Actualizado el 23 de mayo de 2019 01:50 AM
Señores miembros de la Mesa Directiva de la Academia Venezolana de la Lengua.
Ilustres Individuos de Número y Correspondientes.
Señoras, señores.
Distinguidos amigos presentes.
…de las aguas pesadas de la noche
mi pecho es un oscuro recipiente:
hay semillas vacías,
veranos herrumbrados,
rosas que no abrirán al aire su contorno,
retratos desvaídos,
juguetes que perdieron su eficacia
palabras que olvidaron sus llaves en el tiempo,
frutas que no devuelven la hierba de la infancia,
un pasillo minado de fantasmas,
el cuarzo del azúcar,
las espadas…
Palabras,
orfebrería verbal, así comencé, hace cincuenta y cinco años, un
compromiso con la lengua castellana que, no soñé nunca, llegaría a
conducirme –a la hoy, hazaña corporal– de ascender esta precaria
escalera, que, en el imaginario de quienes oficiamos en el ara de la
belleza, conduce a esta tribuna de áureos reflejos, sinónimo venezolano
de la gloria.
Los honores, distinciones, palmares, preseas, suelen
producir en quienes los reciben dos clases de reacciones, o la
displicente vanagloria de quienes creen que los merecen todos, o la
sorpresa, quizá atemorizada, de quienes nos sentimos elevados, más allá
de la auténticamente modesta, estructura de nuestro espíritu. En todo
caso, mi designación como orador de orden, en este día emblemático para
la Academia, es un honor que agradezco, desde el más recóndito confín de
mi alma: gracias.
Pensar en el idioma castellano, en el español,
como ha terminado llamándose, produce, imposible dudarlo, la sensación
de deslizarse por un inclinado laberinto de imágenes, vocablos, rostros y
vivencias, un caleidoscopio fascinante de prístinas facetas, de
engañosos, a veces aún peligrosos, oasis y fieras torrenteras.
Don
Miguel de Cervantes y Saavedra murió, si ello fuera posible, hace
cuatrocientos tres años, la fecha, se discute, si fue el 22 o el 23 de
abril, este acto, este homenaje, esta celebración, quepa la paradoja, de
ese insignificante hecho biológico, es la fiesta de cumpleaños de una
lengua joven, vigorosa, interminable, perfecta.
Escoger la fecha
de una desaparición física, para conmemorar el nacimiento de una lengua /
adquiere/ inevitablemente, la simbología de una resurrección. Solo así
es aceptable.
Alcalá de Henares, sede de una de las más ilustres universidades de España, terminó por ser aceptada como la cuna del
príncipe de los ingenios españoles, como acertadamente lo definen viejos y venerables textos enciclopédicos y estudios biográficos.
Semejante
honor, pese al carácter esencialmente casual del hecho, no fue
reconocido, sin una puja estimulante, entre varias candidaturas
propuestas y aún defendidas con sorprendente énfasis: Sevilla, Madrid,
Lucena, Toledo, Esquivias. “Sin Esquivias no hubiera existido el
Quijote”. Con esta frase el famoso biógrafo Cervantino Luis Astrana
Marín apuntala la importancia de la recoleta ciudad en la vida de don
Miguel, si aún fuese poco, allí contrajo matrimonio con doña Catalina de
Salazar y Palacios, una joven de 18 años, hija de hidalgos y sobrina de
don Juan de Palacios, teniente cura, de la iglesia de Santa María; en
Consuegra encontramos la madeja genealógica de los López de Cervantes o
Gómez de Cervantes y en el Alcázar de San Juan, una amarilla misiva
atestigua que, dos Miguel de Cervantes convivieron en 1572 en la batalla
de Lepanto, como se afirma en un listado, de soldados a recompensar,
que Don Juan de Austria le envía a su hermano el rey, don Felipe II.
Fácil es colegir la lluvia de evidencias, documentos pruebas, que
alimentaron la larga polémica.
Siete, siete ciudades, el inconmensurable volumen de tal gloria, hacía generoso cualquier reparto, aún matemáticamente estimado.
No
son mi fuerte las abstracciones, los escritores hacemos juegos
malabares con los vocablos, esas huidizas amantes de nuestra
imaginación, tentado estoy –quien no lo estaría– de dejar que esas
imágenes fluyan a su arbitrio, por este recinto colmado, hoy y siempre,
por los más ilustres talentos de nuestra patria. El amor a la
concreción, a la esencia, suele no frenar, pero sí morigerar, las
fantasías de los hombres.
