martes, 1 de julio de 2014

El precio de no involucrarse.

 

 

 

 

 

 

Por: Alberto Medina Méndez

Es demasiada la gente que se queja. La paradoja es que son los mismos que hacen bastante poco por cambiar el curso de los acontecimientos. A ellos les molesta mucho lo que ocurre a diario, pero a la hora de participar, despliegan una interminable lista razones por las cuales no serán de la partida y delegarán en otros esa vital tarea.

Muchos prefieren ser solo espectadores de lo que sucede y de ningún modo tomar la responsabilidad de asumir el protagonismo necesario que les permita modificar la realidad. A Edmund Burke se le atribuye aquella frase que dice que "lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada". Una descripción casi perfecta de la actualidad.


Una sensación generalizada invade a la sociedad y es que la política no ofrece a los mejores. Se dice que son mediocres, que no tienen ideas y que abundan los deshonestos en esa labor. No menos cierto es que esas características son más que frecuentes también en otras áreas del quehacer cívico. Es que la dirigencia en general no es muy diferente en promedio. Los que lideran las organizaciones de la sociedad civil, los clubes, las comisiones barriales, los consorcios de los edificios, los sindicatos, las entidades empresarias, las colegiaciones profesionales, no escapan a esta regla casi universal y en todo caso no hacen más que confirmarla.


Obviamente que también están las excepciones. Existe gente fuera de serie, especial, con grandes aptitudes. Pero el problema es justamente que no es un hecho habitual y frecuente, sino bastante inusual y por lo tanto escaso.


Es evidente que los mejores no ocupan los lugares claves de conducción y queda claro que no es casualidad. Existe una deliberada decisión individual de no ser parte. Eso es innegable. Los más capaces parecen haber elegido premeditadamente no participar, no integrarse, ni cooperar en lo mínimo.


Muchos afirman que no quieren ensuciarse, que la política implica embarrarse y que entonces la determinación pasa por no entrar a ese mundo infinitamente ingrato. Otros creen que solo han optado por dedicarse por completo a lo profesional, a los negocios, a la actividad propia, suponiendo que así se puede progresar.


Cualquiera sea la razón que lleve a estas personas a no sumarse al necesario proceso de cambio, lo que es indudable, es que el sendero seleccionado no resulta gratuito. Esta decisión tiene un enorme costo directo en la vida de cada ciudadano y en el de la comunidad toda.


Ser gobernado por mediocres, o inclusive por los peores, tiene consecuencias que están a la vista. Solo así se puede explicar que naciones con abundantes riquezas naturales, con tantas posibilidades de desarrollo, hayan sido pésimamente administradas y convivan con la pobreza.


Hay que poner mucho ahínco para lograr tan malos rendimientos, en tan poco tiempo. La ineptitud es la verdadera madre de estos infinitos fracasos y de los innumerables desaciertos que pueden recordarse.


Como los incompetentes no pueden gobernar con habilidad, orientan sus energías a construir ingeniosos mecanismos para saquear a los ciudadanos y quedarse con el fruto de su esfuerzo. Hay que reconocer que han demostrado una notable destreza y que han sido inmensamente eficaces para generar corrupción. Sin ellos, este presente no sería posible.


Los más sobresalientes suelen ser excelentes en lo suyo, pero tal vez no sean tan inteligentes como parecen. Ellos creen estar a salvo de todo haciendo lo suyo, lo que saben, siempre en el ámbito de lo privado. Después de todo, para eso se han preparado a lo largo de sus vidas. No han percibido que no alcanza con ser exitosos. Eso no sirve, al menos no en sociedades como estas, en las que el poder lo pueden ejercer los peores.


Nadie espera que los mejores ingresen masivamente a los partidos políticos. Solo sería deseable si pudieran garantizar que disponen de la fortaleza moral suficiente para no claudicar frente a las múltiples tentaciones que propone el poder. Las agrupaciones políticas pueden ser el instrumento apto para cambiar el estado de cosas y corregir el rumbo.


Pero existe otra alternativa. Los partidos configuran una variante, la más habitual, pero no la única. Tampoco se puede pretender que individuos con un colosal talento, abandonen sus profesiones y oficios. Pero si al menos pudieran integrarse a la sociedad civil en cualquiera de las diversas oportunidades existentes, si le dedicaran solo parte de su tiempo, dinero y sacrificio a ser protagonistas en serio y comprometerse, tal vez se podría escribir el futuro de otro modo y soñar con una sociedad mejor.


Lamentablemente son pocos los que lo han comprendido. No participar es oneroso. Es descomunalmente caro. Algunos ya lo entendieron y están intentando ser parte a su manera. Otros, ni siquiera eso. Siguen sin percibir el elevado costo que pagan por no participar. Se trata del precio de no involucrarse.


albertomedinamendez@gmail.com

Mordidas e ideología: una patología latinoamericana

Ver aqui "HISTORIAL" de Mujica 
http://www.marca.com/2014/06/24/futbol/mundial/1403633915.html

Por: Gustavo Coronel
 
Para Mujica y Maduro esta es la única mordida que existe

Pequeños eventos arrojan en ocasiones alguna luz sobre nuestros problemas sociológicos de fondo.
José Mujica, presidente de Uruguay, dijo que la expulsión de Luis Suárez del campeonato mundial de fútbol fué debida a que Suarez “vino de abajo y no tiene una educación”. La vió como un abuso de los países poderosos contra los pobres e ignorantes de la región.
 
