Mostrando entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caracas. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de julio de 2015

Fernando Falcón

    Por: Fernando Falcón (+)

     




     
    "Ciertamente Caracas ha tenido desde temprano sus defensores. Tal fue el caso del ilustre don Alonso Andrea de Ledezma, quien murió a manos de piratas defendiéndola en 1595 (La incipiente urbe había sido atacada por el inglés Amyas Preston). Creo que los hijos de Caracas, de Santiago de León de Caracas, deberíamos de estar atentos a la conservación de la memoria de la urbe, abrir los ojos para descubrirla en sus esquinas, en sus rincones, en los poetas que la han cantado y los músicos que han sido inspirados por ella. 

    Allí está la Mañanita Caraqueña de Evencio Castellanos, con su magia sin igual. Y qué decir de las 17 piezas infantiles del maestro Antonio Estévez, escucharlas en Caracas, al final de una tarde, con el Ávila de telón de fondo es algo que realmente nutre el alma. Pero claro está, que el presente se impone con sus crudas - terribles realidades. 

    De tal modo que no es fácil hallar el justo momento de solaz, para disfrutarla como se debe: el caraqueño, como las regias piezas de un tablero de ajedrez, "está en jaque" todo el tiempo: Existe un miedo creciente, y enfermizo, que también nos disgusta, pues no es cosa grata "tener miedo, sentir miedo". Se teme entonces a la llegada de la noche, como si nuestra vida cotidiana emanara de la pluma de un autor inmerso en lo real maravilloso, claro que bajo una perspectiva absolutamente mórbida. Cuando hablo con los amigos, a veces expreso que acá se siente vivir en una suerte de "Transilvania Tropical", donde lo imposible es más que posible, y si esta realidad nos alcanzara, lo cual podría ser bueno...lo más probable es que fuese, algo terrible, por decir un adjetivo que en verdad se queda corto. Puede llegar en un santiamén la muerte más injusta y absurda. Así que, si volvemos al tema propuesto, pienso que los hijos de Caracas, y me incluyo, debemos fomentar la conciencia, sembrar palabras y gestos y hechos - a favor de la vida misma, de la cultura de la vida. La inseguridad y el absurdo perviven con paisajes humanizados contrastantes y con una naturaleza exuberante que se ha rebelado y que no morirá nunca. Son muchos los tópicos que preocupan al caraqueño. 

    Además de los mencionados anteriormente, están aquellos de las construcciones en las faldas del Ávila, el irrespeto por los árboles, que intentan podar y terminan es sacrificio total. Los antiguos pobladores del Valle de Caracas, pueblos Kariña, eran devotos protectores de los árboles. Asimismo algunos pueblos antiguos de Europa, cuidaban con religioso celo a los bosques, en especial los celtas, pero también los griegos y romanos (claro que estos últimos recurrían al permiso de sus dioses cuando era menester construir flotas mercantes o bélicas, para cortarlos y surtirse de maderas...).

    Me parece que lo sano es ir más allá de lo que el instinto de supervivencia nos dicte, hay que luchar el miedo, pues éste paraliza los miembros y nos impide avanzar.

    Valga pues resolver el dilema: avanzar o quedarse como el niño “tocado” que juega a la “ere paralizada”. 

    Es menester pues recuperar, salvar y enseñar a amar a esta ciudad, a la Sultana del Ávila.

jueves, 12 de febrero de 2015

¡LEA! Despues no diga que no sabía

 

 

 

 

 

La Rotunda - Caracas 1843
http://www.venezuelatuya.com

Con este nombre se conoce a la cárcel caraqueña más célebre de la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. A la misma fueron a parar y terminaron sus días muchos de los opositores a la dictadura de Juan Vicente Gómez. Fue creada mediante una orden de la Diputación Provincial de Caracas, del 6 de diciembre de 1843, según la cual debía construirse una cárcel pública al sur del Hospital de Caridad de Hombres, fijando un máximo para su costo de 75.000 pesos, de acuerdo con el plano presentado por el agrimensor público Manuel Florentino Tirado y el alarife José Francisco Herrera. El edificio se comenzó a construir en 1844, bajo la presidencia de Carlos Soublette y se concluyó en 1854, durante el gobierno de José Gregorio Monagas. El diseño de la cárcel estaba inspirado en el sistema de aislamiento individual del “Panopticón”, ideado por el inglés Jeremías Bentham a finales del siglo XVIII; de allí que tuviera una forma circular, la cual pronto serviría de apodo para el edificio. La superficie de La Rotunda era de 1.100 m2, el patio circular interno medía 24 m de diámetro y desde allí, se divisaban los 2 pisos de calabozos radicalmente dispuestos a razón de 24 cubículos de aproximadamente 2 m x 3 m, más uno que servía de entrada. En cuanto a las celdas, las mismas estaban equipadas solamente con puertas y se encontraba divididas entre sí por gruesos muros de mampostería. El edificio esta precedido por un cuerpo frontal donde se alineaban los cuartos de los guardias, la entrada y probablemente, algún servicio sanitario.
Los dos lados de La Rotunda (norte y sur) estaban separados de los nuevos perimetrales por unos estrechos pasillos de inspección, uno de los cuales servía de entrada. El círculo de las celdas se encontraba contenido en cuadrado de muros, quedando en las 4 esquinas unos espacios triangulares sin acceso, en los cuales, posteriormente, se abrieron puertas para calabozos. Uno de estos fue el tristemente célebre “calabozo del olvido”, donde se aislaba al prisionero durante largos períodos de tiempo. En 1881, el ingeniero Roberto García diseñó una “rotunda norte o nueva”, igual en forma y tamaño a la llamada “rotunda sur” que fue la primera en construirse. Desde su edificación, en La Rotunda fueron recluidos presos políticos, procesados militares y también presos comunes. No obstante, su mayor notoriedad la alcanzó durante los gobiernos de Cipriano Castro (1899-1908) y particularmente, de Juan Vicente Gómez (1908-1935). Entre las numerosas torturas que se aplicaban en La Rotunda al igual que en otras cárceles venezolanas de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, figuran el “cepo de campaña”, las “colgadas”, el “tortol”, el “acial”, las “pelas”, los “grillos” y el “apersogamiento”. Además de las prácticas anteriores, se solía poner veneno y vidrio molido en los alimentos de los presos. La Rotunda fue cerrada temporalmente en 1927 como parte de la amnistía promovida por el entonces secretario de la Presidencia, Francisco Baptista Galindo, pero fue abierta de nuevo en 1928. En 1936, tras la muerte de Gómez, fue demolida, construyéndose en su lugar la plaza La Concordia.


 

 

 

La Tumba - Caracas 2015
http://www.el-nacional.com 

El padre de Gerardo Carrero se llama Gerardo Carrero. Habla sin parar. Como un tren furioso. Todo él es un despeñadero de palabras que intentan dibujar la apremiante situación de su hijo preso en el SEBIN. Le molesta el lugar común que dicta que nadie quiere más a un hijo que la madre. Es la quintaesencia del fervor paterno. Tiene el temple de la gente de montaña. Una roca. Hasta que se cansa de serlo en alguna frase y el dolor es como un animal en sus ojos. El padre de Gerardo Carrero se llama Gerardo Carrero. Tiene un koala a la altura del pecho que se le mueve como si quisiera mudarse de sitio. El lo ajusta a cada rato, lo atrapa, lo devuelve a la posición original. Será que le protege el corazón. Tendrá allí la piedra de su ánimo. No sé. El padre de Gerardo Carrero se llama Gerardo Carrero y tiene las palabras exactas que le caben en su rabia. Ni una más.

A Gerardo Carrero lo detuvieron el 8 de mayo del 2014 en un campamento de protesta de casi 350 carpas asentado frente a la sede de la ONU en la Avenida Francisco de Miranda. Su delito: exigir la libertad de los estudiantes detenidos. Las autoridades arrasaron con el sitio mientras todos dormían en la boca de la madrugada. Hubo 243 detenidos esa noche. Carrero fue trasladado al SEBIN del Helicoide. Un día inició una huelga de hambre y el castigo fue inolvidable: lo guindaron esposado de una reja, le forraron las muñecas con papel periódico (para evitar marcas) y lo golpearon con una tabla. Estuvo doce horas en esa posición, humillado y obligado por las circunstancias a orinarse encima de su propia ropa. Luego decidieron llevarlo a la sede del SEBIN en Plaza Venezuela. Bienvenido a La Tumba. Una pésima noticia.

El padre viaja incansablemente a la capital a visitar a su hijo, a preguntar por su caso, a hablar con gente, alguien tiene que ayudarlo, alguien tiene que saber cómo. Del Táchira a Caracas y de Caracas al Táchira es mucho autobús todas las semanas. Tuvo que dejar de trabajar para ocuparse de todo. Su hijo tiene los brazos llenos de ronchas y pus, me comenta una estudiante que lo ha visto en las audiencias. Gerardo está desde el 26 de agosto del 2014 en La Tumba. Así le dicen los propios carceleros. Es un sustantivo bien fundamentado. A ese sitio no llega el sol. No puede. No alcanza. Son cinco pisos bajo tierra. Cinco sótanos contra el sol.  

