miércoles, 28 de enero de 2015

MUD (pantano); por Federico Vegas


 
Por: Federico Vegas 
 





0. El barro como punto de partida. Un amigo celebró un artículo que había leído recientemente diciendo:
— Es justo lo que hubiera querido pensar…
Luego corrigió lo que supuso era un error y añadió:
— …lo que hubiera querido escribir.

Ha podido también decir: “lo que quería leer”, pero ésta sería la escala más baja para calificar un buen ensayo. “Leer lo que se quería leer” no es más que una autocomplacencia. Y existen autores que se especializan en darnos justo lo que esperábamos hasta dejarnos satisfechos, reafirmados, orondos y aún más convencidos de los razonamientos en los que se basa nuestra seguridad existencial.

Hay asuntos en los que me gusta pensar y otros que evito enfrentar por las más diversas razones. La más frecuente es la sensación de que voy a terminar en un callejón sin salida. Es lo que me ha estado pasando con el tema la MUD: no había querido revisar a fondo un recinto donde tengo depositadas tantas ilusiones y tantas dudas.

Así estaban las cosas hasta el día en que Ramón Guillermo Aveledo renunció a la dirección de la MUD y, en medio de mi desasosiego, hice una asociación bastante obvia pero que nunca antes me había pasado por la mente: “mud” en inglés significa “barro”, “fango”, “lodazal”. Al principio rechacé este pensamiento por considerarlo uno de esos tontos juegos de palabras que a nada conducen, pero parecía perseguirme con la insistencia de alguien que intenta darte una mala noticia. Finalmente tuve que aceptar que la traducción, que siempre había estado latente y de pronto se materializaba tenía su toque freudiano y se debía al terror de perder esas esperanzas cifradas en la MUD para entrar en un pantano sin estructura ni salida.

Aceptar esta condición me permitió asomarme al caudal de imágenes que nos ofrece una sustancia tan originaria y contradictoria. Al barro lo asociamos con una suciedad que va desde un grano en la frente hasta el acto de embarrarse de un corrupto. Por otro lado, la gran mayoría de los mitos religiosos plantean que el hombre fue creado por Dios a partir del barro. Dice la Biblia: “Y el señor Dios formó al hombre del polvo del suelo y sopló en sus narices el aliento de la vida, y el hombre vino a ser alma viviente”.

El barro también es la materia de las pequeñas tortas infantiles que fueron nuestra primera creación artística y, según presumíamos, gastronómica. Me interesa también el papel del barro en el primer contenedor creado por el hombre gracias a una transformación: las vasijas eran talladas en piedra o madera, y fue en la alfarería donde se dio el milagro de generar con tierra, agua y fuego una nueva sustancia capaz de pasar de lo moldeable a lo permanente.

Pareciera que entre las dos versiones antagónicas de la inmundicia y el acto creador sólo hiciera falta ese soplo divino, que a veces está a una cuarta de nuestras propias narices. Partiendo de esta dualidad liberadora, comencé a anotar algunas ideas que quisiera compartir, algo que me ayudará a ordenarlas y conducirlas hacia un camino con un posible final.

No intento convencer a nadie y advierto que en temas de política mis deseos suelen enrarecer mis juicios. Mi principal interés es dejar testimonio de mis sentimientos, esa fuerte corriente que termina siendo la verdadera materia de nuestras opiniones.

1. Sobre la desaparición de una palabra. Cuando voté por primera vez en 1968, la palabra democracia era un requisito indispensable para entrar en la competencia entre Acción Democrática, Unión Republicana Democrática y Copei, un partido que se promocionaba como una “democracia cristiana”. Pero hacia finales del siglo XX se produjo una suerte de reacción y el término “democracia” pareció estar totalmente desprestigiado y comenzó a desaparecer. Era como si en nuestro inconsciente, y en algunas conciencias, la democracia fuera considerada la causa y el sedimento de un engaño, de un fracaso, de una manera de mentir. Era algo bueno para todo y para nada que siempre estaba presente, pero en un fondo tan remoto y oscuro que se ha podrido hasta volverse un barro que, sin el soplo divino, era algo sucio, apestoso.
Los partidos políticos comenzaron a bautizarse con nombres exóticos, como queriendo liberarse de un lastre. Algunos con un toque new age: “Un Nuevo Tiempo” o “Apertura”. Otros se inclinaron por lo folclórico: “Alianza Bravo Pueblo”, “Patria Para Todos”. Una buena parte se refería sólo a una de las cualidades, actividades o etapas que conforman una democracia: “Primero Justicia”, “Opina”, “Voluntad Popular”, “Movimiento Electoral del Pueblo”, “Convergencia”, “Proyecto Venezuela”, “Solidaridad”. Y una cantidad creciente se basó en definir su ideología política: “Movimiento al Socialismo”, “La Causa Radical”, “Marea Socialista”, “Clase Media Socialista”, “La Causa Radical”.

