Por: Arístides Bastidas - Diciembre 26, 2010
La naturaleza debe estar arrepentida de haber promovido como el más equipado de sus modelos, a ese llamado hombre.
Durante
420 millones de años la vida conquistó la parte seca de la superficie
planetaria y allí prosperó a través de las más ricas y diversas
manifestaciones, tanto en las especies animales como en las vegetales.
Los descendientes de las algas y de los peces se instalaron en tierra
firme y edificaron sobre ella un generoso imperio natural regido por
opulenta armonía entre los seres que caminaban por los suelos, los que
volaban por los cielos y los que habían hincado sus raíces en las
entrañas subterráneas para obtener la savia vivificante conque crearían
el verde esplendoroso del paisaje.
En
tan largo período se extinguieron formas de vida que no supieron
adaptarse, sustituidas por otras mejor preparadas para la sobrevivencia.
Las áreas que permanecieran descubiertas durante 4 mil millones de
años fueron cobijadas por un almohadón de restos orgánicos constituidos
por dinámicos gérmenes, insectos y lombrices que hacían, antes como hoy,
los cambios químicos formadores de las sustancias que absorberán las
plantas.
Ahora bien, cuando apareció el bípedo, orgulloso
de su inteligencia superior, impuso sus propias reglas persuadidos de
que era el rey de la creación. Al intentar sustituir a la naturaleza la
quebrantó con tal gravedad, que no sólo ha extinguido diversas especies
animales sino que ha puesto en jaque la existencia de su propio género.
La
biosfera, es decir, la franja donde transcurre la vida, comienza a
10.000 metros en las simas del mar pobladas de peces provistos de
órganos luminosos, continúa por toda la superficie terrestre y termina
en el aire, en las copas de los árboles donde están los más elevados
nidos de las aves. Esta franja es proporcionalmente una lámina más
delgada que la que cubre una manzana. La residencia de la vida ocupa
pues una pequeña dimensión del globo y no hay modo de mudarla para otra
parte.
El recién llegado
no parece comprender esto.Ufano de su razón, la ha deformado tanto que
luce preferible la sin razón con que se han desempeñado los animales.
Estos se ajustaron siempre a las normas del bosque, de la selva o la
sabana donde estuvieran sus domicilios.
Nosotros irrespetamos esas leyes
y aplicamos las nuestras que con el surgimiento de las primeras
civilizaciones, consistieron en derribar árboles para diversos usos, sin
preocuparnos por sembrar los sustitutos.
El
hombre es el único ser que hace guerras masivas contra los miembros de
su propia especie. Hubo quienes las justificarán con el absurdo
argumento de que los conflictos bélicos, de modo igual a las pestes,
controlaban el crecimiento humano. Les declaró también la guerra a
distintos animales que ha eliminado con el objeto de complacer ciertos
atavismos como el de la caza o de atender requerimientos lucrativos.
Está a punto de desaparecer el Tigre de Bengala, víctima de una ensañada
persecusión a tiros como la sufrida por hervíboros y carnívoros de
Africa.
El hombre ha
procedido así porque el rompimiento de esos enlaces ecológicos no ha
causado dramático desequilibrio aunque, desde luego, lo causa.
Los
investigadores estadounidenses quedaron sorprendidos cuando
encontraron rastros de DDT en los pinguinos de Alaska, quienes habitan
regiones muy distantes de aquellas en que se aplicaban los insecticidas
graduales. De inmediato no se podrían vaticinar las consecuencias que
ello acarree a esos animales y a los camarones conque se alimentan, que
seguramente asimilaron el DDT al ingerir los corpúsculos orgánicos
disueltos en el mar contaminado con el mismo, que llegaran a traves de
los ríos, procedentes de los labrantíos. Esto podría ser un ejemplo de
la vinculación que hay entre todos los fenómenos de la biosfera, aun
entre aquellos separados por largas distancias.
Los
animales dieron en un regio escenario la bienvenida al hombre hace
500.000 años. Deben estar pensando ahora que es así como paga el diablo
al verlos manejar los bienes de la naturaleza con la audacia y los
riesgos del aprendiz de brujo y los respectivos riesgos, por supuesto.
Subrayemos el principio de que la conservación correcta es la que se hace en función de una vida sana y feliz.
Debemos
aplicar las normas del mutuo auxilio. Si ayudamos a la naturaleza ella
estará en condiciones de ayudarnos más y mejor. Sacrificamos
permanentemente cabezas de ganado, aves de corral, cerdos, cuyas carnes
han permitido este avasallante aumento de la población. Más como al
mismo tiempo renovamos e incrementamos el número de esos animales,
nosotros ganamos por las proteínas que nos suministran y ellos ganan
porque aseguran su perpetuidad. La sociedad con el hombre, por otra
parte, los libra de la preocupación de que buscar el sustento.
A
fines del siglo pasado, los taladores de los árboles fueron una plaga
que asoló los bosques de costa a costa en los Estados Unidos. Quedaron
desnudas las superficies ocupadas por los estados de Michigan y
Wisconsin. Aparecieron enormes desiertos erosionados donde antes la
flora luciera su majestuosa belleza. El gobierno de Teodoro Roosevelt
adoptó medidas eficaces. Gracias a las mismas, hoy, cuando la
explotación maderera es la mayor en la historia norteamericana, se
multiplican las reservas forestales porque siembran tres árboles por cada
dos que se cosechan. No creo que hagamos algo parecido los venezolanos
en la actualidad.
