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martes, 5 de agosto de 2014

A tu diminuta estatura de Gigante

Una carta para el Doctor Herman Wuani Ettedgui


SIEMPRE HE CREÍDO QUE ERES ETERNO

Me ha sorprendido la noticia de que algún quebranto te anda rondando. Y cómo no sorprenderme si  siempre he creído  y creeré que eres eterno. Que nada puede doblegar tu diminuta estatura de  gigante. Que ni sequías ni vendavales van a torcer tu camino hacia ese mágico consultorio, casi oculto entre ventas de todo tipo y gente vociferando sus mercancías y frutas, abalanzándose sobre la entrada del metro, deseosos de llegar a alguna parte.

PASABAS CON LEVEDAD DE PÁJARO POR TU CASA

Tú salías de tu Hospital, pasabas con levedad de pájaro por tu casa y de allí te ibas a esa larga lista de pacientes que te aguardaban, a sabiendas de que nadie más podría darles el diagnóstico que tu sola mirada encontraba, aun antes de auscultar la fragancia de su corazón.

Imperturbable en tu oficio, no le das rienda a los hilos de los que la gente se quiere sujetar para huir de la disciplina de tus rituales. Si el enfermo no coopera contigo, todo esfuerzo lo declaras inútil.

 UN FAROLERO EN MEDIO DE LA OSCURIDAD

Sabes que no existen fórmulas mágicas, brebajes encantados, ni milagros. Que tenemos que ser capitanes de nuestra vida para que nuestros estrechos bajeles no colapsen. Y tú eres como un farolero en mitad de la oscuridad que siempre encuentra las causas y das las respuestas.

TUS MANOS CONOCEN EL CUERPO HUMANO CON LA DEDICACIÓN DE LOS ENAMORADOS DE UN OFICIO

Nunca te dejaste convencer por las nuevas tecnologías. Sabes que ningún lente tiene la capacidad de tu pupila para detectar el más lejano intruso. Y tus manos, Herman, conocen el cuerpo humano en forma minuciosa, atenta y con la fe de los enamorados de un oficio.

Reconoces cada pliegue, los detalles, las colinas y las planicies. Y distingues, en un segundo, en el viaje de tus dedos por un abdomen si se trata de una hernia o un absceso, un tumor o una simple celulitis.

NO TE DEJAS ENGAÑAR POR LOS DOLORES QUE IRRADIABAN HACIA EL LADO OPUESTO DE LAS DOLENCIAS

No te dejas engañar por los espejos de los dolores que se irradian hacia el lado opuesto de las dolencias. Identificas la edad con sólo escudriñar el anverso de los pies. Te sabes de memoria, como si fueses un electrocardiógrafo, la estadística de los latidos y las reverberaciones de las sístoles.

Cómo entonces, Herman, podía yo pensar que un día algún ente extraño pudiera interrumpir tu meticulosa, disciplinada y ceremoniosa travesía hacia tus aposentos de sanación. 

 EN UN HOSPITAL JAMÁS FUISTE PACIENTE ERES  Y SERÁS SIEMPRE EL MAESTRO

En un hospital jamás fuiste paciente. Eres y serás siempre el maestro, el sabio, que nunca se preocupa si los demás se enteran. Son tus alumnos quienes beben sin límites, una enseñanza que se libra sobre el cuerpo y la mente, el espíritu y el corazón, más que en los libros.

Sabes que al médico no lo hace la lectura de muchos tratados, sino la pasión que se le desborda ante un síntoma, una enfermedad, una dolencia que le corresponde definir, precisar y sanar.

TUS ALUMNOS, COLEGAS Y PACIENTES DEL HOSPITAL VARGAS
CONOCEN EL SILENCIO DE TUS PASOS

Silencioso en tus pasos, podías pasar desapercibido en una multitud, pero, Herman, cómo saben de ti los pasillos del viejo hospital Vargas, tus colegas profesores y médicos, los pacientes acomodados simétricamente en largas salas, aguardando tus revistas,  y el corredor que lleva hasta tu consultorio.

TUS NUEVAS VISIONES SOBRE VIEJOS MALES

Y cuando no transitabas entre esos dos espacios de tu vivir, convertías la diminuta oficina de tu casa, en un laboratorio de investigación, un archivo de documentos y papeles que tú ordenabas, estudiabas y reparabas hasta producir nuevas visiones sobre viejos males, aproximaciones creadoras a tópicos largamente tratados, que tu pasión por el síntoma, como puerta abierta a causas mucho más complejas, podía siempre recrear y enriquecer.

Y fue cuando supe que no había de qué sorprenderse, porque no te detuviste ni un día en tu trabajo, que es tu pasión y tu vivir. Tu destino y tu frugalidad. Supe que no había habido sorpresa, sino que, como siempre lo hacías, le diste preferencia a tu andar.

 NO QUISISTE QUE NADA INTERRUMPIERA TUS LECCIONES

Estás terminando un libro y no quisiste que nada interrumpiera esas lecciones que quieres dejar establecidas para los que vengan después de ti.  Que le dijiste a tu organismo que se esperara, que no había tiempo para detenerse a guardar reposo y menos a entrar a un quirófano.

Y NO SÉ SI REGAÑARTE O ENTENDERTE

Tenías una meta y quisiste concluirla antes de reconocer el más difícil de los diagnósticos: el tuyo propio. Y no sé si regañarte por eso, o entender ese tu compromiso a ciegas con tu misión y tu ser.

