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lunes, 5 de octubre de 2015

La profunda gravedad de la crisis













Nota de Magda Mascioli G.:
Como los de la mud, de seguro, no sabrán de qué se les habla, aquí una síntesis:  
Hic Rodus, hic salta 
Palabras de Esopo en unas de sus fábulas. Contaba éste que ante un auditorio de ciudadanos, un fanfarrón presumía de que cuando estaba en Rodas había hecho proezas atléticas sin cuento; sobre todo en el salto. Uno de los oyentes, harto de tanta verborrea le increpó: Aquí está Rodas, salta aquí
La enseñanza está clara: en vez de hablar hazlo ahora; te toca demostrar en la práctica lo que blasonas en discursos y peroratas.


Por Antonio Sánchez García

Señores de la MUD: hic Rodus, hic salta.
A juzgar por sus acciones, cabe presumir que ninguno de los líderes máximos de los partidos que integran la MUD y las élites intelectuales que los acompañan tengan la más mínima conciencia de la profunda gravedad de la crisis en que Venezuela se encuentra sumida. Para evaluarla no basta tener la cabeza inmersa en los problemas de nuestra cotidianidad y creer que ella sólo se expresa en los aterradores males de la violencia, la criminalidad, el desabastecimiento y la miseria que comienzan a abarcar a amplias capas de nuestra población y a los que sin duda y en primer lugar habrá que ponerles atajo. Ni muchísimo menos en el cambio de gobierno. E incluso en el desalojo del régimen. Al que habría que proceder no en el mediano o largo plazo, como dichos líderes y sus élites parecieran propugnar, sino a la mayor brevedad posible.

Pues todos dichos males y desgracias son síntomas de la grave patología que nos afecta y expresan un fracaso histórico que ha echado por la borda todos los extraordinarios logros obtenidos desde la gran revolución democrática del 23 de enero y el intento sistemático y profundo, aunque insuficiente, por echar a andar y consolidad la república liberal democrática perseguida por lo mejores espíritus desde la fundación misma de la República, y sistemáticamente saboteados, escamoteados e impedidos por las taras del caudillismo militarista y autocrático, bochinchero y dictatorial que ha marcado con sangre y fuego el turbulento proceso de nuestra conformación como Nación.

Uso a propósito los dos empeños constitutivos de nuestra historia, definidos magistralmente por Germán Carrera Damas: el proyecto nacional, iniciado en 1811, y la conformación de la República Liberal Democrática, anunciada auroralmente en la revolución
de Octubre y retomada el 23 de enero de 1958. Sin menoscabo de los serios intentos de López Contreras y Medina Angarita por encontrar una salida democrática y consensuada a los 27 años de tiranía en que derivaran los estropicios acumulados durante todo el siglo XIX. Dramáticamente interrumpidos por el golpe militar cívico de esos mismos hechos de 1945.

La catástrofe golpista del 4 de febrero de 1992, alcahueteada y promovida por los propios fundadores de la democracia, en la más absoluta inconsciencia del desastre y la devastación de nuestra cultura civilizatoria acumulada tras dos siglos de esfuerzos a la que daría lugar, derivó en el marco general que sobre determina la actual situación de minusvalía y orfandad política y cultural en que naufraga Venezuela: el proyecto nacional terminó tras dos siglos de conformación nacional en la entrega graciosa y voluntaria de nuestra soberanía a la tiranía cubana; la democracia liberal democrática que alcanzara cuarenta años de existencia, en una dictadura de mala muerte. Y lo más trágico de todo ello: con la pérdida institucional de lo construido, el envilecimiento de todas las instituciones y el nefasto y siniestro proceder de las fuerzas armadas, rendidas ante el enemigo interno y externo de nuestra democracia sin disparar un solo tiro.

Esa es la crisis, que las viejas dirigencias y todos sus derivados, lastre antes que herencia de lo mejor de nuestro pasado, se niegan o son incapaces de comprender. El esfuerzo sobrehumano que habrá de emprenderse para reanudar el camino, recoger sus mejores frutos, expurgar el cáncer del bochinche, la disgregación y la barbarie reciclado tras un seudo lenguaje marxistoide y cohesionar a los venezolanos tras un nuevo proyecto nacional y un nuevo proyecto democrático. Una tarea aparentemente titánica, pero imprescindible. Y quien diga que se resuelve electoralmente o miente o sufre de una grave mengua intelectual.

Hace cuarenta años, el mismo Germán Carrera Damas escribió: "es tal el grado de confianza en la definitiva adquisición de nuestra identidad nacional que se reciben con benévolas sonrisas expresiones como las que no hace mucho empleé en la Universidad Nacional de Ecuador, y este mismo año en Puerto Ayacucho, cuando me atreví a expresar mis temores de que las erróneas políticas y falta de visión histórica puedan reducirnos en un futuro no muy lejano a la condición de estación de montaña, - en el caso de Ecuador -, y de zona de balnearios - en el nuestro -, a las que acudan en busca de buen clima y de esparcimiento los habitantes de una poderosísima Amazonia." (Germán Carrera Damas, La dimensión histórica en el presente de América Latina y Venezuela, Caracas, 1972).

Lo que nuestro insigne pensador ni siquiera se atrevió a imaginar fue que, en nuestro caso, antes que ser balneario de una gran potencia amazónica seríamos el balneario, caladero y abasto petrolero colonizado por una pobrísima isla caribeña.