Allí la noche es un contrasentido: una luz blanca. Nadie la apaga nunca. Una luz que insiste durante el día. Una luz que ofusca. Ya Gerardo olvidó los detalles que diferencian al día de la noche. Las semanas son un acopio amorfo de tiempo. No sabe si cuando come desayuna o cena. Ya no entiende cuándo tener sueño o cuándo despertarse. Todo es un solo día. Larguísimo. Apenas lo han asomado al sol tres veces en tanto tiempo. Y le toman fotos para que parezca que así es siempre. Pero no. Es teatro. Alguien le dio una pista para entender las vueltas de la tierra: “cuando dejes de escuchar el sonido del Metro, son más de las once de la noche”. Porque el Metro de Plaza Venezuela pasa cerca. Por algún lugar de arriba. Pero a él no le gusta decirlo. Capaz y sus carceleros prohíben que el Metro pase más por esa estación.  

Lo mismo temen los otros dos estudiantes sumergidos en La Tumba: Gabriel Valles y Lorent Gómez Saleh, deportados el 4 de septiembre del 2014 por Colombia en tiempo record e imputados por conspiración, terrorismo e instigación a delinquir. 

Plaza Venezuela es un hervidero de carros, mototaxistas, perrocalenteros, peatones apurados, gente en diligencia. Es el centro exacto de Caracas. Nadie sospecha que cien metros bajo tierra están confinados a la tortura blanca tres estudiantes de este país. Sobre la superficie, en el ardor del asfalto, sus padres deambulan sin cesar por el hilo de su angustia. 

Yamile Saleh visita a Lorent, su hijo, los días permitidos, lunes y viernes de 11 am. a 3 pm. Yamile también ha dejado de trabajar. Solía dedicarse a la alta costura, pero la cabeza no le da para pensar en telas y zurcidos. Tiene cinco meses sin agarrar una aguja. Ha consumido todos sus ahorros. Al fin y al cabo es su único hijo. Ella es madre soltera. Anda muy sola en todo esto. Le tocó mudarse. La acosaban telefónicamente por ser “la madre del terrorista”. Le decían: “Ya sabemos quién eres y dónde vives”. No aguantó. Quiere irse del país apenas termine la pesadilla. Si termina. Aún así, carga los colores de la bandera en un delgado collar. Viaja todas las semanas desde Valencia con dos álbumes de fotos de su hijo con personalidades del fuero internacional. Cuando se le ocurre hablar con los medios, recibe represalias. Mientras me cuenta se le salen las lágrimas: “Mi hijo tiene siete años en esta lucha. Me abandonó a mí. No terminó su carrera de Comercio Internacional. No ha hecho lo propio de su edad: la playa, el cine, los amigos”. Yamile repite su historia en todas partes. Se reunió con Tarek William Saab, el nuevo Defensor del Pueblo, quien parece querer demostrar que su antecesora, Gabriela Ramírez, fue un derroche de omisiones a los deberes de su cargo. Al menos Tarek William ha recibido, sin distinciones ideológicas, a muchos de los agraviados por el régimen. Le prometió a Yamile, no la libertad de su hijo, pero sí un mínimo de dignidad. Ella espera que cumpla, asomada día y noche en su insomnio.

Le comento del video de Lorent, exhibido en TV, donde habla por skype de planes de lucha inadmisibles, altisonantes, contrarios a la vida. La madre admite ciertos excesos, y otros los mete en el paquete de un montaje. Pero no se trata de si es culpable o inocente, ella no pide su liberación, solo ruega que lo saquen de La Tumba. Ha aprendido de derecho, de custodios y tribunales. Su vocabulario está atestado de palabras nuevas. La vida le dio un vuelco a la modesta costurera que hoy solo habla de derechos humanos.

La tortura blanca es impoluta. No deja huellas. No hay batazos en el hígado. Todo ocurre con la asepsia de los cirujanos. Todo pasa adentro, en los sótanos del cuerpo y de la mente.  

El frío, por ejemplo. En los calabozos de La Tumba no descansa el frío. El aire acondicionado les escupe su respiración de hielo a toda hora. Es como una nevera eterna. Blanca, glacial, callada. La cama es de cemento. Tan tosca como dura. El padre de Gerardo me cuenta que su hijo come en el suelo, y es como pensar en un perro. Sus esfínteres dependen de un timbre. Debe pulsarlo y esperar que alguien lo conduzca al baño. Los estudiantes presos no se ven. Se gritan para saberse del otro lado. Las celdas tienen cámaras y micrófonos ocultos que registran lo que hacen, cómo se mueven, lo que piensan en voz alta. Su salud se ha llenado de diarreas, fiebres y vómitos. Les asusta lo que comen. Les prohíben la visita de sus abogados y médicos. No tienen teléfonos. No ven noticias. Tienen meses sin oír una canción. El silencio es su techo, su pared, su piso. No hay espejos. No saben ya cómo son. No tienen colores que ver, porque allí el mundo es blanco y kaki, como el uniforme que visten. La vida mide apenas 3x2 metros cuadrados. La sensación es de estar enterrados vivos. De irse aproximando en cámara lenta hacia la muerte. 

El papá de Gerardo sigue viajando todas las semanas a verlo. Su único equipaje es la rabia. Dice que su hijo le prohíbe sacar pendones o volantes con su nombre. “Si no están los nombres de todos los estudiantes presos, no”, le advierte.  La madre de Lorent está agotada de verse llorar. Lo mismo la madre de Gabriel Valles. 

Muchos organismos y personas han acudido a todas las instancias para denunciar lo que en ese umbral del infierno sucede. Pero, según comentan, cuando se trata de estudiantes y presos políticos el silencio de los tribunales es la regla.  

Por encima de La Tumba pasan centenas de peatones todos los días sin saber que cinco sótanos más abajo se encuentran tres estudiantes venezolanos envueltos en una luz blanca bastante parecida a la muerte.  
Es inadmisible que exista un lugar tan siniestro en nuestro país. Es la tumba blanca de los Derechos Humanos.

martes, 25 de noviembre de 2014

Sabana Grande de mis amores













Por: Jesús Alfaro


Sabana Grande fue una población alejada de Caracas y contaba con una vía principal llamada la calle real. Fue sede del viejo hipódromo inmortalizado por un cuadro de Arturo Michelena. Por su calle real pasaba el ferrocarril Caracas Petare y que los muchachos del principio del siglo XX usaban para alcanzar los baños de Los Chorros. Esta vía férrea debería continuar hasta los Valles del Tuy y de allí hacia los llanos centrales y el occidente del país según su diseño original, la culminación de la obra lleva más de un siglo de atraso. Llegó la bonanza económica que nos trajo el petróleo  y con ella el crecimiento de la capital absorbió a las poblaciones aledañas como Antímano, El Valle, Sabana Grande y Petare, dando origen a la llamada Gran Caracas de nuestros días.
 

La época dorada de Sabana Grande fueron los años setenta cuando se convirtió en el verdadero centro de Caracas, desde la Plaza Venezuela salían y llegaban todos los caminos y se erigía a su alrededor el más carismático de los edificios de la gran ciudad con su icónica identificación POLAR destacada por enormes letras colocadas en su tope. La estructura de acero y cristal del bello edificio revelaban la bonanza económica del país. De la Plaza Venezuela comenzaba el este y el oeste, el norte y el sur, era la piedra angular de la pujante y renovada capital latinoamericana. Desde la Plaza Venezuela se veía el futuro hacia el este, el oeste era el pasado y muy cerca de ella hacia el sur se levantaba majestuosa la UNIVERSIDAD, la querida UCV como matriz moldeadora del conocimiento de las nuevas generaciones.

Desde esa plaza central y en sentido al oriente comenzaba Sabana Grande, con su maravillosa Gran Avenida, donde se disputaban los locales emprendedores comerciantes, allí se desarrollaron la desaparecida Librería Médica París, dirigida por Pierre Paneyko, un francés que apostaba a la responsabilidad de los estudiantes de medicina, abriéndoles créditos en la compra de textos de estudio. Una famosa modista ofrecía sus magníficas confecciones bajo el nombre Ninna Ferrari, una afamada firma de arquitectura americana Don Hatch y hasta el dancing y night club Todo París, respaldado  por el afamado Jacques Charriére “Papillon”, mas falso que billete de tres, el mismo delincuente fugado del penal francés de Cayena, que alcanzó la fama internacional con el libro que escribió narrando todas sus aventuras y fue llevado al cine con la actuación estelar de Steve Mc Queen y Dustin Hoffman.


La verdadera Sabana Grande comenzaba en el Edificio Los Andes, el primer edificio levantado en el este de la ciudad y terminaba en Chacaíto en el cine Broadway. El Gran Café era el gran sitio de reuniones con amigos, allí se firmaban contratos, se conspiraba y hasta había tiempo para una cita romántica, en la cercanía se distinguía la tienda de Savoy con su venta de recortes de delicioso chocolate. Siguiendo el recorrido, el recordado Tony’s de La Llave esperaba a las enamoradas parejas para un piscolabis. Era notoria la zapatería Lucas de Ladislao Blatnik, quien saltó a la fama internacional por tener amoríos con la actriz Natalie Wood. Ya al lado del cine Broadway estaba Tony un zapatero artesano quien me hizo mis zapatos a medida por más de 25 años y bajando a la derecha estaba el restaurant que ofrecía la mejor sopa de cebolla para los noctámbulos parranderos de esa segura Caracas. Vogue, Wilco y Adams, vistieron por años a los caraqueños elegantes.


Sabana Grande era una vía con tres canales de tráfico que se desplazaban de este a oeste y dos canales laterales que servían de estacionamiento, allí abrían sus puertas la flor y nata del comercio de la capital.


Alrededor de Sabana Grande se desarrollaron dos vías alternas en sentidos contrarios las Avenida Casanova y Solano López, la primera de ellas que corre en sentido oeste este fue siempre la de menor importancia y solo recuerdo al maravilloso restaurant Héctor’s que increíblemente estaba en medio de la avenida y había que tomar un desvío para no chocar con él.