Nos han
enseñado a juzgar mal a los microbios. Entre ellos hay algunos que
producen enfermedades que nos obligan a replicar con una guerra
defensiva. La mayoría, sin embargo, son buenos y provechosos para la
existencia de las plantas, de los animales, de los seres humanos. En un
puñado de tierra fértil hay un mundo de cientos de veces más poblado que
el nuestro. Los contituyen gérmenes que transforman los cadáveres de
animales o vegetales en gratos nutrientes de las raíces. Con esos
nutrientes de tan feo origen se formarán mas tarde los pétalos de una
flor, la pulpa azucarada de una fragante fruta o el verde sugestivo del
césped.
Cuando esos microbios, milagros químicos invisibles, no están
en la tierra, ella se torna estéril y sólo sirve de sepultura a las
semillas. Durante los incendios, gran parte de esos microrganismos
mueren achicharrados por las altas temperaturas.
Dedúzcase
fácilmente esta cadena ecológica: los microbios y los animalejos del
suelo alimentan a las plantas; éstas alimentan a los animales y a los
humanos a través de diferentes niveles; los cuerpos muertos alimentan a
los microbios que lo transforman, y este ciclo se repite indefinidamente
mientras no sufra interrupciones importantes. La ecología está
representada por cadenas de la vida en las cuales los eslabones
representan diferentes formas de lela en orden sucesivo.
El error del
hombre está en estimar que él es el eslabon más significativo y que los
parásitos son el más despreciable. O rectifica esa opinión o su porvenir
quedará gravemente comprometido. Deberá advertir que la vida existió
durante millones de siglos sin su concurso, y aunque podría prescindir
de él le sería imposible imposible mantenerse sin el auxilio de los
microrganismos ya aludidos.
El
señor Marcuse tenía razón cuando censuraba las necesidades artificiales
que nos alienan. Podemos entender el papel de las máquinas que nos
transportan o que fabrican los productos de utilidad esencial. No
podríamos decir lo mismo de los artefactos que empleamos, no para hacer
más confortable la existencia, sino para aumentar la molicie y librar a
nuestros músculos y a nuestro cuerpo de movimientos y ejercicios buenos
para la salud. Además, hemos aceptado masoquistamente la tiranía de
ciertos artículos objetables, sin los cuales no estaríamos cómodos.
Entre
los mismos se encuentran los recipientes desechables de aluminio,
latón, plástico y de vidrio no retornable, con los que ensuciamos el
planeta. Y ¡qué decir de la interminable sucesión de las modas! Ropas
y calzados sin desgaste son echados a la basura para ser sustituidos
por aquellos que constituyen el último hit de la novelería. En resumen,
hay cosas y objetos innecesarios cuya producción consume enormes
cantidades de energía a pesar de que sus fuentes tradicionales se
agotan y que arrojan desperdicios químicos contaminantes de la tierra,
de las aguas y del aire.
Sería
absurdo secundar a Rousseau en su prédica de que el hombre retorne a
sus estadios primitivos para ser dichoso. Lo juicioso es proponer que
use más inteligentemente los frutos de la inteligencia, y que no se deje
ahogar en el océano de maravillas suntuosas y artificiales que le
ofrece la tecnología cuando la dejan de su cuenta, sin las riendas que
le den carácter profundamente humano.
Nos
jactamos de los ingeniosos hallazgos de la ciencia moderna, y
soslayamos verdades que estaban presentes en otras gentes no tan doctas
como las de hoy, pero más conscientes.
Veamos unos párrafos de la carta
que el Jefe Piel Roja Sealth le escribiera en 1855 al Presidente
estadounidende Franklin Pierce:
"No
hay un lugar de quietud en las ciudades del hombre blanco. No hay lugar
donde oir las hojas de la primavera o el sonido de las alas de los
insectos. Pero tal vez porque yo soy un salvaje y no comprendo, el ruido
sólo parece insultar mis oídos. El indio prefiere el suave sonido del
viento volando como un dardo sobre la superficie del lago, y el olor del
viento limpio por la lluvia del mediodía o aromado por los pinos. El
aire es precioso para la piel roja. Porque todas las cosas comparten el
mismo aire, las bestias, los árboles, el hombre. El hombre blanco parece
no darse cuenta del aire que respira". ¿Qué es un hombre sin las
bestias? Si todas las bestias desaparecen, el hombre moriría de gran
soledad de espíritu, porque todo lo que ocurre a las bestias tanbién le
pasa a los hijos de la tierra. Cuando todos los búfalos sean liquidados,
los potros cerreros sean domados, los rincones secretos del bosque
estén cargados del aliento de muchos hombres y la vista de las colinas
salpicadas por los cables del progreso ¿dónde estará el águila? No
existirá. Y ¿qué será decirle adiós al lazo y a la caza, el fin de la
vida y el comienzo de la supervivencia? Nosotros podríamos comprender si
supiéramos cuáles son los sueños del hombre blanco, qué esperanzas él
les describe a sus hijos en las largas noches de invierno, qué visiones
queman su imaginación y qué deseos tienen para el mañana. Pero somos
salvajes , y los sueños del hombre blanco están ocultos para nosotros".
Yo
sostengo a priori de que esos microseres que hay en el silente
patrimonio de los suelos, poseen secretos para desafiar airosos grandes
inclemencias. A Dios gracias.
Hace
casi 30 años, las pruebas atómicas hechas en Bikini hicieron
desaparecer todo vestigio de flora y fauna en la isla. Los
microorganismos que allí quedaron, como redivivos, facilitaron la
germinación de las semillas que retornaron en las aguas o en los vientos
a la desértica región. El esplendor de la vida animal y vegetal volvió
a Bikini, y yo me pregunto si ese reverdecimiento vital habría ocurrido
si la isla hubiera sido invadida por la civilización de que tantos nos
envanecemos en nuestras burbujeantes ciudades.
Tomado de: http://lacienciaamena.blogspot.com