Y así llegamos al “Partido Socialista Unido de Venezuela”.

En la mayoría avasallante de estos partidos no sólo está ausente la palabra democracia: también lo está la idea de totalidad que requiere un ente que va a evolucionar y necesita ser capaz de asimilar un proceso de cambio e inclusión.

El sorprendente espectro de posibilidades que ofrecen estas denominaciones creo que se debe a la crisis de la propia democracia en la cual estaban llamadas a participar. Una vez le pregunté a un amigo que había diseñado su propia casa sin haber estudiado en una escuela de Arquitectura cómo había logrado detalles tan refinados y espacios tan acogedores. Me contestó con una frase que nunca olvidaré:

— Ya he vivido lo suficiente para saber lo que quiero.
Si le hubiéramos hecho esta misma pregunta a la democracia venezolana a finales del siglo XX hubiera contestado:
— Ya he vivido lo suficiente para no saber lo que quiero.

Una de esas reacciones a ignorar lo que en verdad se quiere es ser “elemental”, aferrarse a las partes, a las últimas causas y los primeros efectos, sin considerar la esencia de la totalidad.

Los nombres de partidos que hemos citado reflejan esa tendencia a tomar un elemento del proceso y convertirlo en el empaque, en la presentación, como un modelo de carro que se promueve sólo por su arranque o su limpiaparabrisas.

Un partido, además de ser un elemento para alcanzar y ejercer el poder, debe ser también un contexto, un contenedor capaz de permanecer en el tiempo y permitir que los elementos que contiene tengan vitalidad, creatividad, fuerza propia. Esas primeras vasijas de barro con su vocación de albergar diversas sustancias, e incluso fusionarlas, pueden ayudarnos a entender esta idea.

Una cosa es el cuchillo, el tenedor o la cuchara, y otra el plato donde todos participan y hacen su trabajo.

Esta necesidad de englobar la entendió Hugo Chávez y la llevó a sus últimas consecuencias. Su primera actuación fue tan elemental como un golpe artero en medio de la noche. Después de fracasar, tomó la ruta hacia la creación de un amplio contexto de reivindicaciones, resentimientos y ansias de justicia. Y luego, al alcanzar el poder, fue convirtiendo este mismo contexto en un sistema cada vez más elemental y cerrado. De una idea de totalidad fue pasando a un sistema totalitarista. De lo inclusivo a lo excluyente. De una democracia participativa a una dominación militarista. De promoverse gracias a ciudadanos convencidos de la necesidad de un cambio a sostenerse en militantes convencidos de que no existe ya algún cambio posible.

Este proceso significó la gradual y maquillada muerte de la democracia, ya anunciada por su ausencia en las nomenclaturas, uno de los signos y síntomas de la descomposición que la hizo tan fácil para ser utilizada y celebrada hasta destruirla.

Ésta es la explicación de la alegría que sentí cuando fue creada la Mesa de la Unidad Democrática. No sólo reaparecía una palabra que nos integra a una historia universal y milenaria llena de enseñanzas, errores y aciertos. Además se estaba creando un ente con una clara vocación de contexto para lograr los acuerdos democráticos que nos hacían tanta falta, no un elemento parcial para alcanzar el poder y pretender ejercerlo para siempre.

