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sábado, 17 de diciembre de 2016

Embajador, carajeóme


Fotografía:
Casa Amarilla de Caracas, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela, foto de presentación.

El telegrama más famoso de la Cancillería Venezolana                                                                                                                    
Por: Hugo Álvarez Pifano

En la década de los años 60 -fecha en la que nos iniciamos muchos jóvenes en el Servicio Exterior de Venezuela, con la aspiración de ser diplomáticos- la Cancillería utilizaba el telegrama como el medio de comunicación por excelencia, era el más rápido y efectivo para tener correspondencia con las embajadas, consulados, delegaciones ante los organismos internacionales y otras dependencias como los puestos fronterizos. El valor de un telegrama se determinaba por el número de palabras, que si la memoria no me es infiel -como dicen los políticos de pueblo- para esa época, era de 15 palabras por  un bolívar. Entonces, las instrucciones del Despacho indicaban de economizar el mayor número posible de palabras, lo cual se traducía en un ahorro sustancial de dinero.

Ahora bien, este objetivo se lograba de dos modos: el primero, mediante convencionalismos, por ejemplo: Embajada de Venezuela en Roma (5 palabras) se decía, Embavenezroma (1 palabra), lo que representaba un ahorro de dinero de 4 palabras. Otro ejemplo: Consulado General de Venezuela en Miami (6 palabras), Consulvenemiami (1 palabra); Delegación Permanente de Venezuela ante la Organización de las Naciones Unidas (11 palabras), Delevenezonu (1 palabra), nada más y nada menos que el ahorro de 10 palabras; Puesto Fronterizo en la Piedra del Cocuy (7 palabras), Pufrozococuy (1 palabra).

El otro medio de ahorro, era el enlace y retruécano de las palabras, esto es, al dirigirse un diplomático al Canciller, se usaba en las notas de estilo la forma protocolar: “Tengo a honra hacer del conocimiento de Vuestra Excelencia” (9 palabras), en el telegrama debía decirse, Cúmpleme (1 palabra); igualmente, otra fórmula protocolar “me permito hacer notar a su cortés atención” (8 palabras) en el telegrama debía decirse, Signifícole; finalmente, al despedirse en las comunicaciones: “Hago propicia la ocasión para reiterar a Vuestra Excelencia las seguridades de mi más alta y distinguida consideración” (18 palabras), en este caso se utilizaba la expresión, Válgome.

Entonces, los jóvenes diplomáticos eran entrenados en el manejo de esta “jeringonza” y quién redactaba un telegrama, debía pasar por fuerza ante el censor del Despacho: José Luis Martínez, un maracucho de talante taciturno, quien durante unos 45 años bailó con dulzura, gracia y destreza de la Pavlova sobre la cuerda flojo-tensa de todos los regímenes políticos de medio siglo de historia. Jamás salió al exterior a desempeñar cargo alguno. No tenía estudios universitarios. 

Admirado por su memoria de elefante y sus frases acertadas a la hora de agradar a sus superiores: siempre les hacía escuchar lo que ellos amaban oír. Un maestro impecable del malabarismo en el arte de economizar una palabra a favor del fisco venezolano y un cínico sutil, para rozar con la urticante levedad de un pistilo de ortiga, la confianza personal y la estima profesional de quienes no manejaban con soltura ese difícil arte de ahorrar palabras. Tomaba muy en serio la economía de los vocablos. Se le registra en la historia de la diplomacia venezolana como el primer funcionario que alcanzó el rango de embajador sin ser un político o un militar, tampoco un doctor, antes de él la carrera diplomática llegaba para los funcionarios hasta Ministro Consejero. A él corresponde el mérito de haber roto esa infranqueable barrera. 

Querido por todos: un verdadero genio, artífice de la diplomacia venezolana, concebida como el arte de jalar mecate, en un mundo de adulación a los políticos de turno.

Nuestra historia toma como punto de partida a Vasilicio, Primer Secretario de la Embajada de Venezuela en Río de Janeiro (capital de Brasil para la época), se decía que provenía de una familia acomodada durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, su padre tachirense como el benemérito, fue oficial de la policía del régimen –con el apodo de El Indio- después miembro del ejército y finalmente Cónsul en Georgetown, Guyana. Tuvo el acierto de  mandar a estudiar a sus tres hijos a Europa, de este modo el muchacho logró un doctorado en Italia, en el mejor instituto para los estudios de diplomacia: La Facultad de Ciencias Políticas Cesare Alfieri, adscrita a la Universidad de Florencia. Se inició como tercer secretario en Roma, segundo en Bruselas y para dicha personal casó con una bellísima heredera de la zona centro occidental de Venezuela. Su carrera diplomática marchaba viento en popa a toda vela, como decía Espronceda del famoso bergantín. Río de Janeiro era uno de los destinos más apetecibles en el servicio exterior venezolano. 

