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lunes, 8 de diciembre de 2014

La sombra pálida del destino

Por: Luis Lòpez Nieves


El guerrero
El 21 de julio de 1798, durante la legendaria Batalla de las Pirámides en que Napoleón Bonaparte derrotó a los mamelucos egipcios, el capitán francés Philippe Farel luchaba frente a su compañía de húsares en el punto más denso y sangriento del combate. Era mucho el polvo que levantaban los guerreros, los animales, la artillería y las máquinas de guerra de ambos bandos. El flanco izquierdo del caballo del capitán Farel golpeó, de pronto, el flanco derecho del caballo del capitán egipcio Esmat Nazif. Ambos combatientes giraron rápidamente en sus monturas, pero el capitán francés fue más veloz: con un movimiento instantáneo de su brazo derecho hundió su sable en el pecho del capitán Nazif, quien soltó su alfanje, cerró los ojos y cayó a tierra sin decir palabra. El capitán Farel no tuvo tiempo de mirar hacia abajo para conocer el rostro del hombre a quien había matado: otro jinete egipcio lo atacaba con la cimitarra en alto.
Poco después del fin de la batalla, el capitán Farel regresó a Francia con el general Bonaparte, a quien sirvió fielmente hasta la célebre batalla de Waterloo en 1815, aunque para esta fecha ya había alcanzado el rango de general. Perseguido por sus ideas bonapartistas y su lealtad a la memoria del Emperador destronado, el general Farel huyó de Europa y se estableció en el sur de la provincia francófona de Quebec, en América del Norte, adonde llegó en mayo de 1817. Gracias al oro y a las piedras preciosas que rescató del tesoro de su admirado Napoleón, compró millares de hectáreas de tierras de pastoreo y fundó una hacienda ganadera. Un año después llegaron desde Francia su esposa y su hijo.

El hijo
Gérard Farel, nacido en París en 1810, llegó al sur de Québec con su madre, la mujer del ex general Philippe Farel, cuando sólo tenía ocho años de edad. Al igual que lo habían hecho su bisabuelo y su abuelo en Francia, y su padre en la provincia de Québec, se dedicó a la ganadería, aunque nunca fue feliz ni se sintió satisfecho. Todos los días se sentaba en el balcón de su mansión campestre a contemplar las inacabables praderas de verde pasto, pero no podía disfrutar la hermosura del paisaje: en realidad no hacía más que añorar y revivir los recuerdos de su infancia en París. Como si se tratara de un sueño, recordaba el ruido de los caballos sobre las calles pavimentadas de la ciudad, sus divertidos paseos por el Bosque de Bolonia, y el alboroto citadino de los peatones y los coches que desde niño había asociado con lo más exquisito de la vida. Gérard fantaseaba con volver a París. Y así lo hizo a los 57 años de edad: de pronto, un buen día del año 1867, le cedió su hacienda a sus dos hijos, agarró una cantidad sustancial de ahorros y regresó con su mujer a Francia.

Los nietos
Adolphe y André Farel –gemelos– nacieron en la hacienda de Gérard Farel en 1846. Adolphe lamentó la noticia de la partida de sus padres, en especial la de su madre, a quien se sentía muy apegado, pero recibió con grande alegría el anuncio de que al fin sería dueño de la mitad de la hacienda familiar. No ocurrió igual con André. Este prefería los libros a la ganadería, las bibliotecas a los prados, la reflexión filosófica a la acción inmediata y bovina. Acordaron que Adolphe administraría la próspera hacienda y le enviaría a André una pensión de lujo, para que viviera a gusto en una ciudad con biblioteca y se dedicara a los estudios. Así lo hicieron durante toda la vida. Ambos hermanos se querían mucho y nunca discutieron por dinero.
Al principio André vivió en la ciudad de Québec, donde tenía reputación de intelectual y excéntrico porque no se interesaba por las cosas que incumbían a la mayoría de sus vecinos. Además, nadie sabía por qué vivía con tanto desahogo, con coche y caballos propios, ya que jamás lo habían visto trabajar. En 1886, a los cuarenta años de edad, había agotado las bibliotecas de Québec, por lo que decidió mudarse a Montreal, donde aprovechó las circunstancias para aprender inglés. Diez años después, a los cincuenta, concluyó que Montreal le quedaba pequeña y optó por mudarse a Nueva York: se le había metido en la cabeza la idea de que sólo sería feliz si vivía en una ciudad con muchas librerías y grandes bibliotecas. Alquiló un apartamiento cómodo, con vista al Parque Central, y vivió lo que sería la etapa más plena y hermosa de su vida, porque tenía a su alcance todos los libros del mundo.
A los tres años de vivir en Nueva York, en 1899, conoció a una joven neoyorkina en una biblioteca. A pesar de la gran diferencia de edad –André ya tenía cincuenta y tres– la hermosa muchacha, como ocurre con relativa frecuencia, se enamoró desesperadamente de Farel, no sólo por su intelecto, que la dejaba sin habla, sino porque seguía siendo un hombre guapo y hablaba con ese encantador acento francés que, como es sabido, ninguna mujer puede resistir. Dos años después, en 1901, nació Víctor.