2. ¿Qué es una mesa? Le Corbusier decía que la silla es proletaria y el sofá burgués. ¿Cómo calificar entonces ese mueble llamado mesa? Creo que su amplia vocación la hace difícil de encasillar en un verbo que de paso nos asoma a las limitaciones de una silla, la cual sólo sirve para sentarse.

Una de las mesas más famosas es la del Rey Arturo. Sabemos que era una tabla redonda y algunos creen que fue concebida como una imitación de otra mesa también de mucha fama: la de la Última Cena (si en verdad era redonda, los pintores se encargaron de alargarla para facilitarse el trabajo). Una razón más probable es que al Rey Arturo le convenía una mesa sin cabecera, donde ninguna ubicación te da privilegios y nadie sobresale del resto. Con esta disposición, caballeros de tanto temperamento como Lanzarote del Lago, Galahad, Tristán, Gawain y Palamedes tenían puestos iguales y no había ningún “líder”, como solía suceder en otras mesas medievales famosas por sus discordias. Podríamos invertir el razonamiento y decir que te puedes dar el lujo de tener una mesa redonda sólo cuando cuentas con un Rey Arturo.

Según San Marcos, los apóstoles se reunieron para la que sería la última cena de Jesús en una sala alta, grande, alfombrada y bien provista. Allí razonaron sobre el reino de Dios, sobre la posibilidad de la muerte y la confirmación de una traición; quizás se habló también de política, de las luchas internas de Israel, del creciente y aplastante dominio romano, de pesca, de aceites y vinos. Y ojalá, como en el Festín de Babette, se llegara a ese estado “cuando ya no se distingue entre los apetitos espirituales y la saciedad corporal”. 

Era justo, antes de tan inmenso sacrificio, compartir entre amigos manjares exquisitos.

Cuenta la artista Marisol Escobar que mientras esculpía su Ultima Cena le sucedió algo desconcertante. Comenzó tallando las figuras de los apóstoles y las fue sentando en una larga mesa. Trabajaba todo el día, pero en las noches no lograba descansar, pues desde su estudio le llegaban extraños sonidos semejantes a murmullos, carraspeos y toses que sonaban a reclamos. Después de varios insomnios Marisol, comprendió lo que estaba sucediendo y le dio solución. Colocó sobre la mesa jarras y vasos, cuchillos y cucharas, platos y panes de madera, todos a la medida y al estilo de los comensales, quienes, agradecidos, a partir de ese momento la dejaron dormir en paz.

La inquietud de aquellas estatuas es comprensible. Las mesas son territorios de exigencias y promesas.

Antes de su invención existía un vacío sin límites, un limbo sin soportes donde los hombres comían en el aire o en el suelo, devorando con la fastidiosa rutina de las vacas o las reiterativas zambullidas de los alcatraces. No fue tarea sencilla concebir una superficie regularizada, delimitada, plana, lisa y con cuatro patas inmóviles. La creación de la mesa estableció las fronteras precisas de un escenario con la altura adecuada al arte de comer. Y también para actividades tan disímiles como trabajar en ardua soledad o dialogar con placer.

¿Cómo es entonces la Mesa de la Unidad? Si en la de Arturo se sentaban unos 25 caballeros, ha debido tener unos ocho metros de diámetro. ¿Qué forma tiene la Mesa de la Unidad? ¿Cuántos se sientan en ella? ¿Cuántos la rodean de pie? ¿Cuántos observan en silencio? ¿Cómo se manejan las traiciones, las luchas internas, las redenciones? Nos vendría bien conocer cómo funciona y extender su ejemplo a otras mesas de la unidad que se multiplicaran por todo el país.

Cuando Jesús dijo en la última cena “Haced esto en memoria mía”, su propuesta tuvo acogida y se haría universal en el altar de sus iglesias.

3. ¿Cómo construir sobre un pantano? Mientras me adentraba en ese barro que unas veces ahoga y otras inspira, apareció la imagen de Venecia con su absoluta influencia en la etimología de la palabra Venezuela. La “Serenísima” nació en un pantano que no auguraba mucha estabilidad. Las edificaciones se fundamentan en masas de lodo que pueden tener 25 metros de profundidad. A veces creo que esa situación perentoria de hundimientos y mareas le dio a la ciudad, como compensación, su serenidad y estética sublime. Es la única explicación para un escenario sobre el que Jean Cocteau exclamaría: “¿Dónde se ha visto tanto Cristo caminando sobre el agua?”

