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viernes, 4 de octubre de 2013

5 razones para no prohibir las redes sociales en la oficina

 


Según el empresario Vivek Wadhwa, que las empresas prohiban el uso de las redes sociales como Twitter, Facebook o Lindedln, entre otras, provoca “muerte cerebral” en los empleados

Y es que el poseedor de una de las 40 mentes con mayor influencia en la tecnología, asegura que esa regla es contraproducente y antigua, pues las redes sociales son la nueva pausa para el café, son beneficiosas para realizar múltiples tareas y nos vuelven más productivos porque abre nuestras mentes. 

Lea con atención el trabajo especial publicado en el portal web de CNN sobre este tema.
Si la empresa en donde trabajas te prohíbe utilizar Twitter, Facebook, LindedIn y otras redes sociales en la oficina, esa política tiene “muerte cerebral”, me dijo el empresario Vivek Wadhwa.
Wadhwa, quien se encuentra en la lista de las 40 mentes con mayor influencia en la tecnología, por supuesto tiene razón. A continuación encontrarás cinco razones, tomadas de varios libros publicados este año.

1. Es contraproducente

Gerentes dictatoriales, considérense advertidos. El prohibir las redes sociales en el trabajo es tan posible como los intentos del Rey Canuto para detener la marea. Como Nicco Mele afirma en The End of Big: Howe the Internet Makes David the New Goliath (El final de lo grande: cómo el internet hace de David el nuevo Goliat), las redes sociales en realidad contribuyen a la muerte de la gran empresa.
Además, ya que la mayoría de los trabajadores ahora tienen sus teléfonos inteligentes y sus tabletas, es prácticamente imposible -sin establecer un régimen totalitario que lo ve todo- evitar que los trabajadores echen un vistazo a sus actualizaciones de Facebook o las entradas de Twitter mientras van a los servicios.

2. Es una idea muy antigua

Incluso la palabra “prohibición” es arcaica. Como argumenta Moisés Naim en The End of Power (El fin del poder), al socavar las jerarquías tradicionales y las barreras, el Internet hace que sea cada vez más difícil prohibir cualquier cosa. “El estar al frente no es lo que era antes”, anota en el subtítulo del libro. Los dictadores de Medio Oriente deberían, por supuesto, tener cuidado. Aunque también deberían tenerlo los todopoderosos directores de TI o los gerentes de R.H. cuyo monopolio de autoridad y poder ha sido socavado por el internet. Como la Plaza Tahrir, la oficina en el siglo 21 ha sido radicalmente democratizada. Las oficinas estrictamente controladas de arriba a abajo ya no funcionan. Son tan del siglo XX.

3. Las redes sociales son la nueva pausa para el café

Es la versión del Siglo 21 del enfriador de agua. Es la forma como recibimos las noticias, nos ponemos al día con los amigos y colegas, hacemos nuestros planes sociales, establecemos nuestras identidades y vemos al mundo. Nuestro uso obsesivo de las redes sociales significa que todos vivimos en un presente perpetuo, dice el columnista de CNN Douglas Rushkoff en Present Shock: When Everything Happens Now (Choque con el presente: cuando todo pasa ahora). Es lo que los gurús de las redes sociales Robert Scoble y Shel Israel describen en Age of Context (Era del contexto).Como Scoble nota, este ambiente rico en redes sociales, en donde todo lo que hacemos se convierte en “información social”, es lo que llama el “nuevo mundo”. Esto es “atemorizante” y “estrafalario”, reconoce Scoble. Pero es tan inevitable como los coches que se conducen solos o los ordenadores portátiles. La prohibición de las redes sociales, por lo tanto, es esencialmente prohibir a las personas en el trabajo. Es como si se ilegalizara hablar o reír. Igual podrías prohibir respirar.

4. Es beneficioso realizar múltiples tareas

Como cualquier persona con niños lo sabe, los nativos digitales viven sus vidas híper-conectadas gracias a la realización de múltiples tareas al mismo tiempo. Y lo mismo es cada vez más cierto en el trabajo. Erase una vez, nos sentábamos todo el día en la oficina y luego nos íbamos a casa para disfrutar de nuestro tiempo libre. Sin embargo, hoy en día, el trabajo y el tiempo libre están estrechamente conectados. De manera que el ‘tweet’ ocasional o la actualización de Facebook desde la oficina no significa que no estás trabajando. Simplemente significa que parte de tu cerebro podría estar temporalmente concentrado en otra cosa. Esa concentración temporal describe la naturaleza del trabajo en el Siglo 21. Así es como todos -incluso los más eficientes entre nosotros- funcionan en la era de las redes. Como Jane McGonigal indica en su ‘bestseller’ Reality is Broken: Why Games Make Us Better and How They Can Change the World (La realidad se ha averiado: por qué los juegos nos hacen mejores y cómo pueden cambiar el mundo), el realizar tareas múltiples en realidad nos vuelve más creativos al estimular nuestro carácter juguetón.