El biznieto
Víctor Farel nació en Nueva York, en el barrio de Manhattan conocido como Greenwich Village. Ocho años después, todavía niño, quedó huérfano de padre, por lo que se crió como estadounidense. Al principio, la madre –que conocía bien la lengua gala– le hablaba sobre su herencia francesa y quebequense e intentó enseñarle a hablar francés, pero el niño sólo se interesaba por la mecánica, la ingeniería y la aplicación de las ciencias a las técnicas industriales. Cuando sólo tenía doce años de edad quedó huérfano de madre. Gracias a una amiga de la fallecida, que conocía la dirección de los abuelos maternos del niño –vivían en Ohio–, las autoridades pudieron comunicarse con ellos y enviarles al menor. Nadie conocía a su tío Adolphe, quien administró la hacienda ganadera hasta los ochenta y cinco años de edad y nunca se arrepintió de su feliz existencia rodeado de vacas.
Víctor se hizo ingeniero, se casó con una norteamericana de ascendencia inglesa y pasó a ser un estadounidense más de Ohio, con apenas unas vagas nociones de sus orígenes franceses, y sin ningún conocimiento de las gloriosas hazañas de su bisabuelo, el general Farel, al lado del emperador Napoleón I.

El tataranieto
Billy Farel nació en Columbus, Ohio, en 1929. Padecía serios problemas de aprendizaje. Odiaba la lectura y la escuela porque desde niño su padre lo había sometido a un régimen insoportable de estudios científicos. Mientras los demás niños jugaban, iban al cine o escuchaban la radio, Billy tenía que pasar la tarde sentado al lado de su madre, memorizándose las tablas de multiplicación o leyendo libros de ingeniería o de mecánica industrial que lo aburrían hasta desear la muerte. En el hogar de los Farel no había paz, sino guerra continua. El padre exigía disciplina y estudio, el hijo quería juego y libertad. La madre, como ocurre en estos casos, intentaba servir de intermediaria, pero el carácter del padre era muy intransigente, casi militar.
En 1945, a los dieciséis años de edad, harto de una situación familiar que le convertía la vida en un infierno, Billy Farel se fugó de la casa paterna. Aunque joven, ya era alto, fuerte y musculoso. No era un intelectual, pero tampoco era tonto. Primero vagó de ciudad en ciudad, aceptando trabajos menores que pagaban poco; luego empezó a visitar otros estados. Tras una vida nómada de quince años, de la que nunca se arrepintió porque conoció decenas de ciudades y vivió con entera libertad, a los treinta y un años empezó a trabajar en una panadería de Alexandria, en el estado de Virginia. Se enamoró del arte de hacer pan y echó raíces. Nunca jamás abandonó su amada ciudad de Alexandria.

