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lunes, 1 de julio de 2013

Carta que el Jefe Piel Roja Sealth le escribiera en 1855 al Pdte. estadounidende Franklin Pierce:

 











El siguiente documento es uno de los más preciados por los ecologistas, se trata de la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en respuesta a la oferta de compra de las tierras de los Suwamish en el noroeste de los Estados Unidos, lo que ahora es el Estado de Washinton. Los indios americanos estaban muy unidos a su tierra no conociendo la propiedad, es más consideraban la tierra dueña de los hombres. En numerosos ámbitos ecologistas se le considera como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente".

 Carta del Jefe Indio Seattle
El Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras. El Gran Jefe también nos envía palabras de amistad y buena voluntad. Apreciamos esta gentileza porque sabemos que poca falta le hace, en cambio, nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta, pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego y tomarse nuestras tierras. El Gran Jefe de Washington podrá confiar en lo que dice el Jefe Seattle con la misma certeza con que nuestros hermanos blancos podrán confiar en la vuelta de las estaciones. Mis palabras son inmutables como las estrellas.


¿Cómo podéis comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del centelleo del agua.

¿Cómo podríais comprarlos a nosotros? Lo decimos oportunamente. Habeis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja resplandeciente, cada playa arenosa, cada neblina en el oscuro bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido son sagrados en la memoria y la experiencia de mi pueblo. La savia que circula en los árboles porta las memorias del hombre de piel roja.

Los muertos del hombre blanco se olvidan de su tierra natal cuando se van a caminar por entre las estrellas. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las fragantes flores son nuestras hermanas; el venado, el caballo, el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las praderas, el calor corporal del potrillo y el hombre, todos pertenecen a la misma familia. Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que desea comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide.

El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas, ello no será fácil porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que lo son y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre.

Los ríos son nuestros hermanos, ellos calman nuestra sed. Los ríos llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y hermanos de vosotros; deberéis en adelante dar a los ríos el trato bondadoso que daréis a cualquier hermano.

Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Le da lo mismo un pedazo de tierra que el otro porque él es un extraño que llega en la noche a sacar de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermano sino su enemigo. Cuando la ha conquistado la abandona y sigue su camino. Deja detrás de él las sepulturas de sus padres sin que le importe. Despoja de la tierra a sus hijos sin que le importe. Olvida la sepultura de su padre y los derechos de sus hijos. Trata a su madre la tierra, y a su hermano el cielo, como si fuesen cosas que se pueden comprar, saquear y vender, como si fuesen corderos y cuentas de vidrio. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí sólo un desierto.

No lo comprendo. Nuestra manera de ser es diferente a la vuestra. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el desplegarse de las hojas en primavera o el orzar de las alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender las cosas.

El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es cuando el hombre no es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la laguna? Soy un hombre de piel roja y no lo comprendo. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la cala del lago y el olor del mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado por la fragancia de los pinos.

El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento: el animal, el árbol y el hombre. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Al igual que un hombre muchos días agonizante, se ha vuelto insensible al hedor. Mas, si os vendemos nuestras tierras, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. Y, si os vendemos nuestras tierras, debéis dejarlas aparte y mantenerlas sagradas como un lugar al cual podrá llegar incluso el hombre blanco a saborear el viento dulcificado por las flores de la pradera.

Consideraremos vuestra oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarla, pondré una condición: que el hombre blanco deberá tratar a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de conducta. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por el hombre blanco que les disparó desde un tren en marcha. Soy un salvaje y no comprendo como el humeante caballo de vapor puede ser más importante que el búfalo al que sólo matamos para poder vivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales hubiesen desaparecido, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu. Porque todo lo que ocurre a los animales pronto habrá de ocurrir también al hombre. Todas las cosas están relacionadas entre sí.


Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. Cuando los hombres escupen el suelo se escupen a sí mismos.

Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Lo que ocurre a la tierra ocurrirá a los hijos de la tierra. Lo sabemos. Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia.