Este restaurant fue todo un hito en la gastronomía caraqueña, su dueño era una especie de cartujo, un laico que dedicaba sus ganancias para mantener obras sociales. Héctor siempre vestía un liquiliqui negro, era el gran anfitrión y entregaba una rosa y una bella lisonja a toda dama que llegara a sus dominios, su carta no estaba escrita y la recitaba con una con una voz gutural. El mejor Martini del mundo lo hacía él y me enseñó a prepararlo. 


La otra vía paralela a Sabana Grande es la avenida que lleva el nombre del héroe paraguayo Solano López y esta si ha dado lugar a buenas tascas y mejores restaurantes. Aún recuerdo a la casita rodeada de árboles que era la sede del Banco de Venezuela, en la intersección con la calle Negrín y que fue demolida para dar lugar a un enorme edificio de unos 25 pisos.

Esta avenida Solano siempre fue la cuna del sibaritismo criollo y se distinguieron locales como el Franco’s, donde en la barra vi emborracharse al actor Peter O´Toole y donde el famoso Engelbert Humperdink me firmó un autógrafo en la factura que todavía conservo, increíblemente la suma total no llegaba  a 20 bolívares (0,02 bolívares fuertes), considerando que en esa noche yo estaba dadivoso porque quería impresionar a una joven que me había deslumbrado en nuestra primera cita, su nombre era MARIBEL. Otros restaurantes emblemáticos fueron Il Vecchio Mulino con su quijotesco molino de aspas y el recordado  Coq D’Or en el pasaje Bolívar, con ese par de españoles, Antonio y Bartolo, que nos enseñaron a comer la comida francesa en sus escasas seis mesitas atendidas por el inigualable Pepeíllo, un andaluz más loco que una cabra, aún se me hace agua la boca recordando su carta de batalla que incluía los caracoles a la bourguignon, el coq au vin y la inolvidable tartaleta de fresa coronada con mantecado. Una noche estando allí fui sorprendido con la llegada del Presidente Betancourt y su esposa, quienes buscaron acomodo en esa estrechez, como cualquiera otra pareja para disfrutar de las delicias de la comida francesa, mientras en las calles los eternos izquierdistas equivocados buscaban policías descuidados para dispararles a  quemarropa en nombre de la revolución del proletariado. Enseñanzas que nos dejó la convulsionada democracia venezolana del puntofijismo.


En esas mesas de Mi Tasca y El Caserío compartí la buena compañía de mis amigos, vibré ante la intimidad del roce de la mano de una mujer amada y hasta derramé lágrimas por amores que se alejaron.


Con los años todo eso cambió pero persisten locales donde aún se puede disfrutar de un par de tragos y donde se  mantiene el buen yantar como Urrutia (el restaurant sin nombre), La Huerta donde es imprescindible pedir su cordero encendido acompañado de una buena copa de vino y si deseamos conseguir la tradicional comida italiana, no hay quien supere al Da Guido, continuidad del Da Emore de los setenta que mantiene su carta inalterada desde sus comienzos hace más de cinco décadas y donde hoy se siguen reuniendo escritores, poetas y buenos cañeros, atendidos por una cuadrilla de mesoneros liderados por Ricardo que pronto se convierten en buenos amigos, y donde hasta uno de ellos, un italiano con vocación de tenor suelta repentinamente una aria de Verdi.


De los restaurantes mencionados, el Coq Dór, Emore, Da Guido y Urrutia han querido expandirse en otros locales, pero el tiempo ha confirmado que “segundas partes, nunca fueron buenas”.


Voy a dejar este artículo hasta aquí, porque ante tanto recuerdo gastronómico se me ha despertado un apetito feroz, salgo hacia Sabana Grande para degustar una buena vianda y con una copa en mis manos recordar aquellos maravillosos años setenta, cuando vivíamos en un país donde nadie quería irse y en que cada día llegaban cientos de extranjeros para aprender a hacer esta tierra suya, eran tiempos llenos de juventud, de música de los Beatles y de mi Venezuela que ofrecía a todo el mundo un futuro lleno de esperanzas.

miércoles, 15 de enero de 2014

El primer Maestro de Caracas

Primer Plano de Caracas

Tomado de: LA MAQUINA DEL TIEMPO









El primer maestro de escuela que tuvo la ciudad de Caracas se llamaba Simón Becerrit. Ganaba una miseria por suscripción popular, mientras sus coetáneos se enriquecían con las encomiendas, en las minas de oro y matando aborígenes.

En la actualidad permanece su nombre en la sombra, su nombre no se exhibe en ninguna escuela municipal, estadal, estatal o privada. (Si alguien conoce de algún caso le ruego me lo comunique) Es tanto su desconocimiento que ni siquiera en el Pedagógico de Caracas cuna de la enseñanza de la educación en Venezuela la gran mayoria de sus estudiantes, saben de su existencia y mucho menos existe algún sitio en esta institución que tenga su nombre.

Becerrit fue el primer hombre que sembró ideas en los primeros niños, nacidos en caracas: en medio de la barbarie les enseño a leer; sin comprometer su palabra ante aquellos forajidos que hicieron de sus costumbres ley, les hizo accesibles los libros, donde se hablaba de moral, de respeto humano, de sentimientos elevados.

Becerrit el primer maestro caraqueño recibe día a día la peor puñalada que un maestro puede recibir, la puñalada del olvido. Bien es sabido que si bien la recompensa del educador no es monetaria si lo es la del cariño de sus alumnos.

Los maestros deben ser, al igual  que en mucho países desarrollados, los profesionales mejor pagados y que reciban mayor respeto por parte de la comunidad. 

Tomado de las Historias Fabuladas (3 serie) de Francisco Herrera Luque.



miércoles, 10 de abril de 2013

Caracas en 25 escenas - CAPITULO 2















Capítulo II
Los cimientos de la ciudad en la Caracas de 1578

Tras la nostalgia de los caraqueños que vieron desaparecer a la ciudad de los techos rojos, bajo las orugas de los bulldozers y enormes bolas de demolición durante los años cuarenta y cincuenta, se oculta uno de los cuadros que posee los mayores contrastes o matices de nuestra historia social:  las construcciones.

Podría decirse que la vieja ciudad fue arrasada en buena parte por los polvos del “progreso” durante esos años, al arrancar de sus cimientos los símbolos más representativos de la arquitectura colonial que habían quedado intactos a pesar de los devastadores terremotos de 1641, 1766, 1812 y 1900, por sólo citar algunos de los movimientos telúricos más importantes acaecidos en Caracas en su historia.  Hubo protestas, pero los estudiosos y amantes de la historia de la ciudad, sabían perfectamente que sus voces no serían escuchadas por la férrea dictadura del regimen perezjimenista.   Impotentes ante éste y nostálgicos por la irreparable pérdida, algunos cronistas como los casos de Enrique Bernardo Núñez, Carlos Manuel Moller, Carlos Raúl Villanueva, Arcila Farías y Pedro José Muñoz entre otros, se dedicaron a escribir notas sobre las construcciones de Caracas de una forma asistemática, pero de incalculable valor histórico. De este esfuerzo inicial sólo queda el recuerdo solazador de sus autores. Recientemente este tema ha sido retomado en sus diversas facetas, por el ya fallecido Cronista de la Ciudad, Juan Ernesto Montenegro.  Tanto en la revista Crónica de Caracas (Nros. 83 al 87), como en sus libros: Los siete relojes de la Catedral, Crónicas de Santiago de León, Escritos Patrimoniales y El Ayuntamiento nació en la Esquina de Principal, encontramos información pormenorizada de las construcciones de puentes, casas, referencias a los más importantes maestros de obras, y los casos de las edificaciones de la sede del Ayuntamiento en la esquina de Principal y la Plaza Mayor, en tiempos del Gobernador y Capitán General Felipe Ricardos.

Nos hemos propuesto abordar el presente tema en sus tres vertientes básicas: los alarifes, las herramientas y los materiales de construcción.  Es decir, quién construye, con qué se edifica y cuáles son y de dónde provienen los insumos de la construcción.  Al iniciar este capítulo, estamos concientes de las limitaciones existentes en los órdenes metodológicos y documental, lo cual entorpece una visión dialéctica de los factores que intentamos estudiar.  Dicho esto, nos damos por excusados en el caso de explicar las interdependencias de los elementos que dinamizaron en conjunto, el fraguado urbano de Santiago de León de Caracas, la cual la tipificó como la ciudad más importante del orden colonial venezolano.

I        Los alarifes.
Erróneamente pensamos que los problemas urbanísticos de nuestra ciudad son producto exclusivo de los tiempos modernos. Sin embargo, la secuela de dificultades atinentes a estos casos, han persistido a todo lo largo de la historia de Caracas.  Un ejemplo sobre el particular, lo podemos encontrar como una constante durante los tiempos coloniales, cuando Caracas se fue transformando de villa a una ciudad propiamente dicha. La mutación hacia formas urbanas, trajo aparejado una decidida intervención del Ayuntamiento como institución rectora de la vida de la ciudad, a través de sus regidores, pero en especial del Síndico Procurador General, quien fungía como defensor de los derechos de la ciudad y sus habitantes.

