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lunes, 27 de mayo de 2013

Refrán Castellano

A cada puerco le llega su San Martín

Igual que el coyote


Otro compañero de Intevep que se nos fue...

Gustavo Nuñez

 
Por: Antonio López Ortega 

Ha muerto mi amigo Gustavo Núñez. Y no hay razones públicas para destacarlo, salvo la memoria o el afán de los hombres por perseverar. Como muchos venezolanos del exilio, lo hizo en Panamá, mañana del sábado 25 de mayo, mientras dormía. Tendría una edad cercana a los 55 años, aunque siempre aparentó menos. Se entiende mal que una persona siempre atlética, deportista cabal, de vida muy sana, haya sido sorprendido por un infarto fulminante. Si sobrevino durante el sueño, como todos esperamos, la agonía no fue más que el rapto de una efímera pesadilla. Dicen que la muerte de los justos ocurre mientras sueñan, y tratándose de Gustavo, quien sin duda fue un ser generoso, sólo la bondad podía acogerlo.

Nos conocimos hacia 1974, o quizás un poco antes, por intermedio de un amigo común: José Gregorio Silva. Yoyo, como le decíamos, expulsado del Instituto Escuela por cualquier motivo banal, recaló en el colegio Champagnat, donde conoció a Gustavo y tantos otros. En poco tiempo, ese puente construyó amistades entre ambos bandos, y hacia 1975, año de nuestra graduación, ambas promociones casi hacían el acto juntas. Del Champagnat nos llegaba el deporte (eran futbolistas empedernidos) y también el rock (casi todos tocaban algo). Pero de todos ellos, Gustavo era la figura intelectual: buen lector, buen analista, buen músico. Se interesaba de manera cabal en el otro, interrogándolo hasta el cansancio: cuando sentía que ya lo había absorbido todo, una sonrisa de satisfacción le marcaba el rostro.

Si quisiera establecer una senda pública, debería decir que Gustavo estudió Ingeniería Mecánica en la USB, graduándose con honores. Después de sus estudios de postgrado, ingresó en PDVSA, y más específicamente en Intevep. Su rúbrica debe formar parte de los firmantes de aquella invención llamada orimulsión, que permitía mezclar petróleo pesado con agua y convertirla en combustible. Eran los años en que el país registraba patentes y exportaba carburantes innovadores para las plantas eléctricas del mundo. Lo vi por esos años varias veces y su crecimiento profesional era considerable: se fogueaba con técnicos y empresas de todo el orbe, con una autoridad y una competencia envidiables. Ese fulgor desaparecía años después con el llamado “paro petrolero”, en el que Gustavo ejerció un protagonismo activo, diríase militante, hasta ser expulsado como tantos otros. Un inicio de causa judicial le hizo ver que la seguridad de su familia (una emprendedora esposa y dos hijos) estaba en riesgo si permanecía en su país de origen. Buscó entonces otros horizontes y se decidió por Panamá, donde fundó un negocio próspero en el área petroquímica que dirigió hasta hoy.

Pero me interesa más hablar del Gustavo personal, buen amigo, solidario. Siempre tuve la impresión de que sus padres velaron por la educación integral de sus varios hijos, y Gustavo no fue la excepción. Era un guitarrista virtuoso, y no sólo buen ejecutante sino también compositor. Mi tibia cercanía con las letras y su probado dominio musical nos juntaron como fieles en una adoración común: la del rock sinfónico. No hubo banda, instrumentista, disco o pieza que no conociéramos y comentáramos. Nos volvimos unos eruditos, unos obsesos. La simbiosis entre el Instituto Escuela y el Champagnat juntaba algunos músicos de nivel, y en una época de febril seguimiento, superando algunos ensayos previos, Gustavo apareció un día en casa de Yoyo con la idea de fundar un grupo llamado “Nemquetaba” (después descubriríamos que, en sus lecturas extrañas de adolescente, se trataba de un dios de la mitología muisca, especie de anciano de cabellos largos y barba blanca, que instruyó a los primitivos habitantes en el arte de tejer, fabricar cerámica, hacer orfebrería y comerciar con sus vecinos. Todo armonizado bajo unas normas éticas que recordaban la doctrina cristiana).