5. Nos vuelve más productivos porque abre nuestras mentes

Las redes sociales no sólo nos permiten resolver los grandes problemas de forma grupal, sino también nos instruye más, nos hace capaces de pensar con mayor independencia y nos proporciona una sensación como PES de lo que otras personas piensan, de acuerdo a Clive Thompson en Smarter Than You Think: How Technology is Changing Our Minds for the Better (Más listo de lo que crees: cómo la tecnología mejora nuestras mentes). Por medio de Twitter, podemos acceder a artículos e historias del periódico que de otra forma nos perderíamos. LinkedIn nos permite la interconexión con colegas. Facebook nos proporciona inteligencia sobre ideas y empresas competitivas. Y prohibir las redes sociales en el trabajo únicamente aumenta aún más este conocimiento al alentarnos a comunicarnos con empresas más abiertas e innovadoras.
Por Andrew Keen / CNN

Tomado de: http://www.noticias24.com

¿Está acabando Google con nuestra memoria?

Lo que sigue son unos fragmentos del libro de Clive Thompson Smarter Than You Think: How Technology Is Changing Our Minds for the Better, que acaba de publicar Penguin Press:

¿Está acabando internet con nuestra capacidad de recordar datos? Si alguna vez se ha lanzado a su smartphone durante una discusión de bar (“Cantante que solo tuvo un éxito y hoy es el padre de una estrella del pop que hace bailes obscenos”, ¡Billy Ray Cyrus!), entonces seguro que siente un persistente temor a estar perdiendo la memoria. Y, seamos sinceros, a medida que surjan herramientas de búsqueda cada vez más alucinantes y poderosas --desde el Watson que juega a Jeopardy! de IBM hasta la “búsqueda predictiva” de Google Now--, esa inquietud no va a hacer más que aumentar.

¿Es verdad? ¿Cada vez que echamos mano al ratón porque se nos han olvidado los ingredientes del Tom Collins o la capital de Arkansas estamos perdiendo la capacidad de retener conocimientos?

La respuesta rápida es que no. Las máquinas no están destrozando nuestra memoria.

La respuesta más larga es que ¡se trata de algo muchísimo más extraño!

Lo que sucede en realidad es que hemos empezado a adaptar las máquinas a una vieja técnica que desarrollamos hace miles de años, la “memoria transactiva”. Es decir, el arte de almacenar información en las personas que nos rodean. Hemos empezado a tratar los motores de búsqueda, Evernote y los smartphones como siempre hemos tratado a nuestros cónyuges, amigos y colegas. Son los cómodos dispositivos que utilizamos para compensar nuestra escasa capacidad de recordar detalles.

Porque, francamente, a nuestro cerebro siempre se le ha dado muy mal recordar detalles. Sabemos retener la información esencial. ¿Pero los datos concretos y engorrosos? No tanto. En un estudio de 1990, mucho antes de que las redes corroyeran nuestras mentes como se piensa, el psicólogo Walter Kintsch llevó a cabo un experimento en el que los sujetos leían varias frases. Cuando les preguntaba 40 minutos después, solían poder de recordar las frases al pie de la letra. Cuatro días después, eran totalmente incapaces de recordar la formulación exacta de la frase, pero aún sabían describir su significado.

La excepción es cuando alguien está obsesionado con un tema. Si una persona es muy aficionada a algo concreto --fútbol, la Guerra de Secesión, Pokémon--, suele tener gran facilidad para absorber y retener detalles. Cuando uno es experto en algo, no le cuesta nada aprender datos nuevos sobre la materia. Pero eso solo pasa con cosas que nos apasionan. Los aficionados al béisbol pueden recitar las estadísticas de sus jugadores favoritos y en cambio olvidar cuándo es su propio cumpleaños.

La humanidad, pues, siempre ha recurrido a dispositivos para averiguar esos detalles. Hace mucho que almacenamos conocimiento en libros, papeles, notas de Post-it.

¿Y cuándo necesitamos obtener información sobre la marcha, en cualquier momento y a toda velocidad? Entonces no utilizamos documentos tanto como creemos. No, recurrimos a algo mucho más inmediato: otras personas.

El psicólogo de Harvard Daniel Wegner y sus colegas Ralph Erber y Paula Raymond iniciaron el estudio sistemático de la “memoria transactiva” en los años ochenta. Wegner se dio cuenta de que los cónyuges, muchas veces, se reparten las tareas. El marido se sabe los cumpleaños de los familiares políticos y dónde están las bombillas de repuesto; la mujer, el número de la cuenta bancaria y cómo programar el DVD. Si se le pregunta al marido el número de cuenta, se encoge de hombros. Si se le pregunta a la mujer cuándo cumple años su cuñada, nunca se acuerda. Juntos, saben mucho. Por separado, un poco menos.

