miércoles, 6 de julio de 2011

La Maldad Totalitaria


Por: Fernando Mires - La masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces Hannah Arendt A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano. El libro The Origin oft Totalitarism (1951) ocupa un lugar importante en la obra de H. A., lugar que ella probablemente no buscó sino que fue impuesto por el devenir histórico. Esa suerte de selección que, en última instancia es política, ocurre por lo demás con muchos otros autores quienes permanecn en el recuerdo no por los temas a quienes ellos dedicaron mayor atención sino por otros que, debido a circunstancias difíciles de predecir, obtuvieron una mayor publicidad. La publicidad de un texto – quiero afirmar- la determina el tiempo en que vive un autor, no el autor. En el caso de H. A. es fácil constatar que la centralidad obtenida por sus trabajos acerca del fenómeno totalitario obedece a dos razones históricas: la primera, derivada de los imperativos de la Guerra Fría, surgió de la necesidad política de caracterizar al “enemigo” internacional de la democracia occidental: en ese tiempo el estalinismo. Como es sabido, gran mérito de H. A. fue estudiar el totalitarismo en sus dos formas principales de expresión, la nazi y la comunista, pero no como “sistemas sociales” conceptualmente petrificados sino como revueltas “hacia” y luego “desde” el Estado, revueltas dirigidas no sólo en contra de la democracia occidental sino sobre todo en contra de ese legado que recibimos desde la Atenas filosófica: la política como forma de vida destinada a reglar conflictos ciudadanos. Si quisiéramos definir en clave arendtiana el sentido del totalitarismo, habría que decir que el totalitarismo es la anulación de la política mediante el Estado, anulación que lleva a la sustitución de la política por el terror del Estado que sin sustento político se convierte en un Estado total. El Estado total es a la vez el terror total. Y como trataré de demostrar es, desde una perspectiva política, la maldad total o la maldad radical. Con ello ya estoy adelantando que el tema del mal (o de la maldad) y el tema del totalitarismo no constituyen en el pensamiento de H. A. dos “teorías” diferentes sino dos ángulos destinados a abordar la misma realidad: la negación del pensamiento, y en este caso, la negación del pensamiento en la política: el pensamiento político. La segunda razón que explica la centralidad del tema del totalitarismo en la obra de H.A. viene del periodo “post- guerra fría” surgido a partir del derribamiento del muro de Berlín en 1980, símbolo gráfico y real de las diferentes revoluciones democráticas que tuvieron lugar en la Europa del “Este político”. De más está decir que a partir de la caída del nefasto muro, el mundo político vivió una suerte de fiesta democrática. Muchos intelectuales liderados por las visiones de Fukujama y otros, imaginaron que la historia de la anti-democracia quedaba atrás, y en ese ambiente festivo los análisis del fenómeno totalitario realizados por H. A. alcanzaron una ardiente actualidad. El tema del totalitarismo pasó, a su vez, a formar parte del currículum en diversos institutos socio y polito-lógicos y, en ese marco, el texto de H. A. Los Orígenes del Totalitarismo llegó a ser un objeto de imprescindible consulta. Quizás habría que agregar una tercera razón para explicar el relieve político acanzado por el libro de H. A. acerca del totalitarismo, y ella tiene que ver con el hecho ya comprobado de que las visiones ultraoptimistas acerca de una rápida democratización del orbe no tuvieron ninguna justificación. En efecto, después del derrumbe del comunismo no sólo no tuvo lugar la ansiada democratización planetaria sino, además, han sido consolidados nuevos proyectos cuyos objetivos pueden ser calificados, en algunos casos, como para-totalitarios. En breve: los estudios acerca del fenómeno totalitario no han perdido actualidad. Todavía nadie está muy seguro, por ejemplo, si el término totalitarismo, de neta raigambre europea, puede ser aplicado a las teocracias islamistas consolidadas en los últimos tiempos como reacción a la cruzada emprendida por el presidente Bush después del 11.09. Tampoco son avances democráticos los proyectos de poder total que se anidan en las jefaturas ideológicas en algunos países sudamericanos cuyos representantes sostienen ya abiertamente la tesis (de origen fascista) de que el pueblo, la nación, el partido, el gobierno y el Estado deben ser entendidos como una unidad absoluta (por ejemplo, García Linera 2010) En fin, ni el peligro dictatorial, ni las visiones totalitarias han desaparecido del todo. Del mismo modo es imposible afirmar que las democracias de tipo occidental están protegidas para siempre del peligro totalitario. No hay que olvidar que tanto el fascismo como el nazismo emergieron desde el interior de formaciones democráticas. Incluso puede ser posible que en nombre de la propia democracia emerjan proyectos antidemocráticos, ideológicos, fundamentalistas y misionales. Por ejemplo, John Gray, en su ya popular obra Apocalyptic Religion and the Death of Utopía” (2007) ha demostrado con lógica y hechos irrebatibles como al interior del gobierno Bush yacían concepciones totalizantes cuyo objetivo era realizar la utopía democrática mundial no importando los medios que se utilizaran, incluyendo violaciones a los derechos humanos, guerras “preventivas” y -como sabemos por Guantánamo- campos de concentración y torturas. En fin, el ser humano no es democrático por naturaleza –lo que siempre destacaba H. A.- de modo que la tentación totalitaria asoma en tiempos y lugares menos esperados. Incluso en nombre de la democracia. Es en ese sentido que, siguiendo a Kant, H. A. manifestó en diversas ocasiones que la capacidad de pensar va siempre anudada con la capacidad de mentir. O dicho así: casi siempre olvidamos que la razón porta consigo no sólo la posibilidad de razonar sino también la de racionalizar. De este modo somos siempre proclives a justificar los peores actos en nombre de ideales superiores y cósmicas ideologías.
