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jueves, 5 de febrero de 2015

La distancia entre decir y hacer

Por: Eugenio Montoro - montoroe@yahoo.es



Muchos gerentes, supervisores y profesionales han oído esta máxima, pero realmente solo la entienden cuando la vida los pone a prueba. 
 Imaginemos un profesional que le encargan la construcción de un edificio. La información disponible es poca “queremos un edificio bien situado en Puerto Ordaz, será el cuartel general para el personal que construirá una planta industrial. Serán unas trescientas oficinas y debe estar disponible en dos años. Esto es el “decir”. El profesional debe ahora darle forma a esa idea. Pasarán muchas semanas diseñando, comprando materiales y equipos, contratando la construcción. Todo condimentado con cosas que salen mal y hay que tomar rápidas acciones correctivas. La idea  tomó pocos segundos en decirla. Construirla necesita mucho esfuerzo y tiempo frente a un trabajo retador.
La mayoría de las actividades humanas que buscan un objetivo responden a este esquema. Un grupo de científicos quiere desarrollar tecnología de protones para combatir ciertas enfermedades. La idea se dice pronto, pero lograr desarrollar los equipos, hacer las pruebas y miles de otras actividades lo coloca en el mundo real donde las cosas son difíciles de lograr y requieren mucho tiempo.
Todo este cuento pretende explicar el fracaso del Socialismo XXI usando ejemplos reales.
La “idea” de ser una potencia agrícola suena bien. Produciríamos alimentos para el consumo interno y además exportaríamos. Muchos dirigentes repitieron la ilusión, pero después de quince años no somos tal potencia e importamos casi todos los alimentos .¿Que nos pasó?. La respuesta está en la enorme distancia entre el decir y el hacer que ya mencionamos. Hubo emoción pero no acción. La “idea” requería alguien que la ejecutase. No el Ministro atareado con miles de cosas o sus directores. Quizás un equipo nuevo de trabajo diseñaría el plan, seleccionaría los cultivos, buscaría los presupuestos, coordinaría la ejecución y se mediría el resultado.
Igual cosa la ilusión de ser “una potencia energética”. Decirlo está bien pero si de verdad quieres lograrlo hay que “dejar el pelero” trabajando.
El chavismo llenó al País de sueños y poca acción. Para colmo lo infestó el comunismo con sus reglas de control que lo llevó a expropiar fábricas y fincas sin tener mucho talento para manejarlas.
El chavismo se dedicó a afianzarse en el poder usando dineros y favores que llegaron de regalo con unos precios altos de petróleo. Cambió el nombre de todos los organismos y los pintó de rojo, se hizo dueño de casi todos los medios de comunicación, inventó misiones para controlar a la población y actuó con tiros y cárcel frente a amenazas.
Pero descuidaron la moral y se inventaron el cuento de enemigos con guerras que los quieren tumbar. Se olvidaron de la papa y del jabón creyendo que hablando de ellos los producirían.
Así que mejor se van a otro lado a hablar. Los que nos quedamos  re construiremos la patria. Viva Venezuela.
                                          

El costo de los errores

 
 
Por toda Venezuela se propaga el hambre y la muerte a causa de un proyecto político que dijo que sería la panacea de los pobres, y terminó siendo una fábrica de pobreza, miseria y marginalidad.
 
Una manera de medir cómo está la situación es poner atención a las voces de especialistas en materia agroalimentaria, que claman porque se decrete una emergencia en el sector; o escuchar a voceros oficiales, como el vicepresidente de Seguridad y Soberanía Alimentaria, Carlos Osorio, reconociendo que se tiene apenas dos meses y medio de reserva de alimentos, una afirmación en extremo grave cuando es evidente que no se tiene ninguna garantía de que exista producción suficiente para reponer los productos alimenticios en los anaqueles, ni divisas para importarlas. 
 
La magnitud del problema de desinversión en el sistema productivo nacional, y por ende de su agotamiento y dependencia en las importaciones, es que hoy los inventarios de equipos y materiales médico-quirúrgicos que surten a la red de salud pública y privada sin inventarios, están agotados, tal como afirma esta semana, María Yánez, presidente de la Red de Sociedades Científicas y Médicas de Venezuela. 
 
Pero, la debacle del sector productivo, ocasionada por la toma sostenida por 16 años de tierras, propiedades y empresas de todo tipo y sector, así como por las violaciones al Estado de Derecho y a las libertades económicas, no se circunscribe a la parte alimentaria y farmacéutica. 
 
Hoy ya se sabe el costo que ha tenido echar al foso el empeño que desde los años 20 se tuvo para incentivar la producción no petrolera en Venezuela, y que tuvo su auge en el desarrollo de empresas de siderúrgica, aluminio, automotriz, de la construcción, telecomunicaciones y de ingeniería, entre otras. 
 
