donde todos participan y hacen su trabajo.

Esta necesidad de englobar la entendió Hugo Chávez y la llevó a sus últimas consecuencias. Su primera actuación fue tan elemental como un golpe artero en medio de la noche. Después de fracasar, tomó la ruta hacia la creación de un amplio contexto de reivindicaciones, resentimientos y ansias de justicia. Y luego, al alcanzar el poder, fue convirtiendo este mismo contexto en un sistema cada vez más elemental y cerrado. De una idea de totalidad fue pasando a un sistema totalitarista. De lo inclusivo a lo excluyente. De una democracia participativa a una dominación militarista. De promoverse gracias a ciudadanos convencidos de la necesidad de un cambio a sostenerse en militantes convencidos de que no existe ya algún cambio posible.

Este proceso significó la gradual y maquillada muerte de la democracia, ya anunciada por su ausencia en las nomenclaturas, uno de los signos y síntomas de la descomposición que la hizo tan fácil para ser utilizada y celebrada hasta destruirla.

Ésta es la explicación de la alegría que sentí cuando fue creada la Mesa de la Unidad Democrática. No sólo reaparecía una palabra que nos integra a una historia universal y milenaria llena de enseñanzas, errores y aciertos. Además se estaba creando un ente con una clara vocación de contexto para lograr los acuerdos democráticos que nos hacían tanta falta, no un elemento parcial para alcanzar el poder y pretender ejercerlo para siempre.

2. ¿Qué es una mesa? Le Corbusier decía que la silla es proletaria y el sofá burgués. ¿Cómo calificar entonces ese mueble llamado mesa? Creo que su amplia vocación la hace difícil de encasillar en un verbo que de paso nos asoma a las limitaciones de una silla, la cual sólo sirve para sentarse.

Una de las mesas más famosas es la del Rey Arturo. Sabemos que era una tabla redonda y algunos creen que fue concebida como una imitación de otra mesa también de mucha fama: la de la Última Cena (si en verdad era redonda, los pintores se encargaron de alargarla para facilitarse el trabajo). Una razón más probable es que al Rey Arturo le convenía una mesa sin cabecera, donde ninguna ubicación te da privilegios y nadie sobresale del resto. Con esta disposición, caballeros de tanto temperamento como Lanzarote del Lago, Galahad, Tristán, Gawain y Palamedes tenían puestos iguales y no había ningún “líder”, como solía suceder en otras mesas medievales famosas por sus discordias. Podríamos invertir el razonamiento y decir que te puedes dar el lujo de tener una mesa redonda sólo cuando cuentas con un Rey Arturo.

Según San Marcos, los apóstoles se reunieron para la que sería la última cena de Jesús en una sala alta, grande, alfombrada y bien provista. Allí razonaron sobre el reino de Dios, sobre la posibilidad de la muerte y la confirmación de una traición; quizás se habló también de política, de las luchas internas de Israel, del creciente y aplastante dominio romano, de pesca, de aceites y vinos. Y ojalá, como en el Festín de Babette, se llegara a ese estado “cuando ya no se distingue entre los apetitos espirituales y la saciedad corporal”. 

Era justo, antes de tan inmenso sacrificio, compartir entre amigos manjares exquisitos.

Cuenta la artista Marisol Escobar que mientras esculpía su Ultima Cena le sucedió algo desconcertante. Comenzó tallando las figuras de los apóstoles y las fue sentando en una larga mesa. Trabajaba todo el día, pero en las noches no lograba descansar, pues desde su estudio le llegaban extraños sonidos semejantes a murmullos, carraspeos y toses que sonaban a reclamos. Después de varios insomnios Marisol, comprendió lo que estaba sucediendo y le dio solución. Colocó sobre la mesa jarras y vasos, cuchillos y cucharas, platos y panes de madera, todos a la medida y al estilo de los comensales, quienes, agradecidos, a partir de ese momento la dejaron dormir en paz.

La inquietud de aquellas estatuas es comprensible. Las mesas son territorios de exigencias y promesas.

Antes de su invención existía un vacío sin límites, un limbo sin soportes donde los hombres comían en el aire o en el suelo, devorando con la fastidiosa rutina de las vacas o las reiterativas zambullidas de los alcatraces. No fue tarea sencilla concebir una superficie regularizada, delimitada, plana, lisa y con cuatro patas inmóviles. La creación de la mesa estableció las fronteras precisas de un escenario con la altura adecuada al arte de comer. Y también para actividades tan disímiles como trabajar en ardua soledad o dialogar con placer.