2. De acuerdo a un tratamiento sociologista del tema del totalitarismo, H. A. es considerada como la teórica de los sistemas totalitarios por excelencia. Craso error. Los estudios de H.A. con respecto al tema están muy lejos de ser un análisis de determinadas estructuras sociales, sociológicas o sociologistas de “tipo” totalitario. Del mismo modo será necesario destacar algo que gran parte de quienes se han ocupado de la obra de Arendt han pasado por alto: jamás H. A. desarrolló una teoría del totalitarismo como sistema social. Y no lo hizo porque jamás pretendió ser una teórica social. H.A fue, antes que nada, una pensadora filosófica – y teológica- de la condición humana, sobre todo cuando esta condición se hace presente bajo la luz radiante de la política. Eso quiere decir que ella estaba muy lejos de ocuparse de determinadas teorías sistémicas. Su preocupación central fue siempre el ser humano en relación consigo y con los demás. Ésa, la humana, no es para H. A. una condición antropológica o social, sino – siguiendo la ruta trazada por Husserl y Heidegger pero elevada hacia “lo público”- la de aquel ser humano que “existe siendo” pero sin acceder nunca hacia la totalidad del Ser que es, de acuerdo a la teología arendtiana, Dios. Dios: palabra que no se atrevió a pronunciar Heidegger, pero que sobredetermina toda su concepción del Ser, como ha demostrado, desde su perspectiva judía, Marléne Zarader (1990) en su hermoso estudio sobre la filosofía heideggeriana. Es por eso que afirmo aquí que para alguien como H.A. el totalitarismo no es “un tipo de sistema social”, sino el resultado institucional de la degradación del espíritu, tanto colectivo como individual.. En fin, lo que quiero decir es que H. A. no era Max Weber, ni nada parecido. El totalitarismo (o Estado total) para escribirlo de modo simple, surge, o puede surgir, sobre las ruinas del pensamiento político que es a su vez la condición de vida de esa construcción imaginaria que los sociólogos denominan “la sociedad”. O dicho en exacto sentido arendtiano: allí donde desaparece la diferencia entre el mundo del pensar y el del actuar desaparece la política y así el Estado ya no será de todos sino todos seremos del Estado. Habiendo perdido la condición política, dejamos objetivamente de ser ciudadanos y con ello nos convertimos en seres banales. Y si somos banales, todos nuestros actos, incluyendo nuestras maldades, serán banales. Ese es el sentido original de la “banalidad del mal”. No puede pensarse entonces en la banalidad del mal sin pensar en la banalidad de los malvados, lo que no quiere decir, por supuesto, que el mal será siempre banal. El mal es banal cuando es cometido por seres banales y, sobre todo, banalizados. Los ideólogos, los hechores, los grandes fundadores del Estado totalitario estaban, por el contrario, muy lejos de ser seres banales. Eran, sí se quiere, no demonios, pero sí, seres demoníacos. Pero las innombrables maldades de los seres “demoníacos” no habrían podido jamás cometerse si no hubiesen contado con la colaboración de multitudes de seres banales. Anticipo entonces una tesis: la banalidad del mal es para H.A. una de las condiciones imprescindibles de la radicalidad del mal. O mejor dicho: hay una relación de estrecha colaboración entre la maldad radical y la maldad banal hasta el punto que la primera sólo puede hacerse presente sobre la base de la primera. Al escribir las últimas frases resulta más que evidente que estoy tratando de hacer una relación entre dos textos “clásicos” de H. A. El ya mencionado sobre los orígenes del totalitarismo, y el controvertido estudio sobre el caso Adolf Eichmann: Eichmann en Jerusalén (1964). Dos textos que jamás deberían ser leídos separados el uno del otro. Dos textos que no encierran dos “teorías” diferentes. Dos textos que son tentativas respuestas surgidas frente a esa pregunta que perseguía a H.A. ¿Cómo fue posible tanta, pero tanta maldad en un país supuestamente culto como era la Alemania pre-hitleriana? En el primer texto nos son presentados algunos escenarios y descripciones del horrendo crimen. En el segundo, los banales individuos que hicieron posible el crimen de los cuales Eichmann fue para H. A. sólo un representante entre varios. El libro sobre los orígenes del totalitarismo es, visto de un modo formal, un tomo que contiene tres libros que podrían haber sido publicados perfectamente de modo separado. El primer libro es “El Antisemitismo”, el segundo, “El Imperialismo”. Recién el tercero está dedicado al tema de la dominación totalitaria. Como señala Karl Jaspers en su prólogo a la edición alemana (1955), se trataría de un libro de historia. Pero no es, en estricto sentido, un libro de historia. Analizando la estructura general del libro se observa que los dos primeros textos son de verdad, de historia, pero ellos están puestos al servicio del tercero, que no es de historia. Ese tercer texto titulado “la dominación totalitaria” pese a estar al final de libro es, a su vez, y paradójicamente, el centro del libro. Y si hubiera que definirlo, habría que decir que se trata de un texto político que contiene profundas connotaciones filosóficas, mas no de un texto histórico. H.A. comienza estableciendo una premisa aparentemente sociológica, a saber, que los orígenes del totalitarismo hay que encontrarlos en el derrumbe (desintegración) de las estructuras que conforman la llamada sociedad de clases. Con esa formulación, H.A. se sitúa en polémica abierta con la tesis marxista que confiere un rol progresivo al derrumbe de las estructuras sociales de clase. No así para Arendt. Para ella las clases constituyen el andamiaje arquitectónico que da sentido y forma a la sociedad. Efectivamente: sin clases no hay alianzas de clases ni asociaciones de clase. Cada clase comporta la existencia de asociaciones, las que son inter y extraclasistas. Sin clases no puede hablarse de asociaciones y sin asociaciones no hay, por supuesto, “sociedad”. De acuerdo a Arendt el derrumbe de las estructuras clasistas –que no es lo mismo que la desaparición de las clases- no proviene ni da origen a una sociedad igualitaria sino a una sociedad de masas la que a su vez origina la desigualdad más radical posible que es la que se da entre un pueblo masificado y un Estado que reclama para sí el monopolio absoluto de la política. Mas todavía, según H.A. todo régimen totalitario es precedido por movimientos sociales de masa que se articulan simbólicamente en torno a la figura de un Führer (conductor). De este modo, las clases, aún existiendo, asumen la forma de masa y la masa la forma de populacho (Mob). Este, al que podríamos llamar “momento populista del totalitarismo”, es una condición ineludible a toda formación totalitaria. Por lo demás, H.A. no está muy sola con esa opinión. De una u otra manera es muy similar a la de autores que han visto en la “masificación de lo social” un signo de desintegración no sólo social, sino sobre todo político y espiritual. Entre varios podemos mencionar a Gustavo le Bonn (1951), Sigmund Freud (1993), Elías Canetti (1980) y Ortega y Gasset (1971). “Movimientos totalitarios son movimientos de masa y ellos son hasta ahora la única forma de organización que han encontrado las masas modernas y que parece ser adecuada para ellas”, escribió H.A. (1955:499). Formulando la misma tesis en términos actuales, podemos decir que todo régimen totalitario tiene un origen populista aunque no todo movimiento