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martes, 25 de enero de 2011

Hindenburg


Tomado de: www.historiageneral.com
Caía la tarde del 6 de mayo de 1937 mientras el Hindenburg realizaba su aproximación para aterrizar en la Estación Aérea Naval de Lakehurst, en Nueva Jersey. Súbitamente, una lengua de fuego lamió la parte trasera del dirigible; 34 segundos bastaron para que la nave entera fuese consumida por el fuego. El 3 de mayo de 1937, bajo el mando del capitán Max Pruss, el zeppelín había partido de Frankfurt, Alemania. Este viaje fue el primero de la temporada 1937 para el servicio de pasajeros entre Europa y los Estados Unidos y no fue tan popular como la temporada de 1936. En 1936, el Hindenburg había completado con éxito diez viajes (1.002 pasajeros), rechazando clientes. En el presente viaje, el primero de la temporada 1937, el Hindenburg sólo llevaba 36 pasajeros, la mitad de su capacidad. 61 tripulantes garantizaban que la lujosa experiencia valiera la pequeña fortuna abonada por el boleto. La tarde de la catástrofe, una tormenta ensombrecía el cielo sobre la Estación Aérea Naval de Lakehurst (Nueva Jersey). El capitán Pruss había recibido informes que anunciaban vientos de hasta 25 nudos, algo peligroso para el dirigible, por lo que dirigió la aeronave hacia el sur y luego hacia el norte, volando en círculos mientras aguardaba que el clima mejorase. Tras evolucionar favorablemente el clima, el Hindenburg apareció sobre Lakehurst, sobrevolando la pista antes de aterrizar. El capitán Pruss intentó frenar el dirigible para reducir su altura. Tal vez preocupado por el clima, el capitán hizo girar la nave a la izquierda al acercarse a la torre de amarre. Dado que el Hindenburg poseía una cola algo pesada, se liberaron 600 Kg. de agua de lastre. Como la popa aún seguía pesada, el Hindenburg se deshizo de otros 500 Kg., empapando algunos espectadores. A las 7:21, el Hindenburg aún se encontraba a 305 metros de distancia del mástil de amarre y aproximadamente 92 metros en el aire. La mayoría de los pasajeros estaba junto a las ventanas esperando a saludar a sus familiares y amigos. Los cinco oficiales de a bordo se encontraban en la sala de mando. Otros miembros de la tripulación permanecían en la cola listos para liberar las amarras y dejar caer la rueda de aterrizaje trasera. A las 7:25, testigos vieron una pequeña llama en forma de hongo elevarse en la sección de cola del Hindenburg. Los miembros de la tripulación ubicados en la cola de la aeronave dijeron haber escuchado una detonación similar a la de un quemador de estufa de gas encendiéndose. En cuestión de segundos, el fuego envolvió la cola y se extendió rápidamente hacia adelante. La sección media estalló en llamas incluso antes que la cola del Hindenburg tocara el suelo.Sólo fueron necesarios 34 segundos para que la nave entera fuera consumida por las llamas. Los pasajeros y la tripulación sólo tuvieron unos segundos para reaccionar. Algunos saltaron por las ventanas, otros simplemente cayeron. Como el Hindenburg aún estaba a 92 metros de altura (aproximadamente 30 pisos de apartamentos) cuando se prendió fuego, muchos de estos pasajeros no sobrevivieron a la caída. Otros pasajeros quedaron atrapados dentro de la nave, bajo el peso de la estructura y mobiliario. Los restantes pasajeros y la tripulación saltaron de la nave una vez que se acercó a tierra. El personal de tierra, que había estado allí para ayudar a la nave a aterrizar, se convirtió en un equipo de rescate. Los heridos fueron trasladados a la enfermería del campo de aviación, los muertos fueron llevados a la sala de prensa, la morgue improvisada. Teniendo en cuenta la rapidez de la catástrofe, es sorprendente que sólo 35 de los 97 hombres y mujeres a bordo, además de un miembro de la tripulación de tierra, murieran en el desastre del Hindenburg. Esta tragedia puso fin al servicio comercial de pasajeros en embarcaciones rígidas. Aunque en el momento se especuló que el incendio fue causado por una fuga de gas hidrógeno, encendida por una chispa de electricidad estática, las verdaderas causas del desastre aún siguen sin determinarse, siendo materia de controversia.