            Si bien es cierto que las responsabilidades recaían con exclusividad en los señores cabildantes, en el caso del buen orden urbanístico que siempre tuvo tropiezos en Caracas, tal responsabilidad fue compartida con los alarifes de la ciudad; pues el importante rol que les correspondió desempeñar en el fraguado de los cimientos de la ciudad, obliga sin excusas a referirse a ello. Por ahora, no poseemos testimonios documentales que nos permitan inferir quiénes fueron los primeros alarifes de la ciudad, así como tampoco la fecha precisa del establecimiento del gremio de Maestros Mayores de Obras que encontramos en plena actividad a mediados del siglo XVIII.
            A título de consuelo, sabemos con certeza que el 27 de marzo de 1623, fueron nombrados a instancias del Síndico Procurador General, Gaspar Díaz Vizcaíno, los dos alarifes de la ciudad en los ramos de albañilería y carpintería. Se trata del albañil Bartolomé Añasco y el carpintero Francisco Medina, para que:

“...vean y tasen las obras pertenecientes al dicho oficio y midan solares y cuadras que se provee en este cabildo, para que sean todos iguales, y lo mismo las calles, con lo cual cesarán los perjuicios que por esta causa resultan.”

Para estos mismos años de comienzo del siglo XVII, en Caracas era notable la carencia de maestros de obra. Esta eventualidad motivó la aparición de improvisados albañiles y carpinteros que actuaron bajo su inopinado albedrío, y desde luego, llevados por la perentoria necesidad de construir morada propia; pues tras recibir un solar o cuadra del Ayuntamiento, caían en el compromiso de edificar so pena de perder su derecho sobre el terreno adjudicado. Sabemos las consecuencias que deparó para la naciente ciudad, el hecho de construir sin arte ni concierto, puesto que las autoridades del Ayuntamiento se vieron forzadas –ya lo hemos comentado- el 27 de marzo de 1623, a ponerle fin a la anarquía que comenzaba a prosperar en Caracas con las construcciones de casas.  Como medida de escarmiento, se ordenó demoler cuanta vivienda contraviniera la geometría del cuadrilátero urbano, y en precaución de nuevas irregularidades, se crearon los oficios de alarife de la ciudad en quienes recayó el encargo y la autoridad de no permitir desmanes arquitectónicos, si vale la expresión.

El 28 de septiembre de 1620, es decir, tres años antes de la resolución de las medidas arriba señaladas, el Cabildo ya había legislado con iguales propósitos.  En esa oportunidad, se trató de un caso un tanto insólito, por estar dedicados algunos vecinos, cual topos realengos, a cavar grandes hoyos en ciertos sitios de la ciudad.  La alarma cundió entre los señores cabildantes, y para contener a los impetuosos “terrófagos”, decidieron prohibir la extracción de tierra en lugares públicos, puesto que no había justificación para que se llenara de huecos Santiago de León, por el interés de particulares que deseaban utilizar la tierra para levantar tapias en sus casas. En atención a ello, se ordenó al pregonero oficial, vocear la prohibición en los sitios de mayor concurrencia pública en estos términos:

“...que ninguna persona lo haga (los huecos) en ninguna parte donde se pueda dar solares, pena de seis pesos de oro”, que serían repartidos equitativamente entre la justicia, las rentas de la ciudad y el denunciante”.


Caso omiso a las disposiciones concejiles y a la constante vigilancia que mostraron los alarifes, para hacer cumplir lo ordenado en materia de salubridad de la ciudad, era la que representaba las camadas de cerdos que andaban realengos por las calles de Caracas. Estos depredadores renuentes a cualquier forma de domesticación, encontraron la destructiva distracción de deslozar las pocas calles que tenía pavimentada la ciudad, hurgando con su hocico aquí y allá incansablemente.  El resultado era pues, una gran cantidad de huecos y escombros que hacían imposible el tránsito de personas, amén de las inmundicias que dejaban estos animales, tras su inquieto y destructor paso.
Tardíamente se trató de ponerle remedio a este asunto en 1806, cuando el gobernador Manuel de Guevara y Vasconcelos dispuso en su Bando de Buen Gobierno, lo que sigue:

“Todos los puercos que pasado tres días de la publicación de este bando anduviesen sueltos por las calles, podrán ser matados por cualquiera que se interese en remover su origen de inmundicia y desempedrado de las calles, aplicándose la mitad de la carne a los presos de las cárceles y hospicios, y la otra mitad con cuatro reales de multa, en que incurrirá el dueño o poseedor del cerdo, para el que hiciere el beneficio de quitarlos del medio”.

El oficio de alarife no podía estar reducido al empleo de la picota de demolición, y mucho menos a la persecución de escurridizos cerdos para exterminarlos. Su condición de experimentados maestros mayores de obras, los promovió a realizar tareas más dignas y provechosas para la sociedad de la Caracas de entonces. El reconocimiento de esta importancia tal vez encontró concreción cuando el Ayuntamiento, siguiendo instrucciones de don Felipe Ricardos, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, se consagró a la aprobación de la Ordenanza de Carpintería y Albañilería de la ciudad, el 12 de marzo de 1753. Este instrumento jurídico compuesto de veintisiete artículos, reglamentó brillantemente la forma de cómo deberían ejercer el oficio los artesanos de la construcción en la ciudad de Caracas. Su redacción queda atribuida a don Fernando Lovera y Otáñez, en asociación con don Juan Cristóbal Obelmejías.

A través de sus articulados caemos en cuenta, por ejemplo, que tanto el oficio de carpintero como de albañil, se encontraban debidamente jerarquizados en maestros mayores, oficiales de primera y segunda y aprendices. Es decir, cuatro clases o niveles profesionales, sobre los cuales recaían distintos grados de responsabilidad.  El único factor que anulaba estas diferencias de rango, entre los miembros del gremio del arte de construir, era las jornadas de trabajo de sol a sol, la cual comenzaba a las seis de la mañana y concluía doce horas después. Sólo el repique de campanas de las iglesias de la pequeña urbe, anunciaban a estos infatigables hombres de trabajo, la hora del merecido descanso, que se empleaba para el desayuno entre las ocho y las nueve de la mañana, o el almuerzo entre las doce y la dos de la tarde.

Es igualmente interesante conocer por el contenido de esta Ordenanza, que la inasistencia del trabajador acarreaba, sin pretexto de ninguna naturaleza, el descuento de su salario. Pero la sola concurrencia al sitio de labores (como ocurre hoy), no era garantía de ganarse el sustento diario, pues la “flojedad” y el entretenimiento, completaba el despido inmediato.  Para colmo, el desperdicio o daño a los materiales de construcción, debía resarcirse con el salario del trabajador que alcanzaba según el caso, ocho reales para los maestros mayores; seis a cinco reales para los oficiales y tres para los aprendices.

De inexcusable obligación era para todos el llevar sus instrumentos de trabajo, según el ramo desempeñado y la jerarquía que ocupaba.  Por otra parte, la subordinación, desde los maestros mayores hasta los aprendices, era absoluta e inquebrantable con respecto a la obediencia que debían prestar a los alarifes de la ciudad, independientemente del carácter público o privado de las construcciones. Se prohibía, por último, que las obras fueran dirigidas por personas no experimentadas o debidamente examinadas por los alarifes y otras autoridades del Ayuntamiento; de allí que los únicos que estaban en capacidad de emprenderlas, eran los propios maestros mayores y sus oficiales.

            El arte de la carpintería y albañilería respectivamente, quedó reglamentado por esta Ordenanza de 1753, con el objeto de introducir y mantener estrictas normas de seguridad, que fueran en beneficio de la calidad de las obras que se realizaban en la ciudad; o lo que es lo mismo, promovió la obligación para que todos aquellos que se encontraban comprometidos en la práctica de estos importantes oficios, acometieran sus tareas de la forma más idónea, a los fines de asegurar una absoluta confiabilidad de su trabajo.  Los temibles temblores eran los últimos en “probar” estas celosas disposiciones que el Ayuntamiento caraqueño introdujo para los oficios antes señalados.

            En cuanto al oficio de herrero, es el menos conocido de los artesanos que hemos venido estudiando. La antigua documentación que da cuenta del progreso urbanístico que experimentó la ciudad durante la colonia, inexplicablemente se muestra un tanto lacónica sobre estos importantes trabajadores, pese a la innegable participación que cabe suponer de los herreros en tan largo período histórico.

Que sepamos, el herrero desempeñó su oficio confeccionando materiales e instrumentos de trabajo.  Sobre los primeros, habrá que referirse a la amplia gama de materiales de herrería como lo son los diversos clavos, cadenas, argollas, aldabas, bisagras, pernos, goznes, balaustres, cerraduras con llaves, etc.  Todos estos materiales nos indican que el herrero desempeñaba un trabajo de especialista, pues el mismo exigía precisión y destreza en el manejo del forjamiento del duro hierro.  Por si hay dudas en esta aseveración, debemos referirnos al segundo aspecto ya apuntado; es decir, la confección de herramientas que eran de indispensable uso para otros artesanos.  De este modo, suministraba el herrero tanto a los albañiles como a los carpinteros, toda suerte de instrumentos de trabajo: cucharas, plomadas, reglas, cierras, serrucho, martillos, mandarrias, palustras, cepillos de frisar, niveles, hachas, etc.

Probablemente el primer herrero que ejerció este oficio en Caracas, fue Juan Núñez.  Al parecer no sólo era un acreditado artesano con el rango de maestro, sino un instructor que sabía sacarle provecho económico a su oficio, impartiendo este tipo de enseñanza.