populista culmina necesariamente en un régimen totalitario. Ese es, por cierto, uno de los postulados principales de quienes han dedicado esfuerzos para estudiar el populismo moderno, entre otros, Ernesto Laclau (2005). El movimiento totalitario sería, en ese sentido, una forma de re- articulación que surge de la desarticulación clasista la que a su vez lleva a la “sociedad de masas”. La desarticulación clasista tiene entonces dos posibilidades: o no es sucedida por ninguna re-articulación y deriva en aquella situación de “anomia” o desintegración general descrita por Durkheim (1967) o encuentra nuevas formas de rearticulación dentro de las cuales las más conocidas son las populistas las que, bajo determinadas condiciones dan origen a sistemas de dominación totalitaria. Ahora, el segundo momento que lleva a la consolidación de un sistema de dominación totalitaria ocurre cuando tiene lugar aquello que H.A. llama alianza entre el populacho (Mob) y la elite. En este punto será necesario precisar que ni el concepto masa (populacho) ni el concepto de elite son usados por H.A. de acuerdo a su significado sociológico tradicional. Según ese significado, la masa estaría formada por los sectores más pobres de la sociedad y las elites, por grupos selectos de profesionales. Para H.A. en cambio, la masa no son “los más pobres” sino todos aquellos que, independientemente a sus pertenencias sociales se ponen bajo la disposición de un líder y de un Estado totalitario. A su vez, las elites no son para ella los grupos más selectos sino articulaciones que se desligan de las relaciones sociales con el objetivo de convertirse, de acuerdo a una expresión de Poulantzas (1968), como “clase en el poder”. Las elites en el sentido arendtiano pueden estar constituidas por una banda de demagogos (caso del nazismo) o por un partido leninista. Hoy podríamos agregar, de acuerdo a casos latinoamericanos (pinochetistas y castristas) por una jefatura militar o, en el caso islamista, por una teocracia impenetrable (ejemplo: Irán). En síntesis, el concepto de elite tiene para H.A. una connotación política y no social, y mucho menos sociológica. Las elites de Arendt no tienen nada que ver con las de un Gaetano Mosca o las de un Wilfredo Paretto. Hechas estas precisiones podemos entonces mencionar el tercer momento que lleva, según H.A., a la construcción del edificio totalitario. Dicha construcción está condicionada por aquello que la filósofa llama la propaganda totalitaria. La propaganda totalitaria precisa, de acuerdo a A. H., de una ideología totalitaria y de un líder totalitario. De ahí que el objetivo de esas propaganda está destinado a minar las reservas espirituales de cada ser humano, su capacidad de reflexión y juicio, es decir, a sustituir las ideas por ideologías. Eso pasa, evidentemente, por la destrucción de las instituciones destinadas a producir ideas, sobre todo las Universidades, las que en un regimen totalitario son convertidas en museos ideológicos. Las ideologías son, en este caso, el sustituto de las ideas o, como formulé en otra ocasión: son sistemas de ideas petrificadas (Mires 2002)Y efectivamente; quien es poseído por una ideología no piensa, es pensado por la ideología. Pero a la vez, las ideologías están representadas por encarnaciones terrenales, y si las ideologías son infalibles, sus representantes también lo serán. La creencia en la infabilidad de líder es, según H.A., uno de los atributos inherentes a todo régimen totalitario.
3. Para muchos autores, la fusión entre ideología, masas y líder contiene en sí los elementos que llevan, tanto desde una perspectiva dogmática como ritual, a la formación de un nuevo tipo de religión. Pero la ideología, la masa y el líder no constituyen de por sí una religión, como repitió muchas veces H. A. Son su simple simulacro, o si se quiere, una visión degradada de lo divino en lo más banalmente humano. Así se explica porque todos los regímenes totalitarios, o con pretensiones de serlo, han entrado siempre en conflicto con las religiones y las confesiones, y uno de sus objetivos principales ha sido y será, si no destruirlas, reducirlas a un status marginal. En fin, de lo que se trata mediante la aplicación sistemática de la propaganda totalitaria es de reducir la capacidad espiritual de cada individuo. Pero como la espiritualidad no puede ser separada de la capacidad de pensar –no olvidemos: el pensamiento es el medio que lleva al espíritu- la reducción de la espiritualidad no puede significar otra cosa que la banalización de cada ser humano a fin de que sea sometido al arbitrio ideológico y policial del líder total, representante del pueblo, de la nación, del partido y del Estado, a la vez. La banalización del ser humano precisa, en consecuencias, de su des-moralización radical, la que no ocurre, por cierto, de un día a otro; se trata más bien de un proceso, y en Alemania, como en otras naciones, ese proceso comenzó aún antes de que Hitler se hiciera del poder. Los estudios de Max Weber acerca de la racionalización de las empresas y del Estado son bastante útiles para todos aquellos a quienes interese analizar los orígenes del totalitarismo moderno, sobre todo si se tiene en cuenta que Hitler y su banda llevaron la lógica de la racionalización al espacio de la política y luego la pusieron al servicio de su objetivo final: el genocidio. De este modo, los campos de concentración eran vistos por sus técnicos y administradores como simples fábricas. Y efectivamente: eran fábricas destinadas a la producción en masa de la muerte. Ahora, des-moralización, desde el punto de vista filosófico significa la supresión de esa segunda voz que potencialmente todos portamos en aquel órgano virtual que llamamos “conciencia”, voz que nos indica, a través de ese dialogo dinámico que es el pensamiento, cuales son las diferencias entre lo bueno y lo malo, entre lo justo y lo injusto, entre lo verdadero y lo falso. Sólo cuando esa voz interior calla, o es enmudecida, seremos definitivamente banales, esto es, seres en condición de dejarse llevar por la voz altisonante del líder supremo que todo lo sabe, que todo lo piensa y en quien sólo necesitamos creer para alcanzar la redención sobre la tierra. Es por esa razón que la des-moralización desde el punto de vista teológico recibe otro nombre: demonización. Para que exista demonización se requieren, como en el Fausto de Goethe, dos entidades. El demonio que nos posee, y el personaje faústico; es decir, el demonio y el demonizado. ¿Y qué es el demonio desde el punto de vista teológico? En primer lugar, un vacío producido por la ausencia de Dios en el alma. Eso significa que si Dios se presenta en lo bueno que hay en cada uno, el demonio no se presenta como presencia sino como ausencia, es decir: como ausencia de bien. Luego, el ser banalizado es el ser vaciado de bien. Sólo a través de ese vacío (o vaciamiento) de las nociones del bien puede penetrar en plenitud la presencia del mal, presencia que sólo emerge frente a la radical ausencia del bien. Pero a la vez, y aquí reside la perversión final de cada proceso de banalización colectiva, la presencia del mal no se presenta en nosotros como mal, sino como bien supremo. O en otros términos: cuando perdemos la noción del mal, perdemos a su vez la noción del bien. Y al no poder o saber diferenciar entre la maldad y la bondad, caemos en la banalidad total, condición a su vez -ésta es la idea de H. A.