Nemquetaba hizo un rock entre acústico y electrónico. Sus piezas eran largas, enrevesadas, de letras incomprensibles, pero el tono lírico, armonioso, de su discurso musical se debió a Gustavo, su líder indiscutible. Por allí pasaron Fernando Alarcón en los teclados (fallecido también a temprana edad), Roberto Smith en la guitarra eléctrica, Medardo Cabello en el bajo, Yoyo Silva en la batería y Orestes Appel en la voz (un imitador tardío, por lo angelical, de Jon Anderson). La banda ensayaba en la avenida El Paseo de Prados del Este, en casa de Yoyo, y yo no faltaba a ninguna de esas sesiones. Recuerdo que una tarde, en su acogedora casa de El Cafetal, Gustavo me preguntó si quería ser el letrista de Nemquetaba. Yo no podía decir que no a una solicitud que no sólo me halagaba, sino que también me ofrecía la primera tribuna concreta a lo que en aquellos tiempos fueran mis impulsos literarios. Conocedores como ambos éramos de King Crimson, era como si Robert Fripp designara a su muy particular Peter Sinfield.

Un relato que, afortunadamente, siempre mantuve manuscrito, de título “La burbuja roja”, fue tomado por Gustavo como la primera gran composición de la banda. Al estilo de Close to the Edge o de Thick as a Brick, concept albums legendarios de los años 70, Gustavo compuso una pieza larga, de varios segmentos, que podía detenerse en una audacia acústica o subir de tono con un solo de guitarra del intrépido Roberto. Gustavo me había pedido descomponer ese relato en una especie de poema épico, claramente versificado, para facilitar el canto de Orestes y los quiebres de ritmo. Y a mí, sencillamente, escuchar los ensayos de la pieza me transportaba a un umbral apenas intuido: una pobre pieza adolescente, llena de rebujos mentales, se convertía gracias a la música en una sinfonía entrañable, con momentos de alta sensibilidad. Esa certidumbre –la de saber que lo escrito podía llegar a ser algo, podía editarse– se la debo a Gustavo, y quizás él nunca lo supo, porque tampoco llegué a confesárselo.

Nemquetaba duró lo que lo que las bandas duraban en aquellos tiempos: meses o pocos años. Y el grupo no superó la diáspora que se imponía sobre sus integrantes a la hora de definir sus destinos universitarios, muchos de ellos internacionales. Creo que no queda un registro de grabación, como tampoco una presentación memorable: apenas aquellos ensayos, de sábado a sábado, en los que se nos iba lo mejor de nuestra juventud. Una juventud, podríamos decir, atrapada entre la ética (saber qué éramos) y la estética (intuir si trascendíamos).

Gustavo Núñez desaparece y es como si todo desapareciera. Pero estas líneas quieren ir a contracorriente y retener un sentimiento: su vida tuvo una enorme significación para muchos. No se diga para esposa e hijos, que lo amaron; no se diga para sus hermanas (Zulma en la rectitud, Sara en la hermosura, María Antonieta en la inocencia); no se diga para su madre y el dolor del hijo ido, sino también para sus amigos, los de hoy y los de ayer, entre los cuales tengo la fortuna de encontrarme.

Reconozco que en él tuve, junto a otros pocos, una de mis primeras amistades intelectuales: aquéllas que se deben a la afinidad de creencias, a las lecturas compartidas, a los valores semejantes. Cada encuentro de los últimos años, sin duda esporádicos desde su residencia en Panamá, era corroborar que esa afinidad se mantenía, que el mutuo interés nos hacía profundizar el uno en el otro, como hermanos de sangre. Me cuesta creer que ya no esté, porque es como si aún oyera su voz, porque es como si aún observara su sonrisa, apenas una pincelada sobre su rostro curioso. ¿Qué música escuchas ahora, querido amigo? ¿Qué armonía te arropa? El dios de los musicas, de nombre Nemquetaba, viene ahora a decirte, no sé en qué paraje, que siempre fuiste un orfebre, un minucioso tejedor. Aquí nos quedamos con tus piezas, melódicas piezas, para decirte que nuestras vidas tuvieron un poco más de sentido mientras contaron con tu compañía.

Me cayó la locha...


Por: Magda Mascioli G.

A veces pasa tiempo antes de que a uno le “caiga la locha”.

Para quienes no conocen el significado de “caerle la locha”, les explico. 

Una de nuestras monedas, en Venezuela, era la locha. Dicha moneda tenía un valor de 12 céntimos y medio de un bolívar. En los años 50-60 existían las rocolas, que funcionaban con una de esas monedas. Las personas introducían en la ranura una locha y elegían la canción que querían escuchar. 

Era usual que la locha se quedara atascada, momento en el que el usuario le daba ligeros golpes a la rocola logrando así que la locha siguiera su camino, hasta que por fin la canción comenzaba a sonar. De allí la expresión “le cayó la locha”.
En el argot nuestro cuando uno dice “por fin me cayó la locha o le cayó la locha” significa no solo que uno se ha dado cuenta de algo, sino que lo ha hecho con retardo.
Bueno, aclarado eso, vayamos al punto. 

