viernes, 24 de agosto de 2018

Preso en Holanda

David Morales Urbaneja- @Davidovich_9

<p>Celdas de la cárcel de Zaanstad, Holanda.</p>
Celdas de la cárcel de Zaanstad, Holanda.

Son las 11.30 en el centro penitenciario de Zaanstad, a apenas 13 kilómetros de Amsterdam. Paul (nombre ficticio) lleva un rato en el patio, pero se ha cansado de estar con sus compañeros y prefiere regresar antes de la hora estipulada. Cuando entra en su módulo, lo único que se escucha es la música que otro reo tiene puesta en su calabozo. Paul no le presta atención, ni siquiera lo saluda. Pasa al lado de una mesa de ping-pong y se dirige directamente a su celda, identificada con su nombre y una foto suya a la derecha de la puerta. Él mismo saca una llave del bolsillo y la mete en la cerradura. Su carcelero, Johnny (nombre ficticio), lo para antes de que le dé tiempo a entrar:

“Espera, espera, ¿te importa posar para una foto? Es para un periodista, sería por detrás y no se te vería la cara”.
Paul se detiene, duda un par de segundos y responde:
“¿Puedo ponerme algo por encima? No quiero que me reconozcan.”
El carcelero: “Vale, ve.”
El reo entra, se pone una chaqueta negra con su capucha, sale e introduce otra vez la llave en la cerradura. El fotógrafo se coloca detrás y aprieta el disparador.
“Clic, clic.”
Carcelero: “Bien, ahora abre despacio.”
Paul le hace caso, gira la llave y tira, entreabriendo la puerta sin necesidad de usar el manillar.
“Clic, clic.”
Carcelero: “Vale, es suficiente, gracias”.

Este reo forma parte de un proyecto que se ha extendido a la mayoría de cárceles holandesas: los presos reciben las llaves de sus propias celdas y tienen cierta autonomía para entrar y salir de ellas. 

“La idea en Holanda es evitar la reincidencia de los detenidos y comprometerse con su reinserción. 

No se les ‘hospitaliza’, sino que intentamos que sean lo más autosuficientes posible”, explica la subdirectora de la cárcel de Zaanstad, Frederique Leeman.

El asunto es el siguiente: los carceleros gastan una enorme cantidad de tiempo abriendo y cerrando celdas cada vez que los detenidos vuelven del patio, la sala de recreo, el gimnasio, etcétera. Esto les crea una dependencia que poco tiene que ver con la vida que se encontrarán fuera de los muros, cuando terminen su condena. Al recibir la llave, los reclusos pueden regresar sin necesidad de pedirle permiso a nadie. Las autoridades penitenciarias tienen potestad para quitársela si detectan un mal uso.

El preso no puede encerrarse en la celda ya que la llave sólo funciona desde el exterior. Además, “no es que puedan usarla a cualquier hora del día, sólo a las horas que les permite el programa”, puntualiza Leeman. Se refiere a los horarios que están colgados en las oficinas de los funcionarios. 

Varían por día y tienen actividades de todo tipo: trabajo manual, comidas, deporte, actividades religiosas, fitness, biblioteca, régimen de visitas…. Se reparten entre las 7.45 y las 17.00. Los presos que demuestren buen comportamiento tienen un programa extra nocturno dos veces a la semana. 

Fuera de esos horarios, las celdas permanecen cerradas con sus inquilinos dentro. Los carceleros tienen una llave maestra que les permite abrirlas siempre que sea necesario.
La idea en Holanda es evitar la reincidencia de los detenidos y comprometerse con su reinserción. No se les ‘hospitaliza’, sino que intentamos que sean lo más autosuficientes posible
Johnny lleva 17 años trabajando en el sistema penitenciario neerlandés y ve con buenos ojos el experimento. En la prisión de Zaanstad empezó a aplicarse en octubre del año pasado y “la relación con los detenidos ha mejorado”, asegura. Antes de llegar a Holanda, en 1999, trabajó cinco años en cárceles de Curazao. “Lo de aquí es un paraíso comparado con aquello. Allá podía haber entre 12 y 15 personas por celda, acá una o dos”, aclara en un español más que decente.


El detalle de las llaves es, en realidad, una medida más de un programa macro cuyo objetivo es preparar a los presos para su vuelta a la sociedad. Las autoridades penitenciarias tratan con ellos asuntos como dónde vivirán cuando salgan, en qué trabajarán y les dan consejos para organizar sus finanzas e incluso sus deudas. 

Todos esos elementos deben prepararse sin esperar al final de la condena y “dentro de los muros de la prisión”, indica la subdirectora del centro de Zaanstad, que incide una y otra vez en una palabra: reinserción.