domingo, 23 de enero de 2011

23 de Enero de 1958


El 23 de enero de 1958, un movimiento cívico-militar derrocó al gobierno de Marcos Pérez Jiménez, quien abandonaría el país con rumbo a República Dominicana a bordo del avión presidencial la «Vaca Sagrada». El antecedente más cercano de dicho acontecimiento se produjo el primero de enero del mismo año, cuando aviones de guerra surcaron los cielos despertando a toda Caracas. El asombro fue mayúsculo, incluso para los propios partidarios del gobierno, ya que hacía exactamente un mes, se había efectuado un plebiscito para prolongar el mandato de Pérez Jiménez, darle cierta solidez a su régimen y legitimidad ante las Fuerzas Armadas. Sin embargo, a pesar de que el alzamiento fue develado, a medida que se fueron revelando los nombres de los implicados se pudo apreciar cuán extendido y profundo era el malestar entre los oficiales de las tres fuerzas. Por tal motivo, aunque el golpe fracasó no fortaleció al gobierno, sino que aceleró el proceso de deterioro que terminaría 23 días más tarde con su caída. Esto último fue producto de una acumulación de oposiciones que, al final convirtieron el derrocamiento de la dictadura en una causa nacional. Profundizando un poco en las causas que derivaron en la caída de Pérez Jiménez, hay que señalar fundamentalmente 2 aspectos. En primer lugar, la crisis militar, originada a partir de los mencionados sucesos del 1 de enero de 1958, los cuales trastocaron el poder absoluto que hasta entonces tenía el primer mandatario en el seno de las Fuerzas Armadas. En tal sentido, el alzamiento de los oficiales de la Fuerza Aérea en la Base de Boca de Río, cercana a la ciudad de Maracay y del cuerpo de blindados del cuartel Urdaneta de Caracas al mando del teniente coronel Hugo Trejo, produjo o evidenció una crisis de liderazgo en la institución castrense. En segundo lugar, la crisis política en el propio seno del gobierno producto de la descomposición y fraccionamiento del mismo a raíz del plebiscito de diciembre de 1957 y que originó 2 cambios de gabinete sucesivos, los días 10 y 13 de enero de 1958 respectivamente y la salida hacia el exterior de los personeros más cercanos a Pérez Jiménez vetados por las Fuerzas Armadas, Laureano Vallenilla Lanz, ministro hasta entonces del Interior, y Pedro Estrada, jefe de la policía política del régimen, la Seguridad Nacional. A partir de los sucesos del 1 de enero y ante la manifiesta crisis política y militar del régimen perejimenista, comenzaron a publicarse diversos manifiestos en contra del gobierno tambaleante, firmados por hombres y mujeres representativos de diferentes campos de la actividad económica, profesional y cultural, así como pronunciamientos públicos de instituciones nacionales como el Colegio de Ingenieros, la Asociación Venezolana de Periodistas, federaciones obreras y sectores empresariales que hasta ese momento no habían manifestado abiertamente su repudio a la dictadura. Todas las acciones de calle en contra del régimen, tendrán su momento cumbre en la huelga general del 21 de enero, movilizada por la Junta Patriótica (unión de los diversos partidos políticos), junto a los estudiantes, empresarios y las masas populares, la cual tomó un carácter unitario que prestó el apoyo necesario a los oficiales alzados. En la madrugada del 23 de enero, pese a contar con el apoyo de un importante sector de las Fuerzas Armadas, Pérez Jiménez decide abandonar el Palacio de Miraflores y trasladarse al aeropuerto de La Carlota (situado en plena ciudad de Caracas), para tomar el avión que lo conduciría a la República Dominicana. Al conocerse la noticia del derrocamiento, el pueblo se lanzó a la calle, saqueando las casas de los adeptos al régimen; atacando la sede de la Seguridad Nacional y linchando a algunos funcionarios. Asimismo, destruyeron la sede y los equipos del periódico oficialista El Heraldo. Por otra parte, en pocas horas el Palacio de Miraflores se convirtió en el sitio de reunión de los sublevados y de innumerables dirigentes políticos y personalidades, quienes procedieron a nombrar una Junta de Gobierno Provisional que reemplazara al régimen derrocado. La Junta la constituyeron el contralmirante Wolfang Larrazabalcomo presidente y los coroneles Carlos Luis Araque, Pedro José Quevedo, Roberto Casanova y Abel Romero Villate. Al amanecer del día 23, los venezolanos celebran la caída de Pérez Jiménez, a la vez que protestan por la presencia en la Junta de Gobierno de Casanova y Romero Villate, reconocidos miembros del perejimenismo; los cuales finalmente fueron obligados a renunciar y reemplazados el día 24 de enero por los empresarios Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Con el objeto de facilitar el trabajo de la Junta de Gobierno y restablecer la democracia en Venezuela, se designó también un gabinete provisional compuesto por juristas, empresarios y ejecutivos, reservándose a un militar, el coronel Jesús María Castro León, el ministerio de la Defensa. Posteriormente, la Junta de Gobierno convoca a elecciones para diciembre de ese mismo año; se liberan a los presos políticos en todo el país, se amplía la Junta Patriótica con representantes de sectores independientes, ratificándose en la presidencia de la misma al periodista Fabricio Ojeda; se abre el proceso de castigo a los personeros del gobierno perejimenista y regresan los exiliados. En esos días se iniciaba de manera definitiva, una nueva etapa en la historia de la Venezuela contemporánea.
Ver: http://www.youtube.com/watch?v=3dzMzN3pSfM&feature=youtu.be
http://www.venezuelatuya.com/