En diciembre de 1597, este individuo entró en negociación con el legendario y poderoso capitán Garci González de Silva, para instruir a dos de sus esclavos llamados Manuel y Antón, en el oficio de herrero.  Garci González de Silva, hizo un buen negocio, pues de entrada revaluaba el precio de sus dos piezas de esclavos, amén de poderlos alquilar a subido precio a otros propietarios cuando se hallaba en la necesidad de este tipo de servicios.  Un año de plazo era suficiente al criterio de Núñez, para que los referidos esclavos aprendieran:

...calzar una reja y una hacha y todo género de clavos y tasises (sic) y hachas de cuñas y herraduras y calabozos y dar y tomar una calda, bien y sueltamente, de suerte que entienda que el dicho esclavo pueda trabajar en dicho oficio solo, de por sí  y hacer dichas cosas (...) y si dentro del dicho año, el dicho esclavo no tuviere diestro en dicho oficio, en hacer las dichas cosas, e de dar y pagar y daré y pagaré al dicho capitán Garci González de Silva, medio peso por cada día de todos los del dicho año en que me obligo a le dar enseñado (...) y me quedo obligado a acabar de enseñar dentro de cuatro meses sin que por ello se me de cosa alguna y con la misma pena y condiciones.

            Según las cláusulas de este contrato, el capitán Garci González de Silva, se obligaba a satisfacer al maestro de herrería Juan Núñez, con ciento veinte pesos de oro de diez y seis reales cada uno. Por escasear para entonces las monedas constantes y sonantes, se determinó pagar cien pesos en géneros de perlas y el resto en algodón que equivalía a cinco varas de cada peso. La cancelación de esta deuda, recaería en las espaldas de los indios explotados como buzos en los placeres perlíferos y en las encomiendas que tuvo a bien concederle el Rey, por sus méritos y probanzas, en la sanguinaria conquista en el valle de los Caracas.

            De la documentación revisada hasta ahora en el Archivo Histórico de Caracas, poca información cualitativa pudo ser hallada en beneficio de un esbozo que permitiera precisar los niveles de participación de los herreros, en el desarrollo urbanístico de la ciudad.  Por tal razón, desconocemos si llegaron a establecer un gremio propiamente dicho en Caracas, a pesar de que hemos localizado algunos indicios, que apuntan a suponer su existencia a principios del siglo XIX. Al respecto, podemos decir que el gobernador Guevara Vasconcelos, despachó título de alarife mayor de herrería en la persona de José Félix Landaeta, el 25 de abril de 1804, y que el 16 de octubre de 1806,  el oficial de herrería Gervasio Villanueva, aspiraba al cargo de segundo alarife de Caracas, en razón de haberse fijado carteles en la ciudad solicitando el mencionado cargo.  En síntesis, podemos afirmar que estos artesanos, cuando menos, podían aspirar a su alarifazgo hacia las postrimerías del siglo XVIII.

II       Las herramientas.
            La cultura dominante hispana introdujo cambios significativos en el Nuevo Mundo.  Estas transformaciones dependieron en buena medida del empleo de herramientas de trabajo, que las artes mecánicas habían creado a lo largo de la evolución cultural de la humanidad.   El hecho poblacional que cobró vigor con la fundación de ciudades en tierras americanas durante los siglos XVI y XVII, evidencia la importancia que se le asignó desde un principio al traslado de personas calificadas para desempeñar oficios manuales, tales como los herreros, carpinteros y albañiles.  Todos ellos fueron exonerados de los gastos de viaje e incluso se les proveyó de dinero y herramientas de trabajo gratis, para así garantizar su permanencia en las ignotas tierras recién descubiertas.  Podría casi afirmarse que la cultura dominante concluyó su etapa de depredación para poner en práctica las “bondades” de su papel histórico; esto es, el fraguado de una nueva sociedad basada en el trabajo acrisolado del mestizaje.

La ciudad de Santiago de León de Caracas, no quedó, claro está, al margen de la marcha de este proceso histórico que hemos intentado resumir en esta breve descripción.  Su lenta evolución como importante centro urbano, se inscribe en la consecución de estas expectativas desde el mismo momento de su fundación, el 25 de julio de 1567.

Si bien es cierto, que muchos de sus primogénitos vecinos se creían nobles de vieja prosapia española, y por tanto eximidos del trabajo que podía poner en cuestión su discutible nobleza, otros en cambio asumieron con realismo y templanza inquebrantable el rol fundacional.   Sostenedores del pulso vital de la vida cotidiana colonial, estos últimos crearon inmensas riquezas entre las cuales se cuenta la ciudad misma.  Para ello, tan sólo contaron con su fuerza de trabajo y el potencial multiplicador que sobre dicha fuerza ofrecía el conocimiento y uso de las diversas herramientas de trabajo, de los tres fundamentales oficios donde descansaba lo que podíamos llamar tecnología de la construcción:  albañilería, carpintería y herrería.  Cada una de estas artes, como también se les conocía, emplearon sus respectivos instrumentos de trabajo que manejaban con destreza o maestría los alarifes, maestros, oficiales y aprendices de los mencionados oficios.

Como sabemos, precisa era la obligación de los operarios de llevar sus propias herramientas al lugar de trabajo.  De esta obligación estaban exceptuados los que actuaban en calidad de peones, quienes recibían del sobrestante o capataz de la obra, las herramientas necesarias para trabajos secundarios; sin embargo, si los peones dañaban alguna de las piezas confiadas, debían pagarla con jornales para reponer su costo, como ya lo hemos sostenido anteriormente.

El valor de las herramientas no es fácil de precisar, pues los documentos consultados no arrojan dato alguno sobre el particular.  Lo que sí resulta claro es que la mayoría de estas importantes herramientas de trabajo, eran hechura de los herreros que al parecer expendían sus artículos sin estar sujetos a un arancel por parte del Ayuntamiento, lo cual sin duda alguna nos hubiese suministrado información pormenorizada de cada una de las diversas herramientas de trabajo.  Otro hecho que nos aparta aún más de poder establecer el valor de las herramientas, era la común práctica de alquilarlas a los capataces de obra, lo cual hace suponer que las ventas de estos instrumentos se encontraban un tanto deprimidas, al no existir una necesidad perentoria para su adquisición.

Clasificar las herramientas según los diversos oficios que hemos venido estudiando, requeriría de una larga lista que nos reservamos adelantar en otra oportunidad.  Por ahora y en atención a  las razones expuestas, señalaremos algunos nombres de estas herramientas que formaron parte del arsenal, por así decir, de la tecnología colonial.  Para el oficio de carpintería tenemos por ejemplo el escoplo, barreno, guillame, juntera, gramil, sierra, formones, martillos, cepillos, escuadras, escoplas, azuelas, prensas, bastidores, limas, hachas, etc.  En cuanto al arte de albañilería, encontramos: milos, plomos, plomadas, reglas, santa regla, cincel, chapas, barras, picos, mandarrias.  Por último, en el caso de los herreros puede mencionarse el martillo de dos manos (mandarria y porra), yunque, pinzas, barrenas, prensas, fuelle, etc.


III     Los materiales de construcción
Los escenarios que muestran a Caracas con una improvisada Plaza Mayor e iglesia de bahareque y palmas de 1567, con una ciudad hecha ruinas y escombros tras el desolador terremoto de marzo de 1812, promedian doscientos cuarenta y cinco años de una lenta, pero sostenida evolución urbana, de Santiago de León de Caracas.

Durante este prolongado período que bordea casi dos siglos y medio de existencia, la ciudad se levantó sobre unos consistentes cimientos que le dieron estructura, fisonomía y hasta personalidad propia, respecto a otros enclaves urbanos coloniales que se encontraban, claro está, diseminados en la ignota vastedad del territorio venezolano.  En este fraguado urbano, se concentraron con desigual intensidad una variedad de factores que obedecieron a propósitos diversos, pero nucleados obviamente en torno al afán de construir la ciudad.  Muchas historias particulares se desprenden de este haz con total autonomía, singularidad y verosimilitud.  Una de estas historias bien podría ser la referida a los materiales de construcción que fueron empleados para levantar las solariegas casas de los “Grandes Cacaos”, los edificios de gobierno y demás construcciones públicas como los puentes, calles, acueductos, acequias, plazas, fuentes, cárceles, hospitales, mercados, carnicerías, silos y un largo etcétera que sería tedioso enumerar.  Se agregan a esta inconclusa lista de obras, las de otra naturaleza como son las construcciones de comercios, factorías, iglesias, conventos, hospicios, ermitas, y desde luego, las humildes moradas que edificaban con mucho sacrificio la gente pobre de la ciudad, gracias al repartimiento de solares que otorgaba el Ayuntamiento a través de su Síndico Procurador General.

La Caracas de mediados del siglo XVI comenzó de bahareque, puesto que sus primeras casas se sostenían sobre el barro y la paja.  Estos fueron los primeros materiales de construcción que se utilizaron aprovechando, sin duda alguna, los recursos más inmediatos que hallaron en el inhóspito valle de Caracas los conquistadores españoles.  La belicosidad manifiesta de los indios Caracas, que no habían sido sometidos del todo, postergará durante algunos años la construcción de las primeras casas de la ciudad con materiales consistentes.  Se imponía como requisito previo a ello, el establecimiento de una paz duradera; o para decirlo en otros términos, de un absoluto despojo de las virginales tierras de los indios, anulando así cualquier posibilidad de rebelión que pusiera en verdadero peligro la proyectada ciudad, que se pensaba edificar a imagen y semejanza a las habidas allende los mares.  Sumado a esta circunstancia, encontramos la extrema pobreza que hacía muy precaria la existencia de los recién llegados, lo cual se reflejaba como un obstáculo más para forjar los verdaderos cimientos de la ciudad.  Sin riqueza no hay estímulos ni asidero, por más empeño que se ponga en los propósitos.

