martes, 4 de septiembre de 2018

La verdad sobre el Titanic


Lo que se siembra, se recoge

Una historia real, sucedió en 1892 en la Universidad de Stanford, Estados Unidos.

Un joven huérfano de 18 años tenía problemas económicos y no podía financiar sus estudios. Entonces, junto con su amigo, decidieron montar un recital para conseguir fondos para su educación. Ellos contactaron con Ignacy J. Paderewski un afamado pianista en ese entonces. Hablaron con su agente y acordaron que tenían que pagarle $2000 dólares por el recital.

Pocos días después el recital se dio a cabo en la Universidad de Stanford pero lastimosamente los dos estudiantes no pudieron vender suficientes boletas y sólo lograron recaudar $1600 dólares. Buscaron a Paderewski, le explicaron lo sucedido y le dieron los $1600 dólares y un cheque de $400 dólares por lo que restaba con la promesa de conseguir el dinero lo más pronto posible.

Paderewski se rehusó a recibir el dinero y el cheque y les dijo: “Tomen el dinero, recuperen lo que invirtieron en el recital, paguen sus estudios y me envían lo que haya sobrado de ese dinero”. Los estudiantes le agradecieron profundamente.

Años más tarde, Paderewski sería nombrado presidente de Polonia y para su mala suerte la Primera Guerra Mundial comenzó dejando a Polonia completamente devastada y con su pueblo muriendo de hambre. Paderewski no sabía a quién pedir ayuda, así que se comunicó con el Departamento de Alimentos en Estados Unidos el cual tenía como director a un tal Herbert Hoover, el mismo que sería nombrado presidente años después. Hoover al recibir el pedido de Paderewski envió toneladas de comida y ayuda a Polonia, la cual ayudaría a salvar a los polacos de la catástrofe.

Tiempo después, Paderewski quiso agradecer personalmente a Hoover por la ayuda recibida y viajó a Estados Unidos. Una vez ahí, se reunió con Hoover y cuando comenzaba a darle las gracias, Hoover le interrumpió y le dijo: “No tiene nada que agradecerme Señor Presidente. Quizás no lo recuerde pero muchos años atrás usted ayudó a unos estudiantes a financiar sus estudios con un recital de piano y yo era uno de esos estudiantes.”

Hacer actos buenos sin esperar ninguna recompensa es indudablemente una acción caritativa de un hombre con alta moralidad y virtud. La amabilidad y compasión genuinas brillan a través de las edades y no se desvanece con el paso del tiempo.

La mayoría de las personas sólo piensan: "Si le ayudo, ¿qué recibo yo?" Las mentes superiores piensan: “Si yo no los ayudo, ¿qué pasará con ellos?"