La practicidad, se diría hoy el
pragmatismo, sin asociar el vocablo al grupo de grandes pensadores, que
desde los claustros de la Universidad de Harvard, dieron nacimiento a
esa escuela del pensamiento filosófico. La velocidad avara de un tiempo,
cada día más escaso, nos obliga a limitar, a precisar conceptos y
sonidos, palabras, elementos. Esta cicatería forzada recoge las velas,
atempera los impulsos de unas alas aún sedientas de espacios, de ignotas
dimensiones, de huidizos, inalcanzables horizontes.
Aquel año de 1616 no se sació con la magra estructura física del inmortal
manco de Lepanto, llevose también las imperecederas arboladuras del Inca Garcilaso de la Vega, esplendido escritor peruano y del
príncipe de los escritores de lengua inglesa, William Shakespeare. Ah sublime fagocitosis. Podríamos llegar a la peligrosa y engañosa premisa de que la gloria no atraganta.
La
verdadera edad de la lengua, que homenajeamos en Cervantes, no es
micrométricamente precisable, son unos ocho siglos de existencia, desde
que apareció como lengua escrita en los versos memorables del
Cantar del Mio Cid.
Es pues una lengua conservadora, que desde el primer momento adquirió
la mayor parte de sus rasgos esenciales, y ha evolucionado con relativa
lentitud. Si de esta transmisión en el tiempo, pasamos a su expresión
geográfica, pese a diferencias que llevaron a nuestro gran lingüista y
amigo don Ángel Rosenblat, de suyo serio, al deseo tangencial de
reunirlas y dar a la luz un delicioso libro, de pequeño formato, pleno
de fino humor, trazando un casi humorístico retrato de las penurias de
un hispanoamericano, que viajara haciendo escalas por nuestros países.
Al margen –desde luego– de su consagrado estudio
Buenas y malas palabras y de toda su extensa obra, que fuese cuidadosamente estudiada y recopilada, en el libro
Bibliografía de Ángel Rosenblat,
por la muy ilustre ocupante de la letra “H” de esta corporación, la
doctora María Josefina Tejera y editada por la Universidad Central de
Venezuela. Es fácil observar la sorprendente uniformidad de los países
hispánicos, en comparación con las diferencias notables del inglés o el
francés que se habla en sus antiguas y respectivas colonias. Ello es
atribuido a la claridad de su sistema fonético y a su firme contextura
gramatical.
Me siento obligado a señalar que, se trata de una
uniformidad puramente relativa. Desde el punto de vista de “evolución
lingüística” y gramatical es admisible que lo sea, pero en el uso y
significado de muchas palabras no. De hecho, la Real Academia Española
se tuvo que dar a la tarea de revisar el idioma en cada uno de los
países de habla hispana, teniendo como resultado la aceptación de giros
locales y algunos gramaticales, los cuales se recogen en el Diccionario
panhispánico de dudas. También se da el caso de acepciones de palabras
en desuso que perviven en ciertas regiones (en cierto modo un
estancamiento en relación con la dinámica del lenguaje en otras).
No
tendría sentido alguno emitir juicios de valor sobre la calidad de las
distintas lenguas modernas, todo juicio tiene algo o mucho de subjetivo,
diría simplemente, que en mi aproximación como escritor a los distintos
idiomas que relativamente conozco, aprecio en el español la donosura y
consistencia necesarias para el trabajo poético, la ductilidad, la
gracia, la sonoridad, meritos que compartimos por igual con el inglés y
se afirma que ocurre con el alemán, a diferencia del francés, que
aprecio perfecto en la prosa y opaco en sonoridad, para la poesía. He
disfrutado mucho a Gabriel D’Anunzio en su lengua de origen, la prosa
italiana es de belleza transparente.
El gran Víctor Hugo afirmaba,
respondiendo a una pregunta sobre las bondades de los diversos idiomas,
“el inglés es ideal para hablar de negocios, el alemán se hizo para las
ciencias, el francés es el lenguaje del amor y el español ¡ah el
español! Es el idioma para hablar con Dios”. La pequeña historia recoge
una valoración muy similar de las diversas lenguas, del rey Carlos I de
España y emperador Carlos V, del Sacro Imperio Romano Germánico, quien
sufrió los reveses de su tardío aprendizaje del español, gobernante como
lo fue sobre un mosaico heterogéneo de razas y de lenguas.