Superadas estas dificultades en el transcurso de la centuria décimo séptima,  Caracas irá adquiriendo una verdadera fisonomía urbana que contrastará con ese feo aspecto de villorrio que se levantó en el siglo anterior.  Con la lentitud que cabe suponer la consumación de un siglo, Caracas fue transformándose en ciudad, a base del empleo de consistentes materiales de construcción como la cal, arena, piedras, adobes, adoquines, ladrillos, maderas, caña amarga, tejas, clavos, etc.  Todos estos materiales utilizados con verdadera y asombrosa maestría por los alarifes de albañilería, carpintería y herrería, fueron a darle forma y solidez a las rectilíneas calles de la antigua ciudad, a sus casonas de amplios patios, al acueducto que transportaría el vital líquido por serpenteadas acequias a las plazas y fuentes públicas, a las iglesias y conventos, a los trapiches de las haciendas, a la sede del Ayuntamiento que tenía el pomposo nombre de Casas Reales, por ser asiento del Cabildo y lugar de residencia de los Gobernadores.  Y en fin, todas aquellas construcciones que apuntalaban a la pujante urbe que era Santiago de León de Caracas para principios del siglo XVIII.

Los duros basamentos que necesitaron los Amos del Valle para clavar en medio de su corazón los cimientos pétreos de la ciudad, con la sola excepción de los clavos, lograban obtenerse sin mucho apremio de los alrededores de Caracas.  Así por ejemplo, la arena señalada en los documentos como “mezclote”, sacábase de los ríos Caruata, Catuche, Anauco, el Guaire y el sitio de Agua Salud; de sus barrancas y riberas podía fácilmente abastecerse de piedras lisas, necesarias para los empedrados de las calles, así como de la caña amarga que impermeabilizaba las techumbres rojizas de las casas.  Está de más decir que abundaban en copiosa existencia.

En las afueras del pequeño núcleo urbano, se podían encontrar frondosos y vírgenes bosques de donde se extraían maderas de excelente calidad con la existencia de robustos Mijaos, Gateados, Almácigos, Samanes, Caobos, Pardillos, etc., que eran aserrados y transportados por bueyes para  su beneficio en las construcciones.  Este indispensable recurso hallábase localizado principalmente en la serranía del norte y el este del valle de Caracas; con el tiempo también se comenzó a explotar estos recursos de la parte oeste y, según palabras de Lucas Manzano, bohemio cronista que deleitaba a sus lectores con sus pintorescos cuentos, al referirse a los orígenes de la esquina de Maderero, nos comentaba que así se llamaba ésta:

“...porque cuando Caruata era río, sus aguas arrastraban las balsas cuyo bordo traían de Catia maderas del mulatar para construcciones en la ciudad.  Puente Nuevo y Puente Escondido fueron sitios donde tuvieron lugar las recepciones del maderaje que luego conducían por medio de carros de bueyes a la esquina que tomó el nombre de Maderero”. 

La ciudad, podría decirse, fraguó sobre la solidez de la piedra.  El hecho de haber existido varias canteras, hizo posible la fácil obtención de este importante material de construcción.  De las adyacencias del cerro de El Calvario en la esquina que lleva precisamente el nombre de La Pedrera, esclavos negros e indios asalariados sometidos, hacían el pesado o forzoso trabajo de arrancarle de sus entrañas a la cantera, el duro material a fuerza de mazazos y copioso sudor, para luego transportarlo penosamente al lugar de las fundaciones de casas, que se levantarían recias y bien clavadas en el suelo, bajo la mirada más que satisfecha del amo que se había tomado muy en serio su “ennoblecimiento”.

Si bien es cierto que las canteras daban una piedra de relativa calidad para el labrado, pues por lo general, al ser  quebradiza su moldura para realizar obras de ornato, su abundancia compensaba con creces la señalada limitación.  No debe olvidarse además, que éstas mismas canteras servían de insumo para la fabricación de cal, cuyo empleo en la construcción se prolongará hasta principios del presente siglo, cuando fue desplazada por el uso del cemento como mezcla de pegamento.  La blanca y uniforme prestancia que exhibieron las fachadas de las casas de Caracas, se debió igualmente a la cal, pues con ésta se hacía la “lechada”, vernácula expresión con la cual los caraqueños manifestaban haber blanqueado sus casas con cal.

Sobre las blanquísimas casonas coloniales, lucían relucientes las purpúreas tejas que hicieron soñar a más de un poeta, como fue el caso de Pérez Bonalde, quien rebautizó a Caracas con el bello nombre de la Ciudad de los Techos Rojos.  Las tejas y sus sucedáneos, esto es, ladrillos, adoquines y adobes, ganaron particular importancia como materiales de construcción en la Caracas colonial.  La fabricación y demanda de estos artículos, estimuló el establecimiento de un considerable número de factorías en la ciudad por ser un negocio muy rentable que despertaba hasta codicia; por ello su fabricación desbordó las esferas del hombre común y corriente, puesto que los frailes tuvieron especial debilidad por este negocio, y los mantuanos, ajenos por convicción a estas artes, disimuladamente se beneficiaban de este negocio a través de tercerías.

En los documentos públicos y privados que dan cuenta de la evolución urbana de Caracas en la época colonial, se puede inferir la importancia que para la hacienda pública tuvieron los materiales de construcción.  Una de las primeras medidas adoptadas por las autoridades, la tenemos en el cobro del impuesto de alcabala, con el cual era pechado el tráfico de los diversos artículos de este género.  Tal medida encuentra su origen a pocos años de haber sido fundada la ciudad de Santiago de León de Caracas, pero sin duda, la misma entró en pleno vigor cuando la ciudad comenzó a crecer de forma sostenida en el siglo XVIII.

Otro importante derecho que pesaba sobre los materiales de construcción, era el pago de licencia, bien sea para su extracción, fabricación o comercialización.  Tómese por ejemplo para el primero y último caso, los que estaban dedicados a la extracción de arena en los ríos de la ciudad (antes de la prohibición de 1762, según las Ordenanzas de Aguas y Montes, a las cuales nos referiremos en su oportunidad) los que explotaban las canteras o sacaban maderas de los bosques para luego comercializar estos importantes insumos de construcción.  No debemos olvidar el obligado control de precios a que estaban sometidos estos productos por parte del Ayuntamiento.  La fijación del valor de éstos se establecía por medio de un arancel que era revisado periódicamente por las autoridades a petición del Síndico Procurador de la ciudad.  Y aunque cueste creerlo, los precios se mantuvieron relativamente estables por casi todo el curso de la vida colonial.  Con relación a este particular, los precios eran determinados de acuerdo a las medidas de peso, volumen y superficie que regían para entonces: varas, latas, cargas, adarmes, arrobas, mochilas, etc., fueron entre otras, las equivalencias que se utilizaron para determinar los costos y cantidades.

Caemos en cuenta al juzgar por la fidelidad de los documentos de la época, que una carga de tierra costaba un cuarto de real; una mochila de cal, un real; la carga de piedra para empedrar, un cuarto de real y las lajas podían alcanzar una carga, un real; el millar de tejas tenía el costo prohibitivo de un peso y las piedras para el cimiento eran aún más caras, puesto que una carga se vendía a tres pesos y medio.  La carga de caña amarga era de cuatro reales, y un peso podía costar una tabla de buena calidad. Los clavos, por existir diferentes tipos, es decir orejones, de tapias o de encañar, variaban, en precio; una carga de arena se podía adquirir por cinco reales y un millar de ladrillos por ocho pesos, lo cual los situaba como uno de los  materiales más costosos en la colonia.

A pesar que el control de precios no era una ficción como en nuestros días, hubo ocasiones  en que los especuladores, que nunca han faltado en la sociedad, se dieron a la tarea de burlar el arancel que fijaba el Ayuntamiento en la Plaza Mayor (hoy Plaza Bolívar) para conocimiento del público y resguardo de sus intereses.  El abuso consistía en sacar provecho en el peso, el tamaño y la calidad que establecía el arancel para confección de los materiales, vendiéndolos a precios oficiales pero fallos en lo referente a los renglones ya indicados.  Los Síndicos Procuradores en estas peculiares e inveteradas estafas que hacían al público, siempre alzaron su voz de denuncia y el Ayuntamiento tomó las medidas pertinentes, que claro está, nunca tuvieron efectos perdurables para erradicarlas en la Ciudad de los Techos Rojos.

Otro de los problemas que fueron planteados incesantemente por los Síndicos Procuradores de Caracas, fue el relacionado con la protección de los montes y aguas de la ciudad.  La problemática de la tala y quema de los bosques, que repercutía gravemente en la conservación de la fuente de los ríos de Caracas, absorbió buena parte de la atención de las autoridades durante el transcurso del período colonial.

            Antes de la promulgación de la primera Ordenanza de Aguas y Montes de 1762, que contempló erradicar los diversos factores de perturbación que afectaban peligrosamente la conservación de las aguas de la ciudad, los distintos órganos de gobierno, sumaron esfuerzos tendentes a contrarrestar los perjuicios que se habían enquistado en torno a esta problemática.  Documentalmente se pudo establecer que el 10 de septiembre de 1612, el Ayuntamiento creó el cargo de Alguacil de Aguas, nombrando al efecto a Manuel Alvarez:

“...quien debía vigilar las tomas, las cajas de agua así como las acequias de la ciudad.  Debía informar periódicamente el estado de los ríos y de los conductos; recibía trescientos reales de salario al año, pero tenía facultad para imponer multas por medio peso de oro”.