Hoy casi en su totalidad, estas están echadas al abandono, inactivas o con exigua producción, por falta de insumos y de divisas para importarlos.
Por si fuese poco, la política anti empresarial del gobierno también pone en tres y dos a las empresas extranjeras que arriesgan inversión en el país, dramatizado en tres noticias que llegan esta semana:
 
Una, de planta de Firestone de Valencia, la cual se paralizó el lunes de esta semana por falta de insumos, debido a que no le han sido liquidados más de $13 millones adjudicados en la subasta 26 del SICAD del pasado 3 de octubre. La planta registra en los últimos 12 meses una caída de 68,42% en su producción.
 
La segunda de la empresa Kimberly Clark Corp. de Estados Unidos que informó que había tenido que pasar a pérdida $462 millones debido a “dificultades” para conseguir dólares para pagar por los materiales empleados en la producción de papel sanitario y pañales desechables debido a que el gobierno de Venezuela no le estaba dando acceso a las divisas para el pago de la materia prima importada.
 
La tercera, es que la casa matriz de la Ford Motor Co. en los Estados Unidos informó que, ante la imposibilidad de obtener las divisas para pagar deudas y nuevas compras de autopartes, se había visto obligado a pasar a pérdida el 100% de su inversión en Venezuela, lo que implicó un cargo de $800 millones a sus utilidades de 2014.
 
La solución a este estado de precariedad del país para cubrir necesidades básicas de la población no se encontrarán ni en un Estado Mayor cívico-militar para “enfrentar la escasez”, ni en los captahuellas ni en la tarjeta de abastecimiento seguro por los que clama Nicolás Maduro.
 
La solución es restablecer el Estado de Derecho, garantizar la seguridad jurídica a los inversores y restituir las libertades económicas y civiles. Es decir, retornar a Venezuela a la democracia.
 
Editores de VenEconomía

Jaulas

Por: Andrés Hoyos - @andrewholes 
 
No es la idea con la que comenzamos, claro que no. 

Una jaula antes de ser construida suele tener la forma de una ilusión, de un espacio abierto, de una zona de libertad. 

Las posibilidades se van a multiplicar para nosotros con este proyecto, con esta empresa, con esta relación, con este trabajo, con este viaje al extranjero, con este libro. Salvo por los pocos Diógenes que hay por ahí, el resto de los miembros de la especie padecemos en algún grado de la dolencia del optimismo y lo más seguro es que no veamos riesgo alguno en la jaula que empezamos a construir. Así, pronto nos vamos encariñando con el esbelto entramado, le vamos invirtiendo tiempo, dinero y afecto. Una jaula en construcción es un bello espectáculo.

Una vez terminada la jaula, la contemplamos con orgullo ciego y no nos percatamos de que su cerradura da hacia adentro o de que quien ahora vive en ella tiene las llaves para salir, pero no lo hace, porque no se anima, no se atreve, le da miedo. El mundo afuera es demasiado peligroso, demasiado solitario, demasiado incierto. En nuestra jaula nada nos amenaza, como no sea el propio encierro.

El tamaño de la jaula no es indiferente, por supuesto que no. Tonto sería decir que quien se encierra en su mansión, en su yate o en su proyecto multimillonario la pasa peor que el burócrata, el preso o la monja de clausura. Sin embargo, “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. La prueba de fuego consiste en preguntarse: ¿puedo dejar mi bella jaula o estoy atrapado en ella?

Es mejor disipar el engaño: la libertad que conocieron los hombres primitivos ya no existe en el mundo contemporáneo. Y aun para ellos había la jaula de la biología, de la amenaza constante del entorno. Lo que hoy existe es una libertad derivada, adaptada, recortada. Una alternativa posible es aprender a vivir en jaulas. Cuentan que los arrendajos, de canto hermoso, pueden ser domesticados para que salgan de la jaula y vuelvan a ella. Así muchos nos juntamos con seres afines y entre ellos nos sentimos menos solos. Los invitamos a nuestras jaulas y les pedimos que se pongan cómodos. Ellos por reciprocidad nos invitan a jaulas parecidas a las nuestras, y entonces somos nosotros quienes nos ponemos cómodos. No todas las jaulas, parece decirnos la vida, se hicieron para volarse de ellas. “Quiero que me domestiques”, decía el Principito, cuyo creador, Saint-Exupéry, volaba en artefactos achacosos para escapar a cualquier encierro, hasta que un día fue dado de baja por un caza de la Luftwaffe y se estampó contra el Mediterráneo. La muerte, sobra decirlo, es el encierro definitivo.

Más difícil es salir de las jaulas, así las hayamos construido nosotros. Pocos lo logran. Yo —lo confieso— no estoy seguro de mi capacidad de hacerlo. Además, no se puede salir en estampida porque al abandonar la jaula dejamos atrás trozos de vida, seres queridos, ilusiones rotas, propias y ajenas. Parafraseando a Beckett, quizá la mejor opción sea aprender a fracasar mejor, construyendo unas pocas jaulas nuevas, menos opresivas, más divertidas, mejor iluminadas, con menos barrotes. Un libro, por ejemplo, es una jaula de la cual el autor sí puede escapar, terminándolo.

Quizá la más extraña de todas las jaulas sea la del cuento de Kafka, una jaula que buscaba su ave. A juzgar por el destino aciago del propio Franz, nunca la encontró.
 
 
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