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lunes, 25 de julio de 2016

El país que ignoró la historia

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Por: Fabricio Ojeda
Periodista

Pan con mantequilla y café con leche. Huevos fritos con arepa y queso rallado. Arroz y caraotas. Espagueti con sardina.
 
Esas eran algunas de las opciones más asequibles para desayunar o cenar en Venezuela durante la mal llamada "cuarta república".
 
Cualquiera podía comer eso.
 
El mito de que la gente ingería perrarina es una mentira repetida mil veces por la plaga roja que arrasó al país, fundamentada en una nota que publicó la revista Producto en 1990, que se basaba en un supuesto boletín de prensa de diez líneas del que no se dice la procedencia, sin fuentes directas ni testimonios que corroboraran lo que allí se afirmaba.
 
Durante mi niñez, adolescencia y juventud siempre viví en zonas populares, trabajé por salario mínimo, recorrí pueblos y barriadas, y nunca supe de alguien que consumiera perrarina.
En la parroquia El Valle, donde residí y estudié durante años, tuve amigos que preferían nutrir a sus mascotas con bofe, asadura, huesos rojos, pellejos y hasta pescuezos de pollo, mezclados con arroz partido, pues la comida industrializada para perros era mucho más costosa.
 
Cierto que había desigualdades, pobreza, corrupción, pero nunca esos vicios sociales se habían acrecentado como ahora, cuando lo percibimos diariamente en las colas para comprar alimentos, en la escasez de medicinas, en el estado ruinoso de nuestros hospitales.
Para “matar el hambre” era más fácil comprar una bolsa de pan, una panela de margarina, un litro de leche, un cuarto de kilo de café y medio kilo de azúcar, o un kilo de pasta y sardina enlatada.
 
Hoy, en pleno “socialismo del siglo 21”, ni eso se puede. ¿Dónde -y a qué precio- conseguimos pan, leche, margarina, café, azúcar? ¿Cuánto cuesta un kilo de cualquier grano? ¿Una lata de sardinas o de atún? ¿Cuánto un pedazo de queso blanco? ¿Dónde están el arroz y la harina de trigo o de maíz?
 
Todo esto (y solo hablamos del hambre) nos está ocurriendo por desconocer la historia, por creer en caudillos de uniforme militar.
 
En 1998, cuando el resentido teniente coronel que se dio a conocer con una sangrienta intentona golpista era un "héroe" que los venezolanos llevaron al poder, ya eran muchos los países que –habiendo sufrido durante décadas las penurias del marxismo leninismo- se habían quitado ese yugo de encima.
 
Tras la caída de la todopoderosa Unión Soviética (que enviaba hombres a la luna, construía armas nucleares y mantenía uno de los mayores ejércitos del mundo, pero tenía a la gente haciendo cola para adquirir productos esenciales) y el consecuente efecto dominó en el bloque comunista de Europa del este, nadie con tres dedos de frente podía pensar que la pesadilla se repetiría en algún otro lugar del planeta.
 
Creíamos que el mundo había aprendido la lección.
 
Pero no. Fuimos nosotros, los venezolanos, los que olvidamos a las multitudes que saltando muros y alambradas, se libraban de largos períodos de opresión comunista. Borramos de la memoria esos pueblos que derribaron las estatuas de los “salvadores de la patria”, que juzgaron o fusilaron a dictadores disfrazados de redentores, que se adueñaban para siempre del mando.
 
Fuimos los venezolanos quienes -ignorando a los cubanos que desafiaban a los tiburones para huir de la isla caribeña convertida en cárcel- caímos por inocentes, al pretender ingenuamente que una cáfila de militares y políticos rencorosos construiría aquí un oasis de progreso, igualdad, justicia social, solidaridad y honestidad.
 
Y no solo fue el denominado “pueblo llano” el que se tragó el cuento.
 
Muchos representantes de los sectores pudientes, “estudiados”, intelectuales y "progresistas", también creyeron en el comandante golpista. Tozudos ante las advertencias, negaban la evidencia histórica mundial, alegando que “Venezuela no es Cuba” y que nuestro país, “rico y petrolero”, nunca llegaría a la situación deplorable que exhibimos hoy.
 
Y miren, pues: llegamos al llegadero. Gracias a esa ceguera, terquedad y candidez tocamos fondo. Ahora pasarán años para que salgamos nuevamente a flote, si es que somos capaces de expulsar del poder a los timadores que nos llevaron a la ruina.
 
Cuando rescatemos a Venezuela tendremos que nadar mucho para llegar a la otra orilla.
Esa orilla donde al menos podamos llenar el estómago con pan, margarina y una taza de leche caliente con café.