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carlos Martel y la Batalla de Poitiers


Tomado de: http://historiageneral.com - La muerte de Mahoma en el año 632 fue el revulsivo que necesitaban los musulmanes para salir a expansionarse. Desde la Península Arábiga, pasando por el Mar Caspio, Persia, Egipto, norte de África y la Península Ibérica, los árabes no encontraban oposición en sus conquistas. En menos de cien años se hicieron con el imperio más grande que se había visto desde los tiempos de la antigua Roma. Ya en el año 732 el gobernador de Al Andalus, Abd al-Rahmán, se decidió a cruzar los Pirineos, con el irrefrenable ímpetu de seguir conquistando Europa. Nadie parecía poder detener a los árabes, que comenzaron a hacer sus incursiones por el sur de Francia. El terror empezaba a apoderarse del país galo y buena parte de Europa. Sin embargo en estas estábamos cuando surgió Carlos Martel, futuro abuelo de Carlomagno, y duque de los francos. Su espíritu guerrero convenció a su ejército y a todo aquel que sintiera la llamada de la cristiandad para hacer frente al emergente imperio islámico. Aquello era un todo o nada. Estaba en juego la salvación de los países del norte. El 10 de octubre del año 732, a mitad de camino entre Poitiers y Tours, y ya sólo a unos 175 kilómetros de París, las fuerzas musulmanas lideradas por Abd al-Rahmán y el ejército franco de Carlos Martel se encontraron en el campo de batalla. Los treinta mil soldados árabes apenas suponían la mitad de las fuerzas francas. A pesar de esta superioridad numérica, la caballería musulmana se lanzó contra la falange franca, un ejército para colmo mucho mejor entrenado y armado que el musulmán. Aquel primer día acabó con la primera retirada de los árabes, y la algarabía de los francos. El frío del momento también hizo mella en los musulmanes, menos acostumbrados a este tipo de temperaturas. Sin embargo, al amanecer del día siguiente, Carlos Martel descubría sorprendido que el ejército musulmán se había retirado. Todos pensaron que aquello podría ser una emboscada, pero tras rastrear durante varias horas el terreno, llegaron a la conclusión de que los árabes se habían retirado definitivamente. Así concluyó el avance musulmán por territorios europeos. Como dato curioso hay que decir que tras la batalla es cuando a Carlos se le colocó el apelativo de Martel, que significa martillo, ya que a partir de ese año comenzó a expulsar definitivamente a los musulmanes de Francia. A los árabes parece que se les quitaron las ganas de seguir sus conquistas por Europa, ya que tras la Batalla de Poitiers ya no continuaron más hacia el norte.
Foto Vía Fine Art America