- de la maldad radical representada en los campos de exterminio: el triunfo del principio de muerte (el mal) por sobre el principio de vida; el asesinato masivo configurado como un simple proceso de producción técnica del cual, en definitiva, nadie aparece como ejecutor total. Es en ese sentido que H. A. vio en los campos de concentración y de exterminio, o en la visión inerranable del Holocausto, aquello que Emmanuel Kant ni siquiera imaginó al acuñar el término del “mal radical” (1995). El mal total, o mal radical puede, a su vez, ser entendido desde la perspectiva de una teología negativa, que eso es al fin la demonología, como la demonización del humano entendiendo por demonización el proceso sistemático que lleva a la anulación pensante del ser (espiritualidad). Esa es, a la vez, una tesis de Hannah Arendt, tesis que fue desarrollada en profundidad en su libro Zwischen Vergangenheit und Zukunft (Entre el Pasado y el Presente). De acuerdo con H.A. es imposible establecer una relación de equivalencia entre ideología y religión (2000: 324) La razón es que mientras la ideología bloquea el desarrollo del pensamiento (espíritu) la religión, para que sea tal, requiere, más allá de sus rituales, de altas cuotas de espiritualidad. Creer en Dios es pensar en Dios, luego no podemos acceder a Dios fuera del pensamiento que es precisamente la instancia que anula cada ideología, sobre todo cuando esta ideología es impuesta desde un Estado total. Ahora, según H. A., una de las propiedades de las ideologías modernas (marxismo, fascismo, liberalismo) es haber eliminado el temor al demonio, o lo que es igual: la creencia en el infierno. El demonio y el infierno no son, por lo tanto, dos entidades materiales –y en ese punto Arendt está de acuerdo con la teología moderna- sino la negación del bien, negación que llegó en Alemania a radicalizarse hasta el punto que lo hechores de los crímenes más horrorosos no se reconocían ni ante sí mismos ni antes los demás como culpables. Con su ironía acostumbrada, dijo una vez H. A. al visitar Alemania, después de la guerra. “Ahora resulta que en Alemania nunca hubo un solo nazi”. “Si el demonio no existe, todo está permitido”, podemos decir invirtiendo la frase del Fedor Karamazov de Dostoyevski. Eso significa que sin la presencia amenazante del mal no reconocemos la posibilidad del bien, y al no poder diferenciar el mal del bien nos convertimos en seres no pensantes (banales). Como escribiera H. A. en su libro Ich will verstehen (Yo quiero entender): “Yo estoy segura que toda la catástrofe totalitaria no habría sobrevenido si la gente hubiera creído más en Dios, o por lo menos en el infierno” (1998: 85). Eso quiere decir que los hombres que llevaron a cabo el Holocausto no sólo eran seres que no conocían la noción del mal. Tampoco –y por lo mismo- eran capaces de sentir culpa. Y, por cierto, como ocurrió con Eichmann, no sabían pedir perdón. El Holocausto es la presencia real de la consumación del mal total, aquella que se expresa en el proyecto de convertir a los humanos en cosas superfluas que pueden y deben ser eliminados por un designio ideológico concebido por seres demoníacos. Ahora, que ese proyecto hubiese sido implementado no sólo por los más radicales malvados de la historia universal sino por seres humanos banales, no sólo no disminuye la radicalidad del mal. Por el contrario: la sobre-dimensionaliza hasta llegar a un punto donde, aún después del horrendo crimen cometido al pueblo judío, ni siquiera el pensamiento puede alcanzar la presencia del mal. Y no lo puede alcanzar porque la banalidad del mal presupone, en primera línea, la eliminación del pensamiento. O dicho así: el pensamiento no puede pensar lo que está afuera del pensamiento: la total, la absoluta, la radical banalidad del mal. La banalidad del mal no es, luego, un atenuante de la radicalidad del mal. Es, si se quiere, su complemento, su condición necesaria. Sin extrema banalidad la maldad radical no podría ser posible.
4. En crónicas después compiladas bajo la forma de un libro, H. A. creyó encontrar en Eichmann el prototipo representativo de la banalidad del mal. Que con su seriedad de gran historiador Hans Mommsen (1964: l- XXXll) hubiese descubierto después de la publicación del libro de H. A. que Adolf Eichmann no era el representante más adecuado de la banalidad del mal sino un gran actor que ante el juicio simuló ser banal con la esperanza de salvar su miserable vida, no devalúa en nada la idea de H.A. en el sentido de que su descripción de Eichmann corresponde, si no con Eichmann, con la biografía de miles de ciudadanos alemanes cuya conciencia fue minada desde el poder y cuya noción del bien fue sepultada bajo el peso de una ideología del mal. Miles de seres vaciados de sí mismos, individuos atomizados que dejaron de ser personas para convertirse en hordas, piezas de una maquinaria infernal puesta al servicio de la muerte colectiva. Los Eichmann, descubrió Hannah Arendt, pueden ser incluso muy inteligentes, prolijos y responsables en sus trabajos. Pueden cultivar incluso, y con gran dedicación, todas las llamadas virtudes secundarias (puntualidad, limpieza, orden, disciplina, etc.) Pueden ser, además, excelentes “jefes” de familia. Pero no saben o no quieren pensar. Y pensar, para H. A. - en ese punto sigue a Kant quien siempre hacía la diferencia entre el pensar y el entender- viene de una actividad, no de una pasividad del espíritu. Sólo a través del pensamiento activo –hay que repetirlo- podemos reconocer la diferencia entre el bien y el mal. H.A. vio en Eichmann lo que fueron muchos cómplices y actores del nazismo: un ser incapacitado para pensar y por lo mismo alguien que al no saber distinguir la diferencia entre el bien y el mal sólo podía funcionar, pero no vivir. Un funcionario, es decir, alguien que funcionaba y nada más. Sin esos seres funcionales ninguna dictadura totalitaria puede ser posible. Sin la horrible banalidad del mal –“frente a la cual la palabra falla y el pensamiento fracasa” (Arendt 1964:300) - el mal, en su expresión total y radical, nunca habría podido existir.