El
genio del castellano o español escrito ha producido, en esas ocho
centurias, verdaderas riadas de grandes prosistas y poetas, no tendría
objeto intentar mencionarlos, lo cual, inevitablemente, conduce a
omisiones deplorables. Siempre en el campo de la veneración personal,
forzosamente subjetiva, me acompañan, imprescindible equipaje, las
deliciosas
Serranillas del Marqués de Santillana, los versos de sus sobrinos Gómez y Jorge Manrique, las
redondillas de Diego Hurtado de Mendoza –según Lope de Vega, insuperables– o el delicioso verbo del
Lazarillo de Tormes que, finalmente, se reconoce como suyo.
En
las más próximas creaciones de la generación del 98, encuentro en un
gallego, el mejor castellano en prosa que jamás haya leído, me refiero,
desde luego, a don Ramón María del Valle-Inclán, cuyas Sonatas son para
mí, junto al
Juan de Mairena de Antonio Machado, la poesía de Miguel Hernández, de Lorca, de Vallejo, de Jorge Luis Borges, las
Meditaciones de
Marco Aurelio y, en momentos de gran valor y de coraje espiritual, de
Cioran, y la indispensable Biblia, mis libros de cabecera.
Pero
este apresurado paseo por las capillas sixtinas del idioma, luce
exótico, en el entorno real en el cual estamos inmersos. Por una parte
las lenguas, todas ellas, están bajo el asedio y la agresión de una
revolución tecnológica que con sus abreviaturas, siglas, signos y claves
enigmáticos, amenaza ciertamente en reducir el habla y la palabra
escrita a un simple mensaje taquigráfico, inarmónico y frustrante, a un
balbuceo torpe, incompatible con la belleza, cuyas formas dicta
inapelable, la limitada panoplia de unas teclas, absolutamente
desangeladas.
Pero estas palabras, en la augusta escenografía de
este salón, cargado de historia, no pueden ser un réquiem por la lengua
de Jorge Manrique, del Lazarillo, de Santillana o por la muy nuestra y
plástica prosa de Gallegos o el estro poético de Vicente Gerbasi o de
Ida Gramcko, dos volcanes de genio derramados, inagotables, auténticos
tsunamis o sunamis –aceptando la voz nipona– de belleza.
El
enfrentamiento del idioma, encarnación del espíritu de un pueblo, de una
cultura, de una fe, frente a la degradación espontanea o impuesta, de
los gonfaloneros de la vulgaridad, la plebeyez y la estulticia,
disfrazadas de fabla popular, ha sido y será constante, reiterado
inagotable. Esa es en buena medida la razón de que existan corporaciones
como la Real Academia Española, universidades, preclaros institutos de
investigación filológica, la fonética, la música verbal del genio
humano, por largos siglos, pequeños grupos de tonsurados encerrados en
sus claustros lo preservaron o ya más numerosos, desafiaron los rigores
del ágora, de la confrontación, del debate, rescataron el alma de la
lengua castellana, sabían, sabemos, que un luminoso átomo puede salvar
esa llama sagrada y preservar al hombre su derecho a expresarse,
deslastrado de escoria, transparente, único y perfecto.
No
obstante, hay que admitir que las apariencias no nos favorecen, en
Venezuela en particular, ya no nos expresamos en español, el riquísimo
caudal de vocablos, metáforas, sinónimos, el insondable desván de
recursos a la mano, que produjeron a un Luis de Góngora, no parecen
tentar a los ciudadanos de hoy, les place en cambio, un regodeo en lo
grotesco, en lo feo, en lo deleznable, en lo innecesariamente vulgar. Y
es pertinente señalar que, dicha abdicación al buen decir, no está
condicionada por clases culturales, sociales, académicas, económicas,
no, en absoluto, es lo mismo una conversación o una discusión entre
universitarios, obreros, verduleras o políticos y representantes.
Tampoco influye el tan trajinado género, hombres, mujeres, niños, todos
atropellan al idioma y a la más básica urbanidad, he dicho con
frecuencia que cambiamos las palabras, esos maravillosos instrumentos de
construir estrellas, por una verdadera coprolalia, deplorable y
abyecta.
Es de simple criterio racional, sin perspicacias
sobresalientes, obvio que más allá del simbolismo de la fecha, la
formación de la lengua romance que empleamos, fue –atributo común de
casi todos los idiomas– un proceso de relaciones, interrelaciones,
yuxtaposiciones y enfrentamientos que se encuentran en los orígenes de
todas las hablas del planeta, si no fuese así viviríamos en una Torre de
Babel, indescriptible.
