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miércoles, 2 de enero de 2013

A la opinión pública nacional e internacional
















Por: Esteban Gerbasi - gerbasifernando@gmail.com

En Venezuela estamos viviendo, desde hace ya más de veinte días, una situación político-institucional totalmente anómala. El presidente Hugo Chávez fue operado el pasado 11 de diciembre, en La Habana, por cuarta vez, y los venezolanos seguimos privados de información oportuna y precisa de carácter médico sobre la naturaleza de tal operación, su evolución clínica, complicaciones surgidas y pronósticos. Tan sólo sabemos que el presidente de la República sufre de cáncer. 
Es normal en cualquier país que cuando un Jefe de Estado o de Gobierno enferma, una junta médica suministre tantos partes médicos como sea necesario, para informar debidamente a la ciudadanía así como a los otros actores internacionales que se interrelacionan con ese país. En el nuestro, lamentablemente, no ha ocurrido así.
En vista de que nos acercamos inexorablemente al 10 de enero, fecha en la que de conformidad con el artículo 231 de nuestra Constitución, el presidente electo en los comicios presidenciales del pasado 07 de octubre de 2.012 debe tomar posesión de su cargo, se hace apremiante disponer de una información médica, profesional, autorizada, confiable e independiente, mediante un informe cuidadoso, detallado y certificado del estado de salud del Presidente, elaborado por una junta médica constituida por médicos venezolanos, tal como fuera solicitado por un grupo de eminentes y reconocidos médicos venezolanos.

A nuestro juicio, la ocultación de la verdad es fuente de sospechas, rumores infundados y desconcierto, ocasiona daños más graves que los que se pretende evitar y constituye una violación intolerable al derecho de los venezolanos a estar debidamente informados. 

En las actuales circunstancias de incertidumbre es imperativo actuar apegados a lo establecido en la Constitución, y así preservar la gobernabilidad del país. 

Estamos seguros que la comunidad internacional, en particular los países de nuestra propia región, no avalarían nunca una violación a nuestra Constitución y la rechazarían de manera enfática, activando inmediatamente los mecanismos en defensa de la democracia, previstos en la OEA, MERCOSUR, UNASUR y CELAC. Caracas, 01 de enero de 2013.

Firmantes:
Abraham Clavero
Adolfo Raúl Taylhardat
Adolfo Salgueiro
Alfredo Zuloaga
Beatriz de Majo
Beatriz Gerbasi
Carlos Romero
Edmundo González U.
Emilio Figueredo Planchart
Emilio Nouel
Erik Becker
Félix Arellano
Fernando Gerbasi
Fernando Ochoa Antich
Francisco Marcano
Gloria Rivero
Guillermina Da Silva
Hernán Castillo
José Gregorio Correa
Juan Francisco Contreras
Lilia Irady
Lisán Strédel
María Teresa Belandría
María Teresa Romero
Maribel Calvani
Mariela Mancini
Maruja Tarre
Mary Ponte
Moisés Hernández
Norman Monagas
Oscar Hernández
Rodrigo Arcaya
Sadio Garavini
Tony De Viveiro

La locura por el poder


Por: Francisco Suniaga - tomado de  

A pesar de haber sido varias veces a lo largo de su historia víctima de la locura por el poder que ha atacado a algunos de sus gobernantes y líderes, Venezuela no ha podido protegerse suficientemente de ella. Sin ir muy atrás en el tiempo, sólo considerando los últimos veinte años del siglo pasado y los transcurridos de este, esa enfermedad política ha causado grandes estragos institucionales y materiales. De hecho, padecemos en estos mismos momentos la incertidumbre causada por el último afectado: Hugo Chávez Frías.

Las primeras muestras de esa patología por el poder en el lapso aludido son los empeños de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera en 1988 y 1993 en volver a la presidencia. Desatendiendo el ejemplo de Betancourt, ambos líderes insistieron en buscar de nuevo el poder y con esa decisión abrieron el camino para lo que ha sido un largo período de inestabilidad política y económica.

En 1988, CAP hizo una campaña electoral de expectativas fundadas en su gobierno anterior (1974-1979). Sólo que eran otros tiempos, otros hombres y otro país. No en balde se produjeron dos intentonas militares, un alzamiento popular y una crujida institucional que condujo a su destitución y al interinato presidencial del doctor Ramón J. Velásquez. Adicionalmente, por si eso fuese poco, Acción Democrática, el partido que había ayudado a construir, quedó dividida y debilitada (condición que mantiene hasta hoy).


En el caso de Caldera, la cosa fue quizás peor. Su obsesión por volver a la presidencia lo llevó a intentar el regreso dos veces: en 1983 y en 1993. En ese empeño se llevó por delante a una brillante generación de líderes democrata cristianos y a su propio partido (Copei fue la única agrupación política importante de la democracia que no necesitó que Chávez lo volviera polvo cósmico, su propio fundador y líder se encargó de hacerlo).


Desde la óptica del ciudadano común, ni Pérez ni Caldera necesitaban de un nuevo período presidencial para tener el reconocimiento de los venezolanos y un lugar cimero en la historia. Ambos gozaban de un enorme reconocimiento internacional. Eran ejemplo de América Latina para el mundo en un lapso en el que el continente estaba plagado de dictaduras. Detentaban el honor de ser senadores vitalicios del país, no estaban expuestos a los avatares de la economía, eran recibidos con honores por jefes de Estado y de Gobierno y tenían peso propio en las internacionales socialdemócrata y democratacristiana. El resultado de insistir en la búsqueda del poder afectó incluso la valoración de grandes estadistas que ya se habían ganado. ¿Qué los llevó a tomar esa ruta que los condujo a su disminución? La locura por el poder.


En la actualidad, Venezuela atraviesa una situación aún más difícil por el empeño de su Presidente en mantenerse aferrado al mando. Muy distintas serían las cosas si, en 2011, cuando se detectó su enfermedad, Hugo Chávez hubiese decidido lo que cualquier otro ser que no estuviese afectado por el poder habría hecho: tomarse el tiempo que fuese necesario para someterse a tratamiento, apartarse del estrés de gobernar y delegar sus funciones presidenciales y, por supuesto, no exponerse al descomunal esfuerzo que demanda una campaña electoral.


De haber sido así quizás nada distinto habría ocurrido; su sustituto podría haber obtenido el triunfo y él no estaría en la situación delicada en la que se encuentra. Aun en el caso de haber sido derrotado (asunto para nada inédito, pasa con frecuencia en todas las democracias), es obvio que su situación personal y la del país serían mejores de no haber persistido en su aspiración. De nuevo la locura por el poder.


Desde 1959, el heroísmo del Presidente, o un nivel de esfuerzo anormal de su parte, ha estado presente en el imaginario colectivo. Los presidentes venezolanos, por ejemplo, no toman vacaciones y tal vez sean los únicos que no lo hacen. La idea del sacrificio en el cargo los presiona. No es de extrañar entonces que los presidentes del país no se comporten como administradores sino como progenitores (“taita”) de la patria, dispuestos y llamados a dar la vida por ella.


Desde los primeros días de la nacionalidad, los venezolanos quieren seguir a un héroe, a un hombre que bizarramente se autodestruya en función de sus creencias o aspiraciones y de las expectativas de su gente. No importa si al hacerlo también se llevan por delante la estabilidad política del país. Ese ha sido un sino nacional y, al parecer, nada se puede hacer para convencernos de lo contrario, pero sí que se podrían establecer ciertas previsiones contra esa maligna fascinación. La no reelección absoluta podría ser una ellas.