lunes, 4 de julio de 2011

Apología del Delito y traición a la patria


Por: Fernando Facchin B. - ffacchinb@gmail.com - “Difícil es templar en el poder a los que por ambición simularon ser probos” - Salustio - Adán Chávez ha declarado: “…conscientes de los peligros que nos acechan y seguros de que el enemigo no descansa: no podemos olvidar otros métodos de lucha". Citando al guerrillero Che Guevara dijo: "Sería imperdonable limitarse tan sólo a lo electoral y no ver otros métodos, incluso la lucha armada, para obtener el poder". De tal manera que, por una parte, Adán Chávez reconoce que el gobierno está perdido y por la otra, ante la desesperación que ello produce, invoca delitos de traición a la patria. Sus declaraciones son un atentado contra la institucionalidad del país y están enmarcadas en los delitos contenidos en los artículos 128, 129, 132 del Código Penal. La Apología del Delito, es una instigación (in)directa a delinquir y consiste en el hecho de excitar públicamente a la desobediencia de la leyes, al odio entre las personas e incitar al uso de la lucha armada para mantener el poder, ese es el llamado de Adán Chávez, ante la debilidad política del régimen y la consecuente decadencia de la dictadura chavista, en definitiva, la Apología del Delito, configura una actitud punible por parte del apologista por cuanto con su conducta instiga a la violencia fratricida. El penalista francés R. Garraud ha dicho: “La apología del delito perturba y pierde las conciencias, hace creer legítimo aquello que es ilegítimo, enseña a rebelarse contra la ley, hace considerar a los culpables como víctimas:” La apología es un delito que ofende al orden público, entendido éste como “la tranquilidad y confianza en el seguro desenvolvimiento pacífico de la vida civil”. La instigación de Adán Chávez ofende la conciencia ciudadana y es un delito de traición a la patria. La celestina impunidad rojita, no sancionará el llamado de Adán a la lucha armada, tenemos una justicia mediatizada al poder político para así mantener un control abusivo para hostigar a la sociedad entera bajo la premisa de que quien no sea activista de las ideas revolucionarias no tiene ideas y no merece respeto, éstas son expresiones anómicas que pretenden llevarnos a una anarquía social, donde no se presentan opciones sino desesperanza y nos exponemos al riesgo de un orden que venga impuesto desde afuera o por la vía de lucha armada, el irrespeto a los derechos constitucionales y humanos, producirá un estallido social, un golpe social ante la ceguera política de la clase autocrática. Por primera vez en la historia de Venezuela desde las altas esferas del poder se comete impunemente tamaño desafuero delictivo y ante ese ladrido de perro rabioso, tenemos un Poder Moral que carece de códigos morales y enerva el principio bolivariano que lo inspiró, ese poder amoral cobija la corrupción, la impunidad, la incuria, la incitación al odio y todo acto inmoral que vaya contra el respeto y la supervivencia humana, cobija descaradamente las transgresiones oficialistas que hacen apología del delito, ello nos lleva, en forma gradual, a la desintegración del país, lo que el noble pueblo venezolano no va a permitir bajo ningún concepto. El enemigo a vencer es de poca monta, el miedo lo ahoga. Las balandronadas de matón de barrio, son prueba fehaciente que hemos trazado una clara línea de unidad en demarcación precisa entre el vandalismo oficial y la sociedad democrática; la descalificación y la amenaza quieren decir que hemos alcanzado grandes logros en nuestra tarea política de rescate del país de las garras infames del chavismo y no olvidemos que la historia de la izquierda trasnochada y de los movimientos transformadores, revolucionarios, está llena de divisiones, disputas, escisiones, fracturas y peleas internas, está repleta de personajes "siniestros" y abundan los personalismos, protagonismos, autoritarismos, sectarismos, dogmatismos, cainismos y revanchismos. Vamos todos por Venezuela.

La música del año de tu nacimiento

sábado, 2 de julio de 2011

¿Buenos o justos?