El proyecto de las llaves empezó aplicándose en 2014 en la prisión de Dordrecht, en el suroeste de Holanda, y desde entonces se ha extendido sin hacer mucho ruido a la mayoría de los centros del país. Sin embargo, no todo han sido voces a favor. “Hay muy poca supervisión", se quejó Rob Minkes, presidente del Comité de Empresa del Servicio de Instituciones Penitenciarias, en el periódico Algemeen Dagblad. Los reclusos tendrían cada vez más contacto entre ellos y menos con los funcionarios, aumentando así el riesgo de trapicheos de droga dentro de la cárcel. “Aún no se ha investigado bien si existe un efecto positivo sobre el comportamiento de los detenidos”, aseguró Minkes.


El propio Servicio de Instituciones Penitenciarias respondió a las pocas semanas con un informe publicado por la agencia de noticias ANP. En él se aseguraba que la experiencia está siendo positiva y que el número de incidentes ha sido relativamente pequeño en comparación con los beneficios obtenidos. Los carceleros, al no perder tanto tiempo en la apertura de celdas, pueden concentrarse en otras labores más importantes.

La ratio de presos más baja de toda Europa

Holanda tiene la ratio más baja de presos de toda la Unión Europea, según las últimas estadísticas (2015) que maneja el Consejo de Europa: 53 reclusos por cada 100.000 habitantes, menos de la mitad que España (138) por ejemplo. La caída fue espectacular entre 2005 y 2017, pues se pasó de 14.468 reos a 8.346, según el ministerio de Justicia neerlandés.

Un vistazo a los datos de la Oficina Central de Estadísticas de Holanda ayuda a entender estas cifras. Para empezar, el número de delitos cometidos entre 2005 y 2015 se ha desplomado un 43%. Eso ha ayudado a reducir la sensación de inseguridad de los ciudadanos un 36% en el mismo periodo.

Por otro lado, los jueces holandeses optan con mayor frecuencia por sancionar algunos delitos con servicios comunitarios (30.000 en 2015) en comparación con los españoles (17.220 en el mismo año). 

Entre los trabajos que deben hacer están ayudar en las cocinas de los asilos, limpiar las calles, eliminar grafitis y trabajar en los jardines públicos. Los sancionados deben vestir un chaleco naranja cuando hacen estas labores y es común verlos en las ciudades holandesas.

Hay más. En algunos casos, los detenidos pueden cumplir la prisión preventiva o los últimos meses de condena en arresto domiciliario, a condición de que lleven una tobillera electrónica que controle sus movimientos las 24 horas. 3.500 personas las llevaron en 2017, aligerando la población carcelaria.


Ojo, porque no todo es laxitud en este pequeño país del norte de Europa. Holanda admite en su código penal la cadena perpetua, que actualmente la cumplen 33 personas. La última fue la de Eshetu Alemu, un holandés nacido en Etiopía que cometió crímenes de guerra durante la dictadura de Hailé Mariam Mengistu en los años 70, y que llegó a Holanda como refugiado en los 90 sin que las autoridades supieran de sus delitos.

La aplicación de la cadena perpetua le ha valido a Holanda las críticas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. El Gobierno introdujo el año pasado un programa para evaluar la posible reinserción de esos reos después de 27 años de condena. Si demuestran que ya no son un peligro para la sociedad, se considerará su indulto.

Cierre de cárceles por falta de presos

Holanda ha cerrado 19 cárceles en los últimos cuatro años y el actual Gobierno anunció en junio que tiene pensado clausurar otras cuatro más. “Dejarlas abiertas les costaría a los contribuyentes millones de euros cada año. Ese dinero se podría gastar en otras políticas, como reducir la reincidencia”, explicó el ministerio de Justicia en un comunicado. Los cierres también echan mano de un pequeño truco. Un programa de austeridad aplicado por el Gobierno anterior posibilitó que cada vez más frecuentemente dos presos ocupasen una celda, cuando lo habitual antes era un reo por calabozo.
¿Qué hacer con las cárceles vacías? En un país donde las iglesias se reconvierten en librerías y cervecerías por falta de feligreses, el cielo es el límite
¿Qué hacer con las cárceles vacías? En un país donde las iglesias se reconvierten en librerías y cervecerías por falta de feligreses, el cielo es el límite. El Estado las ha transformado para cubrir necesidades urgentes, pero también se ha dejado llevar por el mercado. A saber: algunas han acogido a refugiados que no encontraban un lugar donde vivir, otras se han convertido en espacios recreativos, hoteles de lujo, o se han alquilado a Noruega o Bélgica, países que lidiaban con sobrepoblación carcelaria. Trasladaron a algunos de sus presos a prisiones holandesas vacías para que cumpliesen allí su condena.

Diferente es el destino de la prisión de Bijlmerbajes, en Amsterdam. Cerró en 2016, pero está previsto que se convierta en un área residencial con 1.350 viviendas. Sus enormes torres, antaño utilizadas para vigilar a los reclusos en el patio, se transformarán en residencias estudiantiles. La constructora asegura que reutilizará el 98% del material del centro penitenciario.
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