Algunos doctos estudiosos de nuestra
lengua, en un esfuerzo de precisión, toman a Alfonso X, “el sabio”,
quien ciñó la corona de Castilla, del 1252 al 1284, como el virtual
padrino del idioma, no solo por su importante obra personal, sino por la
de un conjunto de sabios en las lenguas hebrea, árabe y latina, que
integraron su
scriptorium real conocido como la
Escuela de Traductores de Toledo, fue tan trascendente su producción, que se estima que inicia en buena medida la prosa en castellano.
Don
Andrés Bello –a decir de don Marcelino Menéndez y Pelayo, el más grande
hombre de letras de la América Hispana– afirmaba que “todos los
hablantes somos gramáticas vivientes de nuestra lengua”. Pero esa
gramática que todos los hispanos llevamos dentro no puede consistir en
aceptar, sin beneficio de inventario, por plebeyez de espíritu o por
esnobismo, la primera bufonada que nos salga al paso, es necesario
reelaborar o recrear la expresión personal auténtica, según el genio de
la lengua materna.
En el proceso de franca involución cultural que
vive Venezuela, se ha dado en exaltar las palabras soeces o vulgares
como populares y castizas, contraponiéndolas al lenguaje cuidado, que es
tildado de cursi, rebuscado y clasista, por no decir
escuálido, curioso comodín de esta nomenclatura.
Esas
formas desaseadas del habla inculta son precisamente antivernáculas.
Castizo equivale a propio de la casta, de la raza, pero las desviaciones
o degeneraciones de la casta no pueden llamarse castizas, ni en
biología ni en lingüística, no lo son, en cuanto se apartan de los tipos
normales de su especie, por el contrario, son diametralmente opuestas a
lo castizo. Importa pues no confundir la evolución normal del idioma,
con la descomposición degradadora.
En los confines de los siglos
XIX y XX dominaba en la investigación filológica la concepción de las
lenguas como seres vivos, sujetos al proceso biológico: nacimiento,
crecimiento, plenitud, vejez y muerte. La lingüística era por
consiguiente, ciencia
natural. Las mayorías fueron educadas de
un modo, directo o reflejo, en aquellas ideas naturalistas de los
neogramáticos. El ejemplo de la descomposición dialectal del latín y el
nacimiento de las lenguas romances venía a probar aquel proceso
biolingüistico, inevitable e independiente de la voluntad humana.
Rufino
J. Cuervo llegó a temer que, andando el tiempo, nuestra lengua común
llegaría a disociarse en un enjambre de lenguas neohispánicas. No
obstante la dialectología y la gramática evolutiva han dado a nuestra
lingüística un viraje en redondo. A medida que la ciencia ensanchaba su
campo de observación, se vio, por ejemplo, que el griego, lejos de
dividirse, fue reduciendo las divergencias dialectales de los tiempos
homéricos, a la unidad del dialecto común, tanto en Atenas como en
Alejandría y en Bizancio. Evolucionó ciertamente, pero en líneas
convergentes, determinadas por la unidad sustantiva de la cultura
helénica.
Las acechanzas del hoy son más complejas, yo diría deletéreas, la impronta del
lenguaje impuesto
por los celulares y la internet ya es destructiva, deplorable, pero es
preciso tener y mantener conciencia de que no es solo la inventiva
tecnológica la enemiga de la lengua cervantina, o inglesa o gala, el
carácter
acelerante de esas innovaciones encuentra cauce
propicio, yo diría necesario, en una pobre educación básica y aún
superior, en todo lo que se refiere al humanismo e inclusive a la
urbanidad.
Son estos tiempos de perplejidad y angustia, no creo
exagerar al afirmar que, en Venezuela hoy, ya no se habla castellano o
español, los hijos de la patria de Bello, hemos llegado a tal estado de
indefensión lingüística, que no sabemos expresarnos, sin el auxilio, no
solo de otras lenguas, sino de las más soeces palabras o modismos, una
verdadera coprolalia, generalizada que poco atiende a esferas sociales o
profesionales, al género –ese concepto deletéreo tan de moda– a la
formación académica, ni a las más elementales formalidades que, a
cualquier individuo educado, imponen posiciones o circunstancias.
El
triunfo moral del lumpen intelectual en boga ha
hecho de nosotros invitados impresentables, en cualquier foro,
simposio, o cualquier sala del hogar de una familia decente, en
cualquier continente.
