lunes, 20 de abril de 2009

Entre la falsedad y la verdad del poder


Por: Alberto Rodríguez Barrera - “No sé lo que amo no tengo paz ni descanso, no sé lo que creo, ¿por qué vivo todavía, para qué?” Nietzsche - Está comprobado que Nietzsche –racionalista e irracionalista bajo la influencia de las musas- cambió con frecuencia sus opiniones en su vida y en sus trabajos. Sus grandes contradicciones podrían entenderse mejor concibiéndolo como poeta, en lo que era más (¿o mejor?) que un filósofo. Con su pregón de que se debe aspirar al poder por el poder, su obra “La Voluntad del Poder” (subtitulada “Ensayo de una transmutación de todos los valores”) buscaba sustituir el nihilismo total que a todos nos sale al encuentro con un movimiento contrario, “en algún futuro”. Para Nietzsche la voluntad de poder aparece a) entre los oprimidos como voluntad de libertad, b) en una especie más fuerte como voluntad de superpoder y c) entre los más fuertes, ricos y valientes como amor a la humanidad, al pueblo, al evangelio, a la verdad, a Dios, etcétera. Escribe que la vida, como un caso aislado, tiende a un sentimiento máximo de poder, que es “esencialmente una tendencia a más poder; lo más profundo y más íntimo sigue siendo esta voluntad”. Difícilmente. Y hay frases baratas para alentar: la virtud es tontería, igualdad de derechos para los “fracasados” -es decir, derechos humanos para todos- sería la más profunda inmoralidad (sería la contranaturaleza misma como moral); un orden humano escalonado en rangos (“Cuanto poder tienes, eso eres; el resto es cobardía”). Concibe todo lo que existe –hasta el hallazgo de la verdad- como fenómeno de la voluntad de poder. Quizás fueron gritos desesperados de un espíritu enfermo, que se consumía en sufrimiento, lo que impidió a Nietzsche ver claro para entender y clasificar el poder. Su ateísmo lo llevó –al declarar muerto a Dios- a llenar el vacío con el “superhombre”. “...si había dioses, cómo soportaría yo no ser un dios”. Pura emoción y sentimiento poético (“Así hablaba Zaratustra”). Tanto es lo que todo el mundo ha sacado de lo que escribió Nietzsche, que tener una visión total -”redonda”- de él, de su filosofía, es casi imposible. En símil del chavismo, por ejemplo, manifestó que las vueltas que el juicio moral ha realizado permiten que lo “malo” sea rebautizado como “bueno”. En “La Voluntad del Poder” se afirman otros símiles con el chavismo: la moral “envenena toda la concepción del mundo” y “corta el camino hacia el entendimiento”; el carácter es una forma de la estupidez; el matrimonio es totalmente “deplorable e indecoroso”; el hombre virtuoso es una especie inferior porque no es una persona. El dualismo moral de Nietzsche –única manera de entenderlo como un todo- se divide en una moral de señores y una moral de esclavos, una vida más allá del bien y del mal y una para que la manada obedezca. El Estado, despreciado por él como monstruo frío, debe regular el trato de los sexos para evitar hombres indeseables. ..Hola, Hitler. El chavismo pretende reducir toda la realidad al poder, para determinarlo todo. Pretende poner las fuerzas naturales como uso del poder. Esto no es posible, hay que diferenciar. Las fuerzas de la naturaleza animada e inanimada no son emanación del “poder”, la energía no es poder. El concepto de poder es algo personal, humano; significa la posibilidad del hombre de ejercer influencia, sobre personas y cosas. Para Max Weber el poder es “la posibilidad de imponer la voluntad propia dentro de una relación social aun en contra de una oposición, sin importar aquello en lo que esta posibilidad se basa”. Hay coacción, aunque el poder se basa en muchas causas, porque el hombre es complicado. El poder puede venir de la superioridad, la fuerza, el saber, el prestigio social, la posesión o disposición de bienes materiales o servicios, etcétera. El hombre se puso a someter más de lo que el Génesis señaló, ya que en principio el poder es tan ilimitado como todas sus posibilidades. Hoy se dispone de instrumentos de poder –gracias a la tecnología- antes insospechados. El poder militar se ha usado para fines buenos y malos. Agréguese a esto el aporte de “El Príncipe” de Maquiavelo pretendiendo que el poder estatal sea el ideal último al que todo debe subordinarse, y el poder –que es neutral en sí- se pone al servicio del estado únicamente con el fin de levantar su pirámide lo más alto posible. Los resultados de esto han asustado, asustan y asustarán a todos. El chavismo está poseído por un superratón que se cree superhombre en el delirio del poder, que no quiere abarcar la sociedad anónima que es el Estado sino que anima a un “dominatrix” individual a fin de que someta a los hombres y a la tierra. Aquí el poder deja de ser una posibilidad humana y neutral y se utiliza como fin en sí mismo, con lo cual se convertiría en un valor absoluto. Y con ello en un poder demoníaco de consecuencias incalculables. Tal poderío lleva al hombre a situaciones que no puede prever y considerar racionalmente. Con alma y voluntad divididas, sucumbe al peligro del abuso de poder, tanto más cuanto más grande su dominio descocado. Nace el dictador.

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