La gran pregunta es cómo se soportan sus palacios de piedra sobre semejante lodazal. Entiendo que no se soportan en pilotes aislados y distantes, tal como ocurre en suelos más resistentes, sino en una multitud de pequeños pilotes de madera que operan comprimiéndose unos contra otros hasta generar un empuje horizontal contra la masa de barro.

Esta imagen veneciana viene bien para intuir una de las principales tareas de la Mesa de la Unidad Democrática: no es sólo juntar a los caballeros en igualdad de condiciones, como dando igual importancia a los pilotes de un edificio, sino organizando a todos los ciudadanos para que refundemos el país apoyándonos unos en los otros, hasta conformar una estructura que no se hunda en el pantano que hemos generado.

Esta referencia a pilotes aislados y heroicos es un momento oportuno para recordar el diálogo que sostienen Galileo y su aprendiz en la obra de Bertolt Brecht. Dice Andrea:

— ¡Desgraciada es la tierra que no tiene héroes!
Contesta Galileo:
 — ¡No! Desgraciada es la tierra que necesita héroes.

Según Galileo, no es necesariamente malo el carecer de líderes, como tampoco es el fin del mundo esta sensación de vivir en un pantano sin fondo. Ya sabemos que no lo fue para Venecia. Ya conocemos también la relación entre el barro y la creación.
Cuando le confesé a Oscar Marcano mis empantanadas pesadillas, me comentó que el psiquiatra Freddy Javier Guevara propone que estamos en una fase de la alquimia llamada “putrefactio”, donde todo se descompone para generar el ansiado cambio.

Fue Carl Jung quien incorporó la alquimia a sus estudios de Psicología, fascinado con las estimulantes alegorías de procesos cuyo último propósito es la creación del oro y la vida eterna. El punto de partida es la “nigredo”, una putrefacción y descomposición que viene a ser el paso previo a la transmutación que nos llevará a las instancias superiores llamadas el “albedo” y el “rubedo”.

Jung incorporó a su psicología esta idea de la “nigredo” para ilustrar un estado en el que no logramos ser conscientes de nuestro inconsciente, ni de la conexión con nuestros instintos ni de la diferencia entre los objetos y nuestro propio yo, que viene a ser un objeto más.

Cuando esta precaria condición comienza a revelar sus sombras y nos vamos acercando a ese dolor que llamamos desesperación, también se está dando un proceso de descubrimiento de nuestro propio interior. Pero aún falta mucho terreno por recorrer, pues este primer impulso puede quedarse varado en un punto muerto donde las convicciones parecen ser inútiles y las decisiones morales imposibles.

Aquí estamos llegando a una verdadera y plena desesperación sumida en el caos, la melancolía y la desilusión total. Sólo cuando creemos hundirnos para siempre en ese marasmo tenebroso, nuestro inconsciente comienza a latir con fuerza, a existir. Y entonces puede aparecer una luz, una iluminación.

Pero no hagan mucho caso de este resumen precipitado y contaminado (o refrendado) por mi propia “nigredo”. Sólo puedo asegurar que estas sensaciones que he entresacado de un resumen de la visión de Jung se ajustan escandalosamente a lo que he sentido y estoy sintiendo, mientras espero que una luz vaya definiendo mis sombras y un posible camino.

4. La iluminación y la caverna. Quienes se sientan a dialogar en las mesas de este país deben estar agobiados por una extraña mezcla de urgencia y estancamiento. Ambas sensaciones no ayudan mucho a reflexionar con libertad, con paciencia. La urgencia nos hace creer que es más importante actuar que pensar. El estancamiento, en cambio, nos hace huir de ideas que siempre parecen ser las mismas y estamos hartos de rumiar.

Pero alguna vez habrá que enfrentar la necesidad de una refundación de la Democracia, de volver a sus orígenes, de dilucidar cuáles son las razones de su volatilidad. Y uno se pregunta: ¿por qué de todas las experiencias socialistas que se están dando en Latinoamérica, la venezolana es, por mucho y con religiosa insistencia, la más incompetente, improductiva y corrupta? 