Aún el hombre blanco, cuyo Dios se pasea con él y conversa con el -de amigo a amigo- no puede estar exento del destino común. Quizá seamos hermanos, después de todo. Lo veremos. Sabemos algo que el hombre blanco descubrirá algún día: que nuestro Dios es su mismo Dios. Ahora pensáis quizá que sois dueño de nuestras tierras; pero no podéis serlo. El es el Dios de la humanidad y Su compasión es igual para el hombre blanco. Esta tierra es preciosa para El y el causarle daño significa mostrar desprecio hacia su Creador. Los hombres blancos también pasarán, tal vez antes que las demás tribus. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Pero aún en vuestra hora final os sentiréis iluminados por la idea de que Dios os trajo a estas tierras y os dio el dominio sobre ellas y sobre el hombre de piel roja con algún propósito especial. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor a muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes.

¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció.
¿Dónde está el águila? Desapareció.
Así termina la vida y comienza la supervivencia.... 


Tomado de: http://www.guelaya.org

Ariosto

Todos debemos auxiliar a nuestro prójimo, porque las buenas acciones raras veces quedan sin recompensa, y aun en el caso de no obtenerla, al menos su práctica no puede causar la muerte, ni perjuicio, ni ignominia.
ARIOSTO, Ludovico

El hombre cree que es superior a los microbios pero se equivoca







Por: Arístides Bastidas - Diciembre 26, 2010

La naturaleza debe estar arrepentida de haber promovido como el más equipado de sus modelos, a ese llamado hombre.

Durante 420 millones de años la vida conquistó la parte seca de la superficie planetaria y allí prosperó a través de las más ricas y diversas manifestaciones, tanto en las especies animales como en las vegetales. Los descendientes de las algas y de los peces se instalaron en tierra firme y edificaron sobre ella un generoso imperio natural regido por opulenta armonía entre los seres que caminaban por los suelos, los que volaban por los cielos y los que habían hincado sus raíces en las entrañas subterráneas para obtener la savia vivificante conque crearían el verde esplendoroso del paisaje.

En tan largo período se extinguieron formas de vida que no supieron adaptarse, sustituidas por otras mejor preparadas para la sobrevivencia. Las áreas que permanecieran descubiertas durante 4 mil millones de años fueron cobijadas por un almohadón de restos orgánicos constituidos por dinámicos gérmenes, insectos y lombrices que hacían, antes como hoy, los cambios químicos formadores de las sustancias que absorberán las plantas.

Ahora bien, cuando apareció el bípedo, orgulloso de su inteligencia superior, impuso sus propias reglas persuadidos de que era el rey de la creación. Al intentar sustituir a la naturaleza la quebrantó con tal gravedad, que no sólo ha extinguido diversas especies animales sino que ha puesto en jaque la existencia de su propio género.

La biosfera, es decir, la franja donde transcurre la vida, comienza a 10.000 metros en las simas del mar pobladas de peces provistos de órganos luminosos, continúa por toda la superficie terrestre y termina en el aire, en las copas de los árboles donde están los más elevados nidos de las aves. Esta franja es proporcionalmente una lámina más delgada que la que cubre una manzana. La residencia de la vida ocupa pues una pequeña dimensión del globo y no hay modo de mudarla para otra parte.

El recién llegado no parece comprender esto.Ufano de su razón, la ha deformado tanto que luce preferible la sin razón con que se han desempeñado los animales. Estos se ajustaron siempre a las normas del bosque, de la selva o la sabana donde estuvieran sus domicilios.

Nosotros irrespetamos esas leyes y aplicamos las nuestras que con el surgimiento de las primeras civilizaciones, consistieron en derribar árboles para diversos usos, sin preocuparnos por sembrar los sustitutos.

El hombre es el único ser que hace guerras masivas contra los miembros de su propia especie. Hubo quienes las justificarán con el absurdo argumento de que los conflictos bélicos, de modo igual a las pestes, controlaban el crecimiento humano. Les declaró también la guerra a distintos animales que ha eliminado con el objeto de complacer ciertos atavismos como el de la caza o de atender requerimientos lucrativos. Está a punto de desaparecer el Tigre de Bengala, víctima de una ensañada persecusión a tiros como la sufrida por hervíboros y carnívoros de Africa.

El hombre ha procedido así porque el rompimiento de esos enlaces ecológicos no ha causado dramático desequilibrio aunque, desde luego, lo causa.