El retorno
Philip Farel nació en Alexandria en 1973. Su padre se había convertido en un próspero comerciante, dueño de una cadena de trece panaderías, pero ningún miembro de la familia Farel quería que Philip fuera panadero. Billy quería que estudiara abogacía, para que pudiera administrar la cadena y convertirla en una franquicia internacional, y la madre de Philip quería que estudiara medicina, porque decía que en todas las familias hacía falta un médico. Pero, aunque nadie se había dado cuenta todavía, el destino de Philip estaba sellado. Desde niño sus juegos favoritos habían sido los relativos a la guerra. Se vestía de soldado, hablaba como soldado, leía libros sobre soldados y guerras, sólo veía películas marciales. Nunca se sacaba de la correa un revólver de plástico que parecía verdadero, y siempre vestía uniforme de camuflaje. Fue cobito y niño escucha. Marchaba en todas las paradas del 4 de Julio.
Alumno aplicado, cuando estaba a punto de terminar sus estudios preuniversitarios le expresó a sus padres su sueño de ingresar a la mejor academia militar de los Estados Unidos: West Point. Gracias a sus buenas calificaciones y a las influencias políticas de su padre, fue admitido a la prestigiosa universidad. Se graduó en 1995, a los veintidós años de edad, con el rango de teniente. Ocho años después, en 2003, había ascendido a capitán. Participó en la invasión norteamericana de Irak con la 82ª División Aerotransportada, a cargo de una compañía de infantería. Consumada la ocupación de Bagdad, a la compañía del capitán Farel le asignaron la tarea de buscar y erradicar a los combatientes enemigos de uno de los barrios más poblados y peligrosos de la ciudad. El 21 de julio de 2004, durante una operación limpieza de casa en casa, el capitán Farel supervisaba a sus tropas mientras registraban las habitaciones de una mansión grande y oscura. Philip Farel escuchó un ruido en un cuarto vacío que estaba a su izquierda. Sin pensarlo, casi por instinto, entró solo a la alcoba. De pronto vio una figura humana oculta detrás de la puerta. Ambos giraron rápidamente, pero la figura iraquí fue más veloz. Colocó la punta de su puñal sobre el corazón del capitán Farel, y con la otra mano le apretó la garganta para que no gritara. Con mucha dificultad, porque casi no podía respirar, el Capitán suplicó en voz muy baja:
–Por favor, no te he hecho nada. No me mates.
* * *

El guerrero
El 21 de julio de 1798, durante la legendaria Batalla de las Pirámides en que los mamelucos egipcios fueron derrotados por Napoleón Bonaparte, el capitán egipcio Esmat Nazif luchaba frente a su compañía de jinetes mamelucos en el punto más denso y sangriento del combate. Era mucho el polvo que levantaban los guerreros, los animales, la artillería y las máquinas de guerra de ambos bandos. El flanco derecho del caballo del capitán Nazif golpeó, de pronto, el flanco izquierdo del caballo del capitán francés Philippe Farel. Ambos combatientes giraron rápidamente en sus monturas, pero el capitán egipcio fue más lento: recibió un sablazo en el pecho. Sintió un dolor agudo, punzante, opresivo, que en un segundo le recorrió el cuerpo entero, le paralizó los músculos y lo dejó sin fuerzas. Soltó el alfanje que llevaba en la mano derecha, se le cerraron los ojos y cayó de la silla sin emitir una palabra. Murió sin conocer el rostro del hombre que lo había matado.
Poco después de esta célebre batalla, la ciudad egipcia del capitán Esmat Nazif fue arrasada por los franceses. Perseguida por ser la mujer de un capitán y noble egipcio, la joven esposa de Nazif escondió entre sus ropas a su niña recién nacida y huyó de Egipto con la ayuda de su hermano. Se estableció en el sur de la ciudad palestina de Jericó, y gracias al oro y a las piedras preciosas que le dieran los padres de su marido antes de huir, compró millares de cabras y de ovejas y fundó una lucrativa empresa de pastoreo.

