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miércoles, 22 de junio de 2016

La Hormiga

La hormiga

[Cuento. Texto completo.]

Marco Denevi




Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de identificarlo con el Gran Universo. Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba... luz... jardín... hojas... verde... flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)


FIN

Burla a los fantasmas de la historia


Por: José Luis Zambrano Padauy - @Joseluis5571 -
Director de la Biblioteca Virtual de Maracaibo “Randa Richani”


Nuestro país tiene un raro olor a subterfugio. Se tensa en la piel esa empalagosa sensación a calamidad, con el gotero indeseable de la agonía de quienes van al cadalso; el paredón de la despiadada congoja del hambre, repartida a las masas con el descomunal esquema del engaño.

Las radicales apetencias gubernamentales sobrepasan las esferas de esta dimensión. Se afanan en sus tretas por regalar polémicas en los medios, culpar en su opereta al más ingenuo y ensartar implacables y descarados dictámenes en la balanza desequilibrada de la justicia venezolana.

Pero la maniobra más sombría de su libreta socialista son los rictus a costa de la salud espiritual del país. Sus andanzas hurgando donde nos se les ha invitado, ha llegado al extremo de intervenir la paz del sepulcro, con el furor abrupto de lo demoníaco y lo inapropiado.

La profanación de los restos de Bolívar fue su inicial transitar por lo sacrílego. La violación sepulcral llevaba la idea de hacer una ronda demoníaca y jugar en el complicado escenario de las circunstancias, para evitar el derrumbe del poder, dejando de lado la aprobación divina y circunscribirse a la elemental argucia del maligno.

Se dice que aquella herejía tenía el alegato de desentrañar la verdad sobre la muerte del Libertador; que sirvió para mostrar su verdadera catadura y detallar su faz, confiriendo un nuevo retrato del padre de la patria con rasgos zambos como los de Chávez, cuando todos sabemos de su innegable origen español.

Hoy sus ceremonias allanan la tranquilidad de las tumbas de Isaías Medina Angarita y Rómulo Gallegos, precisamente cuando les zumban en el oído de la estabilidad, las protestas por falta de alimento, los esfuerzos por concretar el referéndum revocatorio y la petición en la OEA por la activación de la Carta Democrática.

La maquinación de paleros, brujos, babalaos, expertos de la baraja, prestidigitadores y taimados escrutadores del destino debe centrarse en este momento en evitar la caída estrepitosa de este gobierno, que llega a los extremos del abuso de su dominación y sus remiendos de la crisis ya no aguantan una zurcida más.

Violentar las tumbas como por capricho esotérico sólo le da compases fúnebres a un mandato con acta de defunción. Miembros del gobierno trataron de negar con altanería esta nueva profanación, mientras los desconcertados familiares de sendos personajes de nuestra historia, mostraban fotos de sepulcros abiertos por las redes sociales y en su confusión no sabía sin mover los restos de estos ex presidentes, exhumarlos o esperar al cambio de las realidades nacionales.

Entretanto, el ciudadano no come de cuentos y tampoco de alimentos, por ello ha salido a la calle a reclamar con estruendo su ansiedad, mientras el CNE borra firmas para el referéndum con la voluntad del retardo y busca la validación en su complicada agenda de estipulaciones sin sentido, olvidando que cada rúbrica fue estampada con la convicción de los esperanzados por una salida no violenta a este disparatado sistema.

Desconozco si es real que desde aviones los hechiceros del gobierno lanzan polvillos para apaciguar al pueblo; si el ateísmo es mayor al amor comunista o si los billetes tienen la ilustración de seres de ultratumba del mal y no los patriotas de antaño; sólo estoy claro que la arbitrariedad se les ha ido tan de las manos, que el caos estremecedor lleva el sello de la estampida social y en cualquier momento puede darse un cambio no planificado; peligroso, grotesco e incierto para todos.

Festina Lente

Festina Lente: Apresúrate Lentamente.

La sabiduría encerrada en la máxima festina lente cautivó a sucesivas generaciones. Podría escribirse, de hecho, un largo tratado sobre su uso en diferentes épocas. Su celebridad moderna se debe no tanto a Augusto como a Aldo Manucio y a Erasmo. El gran editor veneciano tomó este adagio como máxima de su imprenta y la estampó en la portada de sus ediciones bajo la forma de un emblema compuesto por un delfín enroscado en torno a un ancla. Este motivo traduce gráficamente el motto latino representando el mamífero marino la celeridad y el ancla la lentitud. Así aludía Manucio al cuidado trabajo con que sus ediciones eran preparadas. El motivo es antiguo, extraído -según Erasmo- de una medalla del emperador Tito.


El emperador romano Augusto citaba con frecuencia esta frase, pero fue Erasmo de Rotterdam quien la inmortalizó en su libro Adagios

Al respecto escribió:


Si consideras el vigor y la riqueza expresiva encapsulada en tan pocas palabras, tan fecundas, tan serias, tan útiles, tan ampliamente aplicables a todas las situaciones de la vida, fácilmente consentirás en que entre tantos proverbios no hay ningún otro más merecedor de ser inscripto en toda columna, de ser copiado sobre la entrada de todos los templos (¡y en letras de oro!), pintado en las grandes puertas de las cortes de los príncipes, grabado en los anillos de los prelados y representado en los cetros de los reyes.

Erasmo creía que esta frase puede interpretarse de tres maneras: 


Primero, en el sentido de que antes de tomar una decisión uno debe meditarla cuidadosamente, pero una vez elegido un curso de acción, el mismo debe seguirse con resolución y celeridad.  

Segundo, en el sentido de que es necesario moderar las pasiones por la razón.  

Tercero, en el sentido de que debe evitarse esa excesiva prontitud que es considerada una gran virtud por todos aquellos que ven en cualquier demora un retroceso.

Para Erasmo, quien siga esta máxima siempre actuará en el momento adecuado y en la medida justa. Su vigilancia evitará que sea demasiado lento y su paciencia, que se apresure más allá de lo conveniente.