La ecuación de una enorme riqueza petrolera y una endémica pobreza institucional quizás nos tenía preparada esta trampa.

Cuando uno revisa la historia de Venezuela parece que la democracia es más bien una serie de accidentes, de breves episodios rodeados de dictaduras. Ahora más que nunca nuestra enorme riqueza concentrada en manos del Estado se adapta como un guante a un dominio absoluto de los gobernantes sobre los gobernados. Rómulo Betancourt estaría pensando en este tema cuando en 1956, exiliado por enfrentarse a una dictadura que parecía inexpugnable, se dedicó a escribir el libro Venezuela, política y petróleo. Mientras su vida podía estar signada por la tenebrosidad de la “nigredo”, supo comprender que en esa dualidad de política y petróleo estaba la clave del destino de su país.

Estamos viviendo los efectos pavorosos de manejar con irresponsabilidad esta relación. En estas noches oscuras del alma de la Nación, ha llegado el presidente Maduro de un viaje por el mundo y se dirige con rostro de celebración a lo que va quedando de país.

Nos dice que ha salvado la patria pues ha conseguido vendernos. ¿Pero a qué precio?

Un ministro nos dice que podemos estar tranquilos, pues acaban de llegar sopotocientas toneladas de comida que alcanzan para dos meses. Si estas son las noticias que se celebran, que quedará para aquellas que se callan.

Tenemos un gobierno que está dispuesto a quebrar y entregar a Venezuela con tal de continuar en el poder y mantener las recetas de un comandante eterno. Del otro lado, está una oposición que espera a que se den las circunstancias que hagan el cambio posible. ¿Pero cuáles son esas circunstancias?

Sencillamente, las mismas que el gobierno está dispuesto a generar: ir hasta el final. Ambas fuerzas están dispuestas a llegar al precipicio. Y ambas lo hacen por creer que no tenemos otra opción.
No sé qué diría Jung de este estado de suprema inconciencia. Tampoco está claro que está pensando y diciendo la Mesa de la Unidad Democrática.

La tesis de Leopoldo López era que no se podía esperar más, que era urgente y perentorio producir una salida y un cambio. La tesis de Capriles ha consistido en esperar esas circunstancias ideales que surgen de un país quebrado, terminal; y ahora nos asegura que por fin ha llegado el momento.

Puede que López se haya adelantado y por eso está preso, aún teniendo la razón. Puede que Capriles se haya atrasado y hayamos pasado a una zona de la que ya no podremos retornar.

No es sencillo conjugar las circunstancias del cambio, los recursos para reaccionar, una fervorosa participación ciudadana y una dirigencia política unida y eficaz. Lo que sí es seguro es que toda apuesta a la implosión de un Estado incluirá en el trágico resultado a gobierno y opositores.

La tarea de la MUD tiene que tomar en cuenta esta “nigredo” que se ha convertido en una realidad política y colectiva.

Lo grave es que nuestra desesperación viene unida a la citada falta de convicción y de fe en las decisiones morales. Y por eso puede inclinarse tanto hacia una protesta vigorosa y organizada como hacia un abatimiento de seres que sólo quieren sobrevivir en una paz sepulcral.

Al final, que ya se nos ha lanzado encima: las opción estará entre una Mesa de la Unidad Democrática o una Mesa de la Unidad Militar.

A los Educadores

Por: Vinicio Guerrero Méndez






Es hermoso cuando recordamos nuestros bellos años de estudiante y con ello, agradecemos a ese querido Maestro todo el caudal de riquezas que incondicionalmente nos impartió. Fueron generosos tiempos donde nos preciábamos de esa suerte de Maestros dedicados enteramente a tan noble y sacrificada labor.  Por años y con suma habilidad dominaban la cultura y nuestros más preciados valores llevándolos incluso a su más brillante expresión. La mayor parte del día la compartimos con él. Era nuestro héroe todo lo sabía y todo lo explicaba con singular devoción.