Los investigadores estadounidenses quedaron sorprendidos cuando encontraron rastros de DDT en los pinguinos de Alaska, quienes habitan regiones muy distantes de aquellas en que se aplicaban los insecticidas graduales. De inmediato no se podrían vaticinar las consecuencias que ello acarree a esos animales y a los camarones conque se alimentan, que seguramente asimilaron el DDT al ingerir los corpúsculos orgánicos disueltos en el mar contaminado con el mismo, que llegaran a traves de los ríos, procedentes de los labrantíos. Esto podría ser un ejemplo de la vinculación que hay entre todos los fenómenos de la biosfera, aun entre aquellos separados por largas distancias.

Los animales dieron en un regio escenario la bienvenida al hombre hace 500.000 años. Deben estar pensando ahora que es así como paga el diablo al verlos manejar los bienes de la naturaleza con la audacia y los riesgos del aprendiz de brujo y los respectivos riesgos, por supuesto.

Subrayemos el principio de que la conservación correcta es la que se hace en función de una vida sana y feliz.

Debemos aplicar las normas del mutuo auxilio. Si ayudamos a la naturaleza ella estará en condiciones de ayudarnos más y mejor. Sacrificamos permanentemente cabezas de ganado, aves de corral, cerdos, cuyas carnes han permitido este avasallante aumento de la población. Más como al mismo tiempo renovamos e incrementamos el número de esos animales, nosotros ganamos por las proteínas que nos suministran y ellos ganan porque aseguran su perpetuidad. La sociedad con el hombre, por otra parte, los libra de la preocupación de que buscar el sustento.

A fines del siglo pasado, los taladores de los árboles fueron una plaga que asoló los bosques de costa a costa en los Estados Unidos. Quedaron desnudas las superficies ocupadas por los estados de Michigan y Wisconsin. Aparecieron enormes desiertos erosionados donde antes la flora luciera su majestuosa belleza. El gobierno de Teodoro Roosevelt adoptó medidas eficaces. Gracias a las mismas, hoy, cuando la explotación maderera es la mayor en la historia norteamericana, se multiplican las reservas forestales porque siembran tres árboles por cada dos que se cosechan. No creo que hagamos algo parecido los venezolanos en la actualidad.

Nos han enseñado a juzgar mal a los microbios. Entre ellos hay algunos que producen enfermedades que nos obligan a replicar con una guerra defensiva. La mayoría, sin embargo, son buenos y provechosos para la existencia de las plantas, de los animales, de los seres humanos. En un puñado de tierra fértil hay un mundo de cientos de veces más poblado que el nuestro. Los contituyen gérmenes que transforman los cadáveres de animales o vegetales en gratos nutrientes de las raíces. Con esos nutrientes de tan feo origen se formarán mas tarde los pétalos de una flor, la pulpa azucarada de una fragante fruta o el verde sugestivo del césped.

Cuando esos microbios, milagros químicos invisibles, no están en la tierra, ella se torna estéril y sólo sirve de sepultura a las semillas. Durante los incendios, gran parte de esos microrganismos mueren achicharrados por las altas temperaturas.

Dedúzcase fácilmente esta cadena ecológica: los microbios y los animalejos del suelo alimentan a las plantas; éstas alimentan a los animales y a los humanos a través de diferentes niveles; los cuerpos muertos alimentan a los microbios que lo transforman, y este ciclo se repite indefinidamente mientras no sufra interrupciones importantes. La ecología está representada por cadenas de la vida en las cuales los eslabones representan diferentes formas de lela en orden sucesivo.

El error del hombre está en estimar que él es el eslabon más significativo y que los parásitos son el más despreciable. O rectifica esa opinión o su porvenir quedará gravemente comprometido. Deberá advertir que la vida existió durante millones de siglos sin su concurso, y aunque podría prescindir de él le sería imposible imposible mantenerse sin el auxilio de los microrganismos ya aludidos.