Por: Juan Carlos Apitz - www.juancarlosapitz.com - twitter: @justiciapitz - El falso dilema de los venezolanos entre las izquierdas y las derechas del espectro político-ideológico puede resumirse en la interrogante que da título a nuestro artículo de hoy. Amartya Sen -un reconocido filósofo indio y premio Nobel de Economía- cuenta en su libro The Idea of Justice la siguiente metáfora: dos niñas y un niño discuten sobre quién de los tres debe quedarse con una flauta: Anne cree que debe ser suya porque ella es la única que sabe tocarla; Bob la quiere porque es pobre y no tiene nada más y, finalmente, Carla trata de convencer a sus amigos de que la flauta debe ser suya porque fue ella quien la fabricó. ¿Quién debería quedarse el instrumento? Los tres argumentos son válidos y contraponen distintas formas de fundamentar la justicia: la primera niña por su enfoque utilitario (al fin y al cabo, ella es la única que puede darle al instrumento el uso para el que se construyó; los demás, ni siquiera saben música); el niño, en cambio, apuesta por la igualdad (no tiene nada y con la flauta ya tendría algo) y, por último, Carla basa sus razones en la libertad, porque fue ella la artesana que decidió convertir un simple trozo de madera en un instrumento musical; es decir, nos encontramos con tres planteamientos: El utilitarismo (representado por Anna) es pragmático, hedonista (busca el placer del mayor número de personas) y teleológico (su fin es que los resultados sean buenos); pero este criterio también ofrece dos importantes lagunas: en primer lugar, es poco objetivo, porque ¿quién decide lo que es bueno y para quién? Y, en segundo lugar, su aplicación supondría una contradictoria forma de plantearse la justicia: cuando Robin Hood robaba a los ricos para dárselo a los pobres necesitados, su fin era bueno, práctico y había más beneficiados que perjudicados, luego la acción del famoso salteador de Sherwood habría sido justa -según la teoría utilitarista- y esta clase de robos tendrían que ser considerados buenos, lo cual no es cierto. Según el igualitarismo del niño (Bob), todos los seres humanos somos iguales por naturaleza, con independencia de nuestra raza, sexo, creencia, opinión, lugar de nacimiento u otras circunstancias personales; lo cual no impide que -en ciertas ocasiones- alguien reciba más recursos que los demás. Es la llamada discriminación positiva; por ejemplo, las subvenciones a los pobres en los servicios públicos esenciales. Las críticas a este argumento se centran en que tanta igualdad cohíbe la libertad de las personas, al tratarlas como parte de un colectivo, y evita que algunos miembros de la sociedad destaquen por sus habilidades o talentos. Con esta opinión en contra, la pregunta sería: ¿Para qué le vamos a dar la flauta a Bob si no sabe tocarla ni tampoco la ha fabricado él? Luego, el liberalismo del personaje de Carla, defiende el derecho absoluto de propiedad sobre nuestras posesiones (en este caso, ella fue quien hizo la flauta) y, por lo tanto, lo justo es que también se beneficie de su uso. Sus detractores acusan a esta teoría de defender un concepto ilimitado del derecho a la propiedad, su excesiva autonomía del individuo frente al Estado (el bienestar de cada uno depende sólo de sí mismo) y que consideren a la libertad como el valor más importante frente a la igualdad. ¿Es mejor un fundamento de la justicia que otro? La moraleja de la historia de Sen es que resulta difícil conciliar estas tres posturas; por ese motivo, el autor indio insiste en que lo importante es reconocer que la justicia obedece a una pluralidad de razones, que debemos compararlas para tratar de mediar y que las decisiones que se tomen se basen en el acuerdo. En fin, ya decía Víctor Hugo: Es fácil ser bueno; lo difícil es ser justo.

viernes, 1 de julio de 2011

Ha muerto la democracia


Por: Arcadio Hernández - http://www.codigovenezuela.com - La institucionalidad ya no existe en Venezuela. Era una certeza, ahora largamente confirmada por la ausencia prolongada del presidente, por la falta de información veraz, y por el simple hecho de que, con o sin Chávez, el país lleva casi un mes siendo el mismo de hace, justamente, casi un mes. ¿Quién se está encargando de gobernar a Venezuela? Esa es la pregunta que todos los venezolanos, sin excepción, tenemos semanas haciéndonos. Cuando todo el poder recae en un solo hombre, su falta genera confusión e intranquilidad profundas. El discurso que le ha quitado el sueño a los venezolanos en los últimos 12 años colocaba como protagonista de todos los males o a Hugo Chávez, o a la oposición. La propia versión oficial ha hecho del mismo artífice y protagonista de una gesta heroica gubernamental, de una guerra cuasi santa contra el ‘’imperio’’, ¡lo ha ungido caudillo! ¿Y ahora qué? Ahora nada. Ahora la historia nos demostró que la 5ta República es la autocracia de un hombre ¿dónde están las instituciones que deberían tomar las riendas del país, mientras el presidente se recupera? Es curioso como esa entelequia llamada ‘’nación’’ se mantiene cohesionada sin nadie que la gobierne, o siendo gobernada por actores y/o factores que no vemos, que no tenemos certeza de que existen. En una democracia real, los poderes del Estado tendrían el barco controlado, y ya habría un nuevo capitán. Navegamos en un barco que va a la deriva, no sabemos quién lo dirige. En este barco llaman la atención (y preocupan sobremanera) dos grupos de actores: -La silenciosa dirigencia opositora, que a través de la Mesa de Unidad parece buscar excluirse a sí misma de la grave coyuntura que vive el país. En palabras de su principal vocero, Ramón Guillermo Aveledo, manifestó su deseo de que se le transmita “…al país serenidad y certeza…”. Un mensaje muy bonito que tiene el trasfondo tétrico de quienes van montados en una nave sin querer darse por enterados de que su arribo a buen puerto está en peligro. -Y la tripulación, que probablemente a esta hora esté dividida en grupos y grupúsculos, entre los muy leales y los no tantos, corriendo de un ministerio a otro, uniéndose o separándose en función de diversos intereses, personales o colectivos. El grave peligro que vive la patria hoy es que, desde la propia revolución, y desaparecido el elemento aglutinante, la desintegración puede dar paso, sin mucho problema, a una pugna interna de dimensiones y alcances preocupantes. Y por otro lado, el contrapeso de esta balanza de poderes, la dirigencia opositora, da nuevamente muestras de estar sólo y únicamente preocupada de las elecciones del 2012, como si lo demás no importara, como si las masas hambreadas no existieran. Esperemos la recuperación total del “comandante-presidente”, si no veremos, y que quede en acta como mi humilde opinión, o un país sumido en el caos, o a un digno sucesor ungido por el propio CH y aupado, y de eso no tengo dudas, por la propia MUD “siempre y cuando vayamos a elecciones en el 2012”.