Me ha llamado la atención que ya en varias ocasiones vía twitter, se ha sacado en cara la ayuda que se le diera a los empleados petroleros cuando a consecuencia de habernos sumado a la huelga general del 2002, posteriormente,  el régimen de Hugo Chavez nos botara de nuestros trabajos. Y reitero: huelga general y NO paro petrolero porque esa huelga no la convocamos nosotros sino que nos sumamos posteriormente. 

Hay cosas que me llaman a reflexión en situaciones como estas. 

Una: en mi casa me enseñaron que cuando uno brinda ayuda a alguien, sea quien sea, lo debe hacer de corazón, razón por la que jamás y bajo ninguna circunstancia, lo debe sacar en cara posteriormente. La ayuda se agradece, si, pero también podría yo decir en descargo nuestro que nosotros no la pedimos. ¿Estaría pecando de malagradecida al decirlo? No lo creo. Simplemente estaría dando respuesta a quienes hoy lo sacan en cara.

Dos: en mi casa también me enseñaron que cuando uno brinda ayuda a alguien, sea quien sea, no lo debe hacer esperando que eso le sea retribuido por vía directa o indirecta, de ninguna forma. Porque si eso es lo que se espera, entonces eso no es ayuda; es interés, inversión, es cualquier otra cosa… pero NO ayuda. 

Tres: una persona el día viernes me dijo por twitter que las personas que el régimen botó de las estaciones de radio que cerraron NO RECIBIERON AYUDA (dicho así, en mayúsculas). A buen entendedor, pocas palabras. Lo entendí como un recordatorio claro de que a diferencia de ellos, los empleados petroleros sí la recibimos.

En efecto, los expropiados, los botados en las estaciones de radio y empresas que han cerrado, etc., no recibieron igual cobertura de los medios ni la ayuda en general. 
¿Por qué sería? ¿Sería porque fuimos 20.000 personas botadas de un solo golpe y eso impactó más? ¿Sería porque se trataba de la industria petrolera? ¿Por qué?
Reflexionando… ¡me cayó la locha! 

Y no con poca tristeza me pregunto: ¿Cuál es el único razonamiento que me queda que justifique esa realidad? ¿Que se suponía que siendo empleados de PDVSA podríamos hacer el trabajo? ¿Que se esperaba que 20.000 personas hiciéramos, SOLOS, lo que debe hacer la ciudadanía UNIDA? ¿Que muchos, quieran aceptarlo o no, no nos tenían absolutamente ningún tipo de aprecio HASTA que creyeron que nosotros les resolveríamos el problema? ¿Que se pensó que era más fácil dar unos potes de leche, ropa, comida, para que el grupito hiciera el trabajo duro para “yo no arriesgar”? 

Y me pregunto ¿Fue esa la razón por la que no se le dio a los botados de otras instancias, la misma “importancia” y  “trascendencia” que se nos diera a nosotros? Quién sabe.
Muchos, por no decir muchísimos, pensaron que mientras se quedaran callados, nada les iba a pasar. Que ellos protesten y yo los aúpo desde mi oficina. Mientras les pase a ellos, no es mi problema. 

Cuando cerraron RCTV, por ejemplo, muchos se quedaron tranquilos porque eso le pasaba a los de RCTV por X o Y, pero a nosotros no nos va a pasar. Cuando nos botaron a los de PDVSA no fueron pocos los que pensaron que como podían poner gasolina, entonces esos 20.000 no eran necesarios. Y así podría pasar todo el día. Pero no es la idea.

Lo que sí tengo muy claro es que no es a base de HEROESVALIENTES como vamos a salir de este problema gravísimo que tenemos. No es dando “ayudas” con miras a que quienes la reciben “RESUELVAN”, mientras yo sigo callada en mi puesto porque no puedo arriesgar, ni firmar, ni levantar mi voz. No es delegando la responsabilidad individual en otro para quedarse a buen resguardo... resguardo que, a la final, tal como lo hemos podido comprobar fehacientemente, ¡NO EXISTE!

No ayude si lo hace esperando que otros hagan la parte del trabajo que le corresponde porque, a la postre, quien no asume su responsabilidad, siempre termina cayendo en su propia trampa.

Lo bueno de todo esto es que por fin ¡me cayó la locha! 

Que bueno y que lástima... todo al mismo tiempo.

Como ellos... ¡Ninguno!

A seis años de su salida del aire
(pero no de los corazones
de los venezolanos)...
¡y a pocos de su regreso!

Himno RCTV - venezuela - goear.com