El señor Marcuse tenía razón cuando censuraba las necesidades artificiales que nos alienan. Podemos entender el papel de las máquinas que nos transportan o que fabrican los productos de utilidad esencial. No podríamos decir lo mismo de los artefactos que empleamos, no para hacer más confortable la existencia, sino para aumentar la molicie y librar a nuestros músculos y a nuestro cuerpo de movimientos y ejercicios buenos para la salud. Además, hemos aceptado masoquistamente la tiranía de ciertos artículos objetables, sin los cuales no estaríamos cómodos.

Entre los mismos se encuentran los recipientes desechables de aluminio, latón, plástico y de vidrio no retornable, con los que ensuciamos el planeta. Y ¡qué decir de la interminable sucesión de las modas! Ropas y calzados sin desgaste son echados a la basura para ser sustituidos por aquellos que constituyen el último hit de la novelería. En resumen, hay cosas y objetos innecesarios cuya producción consume enormes cantidades de energía a pesar de que sus fuentes tradicionales se agotan y que arrojan desperdicios químicos contaminantes de la tierra, de las aguas y del aire.


Sería absurdo secundar a Rousseau en su prédica de que el hombre retorne a sus estadios primitivos para ser dichoso. Lo juicioso es proponer que use más inteligentemente los frutos de la inteligencia, y que no se deje ahogar en el océano de maravillas suntuosas y artificiales que le ofrece la tecnología cuando la dejan de su cuenta, sin las riendas que le den carácter profundamente humano.

Nos jactamos de los ingeniosos hallazgos de la ciencia moderna, y soslayamos verdades que estaban presentes en otras gentes no tan doctas como las de hoy, pero más conscientes.

Veamos unos párrafos de la carta que el Jefe Piel Roja Sealth le escribiera en 1855 al Presidente estadounidende Franklin Pierce:

"No hay un lugar de quietud en las ciudades del hombre blanco. No hay lugar donde oir las hojas de la primavera o el sonido de las alas de los insectos. Pero tal vez porque yo soy un salvaje y no comprendo, el ruido sólo parece insultar mis oídos. El indio prefiere el suave sonido del viento volando como un dardo sobre la superficie del lago, y el olor del viento limpio por la lluvia del mediodía o aromado por los pinos. El aire es precioso para la piel roja. Porque todas las cosas comparten el mismo aire, las bestias, los árboles, el hombre. El hombre blanco parece no darse cuenta del aire que respira". ¿Qué es un hombre sin las bestias? Si todas las bestias desaparecen, el hombre moriría de gran soledad de espíritu, porque todo lo que ocurre a las bestias tanbién le pasa a los hijos de la tierra. Cuando todos los búfalos sean liquidados, los potros cerreros sean domados, los rincones secretos del bosque estén cargados del aliento de muchos hombres y la vista de las colinas salpicadas por los cables del progreso ¿dónde estará el águila? No existirá. Y ¿qué será decirle adiós al lazo y a la caza, el fin de la vida y el comienzo de la supervivencia? Nosotros podríamos comprender si supiéramos cuáles son los sueños del hombre blanco, qué esperanzas él les describe a sus hijos en las largas noches de invierno, qué visiones queman su imaginación y qué deseos tienen para el mañana. Pero somos salvajes , y los sueños del hombre blanco están ocultos para nosotros".

Yo sostengo a priori de que esos microseres que hay en el silente patrimonio de los suelos, poseen secretos para desafiar airosos grandes inclemencias. A Dios gracias.


Hace casi 30 años, las pruebas atómicas hechas en Bikini hicieron desaparecer todo vestigio de flora y fauna en la isla. Los microorganismos que allí quedaron, como redivivos, facilitaron la germinación de las semillas que retornaron en las aguas o en los vientos a la desértica región. El esplendor de la vida animal y vegetal volvió a Bikini, y yo me pregunto si ese reverdecimiento vital habría ocurrido si la isla hubiera sido invadida por la civilización de que tantos nos envanecemos en nuestras burbujeantes ciudades.

Tomado de: http://lacienciaamena.blogspot.com

Por eso la "TEORIA" politiquera en Venezuela ¡NO SIRVE DE NADA!; y en cuanto al "ejemplo" de los politiqueros... ¡Ni qué decir!

Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorias; breve y eficaz por medio de ejemplos.
SÉNECA, Lucio Anneo