Las comparaciones me parecen muy chocantes, más cuando nos referimos a los pro y los contra que nos ofrecen las generaciones. Todos decimos que la nuestra fue mejor,  pero no es ni ha sido así,  más parece que poco a poco la fuimos degradando con pequeños detalles que se hicieron grandes al ofrecerles indiferencia. De hecho, causa más que evidente la precaria situación de nuestras escuelas y educadores para la formación de nuestros hijos. ¿Aman en verdad nuestro país o solo se sirven de él?  

Va el presente artículo a los constantes desafueros y mala educación en la que han venido incurriendo muchos de nuestros educadores. Esta vez solo hare alusión a lo que he visto y vivido en  una pequeña población perteneciente a la linda Barinas, caracterizada por la amabilidad de su gente; pero, como de todo hay en la villa del Señor quiero hacer valer que  afortunadamente no son mayoría, más bien minoría los educadores o ¿educador? a los que me veo en la necesidad de recusar , ya que me precio de conocer muchos bien preparados, educados, prudentes y con mucha devoción por tan sacra profesión, en pocas palabras, se les nota el  tipo de educación que imparten.

Me quiero referir léase bien a esos pequeños grupos, que derrochan vulgaridad, que ofenden y desprestigian por demás a su gremio, con apelativos indecentes que por su mal hablar hasta chabacano se jactan de ser representantes del Sistema Educativo Venezolano pero más doloroso es cuando estas personas son parte integral de una dirección de un preescolar y primaria y no precisamente por méritos.

La condición triste de hoy nos enseña esta gran desventura que nos ha causado mucho daño  pues,  no tienen pedagogía la cual no necesitan porque el fin no es usarlo para educar,  es solo para ubicarse en cualquier cargo dispuesto a los afectos y a sus propios intereses.

Estos apegos son producto de la conciencia de la pobreza, se olvidan que el principio de la cuestión es la Educación  de nuestros niños, no de la política. Así, bien está escrito en la biblia “Es un error muy común entre los gobernantes. Le dan cargos importantes a gente incapaz, mientras que los sabios ocupan posiciones sin importancia." (Ecles. 10:6-7).

Es por ello, que los que gobiernan tienen esa  tasa de culpa en este negocio, toda vez  que por amiguismo, camaradería o política, dejan en cargos por largo tiempo indefinido a directores o ¿sub-directores? que no están capacitados o carecen de  méritos para tan alta responsabilidad;  debido a esto,  llegan incluso a sentirse dueños eternos de alguna institución al extremo que someten, amenazan y crean miedo con actas autocalificadas por el de “FALTA GRAVE” para fortalecer aún más su autoridad y crear el temor ante sus propios colegas que los hace parecer ciudadanos sin derecho; incluso imparten ordenes  arbitrarias y contrarias a las actas tratadas previamente con sus jefes.

Es increíble como  este personaje que profesa tan sagrado precepto como el  título de Maestro que se arroga sin merecerlo, hoy convierta la luz de nuestros hijos en tinieblas. Si pudiéramos arrancar a estos indoctos de tan sagrada profesión y asentar en ella a los que verdaderamente tienen en su corazón, el deseo y el entendimiento para enseñar, haríamos gran bien a la semilla.

Como para que no quede duda,  este personaje no puede asistir a una fiesta de disfraces de la institución a la cual pertenece,  que no sea con su indumentaria preferida dando con ello evidencia a una conocida frase célebre: “Algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan. Cada uno se disfraza de aquello que es por dentro. En verdad, este rural y singular personaje que se hace nombrar DIRECTOR es tan pequeño y tan dañoso que el cargo le queda grande. Su gestión es algo así como lo que acontece a la tierra cuando no produce, da espinas.

¿Y si los gobernantes dejasen a Dios en paz?

Por Juan Arias - 

Cada vez que los gobernantes, por ejemplo en América Latina, se ven en apuros y no saben cómo resolver un problema (muchas veces creado por ellos mismos) llaman a Dios para que les facilite las cosas. O mejor, tratan de convencer a los ciudadanos que, al final, será la providencia divina quién les sacará las cosas del fuego

Lo han hecho en la misma semana el recién estrenado Ministro de Minas y Energía de Brasil, Eduardo Braga, y el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.
 