La hija
Fátima Nazif, nacida en El Cairo en 1798, llegó al sur de Jericó con su madre, la viuda del capitán Nazif, cuando sólo tenía cinco meses de vida. Al igual que lo habían hecho sus ancestros maternos en Egipto, y su madre en el sur de Jericó, se dedicó al pastoreo, aunque nunca fue feliz ni se sintió satisfecha. Todos los días se sentaba junto a sus inmensos rebaños y rehuía el contacto de los pastores, de las pastoras y de todos los que buscaban su compañía. No podía disfrutar la riqueza de sus rebaños ni la suave belleza de los montes que la rodeaban, porque desde niña su madre le había leído en voz alta los cuentos de Las mil y una noches y ella añoraba visitar Bagdad, la mágica ciudad de visires y sultanes. Como si las lecturas de su madre no hubieran sido fantasías, sino reales, a Fátima le bastaba con cerrar los ojos para ver las calles laberínticas de la ciudad, escuchar el bullicio del mercado y olfatear las nubes de incienso que brotaban de las ventanas de los palacios bagdadíes. Un buen día del año 1853, tras cumplir 55 años de edad, Fátima decidió de pronto que la felicidad valía más que un millón de cabras. Le cedió sus rebaños a sus dos hijas, agarró una cantidad sustancial de ahorros, escogió a cinco de sus criadas favoritas y a sus tres guardaespaldas más fuertes, y partió a la ciudad de sus sueños.

Las nietas
Amira y Aicha –gemelas– nacieron en el sur de Jericó, junto a los rebaños de Fátima Nazif, en 1830. Amira lamentó la noticia de la partida de su madre, a quien se sentía muy apegada, pero recibió con alegría el anuncio de que al fin ella y su marido serían dueños de la mitad de los rebaños. No ocurrió lo mismo con Aicha. Esta prefería los libros a la ganadería, la lectura a los prados, la poesía a la acción inmediata y bóvida. Acordaron que Amira administraría los prósperos rebaños y le enviaría a su hermana una pensión de lujo para que escribiera poesía y viviera a gusto en una ciudad con biblioteca. Así lo hicieron durante toda la vida. Ambas hermanas se querían mucho y nunca discutieron por dinero.
Al principio Aicha vivió en Jericó, donde tenía reputación de excéntrica porque no se interesaba por las cosas que incumbían a la mayoría de sus vecinas. Además, nadie sabía por qué vivía con tanto desahogo –con coche, guardaespaldas y caballos propios– ya que jamás la habían visto en la compañía de un hombre que la mantuviera. En 1856, a los veintiséis años de edad, había agotado las bibliotecas de Jericó, por lo que decidió mudarse a Jerusalén. Cuatro años después, a los treinta años de edad, concluyó que la provinciana ciudad de Jerusalén le quedaba pequeña y optó por mudarse a Constantinopla: se le había metido en la cabeza la idea de que sólo sería feliz en la más grande y culta de todas las ciudades musulmanas, donde abundaban las bibliotecas, las mezquitas y todos los museos de arte. Compró una casa majestuosa en el centro de la ciudad, con vista hacia el Cuerno Dorado y Hagia Sophia, y vivió entonces lo que sería la etapa más hermosa de su vida, porque tenía a su alcance toda la poesía del mundo.
Al año de vivir en Constantinopla, en 1861, conoció a un poeta turco en la biblioteca de la Gran Mezquita de Suleimán el Magnífico. Como ocurre con frecuencia en estas situaciones, el escritor se enamoró perdidamente de Aicha, no sólo por sus versos que lo dejaban sin habla, sino porque era una mujer bella, de grandes ojos negros, que hablaba con ese encantador acento egipcio que, como es sabido, ningún hombre puede resistir. Un año después, en 1862, nació Adiba.

La biznieta
Adiba nació en el Barrio Antiguo de Constantinopla, a pocas calles del célebre Bazar Egipcio. Ocho años después, todavía niña, quedó huérfana de madre, por lo que se crió como turca. Al principio su padre –que conocía bien la historia egipcia– le hablaba sobre su herencia faraónica, pero la niña sólo se interesaba por la astronomía, las matemáticas y el estudio de la lógica. Cuando sólo tenía doce años de edad quedó huérfana de padre. Gracias a un amigo de su padre fallecido, que conocía la dirección de los abuelos paternos de la niña en la ciudad turca de Esmirna, las autoridades de la Gran Mezquita Azul pudieron comunicarse con ellos y enviarles a la menor. Nadie conocía a su tía Amira, quien administró sus rebaños hasta los ochenta y cinco años de edad y nunca se arrepintió de su feliz existencia rodeada de alegres cabras.
Adiba se casó con un turco que también amaba la astrología. Pasó a ser una turca más de Esmirna, con apenas unas nociones muy vagas de sus orígenes egipcios, y sin ningún conocimiento de las gloriosas hazañas de su bisabuelo el capitán Nazif, quien había dado la vida por expulsar a Napoleón de Egipto.