Siempre había querido escribirte algo más que esas notas breves que se colaban en una torta de cumpleaños o en una tarjeta decembrina. Para decirte lo que tú tal vez intuyes pero no sabes del todo.

Estuviste al lado de mi madre, cuando susurrando pidió que te llamaran y que le rezaran el shemá. Te necesitaba a su lado para despedirse. Para que no cayera el peso de ese silencio sobre nuestros atribulados corazones.

HAS ESTADO A NUESTRO LADO DESDE QUE TENGO CONOCIMIENTO DEL MUNDO

Y has estado a nuestro lado desde que tengo conocimiento del mundo. Y doy por descontado que siempre estarás allí, al alcance de nuestros anhelos, cuando a uno de los hijos le alcance un dolor punzante, o de una caída brote una herida que no reconozcamos si es grande o pequeña.

Estás cada vez que alguien te necesita. Llegas callado y raudo a sofocar incendios, a aliviar angustias, a sanar enfermedades y a calmar dolores. Sin estridencias, leve como tus pasos, amoroso como tu mano extendida.

Y NO PIENSO RETRASAR MÁS ESTA CARTA

Y no tengo intenciones Herman de dejarte salir con las tuyas. Y mucho menos que pretendas ahora sentarte en una sala de espera, en vez de ejercer tu mágico oficio de curandero, de científico, de conocedor de todos los males que pueden rumiar en el interior de un organismo.

Como médico internista no hay quien te gane diferenciando una pancreatitis de una apendicitis, un herpes de una alergia, una bronquitis de un asma, un desnivel bioquímico de un desorden alimentario.

Por eso he venido a escribirte esta carta hoy. Una carta que te debía desde hace mucho y que te he ido escribiendo cada uno de los días en los que sabía que estabas allí y que sólo hacía falta unos pasos para irte a buscar.

Quiero que sepas cuánto te queremos, cuánto de ejemplo has sido para los hijos, cuantas lecciones dejas tejidas sobre la humanidad de este expaís roto y quebrado. Cuántos huertos has hecho crecer sobre jardines que ni siquiera conoces.

Y NO TE MARCHARÁS SINO CUANDO TÚ LO DECIDAS
DESDE TU AMOR INDOBLEGABLE

Quiero que sepas, Herman, que desde donde esté, voy trenzando guirnaldas de energía, para que salgas de las terapias intensivas, recuperes tu habitual languidez y concluyas tu libro, y lo presentes. Y puedas encargarte tú mismo de sanar tus dolencias, hasta que tú decidas marcharte sin agujas ni catéteres, sin vías externas o internas, sino porque así lo decidiste, desde tu paso parsimonioso y tu amor indoblegable.

Y quiero que sea largo ese tiempo. Porque muchos te necesitan y necesitamos. Y para que todos podamos dejar a tu costado las claves de la alegría que has regado y riegas sobre este pedacito de tierra triste.

HASTA QUE SE DIBUJE PARA SIEMPRE EN TU ROSTRO LA MÁS GRANDE SONRISA QUE HAYAS TENIDO

Para que la aparición de tu libro sea como la fiesta de un recién nacido que se recibe con sonajeros y ofrendas, con recaderías de amor, y predicciones de porvenir.

Para que se multipliquen en tu rostro las más grandes sonrisas, y cobres plena conciencia de que no tienes licencia para enfermarte. Que aún te aguardan muchas tareas que cumplir, oficio que ejercer y proezas que dejar cosidas en el ojal de este mundo enceguecido y mudo.

mery sananes
15 de julio del 2014







Quienes tienen o han tenido la suerte de conocer a Herman Wuani, saben bien que me quedo corta. Y quienes no, pueden asomarse a lo que llamaría una verdadera pasión por el oficio.

Con sus 85 años, y antes de que lo detuvieran algunos estragos, cada día como un ritual hacía camino hacia el Hospital Vargas de Caracas a darle continuidad a su labor docente y hacia un consultorio ubicado cerca del Metro de Bellas Artes, donde siempre lo aguardaban pacientes. Se reducían las horas pero no la entrega. Cada caso era material para sus investigaciones. Y está próximo a aparecer uno de sus libros, en el que trabaja incansablemente. 

Sus virtudes mayores: la austeridad, la sobriedad y la sencillez. Un sabio y un médico eminente en todos los sentidos. Un ser humano excepcional. Siempre fiel a las prácticas antiguas del médico a quien se podía alcanzar a cualquier hora y que siempre atendía a quien lo necesitara o requiriera, sin condiciones previas. Un ojo clínico verdaderamente extraordinario. Un estudioso permanente y un investigador al día. Radical con sus pacientes. No hay fórmulas mágicas. El médico diagnostica, percibe, investiga, descubre. Lo demás es labor del paciente. Su cambio de vida, la comprensión de lo que le ocurre y de sus causas y su disposición a participar en el proceso de su propia curación. 

Su vida y su pasión mayor: la Escuela de Medicina José María Vargas de la Universidad Central de Venezuela. Había quienes podían hacer su carrera en la Escuela Luis Razetti, en el Hospital Universitario y los predios de la Ciudad Universitaria, y quienes la hacían en el Hospital Vargas. Herman pertenece a la segunda. Los largos y antiguos corredores de esa edificación son testigos de sus pasos. Y quien haya sido su discípulo no olvida ni su nombre ni sus enseñanzas. Herman es un verdadero maestro en el sentido más extendido de la palabra. Y esta carta es una manera de honrarlo. 

Gracias por asomarse a una vida inmensamente rica en lecciones de todo tipo, en este expaís sin rumbo, sin ética, sin justicia, sin humanidad. ms

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