lunes, 11 de marzo de 2013

¿Qué siente una mamá?


Por: Magda Mascioli G.

¿Qué siente una mamá cuando se ve ante el féretro de un hijo? No lo puedo saber. Lo puedo inferir, pero no saberlo a ciencia cierta. Tampoco puedo saber si una mamá quiere menos o más a su hijo en función de lo que haya hecho o haya dejado de hacer en su vida. Y cuando hablo de ellas, las mamás, es en general, independientemente de su edad, su educación, su instrucción, su nivel socioeconómico, el color de su piel, su nacionalidad, sus creencias.  

Una de las cosas que me preocupa de nosotros, comenzando por mí, es que en determinadas circunstancias nos negamos a separar una cosa de otra o, peor aún, mezclamos o supeditamos una cosa a otra, adosamos una cosa a otra, en especial cuando tenemos el ánimo exacerbado o cuando nos empeñamos en no ver más allá de lo que queremos ver.

Como siempre digo, puedo hablar por mí, y tal cual lo voy a hacer en la seguridad de que no es lo que muchos querrán leer, como es costumbre, pero eso no importa porque mi conciencia se antepone a la aprobación ajena.
  
Al margen de todo (y no por eso estoy restando a cada cosa, a cada situación, a cada desgracia su real y verdadera importancia y trascendencia) me voy a ubicar en hechos específicos.

Una mamá llora a su hijo y unos hijos lloran a su padre. ¿A cuántas madres no hemos visto llorar a sus hijos? En la morgue, en las guerras, a las puertas de las penitenciarias, en los hospitales, en las clínicas, en los accidentes, en la calle. Honestamente y con el corazón en la mano ¿Hay diferencia entre los llantos de las mamás que lloran a sus hijos? 

Uno de los argumentos que muchos esgrimen es que muchas madres han llorado a sus hijos e hijos han llorado a sus padres, porque ese hijo que hoy es llorado no hizo lo que debió haber hecho. Digamos que no falta razón, pero pregunto: ¿Eso hace menos dolorosas, menos válidas o menos merecedoras de respeto las lágrimas de esa madre que hoy llora a su hijo y a quien muy probablemente le vienen a su mente todas las demás que han llorado antes que ella y solo Dios sabe cuántas cosas más? 

Hace 5 días escribí aquí mismo sobre el sentido de pertinencia y sobre las formas y maneras de decir las cosas. Un sentido y unas formas que definitivamente no son conocidos por quienes se han erigido a sí mismos como líderes de la oposición. Y léase bien, digo LIDERES DE LA OPOSICION, y no LIDERES DE LOS CIUDADANOS DE OPOSICION… hay grandes y quizás infranqueables diferencias entre una cosa y otra, a menos que haya una rectificación de por medio por parte de unos y una real y consciente observación, y análisis, de parte de los otros.  

Nada de lo que se dijo anoche se debíó decir porque como primera cosa, no había necesidad habida cuenta que los venezolanos no somos estúpidos; y por otra, no era ni el momento ni la forma. 

Si tanto se sabía al respecto como para hacer acusaciones taxativas y directas de ese calibre y se tenían las pruebas al respecto, debieron decirse en su momento, no anoche, no a posteriori, no de esa forma acusatoria donde no se excluyó ni siquiera el entorno familiar directo. Porque al no excluirlos explícitamente, se les incluyó tácitamente. 

Fue un discurso basado en lo que se supuso los ciudadanos de oposición queríamos escuchar con el objetivo de capitalizarlo luego, como muchas veces lo hemos visto hacer de lado y lado, y lograr o recuperar así un liderazgo que a todas luces es absolutamente inexistente. Lo mismo a uno que a otro. 

Ni los venezolanos que lloran a su líder (que lo era) y acompañaron y acompañan su memoria, ni los venezolanos que lo adversamos pero que sabemos, en gran mayoría, respetar la muerte, necesitábamos de ninguna de esas explicaciones absolutamente extemporáneas e irrespetuosas. 

Y sí. Yo sí las califico de irrespetuosas. Porque faltar el respeto no es solamente insultar sino también cuando se hacen a un lado las delicadezas, las sutilezas que se deben tener ante situaciones específicas, en especial cuando se está ante el dolor de una mamá, sea quien sea; y en especial cuando ya, en forma reiterada, se está haciendo referencia a una abuela cuya memoria también merece respeto.   

Sin embargo debo decir que anoche estuve de acuerdo con dos afirmaciones: 

Una: que se tiene miedo de perder la confianza de la gente.
Al respecto aclaro: no se puede perder lo que a ciencia cierta no se ha tenido. Porque lo que se dio, en una mayoría considerable, fue un beneficio de duda, no la confianza...

La otra: que fue un discurso miserable.
Sí lo fue… de ambos lados. 

Porque tan miserable es utilizar la memoria y el cuerpo de una persona fallecida (negándole inclusive cristiana sepultura en el llano como muchas veces lo expresó como última voluntad) para soportar en él un liderazgo que no se ha ganado y que por ende no se tiene ni se puede endosar… como miserable es hacer acusaciones a destiempo, sin pruebas y obviando el dolor que hay que RESPETAR, con miras a recuperar un supuesto liderazgo que no se tiene.

El silencio sepulcral que se escuchó durante la primera exposición y posterior a ella, se podía cortar con una tijera. Ni un aplauso en ninguna casa, en ningún apartamento. Ni un grito de acuerdo. Ni un susurro. Lo único que se escuchó fue el silencio denso y profundo como único comentario. 

El silencio sepulcral que se escuchó durante la segunda exposición y posterior a ella, se podía cortar con una tijera. Ni un aplauso en ninguna casa, en ningún apartamento. Ni un grito de acuerdo. Ni un susurro. Lo único que se escuchó fue el silencio denso y profundo como único comentario. 

ESA es la calle. 
 
Una calle que llora a su líder pero que sabe muy bien que algo no está claro…

Una calle que quizás no lo llora, pero que sabe respetar a pesar de todo…

Parecen dos calles… pero es una sola…

Interesa a ambos extremos que sean dos calles, pero NO SEÑORES… ¡ES UNA SOLA!

Porque silencio hubo durante y después de la primera exposición y silencio hubo durante y después de la segunda exposición.

Ambas calles, que son consideradas por los extremistas de ambos lados, como de su propiedad, se unieron sin convocatorias, sin panfletos, sin franelas, en un profundo, denso y determinante silencio.

Calle que no necesita de explicaciones porque ha aprendido a observar y a analizar…

Calle que no espera que se le presenten explicaciones y aclaratorias porque la tragedia la vive en carne propia, independientemente de su afiliación política

Calle que definitivamente, ha aprendido a mirar y no solo a ver.

¿No lo quieren entender ninguno de los dos extremos y nos condenarán a una camorra rastrera de dos gallitos mediocres a ver cuál de los dos es más guapetón, retrechero, burlón, maratonista y pendenciero?

¿Eso es lo que van a hacer?
¡OK!