Las acciones para proteger entonces las aguas, no quedaron limitadas tan sólo al referido Alguacil que posteriormente se le denominará Alcalde de Aguas. También debe considerarse la participación de los Síndicos Procuradores del Ayuntamiento, que en su labor de defender los intereses de la ciudad, periódicamente solicitaban la atención del cuidado de los bosques y aguas.  Es así como encontramos en las disposiciones del Ayuntamiento y en los Bandos de Buen Gobierno promulgados por los gobernadores, obligadas referencias sobre el particular con el doble carácter de medidas proteccionistas y punitivas.  A modo de ejemplo citaremos una de las tantas actuaciones de estos funcionarios.  La misma data del 12 de enero de 1750:
                       
“Llegó el momento en el cual el procurador don Diego de Obelmejías, pidió que se incluyese en el Bando de Buen Gobierno la vigilancia, celo y cuido del corte de maderas en las cabeceras de los ríos, en especial del arroyo de Catuche que no se debía permitir por ningún respecto.  También se logró que se vedase el saque de piedras y arenas, pues ‘de lo contrario llegará a faltar el agua’... en esta ciudad”.

Como ya apuntamos, fue la Ordenanza de Aguas y Montes el primer instrumento legislativo que se ocupa taxativamente de la problemática que hemos venido estudiando.  Un excelente resumen de sus diez capítulos, podemos localizarlo en el artículo ya citado del fallecido Cronista de la Ciudad, Juan Ernesto Montenegro, pero además de ello se encuentra inserta la transcripción paleográfica del documento original.

Por el contenido de estas ordenanzas, es posible inferir los graves daños que se habían causado a los bosques y aguas de la ciudad para la segunda mitad del siglo XVIII.  Asociado a esta suerte de devastamiento de estos recursos naturales, está desde luego la extracción de insumos que se requerían como materiales de construcción.  Para entonces, ya Caracas había ganado una verdadera fisonomía urbana, tal como puede apreciarse en el cuadro de Nuestra Señora de Caracas.  En otras palabras, buena parte de los cimientos de la ciudad, se habían fraguado a expensas de la calidad de los bosques y ríos de Santiago de León de Caracas.

Ver: http://libertadpreciadotesoro.blogspot.com/2013/04/caracas-en-25-escenas-1.html 
Ver. http://libertadpreciadotesoro.blogspot.com/2013/04/caracas-en-25-escenas-capitulo-1.html

martes, 9 de abril de 2013

Caracas en 25 escenas - CAPITULO 1


 

Capítulo I
El plano del Gobernador Pimentel
y la primera imagen de Caracas en 1578

Con anterioridad a 1927 los caraqueños desconocían la existencia de este invaluable testimonio que nos legó el Gobernador Don Juan de Pimentel en el siglo XVI.  El hallazgo se lo debemos al Centro de Estudios Americanistas de Sevilla; y el dibujo del plano, al copista Antonio Muñoz Ruiz.  Se trata en verdad de un solo expediente bajo el título de Relación de la descripción de la Provincia de Caracas, dirigido al Rey Felipe II por el Gobernador Pimentel en 1578, que será hecho público por el mencionado centro de estudios trescientos cuarenta y un años después; es decir, en 1919 en su boletín No. 25.  Este trabajo, sin embargo, lo conoceremos los caraqueños luego que la Academia Nacional de la Historia lo reproduzca, como se indicó, en 1927 en el No. 40 de su Boletín Oficial.

Tanto ayer como hoy esta famosa pieza documental ha sido centro de interés de los historiadores y de mucha curiosidad para el caraqueño común.  Es indudable el mérito que podemos atribuirle a los primeros por sus juicios o interpretaciones; pero también, no deja de sorprendernos lo inquiridor  que se muestra el público cuando se planta frente al plano de Pimentel, que se exhibe desde hace muchos años en el corredor Este del Palacio Municipal.  Puede que sus argumentaciones y conclusiones sean risibles para los más entendidos sobre el pasado; pero donde éstos deben centrar su juicio crítico, es justamente ante la incuestionable certidumbre de que aún pervive el nexo entre el pasado y el presente; entre las nuevas generaciones de caraqueños con las que fueron nuestro núcleo poblador hace más de cuatrocientos años.  La curiosidad espontánea que manifiestan los caraqueños cuando ven el plano de Pimentel, expresa sin duda una expectación un tanto difusa o distorsionada sobre los remotos orígenes de la ciudad.  El historiador tiene el deber de consolidar ese “puente” de comunicación creando conocimiento histórico, lo que permite a su vez, contribuir con un fraguado más sólido de nuestra identidad como pueblo.

Para quien observe con sentido crítico este plano, tendrá necesariamente que tomar en cuenta los reparos que hiciera hace más de treinta años Irma de Sola Ricardo.  Para esta distinguida dama de subidos méritos científicos, no se había advertido en los estudios hechos hasta entonces sobre el legado del Gobernador Pimentel, el “...hecho importantísimo de la delimitación señalada al valle de Caracas”; así como tampoco de una exacta interpretación del contenido de su informe.  Somos de la opinión de que ambas cuestiones siguen vigentes, por tanto, ameritan una respuesta aunque sea en los términos más reservados o provisorios.

Lo primero que salta a la vista en este plano, es que pese a los rudimentarios conocimientos que en materia de cartografía manejan los conquistadores de mediados del siglo XVI, si los comparamos con los adelantos científicos de hoy, sorprende el exacto dominio cartográfico que tenían sobre el valle de Caracas.  No era pues, como se ha hecho creer, ignoto el territorio que usurparon.  Con sólo examinar el cardinal Norte de este plano, encontraremos una buena cantidad de referencias topónimas de lugares, pero especialmente  la referida a los ríos que desembocan en el mar; en su extremo Este dice: “moro de Maracapana en el qual se acaba la gobernación de Venezuela”.  Con respecto a la serranía que sirve de baluarte natural al valle de Caracas, no existe  ninguna mención de su nombre, por lo cual resulta falso que fuera Gabriel de Avila quien apellidara nuestro hermoso cerro, tal como lo sostuvo el hermano Nectario María.  Será sólo a mediados del siglo XVIII cuando los documentos sobre tierra se le mencione como Cerro El Avila, cuyo nombre autóctono es Guarairarepano (nido de avispas).

Respecto al Poniente, Oriente y Mediodía, el acento continúa siendo los nombres de los ríos y quebradas.  El Guaire pone término al valle de Caracas por el Sur y la quebrada de Caurimare hace lo propio por el Este; Caruata baja del Noreste al Sur al igual que Catuche, Anauco, Tócome y Caurimare, convirtiéndose todos estos ríos o quebradas en afluentes o tributarios del río Guaire.  El vecindario en forma de cuadrícula se le representa un tanto constreñido bajo el título, en letra cortesana de “La Ciudad de Santiago de León”, con evidente exclusión del nombre autóctono de Caracas, que los propios conquistadores le habían conferido sólo en atención a una referencia para toda la extensa provincia, tal como se aprecia cuando indica:  “Toda esta provincia de Caracas” donde ubican el río Caurimare en su vertiente Norte.  Flanquean lo que en propiedad es el Cuadrilátero histórico, el Caruata, Catuche y desde luego el río Guaire; por el Oeste, Este y Sur, respectivamente.  Más alejados del núcleo urbano, veremos representadas una serie de montañas y bosques anónimos, que con el correr de un brevísimo tiempo, pasaron al dominio privado de los primeros conquistadores y sus descendientes por vía de reparto, mercedes de tierras y composiciones.  Todavía el vecindario no se le ha fijado sus ejidos para el bien común (1594); no obstante, el Ayuntamiento para estimular el avecindamiento, reparte solares y otorga título de vecindad a propios y extraños que desean enraizarse en la incipiente aldea, que desde sus inicios apenas once años atrás, se hace llamar tercamente Ciudad de Santiago de León.  Los solares que vemos alrededor de la plaza, es pues concreción de esa disposición.  Para el momento de la elaboración del informe, el Gobernador Pimentel señala en el capítulo 9, que sólo existen vivos catorce españoles de los ciento treinta y seis que acompañaron a Diego de Losada para la conquista de Caracas, así como cuatro más residentes en Caraballeda.

En el ángulo Norte de la Plaza se indica la ubicación de las casas de Cabildo y en el lado Este el lugar que ocuparía la Iglesia parroquial, lo que sería después la Catedral.  Pero al igual que éstas, las restantes edificaciones particulares eran un tanto precarias a juzgar por lo que opina el Gobernador Pimentel en el capítulo 31: 

“El edificio de las casas de esta ciudad ha sido y es de madera, palos hincados y cubierta de paja; la más que hay ahora en esta ciudad de Santiago son de tapias, sin alto ninguno y cubiertas de cogollos de caña, de dos o tres años a esta parte se han comenzado a labrar tres o cuatro casas de piedra y ladrillo y cal y tapería con sus altos cubiertos de teja, son razonables y están acabadas la iglesia y tres casas de esta manera, y los materiales los hay aquí...”.

Por último debe apreciarse en el croquis del cuadrilátero histórico, la última manzana del noreste que se encuentra desocupada.  Ello reafirma las observaciones hechas por Luis Alberto Sucre, respecto a la inexactitud de un artículo del General Manuel Landaeta Rosales de 1912, sobre la supuesta casa del fundador de Caracas Diego de Losada, en esa cuadra y que hoy conocemos como esquina de Maturín (antes de Arguinzones).  Es decir, el plano tiene como prueba documental la suficiente confiabilidad como para refutar la autoridad de Landaeta Rosales sobre este asunto en particular.