La tataranieta
Zubeida nació en Esmirna, Turquía, en 1892. Padecía serios problemas de aprendizaje. Odiaba los libros porque desde niña su madre la había sometido a un régimen insoportable de estudios astronómicos y matemáticos. Mientras las demás niñas jugaban con muñecas, tocaban el laúd o aprendían a servir el té, Zubeida tenía que pasar la tarde sentada al lado de su madre, memorizándose las tablas de multiplicación o leyendo libros de astronomía que la aburrían hasta desear la muerte. En el hogar de la niña Zubeida no había paz, sino guerra continua. La madre exigía disciplina y estudio, la hija quería juego y libertad. El padre, como ocurre en estos casos, intentaba servir de intermediario, pero el carácter de la madre era muy intransigente, casi militar.
En el 1912, a los veinte años de edad, harta de una situación familiar que le convertía la vida en un infierno, Zubeida se fugó de la casa materna. Aunque joven y sin muchos conocimientos del mundo real, no era tonta. Durante los primeros seis años estuvo con la tía de su mejor amiga, la señora Latifa, quien la acogió como doncella. El marido de esta tía era comerciante y poseía una pequeña flota de barcos, por lo que Zubeida estuvo esos seis años visitando casi todos los puertos musulmanes del Mar Mediterráneo. El séptimo año, durante una visita a la ciudad costera de Tartus, en Siria, conoció al panadero más importante del puerto y se enamoró. Obtuvo el permiso de la señora Latifa para casarse y permanecer en Siria. Nunca jamás abandonó su amada ciudad de Tartus.

La luz sagrada
Aziza nació en Siria en 1936. Su padre era un próspero panadero que surtía todos los barcos que llegaban al puerto, pero ningún miembro de la familia quería que Aziza permaneciera el resto de su vida en ese puerto incoloro y aburrido, donde todos los días transcurrían como si fueran el mismo. El padre quería que su hija se casara con un joven emprendedor y moderno, para que convirtiera su panadería en una cadena internacional con representación en todos los puertos. Zubeida quería que su hija se casara con un médico, porque decía que en todas las familias hacía falta un doctor que también supiera de astronomía. Pero nadie se había dado cuenta de la pasión de Aziza por la política. Desde niña le hablaba a sus amigas del mucho amor que sentía por la Gran Patria Musulmana y de la necesidad urgente de expulsar a los extranjeros impíos. Sobre cualquier silla de la casa se trepaba para exhortar a la familia a despojarse de sus manías occidentales y regresar a las sabias y antiguas costumbres del Islam. Se negó a usar maquillaje –que de todos modos su bello rostro no necesitaba–, rechazó la ropa francesa e insistió en vestir la chilaba. Todos los años, gracias a los barcos de los amigos de su padre, hacía el peregrinaje a La Meca.
Una tarde en que acudió al despacho de su padre, en el puerto, se encontró de frente con el general Abu Abdalá Ben Machal. El famoso revolucionario panárabe había venido a comprar víveres para su ejército de guerrilleros, que luchaba contra el gobierno títere y prooccidental de Bagdad. Era muy alto, con brazos musculosos, y tenía el rostro enfebrecido de aquellos que todos los días arriesgan sus vidas por una causa; ella vestía la chilaba, pero llevaba la cabeza al descubierto y los cabellos se le habían desparramado sobre los hombros. Él miró fijamente, casi con dureza, los bellos ojos grandes, negros, radiantes, que lo admiraban sin disimulo; ella le sostuvo la mirada. Dos meses después, a eso de las cuatro de la mañana, Aziza se fugó con el general iraquí y se fueron a luchar a Bagdad.