Brasil sufrió días atrás un apagón eléctrico que afectó a 10 Estados. El problema de la energía en este país es tan grave que el Gobierno ha tenido que acudir a Argentina para que le eche una mano.

Solo porque el crecimiento está en vísperas de recesión, como ha confesado con realismo en Davos el ministro de Economía, Joaquim Levy, Brasil aún no sufre racionamiento de luz.

Sin embargo, el nuevo ministro Braga ha tranquilizado al país con estas palabras: “Dios es brasileño y va a hacer llover para aliviar la situación”. Al parecer, a los técnicos de su ministerio “se le han puesto los pelos de punta” al escuchar al ministro, como ha escrito un diario brasileño.

En sus despachos y en sus dormitorios, los políticos son libres de cultivar sus devociones religiosas. Lo ideal, sin embargo, es que dioses y santos se queden allí, en la intimidad.

Casi haciéndole eco, en Venezuela, el presidente Maduro, frente al problema de la bajada de los precios del crudo que tanto está afectando a la ya martirizada población, ha confiado a los venezolanos, que no se preocupen ya que “Dios proveerá. Él jamás le faltó a Venezuela”.

Ante ese uso político de lo religioso por parte de gobernantes incapaces de resolver ellos los problemas de su país, se podría uno preguntar: ¿por qué no dejan a Dios en paz?

Dios, para los que en él creen, no puede ser un comodín siempre dispuesto a resolver los errores e incapacidades de los políticos.

Ni es esa la función de la fe, ni siquiera responde a las enseñanzas básicas del cristianismo en el que se inspiran tanto el ministro brasileño como el presidente venezolano.

Ambos podrían recordar que en las Escrituras, Jesús respondió a quien intentaba mezclarle en los asuntos temporales de la política con la frase que se haría célebre: “Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Que los gobernantes se preocupen de resolver los problemas para los que han sido nombrados sin refugiarse en los brazos de ninguna divinidad y que dejen en paz a Dios, cuya misión nada tiene que ver con los problemas de los políticos y menos con sus insuficiencias, errores y corrupciones.

La fe de los que creen y la no fe de agnósticos o ateos es mucho más importante, grave y personal que los juegos del poder temporal.

En Brasil, los despachos de los políticos (y no solo de los evangélicos) suelen estar repletos de vírgenes y santos, casi en una carrera para demostrar quién cree más. Hasta la presidenta brasileña Dilma Rousseff, que nunca fue una devota conocida, tiene, al parecer cuatro estatuas de la Virgen.

En sus despachos y en sus dormitorios, o donde prefieran, los políticos son libres de cultivar sus devociones religiosas. Lo ideal, sin embargo, es que dioses y santos se queden allí, en la intimidad. Fuera, en su trabajo político, frente a los que le dieron su voto para gobernar, tienen que dar la cara sin muletas religiosas protectoras que les hagan de pararrayos para sus errores y fracasos. Gracias a Dios aún no vivimos en Gobiernos teocráticos, sino en estados laicos que, por Constitución, sancionan la separación entre el poder político y religioso.

Link: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/01/22/actualidad/1421959812_476733.html