¿Cómo es entonces la Mesa de la Unidad? Si en la de Arturo se sentaban unos 25 caballeros, ha debido tener unos ocho metros de diámetro. ¿Qué forma tiene la Mesa de la Unidad? ¿Cuántos se sientan en ella? ¿Cuántos la rodean de pie? ¿Cuántos observan en silencio? ¿Cómo se manejan las traiciones, las luchas internas, las redenciones? Nos vendría bien conocer cómo funciona y extender su ejemplo a otras mesas de la unidad que se multiplicaran por todo el país.

Cuando Jesús dijo en la última cena “Haced esto en memoria mía”, su propuesta tuvo acogida y se haría universal en el altar de sus iglesias.

3. ¿Cómo construir sobre un pantano? Mientras me adentraba en ese barro que unas veces ahoga y otras inspira, apareció la imagen de Venecia con su absoluta influencia en la etimología de la palabra Venezuela. La “Serenísima” nació en un pantano que no auguraba mucha estabilidad. Las edificaciones se fundamentan en masas de lodo que pueden tener 25 metros de profundidad. A veces creo que esa situación perentoria de hundimientos y mareas le dio a la ciudad, como compensación, su serenidad y estética sublime. Es la única explicación para un escenario sobre el que Jean Cocteau exclamaría: “¿Dónde se ha visto tanto Cristo caminando sobre el agua?”

La gran pregunta es cómo se soportan sus palacios de piedra sobre semejante lodazal. Entiendo que no se soportan en pilotes aislados y distantes, tal como ocurre en suelos más resistentes, sino en una multitud de pequeños pilotes de madera que operan comprimiéndose unos contra otros hasta generar un empuje horizontal contra la masa de barro.

Esta imagen veneciana viene bien para intuir una de las principales tareas de la Mesa de la Unidad Democrática: no es sólo juntar a los caballeros en igualdad de condiciones, como dando igual importancia a los pilotes de un edificio, sino organizando a todos los ciudadanos para que refundemos el país apoyándonos unos en los otros, hasta conformar una estructura que no se hunda en el pantano que hemos generado.

Esta referencia a pilotes aislados y heroicos es un momento oportuno para recordar el diálogo que sostienen Galileo y su aprendiz en la obra de Bertolt Brecht. Dice Andrea:

— ¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes!
Contesta Galileo:
 — ¡No! Desgraciada es la tierra que necesita héroes.

Según Galileo, no es necesariamente malo el carecer de líderes, como tampoco es el fin del mundo esta sensación de vivir en un pantano sin fondo. Ya sabemos que no lo fue para Venecia. Ya conocemos también la relación entre el barro y la creación.
Cuando le confesé a Oscar Marcano mis empantanadas pesadillas, me comentó que el psiquiatra Freddy Javier Guevara propone que estamos en una fase de la alquimia llamada “putrefactio”, donde todo se descompone para generar el ansiado cambio.

Fue Carl Jung quien incorporó la alquimia a sus estudios de Psicología, fascinado con las estimulantes alegorías de procesos cuyo último propósito es la creación del oro y la vida eterna. El punto de partida es la “nigredo”, una putrefacción y descomposición que viene a ser el paso previo a la transmutación que nos llevará a las instancias superiores llamadas el “albedo” y el “rubedo”.

Jung incorporó a su psicología esta idea de la “nigredo” para ilustrar un estado en el que no logramos ser conscientes de nuestro inconsciente, ni de la conexión con nuestros instintos ni de la diferencia entre los objetos y nuestro propio yo, que viene a ser un objeto más.

Cuando esta precaria condición comienza a revelar sus sombras y nos vamos acercando a ese dolor que llamamos desesperación, también se está dando un proceso de descubrimiento de nuestro propio interior. Pero aún falta mucho terreno por recorrer, pues este primer impulso puede quedarse varado en un punto muerto donde las convicciones parecen ser inútiles y las decisiones morales imposibles.

Aquí estamos llegando a una verdadera y plena desesperación sumida en el caos, la melancolía y la desilusión total. Sólo cuando creemos hundirnos para siempre en ese marasmo tenebroso, nuestro inconsciente comienza a latir con fuerza, a existir. Y entonces puede aparecer una luz, una iluminación.