Nicolás Maduro, el conductor de Venezuela, aseveró que la sanción se debió a que la Fifa “no le perdona que un hijo del pueblo haya eliminado a dos grandes equipos (juegos de Inglaterra e Italia). Le inventaron un expediente parar suspenderlo en el fútbol cuando brilla, para sacarlo del Mundial”. Para Maduro la expulsión de Suárez fué un venganza del imperialismo maluco contra un modesto hijo del pueblo, para lo cual “inventaron” un hecho que no ocurrió (la mordida). .
 
Mucho de lo que sucede en el mundo es visto por los líderes “revolucionarios” de América Latina desde una perspectiva ideológica. Se trata de fanáticos que han hecho del complejo y el resentimiento una religión, vendiéndole a  millones de pobres que “ser rico y educado es malo”.  Tanto Mujica como Maduro afirman que la expulsión de Suárez fué un acto de agresión imperialista contra los pueblos de América que luchan por su indepndencia.  

En similar postura ideológica Evo Morales acaba de decretar, generando hilaridad mundial,  que los relojes de Bolivia marchen hacia la izquierda. Nuestro difunto sátrapa modificó el horario en Venezuela para que no se pareciese al de los países del norte y el escudo de Venezuela para poner al caballo a correr para atrás. El sitio favorito del chavismo,www.aporrea.org,no habla de “copyright” sino de “copyleft”. Los ministros del gabinete venezolano solo usan la mano izquierda para juramentarse.

Hay en ellos una obsesión de no ser confundidos con el mundo desarrollado, de mostrar orgullo de su atraso, de su miseria, de la viveza criolla, de eso que Maradona, un exponente de este mundo absurdo, llamó la “mano de dios”, es decir, la glorificación de la trampa. A este mundo también pertenece el entrenador del equipo uruguayo, Oscar Tavarez, quien rechazó indignado la sanción de Suárez.  Lo oí decir en la TV: “Este es un campeonato mundial de fútbol, no de moralidad”, como si jugar al fútbol no estuviera sujeto, como toda actividad , a las leyes de la decencia y de la ética.
 
Hay demasiada similitud en estas actitudes para pensar que ellas puedan ser producto de la casualidad. Parecen formar parte de una filosofía perdedora de la vida,  de una religión basada en la envidia y el odio que pone a sus víctimas a nadar en una salsa de mediocridad y resentimiento. Que esa actitud sea compartida por millones en la región latinoamericana revela la existencia de una enfermedad epidémica, más que posturas caprichosas e individuales de uno u otro anormal.

Debido a ello el problema no se resuelve con tratamiento psiquiátrico para un Chávez o un Ortega o un Kirchner (sobre todo porque los psiquiatras de estos regímenes usualmente padecen de la misma enfermedad, véanse los casos de Edmundo Chirinos y Jorge Rodríguez). Estamos enfrentados a una inmensa aflicción colectiva derivada de la ignorancia y la pobreza. Los líderes no han causado la enfermedad tanto como han sido sus víctimas. Sin embargo, el estar  colocados en posiciones de poder político los ha convertido en poderosos agentes de contagio. 

La solución no admite atajos. Tiene que comenzar por la comprensión y aceptación del problema. Un miope que no se dé cuenta de su miopía termina por atropellar a alguien antes de ir al oculista. En nuestros países hasta quienes no padecen la enfermedad se resisten a admitir su existencia.  Solo cuando podamos  aceptar que tenemos un problema colectivo podremos ir a la solución de largo plazo, la cual deberá ser perseverante y sistemática. Se trata de reemplazar a los millones de ignorantes por ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus deberes en la sociedad.

Esto no se logra en un ciclo politico. Requiere, al menos, un par de generaciones para mostrar adelanto real. Quienes digan  que esto es imposible de lograr en nuestra América solo debe ver hacia Chile o Costa Rica o, inclusive hacia una Uruguay sin Mujica (o a pesar de Mujica), países que ya han logrado generar una masa crítica de buena ciudadanía.Las estadísticas económicas y sociales en estos países son evidencia  de un nivel de calidad de vida muy superior a las de sus vecinos regionales, llámense Venezuela o Nicaragua. Por supuesto, tenemos ejemplos claros de alta calidad de vida en otras regiones del mundo: Corea del Sur, Malasia, Singapore, Canadá, Dinamarca, países que prueban que el desarrollo no es tanto un asunto de geografía o de genética como de actitudes colectivas. Una vez que se crea una masa crítica ciudadana las sociedades desrrollan una dinámica virtuosa que tiende a generar más progreso, mientras que donde aún predomina el gentío existe una inercia perversa que tiende a perpetuar el atraso. 
 
La solución demanda tiempo y dedicación, no es “sexy” para quienes desean el progreso sin esfuerzo, para quienes están acostumbrados a esperar sentados la acción paternalista del estado. Solo un liderazgo vigoroso podrá echar a rodar en nuestros países el proceso de creación de ciudadanía que nos libere de la miseria y de la ignorancia. Esa si sería la verdadera revolución latinoamericana.