Venezuela: delirios y cegueras

Por: Leandro Area

Deberían sentirse avergonzados, derrotados, pero cómo exigir o esperar esas virtudes. Pena tendría que darles el oprobio al que han llevado al país, a cada uno de los venezolanos, a cada uno de los que nacerán pronto y no se merecían un destino de jaula.
Mis opiniones, cálculos y posturas no son las del especialista en cifras y cuadros estadísticos, garabatos que demuestran, dicen los entendidos, tendencias desastrosas, fracasos y grises perspectivas. Este proyecto llamado socialismo del siglo XXI ha sido el más costoso, corrupto e improductivo en la historia de la humanidad, y ahora que se desploma en picada abismal, nos arrastra a todos con él como pasajeros secuestrados. El contenido de la caja negra de este delirio selvático es público y notorio. No se puede mantener en secreto la obsesión de botija que a manos llenas se repartió a cambio de silencio imposible.
Los escombros de esta pesadilla los cargamos en la vida de todos los días. En la calle que ya no se camina, en la plaza sin luz que ya nadie visita, en la escuela que no enseña, en el hospital donde sobre todo se muere, en la decapitada justicia, en la mirada, el sabor, el sonido, el olfato y el gusto, amargos todos ellos. En la voz, la palabra, el silencio. En el miedo de cada cual, porque decir “nosotros” es impropio. ¿Quién es ese “nosotros”?
Frustración y descomposición deberían confesar, pues y por lo menos, los que apostaron por esa ventolera de cambiar al país y luego perdieron todo lo jugado en lo que de sueño de país o ambición legítima de poder pudo tener en sus inicios, y se abortó ya desde sus primeros pasos y después ni se diga, en aquel golpe de Estado a la democracia, a una sociedad fácil con una dirigencia más carcomida aún.
A estas, el pensamiento no deja de alterarse; la imagen de la realidad que se posa en los barrotes de nuestros balcones ciudadanos es la que ocupa la naturaleza exuberante frente al diminutivo social que no hemos podido superar a pesar de alardes y campañas publicitarias sobre las virtudes cívicas del venezolano. A toda esa intención, no por malsana, se la traga la selva que nos cuece.
Supuestamente imaginativos más no más allá de imaginarios colectivos como Bolívar, José Gregorio Hernández o María Lionza, nunca llegamos a creer que llegaríamos a este llegadero del eterno retorno, ahora sí de nuestra dictadura, populismo y sumisión consentidos y recurrentes.
Narrábamos esos aconteceres como cuentos de niños. Había una vez, contábamos, dibujábamos nuestra historia en pizarrones escolares, los bigotes de Gómez, “el bagre”. Nos llevaban al museo a ver a Miranda en la Carraca, como si eso nos salvara de la ignominia que fuimos y volveríamos a ser. Nos reíamos de Pérez Jiménez, el gordito aquel, bonchón persiguiendo carajitas desnudas en su Vespa de nuestros sueños más gozosos. Complementaban este álbum de barajitas y de ejemplos las buenas excepciones de la partida: el “Sabio” Vargas, López Contreras, Medina Angarita, Rómulo Gallegos.
Y vino a venir pasajero el capítulo de la democracia; tiempo de doble tesitura, por lo que de corrupta e ineficaz tuvo y frágil además, a pesar de todas sus glorias, que las hubo, para que no me brinquen encima ahora sus amantes llorones, que quién sabe si al final dejaron al “gocho” Pérez sucumbir en manos de esto que ahora somos.
Lo cierto es que hemos sido imaginadores del pasado, propiciadores se diría y en buena medida, de aquello, de nuestro caudillismo, de las arengas puebleras, ¡ah, esos andinos sí sabían gobernar, carajo! Mentiras, gobernaron cien años y qué. Alborotadores de excentricidades, sí, nuestra historiografía no logró cambiar el esquema: aquel gustico a monte, a ruana, a caballo, a polvareda y humedales, persiguiendo un fantasma de machete en la mano, a un caudillo, hacia no sé dónde, hacia no sé qué, hacia no sé cuándo. Tierra de gracia. Bochinche y más bochinche. Barbarie contra civilización.
Porque si no habitara entre nosotros ese fantasma colectivo del caudillaje, cómo fue que entonces se sembró tanto odio, por qué se inventaron tantos enemigos, de cuándo acá somos dos sociedades, quién el arquitecto de tanta distancia, quién borró el horizonte, quién plantó esta patraña y quién la riega constante.
Los dueños de esta implosión elaborada, los generales de tanto veneno, deberían dormir desde hace tiempo en su propio panteón de pesadilla, pues tanto mal repartido y sembrado merece una pena que la justicia de los hombres no es capaz por sí sola de otorgar.
Pero no, están aquí tan campantes, gobernando al país, destruyéndolo como si nada; como antes. Y es tal su delirio y su ceguera, que son incapaces de ver que no tan lejos se divisa un volcán que ya fumea más que desilusión y escupe bocanadas de rabia y de desesperanza, que a buenas o por malas deberá vomitar para finalmente, reposar en su destino de ceniza. Y a empezar otra vez, como siempre.