Wegner sospechó que ese reparto de tareas se produce porque tenemos una buena “metamemoria”. Somos conscientes de nuestras cualidades y limitaciones mentales podemos intuir la capacidad de recordar de otras personas. Después de mucho tiempo con un colega o una pareja, sabemos que, mientras que nosotros no conseguimos recordar la hora de nuestra reunión, o una noticia, o cuánto mide un kilómetro en relación con una milla, ellos sí. A unos les encanta el tema X; a otros, el tema Y. Así que cada uno empieza a delegar subconscientemente la tarea de recordar esos datos en el otro, a tratarlos como si fueran un cuaderno de notas o una enciclopedia, y ellos hacen lo mismo. En muchos aspectos, indicó Wegner, las personas son mejores que los cuadernos y las enciclopedias, porque responden con mucha más rapidez: no hay más que gritar una pregunta vagamente formulada al cubículo de al lado (¿Dónde guardamos el cacharro que usamos para ese asunto?) y obtenemos una respuesta en cuestión de segundos. Compartimos el trabajo de recordar, destacó Wegner, porque hace que, como colectivo, seamos más inteligentes.

Los experimentos han corroborado la teoría de Wegner. Un grupo de investigadores estudió a parejas de ancianos que llevaban décadas juntos. Cuando los separaba y les preguntaba de forma individual sobre cosas que habían pasado hacía años, a veces se equivocaban con los detalles. Cuando les preguntaba juntos, los recordaban sin problemas. ¿Por qué? Porque se daban mutuamente pistas, una forma de despertar los recuerdos del otro. Así recordaba una pareja un espectáculo que habían visto durante su viaje de novios, 40 años antes:

Mujer: Y fuimos a ver dos obras, ¿te acuerdas de cómo se llamaban?

Hombre: Sí. Una era un musical, ¿o lo eran las dos? No… no… una…

Mujer: Actuaba John Hanson en ella.

Hombre: Canción del desierto.

Mujer: Canción del desierto, eso es, no me acordaba del título, pero sí, sabía que actuaba John Hanson.

Hombre: Sí.

En cierto sentido, estaban googleándose uno a otro. Otros experimentos han dado resultados similares. En uno de ellos, se enseñaba a unas personas a hacer una cosa difícil --montar una radio-- y se les examinaba una semana después. Los que habían aprendido en grupo y se examinaban con ese mismo grupo lo hacían mucho mejor que los que trabajaban a solas; juntos, recordaban más detalles y cometían menos errores. En 2009, unos investigadores observaron a 209 estudiantes universitarios en un curso de empresa, divididos en pequeños grupos para llevar a cabo un proyecto semestral. Los grupos que más utilizaban la memoria transactiva --es decir, los grupos cuyos miembros más recurrían unos a otros para recordar información-- sacaron mejor nota que los que no la empleaban. No es solo que los grupos trasactivos recuerden mejor: es que además analizan mejor los problemas y comprenden mejor sus principios fundamentales. 


Fuente: http://globovision.com/articulo/esta-acabando-google-con-nuestra-memoria

Y aqui en Venezuela no hay casi Bibliotecas y las que hay, no quieren aceptar libros en donación










Quien es honesto, es honesto en cualquier tiempo y en cualquier circunstancia.

Finalmente, el libro volvió a su lugar en la biblioteca del condado de Champaign, en Ohio, Estados Unidos. Después de 41 años de tenerlo en préstamo, el usuario devolvió "The Real Book About Snakes" (El verdadero libro sobre las serpientes) acompañando de la siguiente nota:

“A la biblioteca del condado de Champaig: lamento haberme quedado tanto tiempo con este libro, pero soy un lector lento. Incluyo mi multa de 299.30 dólares (41 años, a razón de dos centavos por día). Una vez más, lo lamento”.

Es una multa significativa si pensamos que se trata de un libro, pero el director de la librería, Ty Henderson, le dijo a WDTN, afiliada de CNN,  que es  una porción mínima del dinero que los usuarios deben por en multas por retrasos en la devolución, que calcula en más de 280.000 dólares.

“Por lo general, cuando los libros no son devueltos, tenemos que reemplazarlos”, le explicó Henderson a WDTN.

También aprovechó para enviarle un mensaje a todos aquellos que no han devuelto libros: “Nunca es demasiado tarde para traerlos a la librería”.

http://www.periodico24.com/devuelve-un-libro-a-la-biblioteca-41-anos-despues/noticia/31602/

Esquilo

Toda el agua de los ríos no bastaría para lavar la mano ensangrentada de un homicida.
ESQUILO