Las faltas temporales del Pdte. de la República


Por: Allan R. Brewer-Carías - La Constitución establece que el Presidente de la República puede separarse temporalmente del ejercicio de su cargo, lo que ocurre en todas aquellas circunstancias de hecho, de cualquier naturaleza que sean, en las cuales el Presidente se encuentre en la situación de hecho de no puede ejercer efectivamente el cargo. Es lo que la Constitución denomina como “falta temporal” al referirse a esas situaciones de hecho en las cuales el Presidente se encuentra separado del ejercicio del cargo por un tiempo. Como lo he expresado desde hace años “Una falta temporal puede consistir, por ejemplo, en ausencia por enfermedad o por un viaje dentro o fuera del territorio nacional”. Los Presidentes, como cualquier persona humana, se enferman, y por ello, deben permanecer a resguardo, curándose, lejos del control del ejercicio de sus funciones como Jefe de Estado y del Ejecutivo nacional; y en el mundo contemporáneo, con frecuencia viajan y se alejan efectivamente del centro del ejercicio de sus funciones. En todos esos casos, se está en presencia de faltas temporales, que como tantos acaecimientos propios de la persona humana, son en general situaciones de hecho, acaecimientos, que obligan a una persona a separarse de sus tareas ordinarias, que suceden, y que, con frecuencia, no se programan con anterioridad, es decir, no siempre se pueden planificar, ni se pueden “autorizar” previamente. Simplemente, en general, acaecen, y en muchos casos no pueden controlarse por la persona. Por supuesto, en muchos otros casos, la situación de hecho que produce la falta temporal puede efectivamente controlarse por la persona, de manera que puede anticipadamente programar su conducta. Un Presidente de la República previsivo, por ejemplo, si bien no puede como cualquier humano anticiparse a su estado de salud y programar cuando se va a enfermar, en muchos otros casos si puede programar su separación temporal del ejercicio del cargo, como sucede por ejemplo, cuando decide someterse a una operación quirúrgica o decide realizar un viaje. Lo que por supuesto, no siempre puede ocurrir, porque incluso en estos casos, la situación de hecho y la separación del ejercicio del cargo puede producirse de manera súbita, sin programación alguna, como sucede por ejemplo, con una operación quirúrgica de urgencia o de emergencia, o con un viaje imprevisto. Lo cierto, en todo caso, es que hay falta temporal, cuando una enfermedad o situación de salud imposibilita al Presidente estar en ejercicio efectivo de su cargo, y poder acudir efectivamente al lugar donde esta el centro de sus operaciones como Presidente. Los viajes fuera del asiento de los órganos del Poder Nacional como faltas temporales del Presidente de la República. Igualmente, habría falta temporal del Presidente de la República, en todo caso de viaje del mismo, cuando desde el punto de vista fáctico ello le impida ejercer efectivamente sus funciones como Jefe de Estado y Jefe del Ejecutivo Nacional, sea hacia que el viaje se realice hacia el interior del país o hacia al exterior del país, originando ausencia del territorio nacional. En cuanto a los viajes al interior del país, conforme al artículo 18 de la Constitución, si bien la ciudad de Caracas es el asiento de los órganos del Poder Nacional, conforme dicha norma ello “no impide el ejercicio del Poder Nacional en otros lugares de la República”. Por ello, el Presidente de la República al viajar por el territorio nacional no se considera separado del ejercicio de las funciones de su cargo, las que puede continuar ejerciendo en otros lugares del territorio nacional. Una falta temporal con ocasión de un viaje en el país, sin embargo, sólo se produciría si por alguna razón fáctica, natural, accidental o de emergencia, el Presidente se encontrase aislado sin poder por ejemplo, comunicarse. En cuanto a los viajes al exterior, en cambio, todos constituyen una “ausencia” del Presidente del territorio nacional y del ejercicio de su cargo, es decir, todos constituyen faltas temporales del Presidente de la República. El ejercicio del Poder Nacional conforme a la Constitución, incluyendo el Poder Ejecutivo, no se puede ejercer sino en el territorio de la República, en principio, en la asiento de los órganos del Poder nacional, que es la ciudad de Caracas, o en otros lugares de la República (art. 18, Constitución), pero nunca en el exterior. El Presidente de la República, por tanto, cuando viaja al exterior, es decir, fuera del territorio nacional, se separa temporalmente del ejercicio de su cargo, situación respecto de la cual tiene entera libertad de decidirla, en el sentido de no es libre de ausentarse en viajes al exterior, cuando y como quiera y, por tanto, colocarse en situación de falta temporal en el ejercicio de sus funciones. De acuerdo con la Constitución, si el viaje al exterior, es decir, la ausencia del territorio nacional por el Presidente, se prolonga por un lapso superior a cinco días consecutivos, los artículos 187.17 y 235 le imponen la necesidad de obtener la autorización de la Asamblea Nacional. Como toda autorización, que es distinto en derecho a una “aprobación”, por supuesto, el acto de la Asamblea tiene que emitirse previo a que ocurra la ausencia, no ex post facto. Lo importante a destacar en esto, sin embargo, es que la autorización de la Asamblea Nacional en esos casos de viajes al exterior, no es un condicionante en forma alguna para que la falta temporal se produzca. La autorización de la Asamblea no es una autorización para que se de la situación de falta temporal del Presidente. Esta se produce en forma automática, independientemente de que haya o no la autorización de la Asamblea nacional. La autorización legislativa es simplemente una de las tantas funciones de control político que ejerce la Asamblea Nacional respecto del Poder Ejecutivo. Otras autorizaciones de este tipo son, por ejemplo, la relativa al nombramiento de funcionarios diplomáticos (art. 187.14), el empleo de misiones militares (art. 187.16) y el enjuiciamiento del Presidente de la República (art. 266.2). La importancia de la autorización legislativa para la ausencia del territorio nacional resulta, además, del hecho de que en caso de receso de la Asamblea, la misma debe darla la Comisión Delegada (art. 196.2). Por tanto, en todo caso de viaje al exterior, es decir, de ausencia del Presidente del territorio nacional, independientemente de su lapso y de que se haya o no obtenido autorización de la Asamblea Nacional, hay siempre una falta temporal del Presidente. Es decir, independientemente de si el viaje es por un día, o por cinco días, o por un lapso superior a cinco días, siempre la ausencia del territorio nacional produce la situación de falta temporal del Presidente. Como se dijo, la situación de falta temporal es una situación fáctica que en estos casos de viajes fuera del territorio nacional se produce con el viaje en si mismo, es decir, con la ausencia del territorio. La forma de suplir las faltas temporales del Presidente de la República. De acuerdo con lo dispuesto en el artículo 234 de la Constitución, las faltas temporales del Presidente de la República, son suplidas automáticamente por el Vicepresidente Ejecutivo, sin necesidad de “acto” oficial, formal o protocolar alguno, y sin necesidad de que se “juramente” ante órgano alguno. Esa es, precisamente, una de sus atribuciones conforme al artículo 239.8 de la misma Constitución, la de “suplir las faltas temporales del Presidente”, la cual conforme lo explicó la “Exposición de Motivos” de la Constitución, el Vicepresidente ejerce “al ser el suplente formal del Presidente de la República en las diferentes hipótesis de faltas tanto absolutas como temporales que contempla el texto constitucional,” pero teniendo en cuenta que esta figura en la Constitución no fue concebida como “el típico cargo que tiene la función de resolver la sucesión presidencial por la ausencia temporal o absoluta del Presidente de la República. Más que ello, el Vicepresidente es una institución que comparte con el Presidente el ejercicio de su jefatura de gobierno y responde políticamente por la gestión general del gobierno frente al Parlamento,” considerándose que las funciones que le otorga la Constitución al Vicepresidente “son esenciales para el normal desenvolvimiento del Ejecutivo Nacional”. En consecuencia, producida una falta temporal del Presidente de la República, de cualquier naturaleza que sea, el Vicepresidente la suple automáticamente, siendo ello su atribución constitucional directa, sin necesidad de que nadie lo autorice a ello, y sin necesidad de que se juramente para ello ante nadie. Desde que comenzó a ocupar el cargo de Vicepresidente, éste prestó el juramento de ley, de cumplir fielmente sus atribuciones, entre las cuales está expresamente, suplir las ausencias temporales del Presidente de la República; por lo que producida una situación de falta temporal, como la producida por la ausencia del Presidente de la República del territorio nacional, nadie tiene que decirle al Vicepresidente que supla la falta temporal, y a nadie tiene que notificárselo. Sin embargo, la suplencia por el Vicepresidente de las faltas temporales del Presidente de la República tiene un límite constitucional, y es que sólo puede extenderse por un lapso de “hasta por 90 días.”Al vencerse este lapso de 90 días, la Asamblea Nacional es entonces llamada de nuevo por la Constitución (art. 234) a ejercer el control político sobre el Poder Ejecutivo, y debe decidir en alguna de estas dos formas: En primer lugar, al vencerse el lapso constitucional de 90 días, dice la Constitución, “si una falta temporal se prolonga por más de 90 días consecutivos, la Asamblea Nacional debe decidir por mayoría de sus integrantes si debe considerarse que hay falta absoluta,” en cuyo caso se daría el supuesto de abandono del cargo declarado por la Asamblea Nacional (art. 233). En segundo lugar, la Asamblea Nacional también tiene la autorización constitucional para prorrogar el lapso inicial de 90 días de falta temporal del Presidente “por 90 días más,” de manera que en este caso también, al concluir la prórroga de 90 días, es decir, cuando la falta temporal sea de 180 días, se produce automáticamente la situación de falta absoluta del Presidente de la República.
Algo sobre la situación actual en Venezuela (Junio 2011)
1. El Presidente de la República se ausentó del territorio nacional el día 5 de junio de 2011 en un viaje oficial hacia Brasil y Ecuador.
2. Con tal motivo, cualquiera que haya sido el motivo del viaje, e independiente del tiempo de permanencia en el exterior, y de si se obtuvo o no autorización previa o posterior de la Asamblea Nacional para permanecer en el exterior, se produjo una falta temporal del Presidente de la República, que desde el 5 de junio de 2011 suple el Vicepresidente Ejecutivo.
3. En esa situación de ausencia del territorio nacional y de ausencia temporal, el Presidente de la República está impedido, desde el exterior, de ejercer sus funciones de Jefe del Ejecutivo Nacional, porque ausente del territorio nacional, está separado de su cargo. Si estuviese en misión oficial en el exterior, podría en cambio y, por supuesto, ejercer sólo sus funciones de Jefe de Estado al representar a la República ante la comunidad internacional. Esto significa, que el Presidente de la República no puede como jefe del Ejecutivo Nacional despachar desde el exterior. En esa función lo suple el Vicepresidente Ejecutivo.
4. Por tanto, desde el día 5 de junio de 2011, el Vicepresidente Ejecutivo se encuentra supliendo la falta temporal del Presidente de la República, hasta por un lapso de 90 días. El Vicepresidente Ejecutivo no puede negarse a ejercer la suplencia de la falta temporal del Presidente. Es una obligación constitucional que no puede eludir, y de lo contrario, debería considerare como falta en el ejercicio de las atribuciones de su cargo.
5. El lapso de hasta 90 días máximo de una falta temporal del Presidente que puede ser automáticamente suplido por el Vicepresidente Ejecutivo, comenzó el día del inicio de su viaje, es decir, el día 5 de junio de 2011. A su vencimiento, la Asamblea nacional está en la obligación de decidir si prorroga el lapso por otros 90 días, o si considera que la situación planteada es una falta absoluta.
6. En caso de que la falta temporal del Presidente de la República, por cualquier motivo, se convierta en una falta absoluta, si esa situación se produce durante los últimos 2 años del período constitucional (el actual período comenzó en 2007 y concluye en 2012), el Vicepresidente Ejecutivo debe asumir la Presidencia de la República hasta completar el mismo (art. 233).
Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta - ARISTÓTELES

