mover

mover

viernes, 3 de junio de 2016

Una batalla desigual (En sus conciencias quede y que La Justicia Divina dé cuenta)

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Miguel Velarde - @MiguelVelarde

Oliver quería ser bombero, ese era su sueño. Pero para alcanzarlo, debía superar primero el linfoma no Hodgkin que le fue diagnosticado en septiembre pasado. No lo logró.
Su imagen se hizo famosa en febrero de este año, cuando en una de las muchas protestas que ocurren diariamente en Venezuela, apareció un pequeño niño de solo 8 años, con la cabeza rapada y un barbijo blanco que le cubría gran parte de la cara. En sus manos cargaba un cartel sobre el que había escrito de puño y letra un mensaje al mundo: “Quiero curarme. Paz. Salud.”
La situación del sistema de salud en el país es crítica. Se caracteriza por la ausencia de medicamentos, de equipos y de camas en los centros de salud. La escasez en algunas medicinas llega hasta el 90%. Las condiciones de muchos hospitales son de terror, como hace pocos días reseñó The New York Times en un reportaje especial sobre el tema. El de la salud es otro síntoma más de la tragedia general que envuelve a los venezolanos.
A pesar de que esta situación ya es conocida por la opinión pública, la historia de Oliver Sánchez le puso un rostro a esta desgracia. Miles de niños enfermos son víctimas y muchos sucumben ante esta realidad.
Oliver y su familia no se rindieron fácilmente. Su cruzada fue intensa y Sánchez recibió medicamentos de la sanidad pública, de hospitales y de donaciones particulares. Cumplió seis ciclos de quimioterapia hasta que el contagio de una bacteria en el hospital Elías Toro, en Caracas, le causó una meningitis.
Tras convulsionar dos veces y recorrer hospitales en busca de un cupo en terapia intensiva lo llevaron a una clínica privada, donde entró en coma hace 10 días.
Allí, Oliver perdió una batalla muy desigual. Una en la que un niño de solo 8 años, enfermo de cáncer, se enfrentó hasta donde pudo a un modelo corrupto, un sistema de salud quebrado e incluso la indiferencia de mucha gente. Su madre contaría, al día siguiente de su muerte, que vio a su hijo “apagándose poco a poco”.
Con historias como la de este niño –que disfrutaba imitar a Michael Jackson- también nosotros perdemos nuestras propias batallas. Esas que nos definen como sociedad y como individuos.
Esas que tenemos la obligación de ganar para rescatar al país y dejarle a los millones de niños venezolanos la oportunidad de cumplir sus sueños.
Esas batallas que no podemos perder. Por más desiguales que sean.

El traje nuevo del Emperador

  Hans Christian Andersen


Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El Emperador está en el vestuario”.
La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.
-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
-¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.
-Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
Quitose el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias.
-Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y volviose una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
FIN

El egoísmo y la libertad

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Simón Eloy Brazón - @simonbrazonl

En este artículo me gustaría dejar ciertos puntos claros…

Para comenzar, definiré egoísmo como la pasión sin medida que tiene una persona sobre sí misma y que le hace anteponer sus intereses a los ajenos. Por lo tanto, el egoísta no se preocupa por los intereses del otro, a menos que sean compartidos ya que actúa de acuerdo a lo que le conviene.

Es prudente entonces, en segundo lugar, diferenciar la libertad del libertinaje; la primera, es un concepto que posee una carga de valores, entre ellos la responsabilidad y el respeto hacia los demás. En cambio, el libertinaje es pasar por encima de los derechos y libertades de los demás, para cumplir con el camino que te has trazado, pero de manera irresponsable e irrespetuosa.

Si a la variable egoísmo le agregamos responsabilidad en los actos y el respeto a los demás, obtendríamos como resultado el amor propio, que en respuesta de nuestros intereses realiza actividades que indirectamente pueden beneficiar (o no) a la sociedad, pero nunca hacerle daño.

Me gustaría centrar la idea, tomando en cuenta estos conceptos, en una cita del libro ‘La riqueza de las naciones’ de Adam Smith que reza: “No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés”.

Esta frase, simple y precisa, explica como el egoísmo en ejercicio de la libertad, puede generar un servicio productivo para la sociedad, sin necesidad de “bondad” alguna, solo con una carga de valores estable. Desde algo tan simple lavar carros para ganar dinero, hasta aquel que por interés hace pan para vender.

¿Es entonces el egoísmo bueno o malo? El egoísmo es amor propio, ¿puede el amor ser malo en alguna denominación? No. Entonces podemos concluir que no es el egoísmo lo que determina el desenlace de la historia, sino los valores o antivalores que lo acompañen.

Necesitamos recuperar los valores que se han perdido, y reforzar nuestros principios para ser ciudadanos libres de verdad. Hago una invitación abierta a que sean egoístas sin dañar a otros, y en menos de lo que piensan estarán sirviendo de manera productiva y voluntaria a la sociedad.