Detrás del solar donde se encuentran las casas del Cabildo, que le dio el nombre a la esquina como de Principal, vemos el lugar que ocupaba la iglesia de San Sebastián, primera ermita que existió en el vecindario en ofrenda al santo que protegía a los conquistadores contra las flechas de los indios.  En ese preciso lugar, donde está hoy la iglesia de Santa Capilla, sabemos gracias a los trabajos arqueológicos realizados por Mario Sanoja, que Diego de Losada levantó su campamento militar para defenderse de la tenaz resistencia indígena.  Desde ese montículo se podía divisar tanto al Oeste como al Este del valle; hacia el Sur como ahora, era una pendiente.  El Norte estaba resguardado por las barrancas naturales del Catuche y la serranía de Guarairarepano.  Es decir, era un verdadero baluarte ese sitio escogido para levantar el campamento militar.

La  existencia  de  esta  ermita  de  San  Sebastián,  así  como  la  Iglesia Mayor para 1578,  incluyendo  el  conjunto  de  casas  particulares  que  se  habían levantado  precariamente  en  el  cuadrilátero,   cuando  menos  nos  dice  que  estaba quebrantada  en  buena  medida  la  resistencia  aborigen,   lo  que  significa  que  su mundo  se  encontraba  en  el  seguro  trance  de  su  extinción,   pues  las  nuevas formas  de  una  sociedad  criolla  emergente,   venía  forjándose  en  el  crisol  del linaje  pero  también  del  mestizaje  entre  españoles  e  indios.

El valle de Caracas representado en el plano de Pimentel, para fines del siglo XIX no había sido ocupado por la ciudad.  Sus fértiles tierras eran la base fundamental de la riqueza económica, como durante toda la colonia.  Es por ello que el crecimiento o extensión de la ciudad, se encontraba represado hacia el Este por el río Anauco; por el Oeste con la llamada quebrada de Lazarinos; por el Sur apenas trasponía el río Guaire al iniciar la compañía El Tranvía de Caracas la venta de lotes de terrenos de la hacienda El Paraíso propiedad de la familia Echezuría.  Por el Norte y Noreste surgirán dos nuevas parroquias urbanas en 1889:  La Pastora y San José, que no representan un ensanche de la ciudad.  Sólo con la aparición del Estado rentístico petrolero a partir de la década de los años cuarenta del siglo XX, es cuando el valle de Caracas se ocupa en su totalidad y desaparecen las haciendas de los alrededores de Caracas y en su lugar se levantan modernas urbanizaciones, pero también zonas marginales, tal como las apreciamos hoy.

Hasta ahora nos hemos referido a ciertos detalles del llamado plano de Pimentel, el cual, desde luego, no es de su autoría.  Es muy probable que dicho plano fuese factura del experimentado agrimensor Diego de Henares, a quien se le atribuye el trazado de las calles y solares de la ciudad, así como la nivelación de la Plaza Mayor, por expreso encargo del capitán Diego de Losada en 1567.  Decimos esto puesto que el historiador Luis Alberto Sucre, lo registra entre los vecinos que aún vivían en Caracas al momento de la llegada del gobernador Pimentel, quien no da los nombres de los catorce sobrevivientes que acompañaron a Losada en la fundación de la ciudad.  Con respecto a Diego de Henares, nos dice el hermano Nectario María lo siguiente: 

“Sus dotes de agrimensor hicieron que, más tarde el gobernador Diego de Osorio le designara para que midiera y delineara las tierras de la jurisdicción de Caracas, para su debida composición, en cumplimiento de las órdenes superiores que había recibido.  Henares realizó esta importante labor a satisfacción del Gobernador y de las partes interesadas”.

Pero el Gobernador Juan de Pimentel sí fue el autor intelectual de la valiosa relación que describía a Santiago de León en 1578.  Descendiente de los Condes de Benavente y Caballero del Hábito de Santiago, el Gobernador Pimentel pisó tierras venezolanas el 8 de mayo de 1578.  Sabemos además que este caballero contrajo nupcias con la caraqueña Doña María Guzmán, y una vez viudo en 1586, se consagró a la carrera eclesiástica.  Su decisión de residenciarse en Santiago de León, hizo posible que la ciudad fuese la capital de la provincia de Venezuela.  Luis Alberto Sucre, resume la importancia del gobierno de Pimentel en los siguientes términos:

“Desde su llegada se ocupó Pimentel en la reorganización civil y militar de la ciudad que había elegido para su residencia, dando al Cabildo más amplias facultades, que las que hasta entonces había tenido para la administración de los intereses políticos y económicos de la ciudad y su jurisdicción; creó los archivos del Ayuntamiento y los registros eclesiásticos; hizo un extenso informe, dando cuenta al Rey, del estado de todos los ramos de la administración; pidió para Santiago de León, el derecho de elegir directamente uno de sus Alcaldes, dando así el primer paso hacia la democracia; y que se suprimiera la mediación de la Audiencia de Santo Domingo, entre las relaciones del gobierno de esta provincia y el de España.”

En esta labor tan positiva para la ciudad, no hay lugar para reparos al Gobernador.  Por el contrario, nos vemos en el deber de complementar su hazaña de gobierno exaltando sus aquilatados dotes de hombre inclinado por el saber científico.  Ello es lo menos que podemos decir puesto que su informe bien lejos está de una simple descripción como ha querido señalarse.  Este informe expresa una concienzuda reflexión que debe ser entendida dentro de los prejuicios y limitaciones de los hombres de su tiempo.  Deberán transcurrir más de dos siglos para que Caracas recibiese el beneficio del estudio minucioso y sistemático tanto de su naturaleza como de su sociedad, incluyendo el régimen político y su sistema económico.  Nos referimos desde luego a José de Oviedo y Baños y un poco después a Humboldt y a Depons entre otros.  Estos al igual que Pimentel, se interesan por los vientos, las montañas, las enfermedades, la belleza femenina y una larga serie de aspectos que singularizaban a la ciudad de Caracas.  Entran por así decir, por “el filtro” de sus agudas mentes otros tantos asuntos en los cuales no necesariamente coinciden, debido a las inexorables mudanzas que el tiempo hace de las costumbres como de las creencias.  El gobernador Pimentel, al igual que los ilustres humanistas, no son curiosos ni empíricos, son eso sí historiadores, geógrafos y hasta físicos; en fin, auténticos científicos, según la época que les tocó vivir.  Esta es la razón por la cual seguramente Pimentel creó el Archivo del Ayuntamiento y el registro eclesiástico donde extrajo los datos que hicieron posible la redacción de su informe dirigido al Rey Felipe II en 1578.  Es también probable que haya interrogado a los testigos sobrevivientes de la fundación de Caracas en 1567, aunque de ello no queden muestras explícitas en el contenido del informe que redacta.

La imagen de Caracas no está representada en el plano de Pimentel.  La fisonomía de la ciudad la encontraremos en los cuarenta y nueve capítulos que componen su informe.  Esto no es una paradoja o un incontenible deseo de figuración para llevarle la contraria a quienes ya han escrito sobre esta excepcional pieza documental.  La primera imagen de Caracas la configuran las ideas y prejuicios que moldearon la época y circunstancias que le correspondió vivir al gobernador Juan de Pimentel; es decir, finales del siglo XVI.  Para los conquistadores y autoridades de entonces, embutidos en una mentalidad nominalista que consiste en otorgarle categoría de verdad a lo que está en formación, no les resultaba difícil ver a la ciudad de Santiago de León de Caracas.  Esta ciudad sólo existía en sus deseos de grandeza y probablemente en su interés de forzar favores y distinciones de la voluntad del Rey, expresándole sus grandes hazañas conquistadoras, a través de las llamadas probanzas de méritos.  Si encontramos, como en efecto los hay, juicios valorativos que desprecian a las comunidades indígenas, ello era el resultado de sentirse superiores y además favorecidos por la supuesta intervención divina de los cielos, especialmente por la intersección de su patrono Santiago que los llevó en buena lid por el camino del “destino manifiesto” .  De modo que la espada y la cruz fueron elementos que se fusionaron para dar término a la conquista y fundación de Caracas.  No era solamente una conquista, sino también una pacificación en nombre de Dios, según decían para civilizar el medio salvaje “...que no tiene adoraciones ni santuario ni casa ni lugar dedicado para ello, sólo tienen su creencia en el demonio”10 .  Pero el Gobernador cronista describe cuanto ve en el hermoso valle de Caracas, y así como expone que no le agradaban los vientos ni la existencia de ciénagas pantanosas, también hace referencia a las bondades de esta tierra para la agricultura y la cría, de sus bosques para la construcción; de los animales que forman la fauna exótica de la provincia, etc.  Al iniciar su largo estudio explica el origen del nombre dado a la provincia; es decir Caracas en los siguientes términos:

“...llámese toda esta provincia generalmente entre los españoles Caracas, por lo que los primeros cristianos que a ella vinieron con los primeros indios que hablaron, fue una nación que se llamaba Caracas que están en la costa de la mar; y aunque en esta provincia hay otras naciones indios de más cantidad que los Caracas, como son toromaimas, arnacosteques, guaiqueríes, quiriquires, meregotos, marijes, tarmas, guarenasija, garagotos, esmeregotos, boquiracotos; tomó el nombre de esa provincia de los caracas por lo arriba dicho y esta nación de indios Caracas tomó este nombre porque en su tierra hay muchos bledos que en su lengua se llaman Caracas”11.

Ver: http://libertadpreciadotesoro.blogspot.com/2013/04/caracas-en-25-escenas-1.html