Pero no hagan mucho caso de este resumen precipitado y contaminado (o refrendado) por mi propia “nigredo”. Sólo puedo asegurar que estas sensaciones que he entresacado de un resumen de la visión de Jung se ajustan escandalosamente a lo que he sentido y estoy sintiendo, mientras espero que una luz vaya definiendo mis sombras y un posible camino.

4. La iluminación y la caverna. Quienes se sientan a dialogar en las mesas de este país deben estar agobiados por una extraña mezcla de urgencia y estancamiento. Ambas sensaciones no ayudan mucho a reflexionar con libertad, con paciencia. La urgencia nos hace creer que es más importante actuar que pensar. El estancamiento, en cambio, nos hace huir de ideas que siempre parecen ser las mismas y estamos hartos de rumiar.

Pero alguna vez habrá que enfrentar la necesidad de una refundación de la Democracia, de volver a sus orígenes, de dilucidar cuáles son las razones de su volatilidad. Y uno se pregunta: ¿por qué de todas las experiencias socialistas que se están dando en Latinoamérica, la venezolana es, por mucho y con religiosa insistencia, la más incompetente, improductiva y corrupta? 

La ecuación de una enorme riqueza petrolera y una endémica pobreza institucional quizás nos tenía preparada esta trampa.

Cuando uno revisa la historia de Venezuela parece que la democracia es más bien una serie de accidentes, de breves episodios rodeados de dictaduras. Ahora más que nunca nuestra enorme riqueza concentrada en manos del Estado se adapta como un guante a un dominio absoluto de los gobernantes sobre los gobernados. Rómulo Betancourt estaría pensando en este tema cuando en 1956, exiliado por enfrentarse a una dictadura que parecía inexpugnable, se dedicó a escribir el libro Venezuela, política y petróleo. Mientras su vida podía estar signada por la tenebrosidad de la “nigredo”, supo comprender que en esa dualidad de política y petróleo estaba la clave del destino de su país.

Estamos viviendo los efectos pavorosos de manejar con irresponsabilidad esta relación. En estas noches oscuras del alma de la Nación, ha llegado el presidente Maduro de un viaje por el mundo y se dirige con rostro de celebración a lo que va quedando de país.

Nos dice que ha salvado la patria pues ha conseguido vendernos. ¿Pero a qué precio?

Un ministro nos dice que podemos estar tranquilos, pues acaban de llegar sopotocientas toneladas de comida que alcanzan para dos meses. Si estas son las noticias que se celebran, que quedará para aquellas que se callan.

Tenemos un gobierno que está dispuesto a quebrar y entregar a Venezuela con tal de continuar en el poder y mantener las recetas de un comandante eterno. Del otro lado, está una oposición que espera a que se den las circunstancias que hagan el cambio posible. ¿Pero cuáles son esas circunstancias?

Sencillamente, las mismas que el gobierno está dispuesto a generar: ir hasta el final. Ambas fuerzas están dispuestas a llegar al precipicio. Y ambas lo hacen por creer que no tenemos otra opción.
No sé qué diría Jung de este estado de suprema inconciencia. Tampoco está claro que está pensando y diciendo la Mesa de la Unidad Democrática.

La tesis de Leopoldo López era que no se podía esperar más, que era urgente y perentorio producir una salida y un cambio. La tesis de Capriles ha consistido en esperar esas circunstancias ideales que surgen de un país quebrado, terminal; y ahora nos asegura que por fin ha llegado el momento.

Puede que López se haya adelantado y por eso está preso, aún teniendo la razón. Puede que Capriles se haya atrasado y hayamos pasado a una zona de la que ya no podremos retornar.

No es sencillo conjugar las circunstancias del cambio, los recursos para reaccionar, una fervorosa participación ciudadana y una dirigencia política unida y eficaz. Lo que sí es seguro es que toda apuesta a la implosión de un Estado incluirá en el trágico resultado a gobierno y opositores.

La tarea de la MUD tiene que tomar en cuenta esta “nigredo” que se ha convertido en una realidad política y colectiva.

Lo grave es que nuestra desesperación viene unida a la citada falta de convicción y de fe en las decisiones morales. Y por eso puede inclinarse tanto hacia una protesta vigorosa y organizada como hacia un abatimiento de seres que sólo quieren sobrevivir en una paz sepulcral.

Al final, que ya se nos ha lanzado encima: las opción estará entre una Mesa de la Unidad Democrática o una Mesa de la Unidad Militar.

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