lunes, 20 de diciembre de 2010

Testamento político de Miguel Angel Quevedo

Miguel Angel Quevedo, propietario y director de la revista semanal cubana Bohemia, fue una figura decisiva en casi todos los cambios políticos que se produjeron en Cuba antes de la llegada de Fidel Castro al poder. Se suicidó solo y repudiado en 1969. A él se atribuye este testamento político que cobra cuerpo en una carta a su amigo, el periodista cubano Ernesto Montaner. Bohemia era leída en todo el continente americano y, por supuesto, la revista más popular de Cuba por lo menos a finales de la década de los 50. Fue fundada en 1909 con el lema de "La revista que siempre dice la verdad". Entre sus principales colaboradores estuvieron los más grandes articulistas, ensayistas, escritores y líderes de su época, como Jorge Mañach, R. García Barcenas, Eduardo Chibás, Oscar Salas, Gustavo G. Sterling, José M. Peña, Fernando Ortiz, Ramón Grau San Martín, René Méndez Capote, Agustín Tamargo, Gustavo Robreño, Herminio Portell Vilá y tantos otros. Un ejemplar de sus "Bodas de Plata", publicado en 1934, obra en poder de CONTACTO Magazine. Es una verdadera joya de ese momento. En plena dictadura de Fulgencio Batista, Bohemia apoyó la revolución de 1959. El 26 de julio de 1958 publicó el famoso "Manifiesto de la Sierra". El 11 de enero de 1959 publicó una edición especial, con una tirada de un millón de ejemplares, que se agotó en pocas horas, sólo once días después de la caída de Batista. Con la llegada de Fidel Castro al poder, la prensa cubana no tardó en sufrir la ofensiva antidemocrática del nuevo caudillo. Periódicos, revistas, canales de televisión y emisoras de radio fueron expropiados o clausurados. Bohemia no fue la excepción. De inmediato se conculcaron todas las libertades fundamentales universalmente aceptadas. Bohemia aún existe hoy día, como un vocero más del gobierno de Castro, muy lejos de sus días de gloria. Quevedo logró salir de Cuba, pero con un horrible sentido de culpabilidad por haber defendido desde Bohemia la revolución popular de 1959 y haber atacado a casi todos los políticos, legítimos o no, que habían gobernado Cuba. Y sobre todo por haber difundido o justificado todas las acciones de Castro. Este testamento, atribuido a Quevedo, más que un mea culpa es un repaso indispensable sobre las responsabilidades de la prensa ante la sociedad. A continuación el texto completo: TESTAMENTO POLITICO DE MIGUEL ANGEL QUEVEDO Sr. Ernesto Montaner, Miami, Florida, 12 de agosto de 1969 Querido Ernesto: Cuando recibas esta carta ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte. Ya me habré suicidado ¡al fin! sin que nadie pudiera impedírmelo, como me lo impidieron tú y Agustín Alles el 21 de enero de 1965. Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como "el único culpable" de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad; lo que sí niego es que fuera "el único culpable". Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad. Culpables fuimos todos. Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca. No importa quien fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública. El pueblo también fue culpable. El pueblo que quería a Guiteras. El pueblo que quería a Chibás. El pueblo que aplaudía a Pardo Llada. El pueblo que compraba Bohemia, porque era vocero de ese pueblo. El pueblo que acompañó a Fidel desde Oriente hasta el campamento de Columbia. Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gansteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión. Fue culpable el Congreso que aprobó la Ley de Amnistía. Los comentaristas de radio y televisión que la colmaron de elogios. Y la chusma que la aplaudió delirantemente en las graderías del Congreso de la República. Bohemia no era más que un eco de la calle. Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó "los veinte mil muertos". Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa, que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia. Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal. Y los que se ocuparon más del contrabando y del robo que de las acciones de la Sierra Maestra. Fueron culpables los curas de sotanas rojas que mandaban a los jóvenes para la Sierra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respaldaba a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al Gobierno a entregar el poder. Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las fuerzas armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que respaldó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba. Fueron culpables el Gobierno y su oposición, cuando el diálogo cívico, por no ceder y llegar a un acuerdo decoroso, pacífico y patriótico. Los infiltrados por Fidel en aquella gestión para sabotearla y hacerla fracasar como lo hicieron. Fueron culpables los políticos abstencionistas, que cerraron las puertas a todos los cambios electoralistas. Y los periódicos que como Bohemia, le hicieron el juego a los abstencionistas, negándose a publicar nada relacionado con aquellas elecciones. Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores. Claro, que nos faltaba por aprender la lección increíble y amarga: que los más "virtuosos" y los más "honrados" eran los pobres. Muero asqueado. Solo. Proscrito. Desterrado. Y traicionado y abandonado por amigos a quienes brindé generosamente mi apoyo moral y económico en días muy difíciles. Como Rómulo Betancourt, Figueres, Muñoz Marín. Los titanes de esa "Izquierda Democrática" que tan poco tiene de "democrática" y tanto de "izquierda". Todos deshumanizados y fríos me abandonaron en la caída. Cuando se convencieron de que yo era anticomunista, me demostraron que ellos eran antiquevedistas. Son los presuntos fundadores del Tercer Mundo. El mundo de Mao Tse Tung. Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después los despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de dio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación, o de un destierro. Y para que el pueblo recapacite y repudie esos voceros de odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas. Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera. Nuestros pecados pesaron más que nuestras virtudes. Nos olvidamos de Nuñez de Arce cuando dijo: "Cuando un pueblo olvida sus virtudes, lleva en sus propios vicios su tirano". Adiós. Este es mi último adiós. Y dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho. Miguel Angel Quevedo Tomado de: http://www.contactomagazine.com