Hay que recordar que Brasil fue un imperio, con una aristocracia, de modales finos y gusto refinado. Vasilicio tenía cultura, hablaba tres idiomas, poseía glamour, don de gentes y disfrutaba de una situación de cuentos de hadas. En el mundo diplomático se movía con la satisfacción de un zorro en un corral de gallinas. Pero, como la dicha no es completa, había dos problemas que él afrontaba a diario: el embajador, uno de los diplomáticos más emperifollados de Venezuela, un viejo retrógrado muy próximo a cumplir 80 años, amigo entrañable del presidente, con un sobrino llamado Rómulo en honor al jefe de estado, hijo de un hermano con rango de general, uno de los jefes de la Casa Militar. Este anciano decimonónico se sentía disminuido ante un diplomático joven, brillante y de éxito social. Algo que muchos embajadores no pueden soportar de los diplomáticos de carrera, por esa razón trataban de quitarlos de en medio, una piedra en el zapato.

Pero, como si todo esto fuera poco, afincó su situación de incomodidad por el lado del racismo. Como hemos dicho, Vasilicio venía de una familia de los Andes venezolanos del Táchira, con algunos rasgos indígenas, lo que lo hacía muy venezolano y con un aire exótico de hombre atractivo para las mujeres europeas, de hecho en Florencia siempre tuvo éxito con las chicas toscanas, mujeres muy exigentes.

Muchos años después de todo esto, presté servicios en Brasil durante cuatro años, como Ministro Consejero de la embajada de Venezuela, encontré a dos funcionarios afro-brasileños: Waldir Azeredo dos Santos y José Roque da Costa, me contaron que en la residencia del embajador no entraban los negros -o persona alguna de color- ni siquiera a lavar la piscina. Más aún, que el embajador siempre se sentía a disgusto porque Vasilicio no era un catire. 

Como consecuencia de este estado de cosas, el joven diplomático solicitó su traslado. Sus allegados en la Cancillería le sugirieron paciencia, una conducción del asunto con calma y cordura. Le indicaron, que ese embajador era un viejo, muy entrado en años, que pasaría a retiro muy pronto, por lo tanto debía tener paciencia. El consejo fue: “Mantén la compostura y si algo pasa en los próximos días, informa”.

A los dos días se recibió un telegrama: Embajador carajeóme, espero instrucciones. Todos en la Cancillería se miraron las caras ¿Será una clave secreta? ¿Tendrá esto algún significado criptográfico? 

Rápidamente fue llamado Chiquitín Ettedgui, jefe del servicio de criptografía, para descifrar este extraño mensaje. El experto en descifrar lo indescifrable. No señor, no había nada secreto y mucho menos encriptado. Era el bueno de Vasilicio, tratando de ahorrarle más de 50 palabras al Despacho de Relaciones Exteriores, pues lo que el primer secretario trataba de decir en lenguaje explícito, no exento de humor, era: “El Embajador me mandó bien largo al carajo. Espero la nota de cese de mis funciones y la orden de regreso al país, asímismo, pasajes de vuelta para mí y mi familia, viáticos, y el pago de los gastos que ocasiona el traslado de mis bienes y menaje de casa”.

¡Que disciplina, economía de recursos y esperanza de seguir formando parte de un cuerpo social! Ser un diplomático de carrera en Venezuela. Un anhelo constante para miles de venezolanos y un orgullo para centenares de otros tantos. Todo desapareció como un puñado de sal disuelto en el agua, primero en la era de Miguel Ángel Burelli, un vano y necio canciller, bueno para nada, destructor de la carrera diplomática en Venezuela. Después, en los tiempos en que Venezuela alcanzó gran relevancia internacional como desmedido país populista, de la mano del actual gobierno, éste lamentablemente privilegió la fidelidad política a la revolución bolivariana, antes que a la preparación académica, la vocación de servicio y la honradez y experiencia, para un oficio de toda una vida como es la carrera diplomática. 

Pasarán muchos años, antes de que Venezuela vuelva a tener una carrera diplomática que responda a sus intereses como nación y a su visión geopolítica de un gran país latinoamericano, como está llamado a ser en un el futuro.


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