Señores de la MUD: Hic Rodus, hic salta.

Entusiasmados con las mentiras

Por Alberto Medina Méndez - @amedinamendez

Un típico gesto hipócrita de este tiempo es transitar esa senda que jamás consigue alinear discurso y acción. Todos recitan que prefieren la verdad al engaño, sin embargo frente a lo irremediable e inocultable, optan sin dudar por la más confortable posibilidad de escaparse de la realidad y dejarse seducir por los encantos de las fantasías y las eternas falacias.

Se trata, indudablemente, de una actitud enfermiza, de un fenómeno sociológico totalmente irracional y hasta patológico, que se ha vuelto crónico, sin que aparezca con claridad el modo de interrumpir su inercia.

Nadie, en su sano juicio, se animaría a confesar que prefiere que le mientan que precisa ser engañado para vivir en un mundo de ficción, porque teme enfrentarse a la realidad y asumir sus abrumadoras consecuencias.

Cierta tendencia natural de los ciudadanos los invita a buscar culpables por fuera. Es la forma más burda de quitarse responsabilidades respecto de lo que sucede. Es por eso que la política resulta tan funcional a la sociedad.

Después de todo, esos pérfidos personajes que deambulan en esa actividad son un blanco fácil para esa misión. Muchos de ellos son corruptos, abundan allí detestables individuos que no merecen respeto alguno. Sus ambiciones desmedidas y sus hábitos más que reprochables los convierten en una casta que no genera ningún tipo de admiración. 

Por eso cabe revisar el presente minuciosamente. No se trata de que los políticos mienten, sino de entender porqué sucede eso. No parecen tener, esos dirigentes, incentivo alguno para decir la verdad. Muy por el contrario, los que tienen el coraje de plantear los problemas con franqueza, describiendo las dificultades y explicando los sacrificios imprescindibles para prosperar no logran adhesión electoral y sólo consiguen el desprecio cívico.

En cambio, los demagogos de siempre, esos que prometen lo imposible, lo absolutamente irrealizable, cuentan con un aval categórico e incondicional que les permite obtener los votos suficientes para triunfar y acceder al poder. Los políticos intentan agradar a los votantes aplicando una lógica irrefutable. Solo dicen lo que la gente quiere escuchar.

La sociedad debe replantearse su rol y su evidente falta de compromiso. La tragedia se inicia cuando se decide expresamente rechazar la idea del esmero como requisito para superar los inconvenientes. Eso explica porque se aplaude sin inmutarse a los políticos que garantizan que lo que viene será mejor y proponen un porvenir absurdamente optimista. Cuando se espera que todo sea simple, con una realidad diseñada a la medida de los deseos,  como en un cuento de hadas, nada resulta y todo es frustración. 

Los dilemas se superan, en cualquier escenario coyuntural, cuando son afrontados con determinación e inteligencia. No se los resuelve de cualquier modo, y mucho menos, con improvisaciones y posturas displicentes.

Los asuntos de la comunidad deben ser analizados con paciencia y detenimiento para ser abordados luego con criterio y sensatez. Nada es gratis. Y lo que realmente vale, siempre cuesta. Pretender que esto sea diferente es definitivamente ingenuo y hasta demasiado infantil. Por eso la sociedad tiene en esto una gigante e indelegable cuota de responsabilidad. Los políticos tramposos son hijos de esta sociedad enferma que prefiere la mentira a la verdad, que premia a los embusteros con su voto y castiga a los que muestran con crudeza que solo el esfuerzo permite el progreso.

A no quejarse entonces y, en todo caso, a generar los cambios que se anhelan. Las ambigüedades de los discursos políticos son solo un derivado esperable que se ajusta a las retorcidas demandas de una sociedad mediocre que no solo vota a esos políticos, sino que ni siquiera tiene la honestidad intelectual de reconocer su propia y objetable conducta cívica.

Una sociedad que aplaude apasionadamente a una clase política repleta de farsantes, se debe a sí misma, una enorme autocrítica. La simplificación que lleva a culpar a los que se dejan utilizar, a los que venden su voto, a los "clientes" de la política, solo muestra un gran cinismo ciudadano. 

El cambio empieza por cada uno y ahora. No existe magia ni alquimia que resuelva este presente. No se debe esperar que los demás empiecen a modificar su patética actitud. Es probable que sea el momento de dar el ejemplo y asumir ese liderazgo social que movilice a la comunidad invitándola a hacer lo preciso, a actuar con enérgica corrección. Se debe evitar caer en la cándida postura de buscar causantes alrededor. Solo basta con mirarse al espejo y repasar las acciones personales del pasado reciente.

Cuando la gente deje de votar a los embaucadores y empiece a darle respaldo concreto a los que proponen el máximo esfuerzo, a los más serios y preparados, a esos que hablan del futuro con sin eufóricos discursos, porque creen que con sacrificio se superaran las dificultades, para que luego todo pueda estar solo un poco mejor, recién en ese instante, se abrirá la puerta para que la sociedad pueda sentirse orgullosa de sí misma.

Para que eso ocurra no se debe esperar nada. No depende de las circunstancias económicas actuales, ni tampoco del contexto político, ni mucho menos de las agrupaciones partidarias. Solo es necesario tomar la decisión adecuada y abandonar esta práctica aberrante de comprar ilusiones y continuar con esta impronta de seguir entusiasmados con las mentiras.

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