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Conferencia de Yalta de 1945


La Conferencia de Yalta de 1945 -
Tomado de:
http://historiageneral.com/2010/12/14/la-conferencia-de-yalta-de-1945/
La de veces que hemos visto en los libros de historia la célebre foto de los tres grandes mandatarios mundiales tras la Segunda Guerra Mundial, ¿verdad?. Ahí estaban los tres sentaditos, Churchill, Stalin y Roosevelt, resolviendo qué hacer con esta Alemania ya prácticamente derrotada y con el resto de Europa. Es la foto que se hicieron en la célebre Conferencia de Yalta. Los tres decidieron reunirse del 4 al 11 de febrero de 1945 en la ciudad de Yalta, en Crimea. Claro, cada uno llegaba a aquella reunión con ideas distintas, todos buscando el mayor de los beneficios para sus respectivos países, por lo que los desacuerdos no se hicieron de esperar. No en vano dicen que la Conferencia de Yalta fue el origen de la Guerra Fría.
El presidente norteamericano, Roosevelt, llegó con la idea de pedir ayuda a Stalin para su guerra del Pacífico con los japoneses. Al inglés Churchill lo que le preocupaba era el que hubiera elecciones libres en toda Europa, en especial en la Europa del Este, para reconstruir sus países. Mientras que Stalin quería que esaEuropa del Este mantuviera una influencia soviética para seguir controlando el cotarro por allí. Stalin parecía que era quien lo tenía más claro. Él no quería moverse para nada de la Europa del Este. A Roosevelt, y sobre todo a Churchill, aquello no le gustaba demasiado, por lo que lo único que pudieron sacarle al ruso fue una promesa de que se harían futuras elecciones libres. Y Stalin seguro que se estaría riendo por lo bajo. Tras muchos dimes y diretes, los tres mandatarios decidieron dividir Alemania en cuatro zonas, cada una de ellas ocupadas militarmente por estos tres países, y la restante por Francia. A eso parece que llegaron a un acuerdo rápidamente. Sin embargo, a la hora del dinero, Estados Unidos y Rusia acordaron que Alemania tenía que indemnizar con veinte mil millones de dólares, tanto en pasta como en maquinaria, a todos los demás países, mientras que Churchill dijo que no podía llegarse a un acuerdo así, sobre todo cuando Stalin dijo que de esos veinte mil millones, la mitad debían ir destinados a la Unión Soviética. Otro tema polémico fue Polonia, a quien Stalin consideraba un país puente para que otros países pudieran atacar fácilmente a la Unión Soviética. Por eso propuso someter a Polonia al poder soviético, cosa que, claro está, no compartieron ni Churchill ni Roosevelt, quienes querían una Polonia libre con el fin de mantener la paz. Al final Stalin volvió a prometer que habría elecciones libres pasado un tiempo. En lo que sí llegaron a un acuerdo rápido fue a la creación de la ONU, el nuevo organismo de naciones unidas. Lo que está claro es que los tres quisieron desde un principio repartirse un buen botín. Foto Vía Then Again