El discurso


EDITORIAL ANALITICA - editor@analitica.com - El propio Presidente Chávez pone punto final a las especulaciones y revela el delicado estado de su salud. Es lamentable que se haya disimulado por tanto tiempo la verdad y que la desinformación se impuso creando ese clima malsano de rumores en uno u otro sentido. El discurso del Presidente Chávez pone punto final a las especulaciones y revela el delicado estado de su salud. Su mensaje es que de nuevo vencerá a la adversidad pero no señaló cuando retornaría a Venezuela, lo cual es lógico, vista la complejidad de su situación personal. Queremos expresar nuestra solidaridad con el Presidente Chávez en estas difíciles circunstancias personales. Sin embargo, creemos que es indispensable que se cumpla con lo que contempla la Constitución y que el Vicepresidente asuma la presidencia hasta la total recuperación del jefe de Estado. No es humanamente posible luchar para vencer la enfermedad y al mismo tiempo ocuparse, desde La Habana, de la compleja realidad del país. Este es un momento en el que debería reducirse la pugnacidad y tratar de abordar conjuntamente los problemas. El gobierno no puede por si solo resolver las crisis de la inseguridad, penitenciaria, eléctrica, sanitaria y económica. Hoy más que nunca la gran mayoría de los venezolanos desean que haya concordia y paz y para ello es indispensable que el gobierno entienda que no son los únicos dueños de la verdad y que se necesita el concurso de todos, sin exclusiones, para resolver la difícil situación por la que actualmente atraviesa el país.

Chesterton

Un radical generalmente significa un hombre que pensó que podía de alguna forma arrancar la raíz sin afectar la flor G. K. Chesterton