El destino
Fátima nació en las afueras de Bagdad en 1973. Alumna aplicada, cuando estaba a punto de terminar sus estudios preuniversitarios le expresó a sus padres su sueño de ingresar a la mejor universidad de Irak. Gracias a sus buenas calificaciones y a las influencias políticas de su padre –heroico general retirado–, fue admitida a la Universidad de Bagdad y se graduó con altos honores en 1995, a los veintidós años de edad. Ocho años después, en 2003, se desempeñaba como abogada de los pobres cuando comenzó la invasión norteamericana. De inmediato, tanto ella como sus viejos padres se unieron a la resistencia. Recibió adiestramiento militar en fábricas y almacenes vacíos; leyó libros sobre la guerra no convencional y las tácticas de las guerrillas urbanas, que le regaló su padre; aprendió a usar el fusil y el puñal; recibió lecciones sobre el uso de explosivos. Sus padres fabricaban bombas caseras durante la noche y espiaban a los invasores durante el día. La hermosa Fátima lo aprendió todo muy rápido, como si llevara los conocimientos militares en la sangre. Por eso ascendió a capitana en menos de un año, y recibió la honrosa tarea de convertir el barrio más poblado de Bagdad en un insoportable infierno en que la fuerza invasora norteamericana nunca conociera el sueño ni el descanso.
El 21 de julio de 2004, a eso de las siete de la mañana, Fátima y quince compañeros dormían en el piso de la mansión abandonada que usaban de vez en cuando como escondite. Tenían mucho sueño porque habían pasado la noche entera, hasta el amanecer, hostigando al enemigo en las calles con bombas que accionaban por control remoto. En la habitación de al lado su madre, Aziza, fabricaba bombas caseras. El padre de Fátima caminaba con un bastón cerca de los edificios del gobierno, jugando el papel de anciano senil y jubilado. En realidad inspeccionaba los blancos militares que le sugeriría a su hija para esa noche, los cuales retrataba con la cámara minúscula que ocultaba en el bastón.
A pesar de su sueño profundo, Fátima se despertó cuando creyó escuchar un ruido en la puerta principal de la casa. Luego oyó botas en el pasillo que estaba a su derecha. Descalza, con el largo cabello negro cayéndole sobre los hombros, agarró su puñal y se puso de pie. Sus compañeros abrieron los ojos y se sentaron en silencio: apuntaron sus rifles en la dirección de los pasos desconocidos que se acercaban. Sin pensarlo, casi por instinto, Fátima se colocó detrás de la puerta y esperó. De pronto vio la figura humana que abría la puerta. Ambos giraron rápidamente, pero ella fue más veloz. Colocó la afiladísima punta de su puñal sobre el corazón del capitán Farel, y con la otra mano le apretó la garganta para que no hiciera ruido. Sus quince compañeros, ahora de pie, apuntaban sus rifles a la cabeza del militar. Con mucha dificultad, porque casi no podía respirar, el Capitán suplicó en voz muy baja:
–Por favor, no te he hecho nada. No me mates.
Fátima concentró la mirada sobre la boca de su enemigo, como si intentara leerle los labios. El Capitán insistió:
–Por favor, vine a ayudarte.
Fátima escuchó ruidos en el pasillo. Con un movimiento instantáneo, casi invisible, empujó el puñal con todas sus fuerzas y lo hundió en el corazón del capitán Farel, quien cerró los ojos y cayó al suelo sin decir palabra. La mujer no tuvo tiempo para mirar el cadáver del hombre a quien había matado: las botas de otros invasores se acercaban rápidamente al aposento. Ella y sus compañeros, que conocían todas las puertas y ventanas de la casa, huyeron descalzos, sin que el enemigo los escuchara.
Esa noche, sin saber que había vengado la muerte de su antepasado el capitán Esmat Nazif, quien 205 años antes había perecido a manos del invasor francés Philippe Farel, Fátima y sus compañeros se escondían en la azotea de una casa de Bagdad, esperando a que llegara la hora de lanzar un nuevo ataque contra el ejército extranjero. La ex abogada, con el pelo recogido en la nuca, bebía té, miraba las estrellas y descansaba sentada en el suelo. Uno de sus guerrilleros, Omar, que había sido maestro de escuela primaria hasta el día de la invasión norteamericana, se sentó a su lado con una taza de té y también miró al cielo. Era una noche tranquila, clara, silenciosa. Ambos contemplaban las estrellas sin hablar. De pronto, Omar preguntó en voz baja, con un poco de tristeza:
–¿Qué te dijo?
–No sé –respondió Fátima, un poco incómoda–. No entiendo inglés.


FIN

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