La tarea que se impone a corporaciones como
esta, que hoy tiene la bondad de recibirnos, es enorme. Sin pretender
–desde luego– que se subrogue la indeclinable responsabilidad de la
educación, que corresponde al Estado, el cual, en nuestro caso, no solo
no vela por la preservación de la lengua, sino que promueve a través de
los malos ejemplos y de la elevación de lo vulgar a paradigma, los
peores daños a la cultura en aras de un hipotético popularismo, inasible
y falaz.
También coincide este aniversario con el nonagésimo cumpleaños de
Doña Bárbara,
aquella novela, de un joven escritor venezolano, que lo proyectó a la
merecida inmortalidad, labrada en una rica, rebosante prosa, llena de
imágenes y de plasticidad. Solo tenía 43 años. Más de cuarenta
ediciones, reediciones y traducciones muy numerosas acreditan su hazaña.
Algunos críticos, muy respetables, señalan como elementos de menguante valor, en
Doña Bárbara el
que, en su estructura y estilo, abundan recursos y giros decimonónicos,
señalan la utilización de imágenes obvias: la barbarie de la
protagonista doña Bárbara, la luz civilizadora de Santos Luzardo, el
peligro de Mister Danger, por ejemplo.
No obstante, no pueden
ignorar la calidad profunda de la obra, la magnificencia de palabras y
giros rutilantes y terminan expresando –como el resto del mundo–: ¡Es
una gran novela!
La explicación de estos justificados
señalamientos, es evidente, el escritor no puede –con escasas
excepciones– ser ajeno o inmune al influjo de su tiempo y su
circunstancia. Yo comulgo con Ortega y Gasset en que el hombre es el
hombre y su circunstancia, la de Venezuela en el tiempo en el cual
Gallegos pensó y creó a
Doña Bárbara no era precisamente del siglo XX, arrastrábamos aún usos y gustos del siglo XIX. Desde ese ángulo,
Doña Bárbara es bárbaramente auténtica y para esa Venezuela, auténtica y moderna.
Venezuela
otrora tierra pródiga en talentos, personalidades y notabilidades
produjo, a lo largo del pasado siglo una verdadera pléyade de finos y
aún egregios cultores del lenguaje, sin presumir de crítico –no lo soy–
me atrevo a mencionar, como pobre tributo a sus memorias y basado
repito, exclusivamente en mi personal empatía con su prosa, algunos
nombres que, a mi juicio, son inescapables en esta ocasión, don Mariano
Picón Salas, don Augusto Mijares, José Rafael Pocaterra, Mario Briceño
Irragorri, Juan Oropeza, Arturo Uslar Pietri. Hago el difícil, escabroso
esfuerzo, de limitar una enumeración que podría rebosar hacia la
prosaica forma de una guía telefónica.
En un Día del Idioma, es
inconcebible la ausencia de la poesía, terreno especialmente resbaladizo
para mí, no puedo obviar a Bello, a Pérez Bonalde, al atormentado José
Antonio Ramos Sucre, a don Fernando Paz Castillo, Andrés Eloy Blanco o
Jacinto Fombona Pachano. Para mí, y sin desmedro de la gloria de nadie,
el siglo veinte lleva la rúbrica de Vicente Gerbasi, de Ida Gramcko y de
Rafael Cadenas.
En estos momentos de descreimiento y confusión
por los que atraviesa Venezuela, me llega el eco de la lira de Ida,
nunca más pertinente, diciéndonos:
Si la patria está triste
triste ha de estar el hijo que la bese
y alegre solo cuando la conquiste
porque antes ni le es fiel
ni la merece.
Pero no todo es evocación,
saudades,
repitiendo el hermoso vocablo portugués, que mereceríamos haber
inventado los españoles, pero que, con impulsos dignos de un anglosajón,
esos grandes piratas, nos apropiamos/ para bien/ exhibiendo/ el más
puro de los títulos,/ el amor a la transparencia, con la venia de Don
Luis de Camoens.
***
Todos los que colmamos este salón, por
diversas que sean nuestras calidades, amamos la belleza, cadencias
apenas intuidas, reflejos misteriosos, silenciosas armonías del
espíritu, todos, desde la pequeñez de nuestra estructura humana,
anhelamos el reposo del gesto, el instante en que la luz, atraviesa el
cristal y se dispersa, en reflejos de asombro, arcanos, inesperados,
alucinantes, esa pleamar de paz / en que reencontramos o reconocemos a
Dios.
Muchas gracias.
Caracas 13 de mayo de 2019.