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jueves, 12 de julio de 2012

Copérnico


Sin levantar polvo


Un día, un comerciante de caballos llevó dos magníficos corceles a un príncipe y los ofreció en venta. Ambos animales eran semejantes: jóvenes, robustos y de buena constitución.

Pero el comerciante pedía por uno de ellos el doble de lo que pedía por el otro. El príncipe llamó a sus cortesanos y les dijo:

-Le regalaré estos magníficos potros al que pueda explicarme por qué uno de ellos vale lo doble que el otro.

Los cortesanos se acercaron a los dos animales y los observaron cuidadosamente, pero no pudieron descubrir ninguna diferencia que justificarse una diferencia de precios tan grande.

-Ya que no comprenden la diferencia entre los dos caballos, será mejor probarlos, así podrán ver con mayor claridad por qué tienen un valor tan distinto.

Hizo que dos jinetes los montaran e hizo que dieran algunas vueltas alrededor del patio del palacio. Ni siquiera después de esta prueba los cortesanos lograban entender la diferencia de precio entre los caballos.

Entonces el príncipe explicó:

-Habrán notado que, al correr, uno de ellos casi no dejaba rastros de polvo, mientras que el otro levantaba una gran polvareda. Por esto el primero vale lo doble que el otro, porque cumple con su deber sin levantar tanto polvo.”
Al parecer, la humildad y sencillez no son virtudes muy valoradas en nuestra época. Cumplir el deber con responsabilidad es muy cotizado hoy en día porque importan los resultados;

también el estar preparado con estudios y experiencia práctica y el saber trabajar en equipo tienden a estimarse como cualidades invaluables; sin embargo la modestia y humildad de quien no presume de sí mismo, ni de sus cualidades, ni de sus logros -sintiéndose superior a los demás y merecedor de los más altos reconocimientos y remuneraciones no está bien visto. Hoy al igual que hace dos mil años: “en nuestra sociedad hace carrera el que más polvo levanta…” (Mateo 26,26).

“Levantar polvo”, presumir de logros o cualidades personales, “hacerse notar”, puede ser una manifestación de falta de afecto o de reconocimiento por parte de la familia, délos amigos o de los jefes en el trabajo que busca compensar el reconocimiento que otros no hacen sobre uno.

Puede ser también una señal de soberbia, de ser reconocido y alabado por los demás a los que se percibe como inferiores. En cualquier caso el hacerse notar, aunque uno sea realmente bueno, desdice de la calidad humana que no busca la recta intención de cumplir el deber como un servicio a los demás, sino ante todo, como una fuente de halagos y deferencias, centrando la acción no en el Tú o Ustedes, sino en el Yo.

Pero ¿por qué el cumplir con el deber sin levantar tanto polvo puede llegar a ser una cualidad tan valiosa?

Quizá porque encarna a la humildad, y sólo la gente humilde es capaz de reconocer sus errores, que es el punto de partida de la superación personal. Sólo el humilde acepta la crítica constructiva de los padres, de los profesores o de los jefes y compañeros de trabajo; sólo los humildes reconocen cuando se equivocan y piden disculpas si ofendieron o afectaron a alguien con su mal proceder, con sus comentarios u omisiones.

La humildad también es una virtud excepcional porque gracias a ella no sentimos que lo sabemos todo y por tanto reconocemos que podemos aprender de los demás, aún de la gente sencilla. Sólo los humildes saben encontrar la riqueza en los demás.

La humildad de quien no levanta polvo además se agradece por que una persona presumida, jactanciosa y soberbia cae mal en todas partes y crea a su alrededor una atmósfera densa, ya que sólo se preocupa por sí mismo y se olvida de los demás, en cambio, el humilde y sencillo es fácil de trato porque es transparente, porque comparte logros y fracasos, por-que se preocupa por los demás tanto como por sí mismo y, además, porque sabe escuchar y aprender de las experiencias de otros.

El humilde cumple su deber sin presunción, está abierto al diálogo y al conocimiento, aprende de sus experiencias, reconoce sus errores y es agradable, por eso vale “oro” comparado con el que simplemente es muy capaz.

Pedro J. Bello Guerra

Venezolanos ¿Se entiende? ¡ok!

Una mañana, cuando nuestro nuevo profesor de"Introducción al Derecho" entró en la clase lo primero que hizo fue preguntarle el nombre a un alumno que estaba sentado en la primera fila: 
- ¿Cómo te llamas?
- Me llamo Juan, señor.
- ¡Vete de mi clase y no quiero que vuelvas nunca más! - gritó el desagradable profesor.
Juan estaba desconcertado. Cuando reaccionó se levantó torpemente, recogió sus cosas y salió de la clase. Todos estábamos asustados e indignados, pero nadie dijo nada.
- Está bien. ¡Ahora sí! ¿Para qué sirven las leyes?.. 
Seguíamos asustados; pero, poco a poco, comenzamos a responder a su pregunta: 
-"Para que haya un orden en nuestra sociedad".
 -"¡No!" - contestaba el profesor. 
-"Para cumplirlas". 
-"¡No!" 
-"Para que la gente mala pague por sus actos".
-"¡No! 
- ¿Pero es que nadie sabrá responder esta pregunta?.. 
-"Para que haya justicia" - dijo tímidamente una chica. 
-"¡Por fin! Eso es... para que haya justicia. 
- Y ahora ¿Para qué sirve la justicia?".
Todos empezábamos a estar molestos por esa actitud tan grosera. Sin embargo, seguíamos respondiendo: 
- "Para salvaguardar los derechos humanos".
- "Bien, ¿Qué más?" - decía el profesor. 
- "Para discriminar lo que está bien de lo que está mal". 
- Continúen... 
- "Para premiar a quien hace el bien".
- Ok, no está mal; pero... respondan a esta pregunta: ¿Actué correctamente al expulsar de la clase a Juan?
Todos nos quedamos callados, nadie respondía. 
- Quiero una respuesta decidida y unánime.
- ¡No! - dijimos todos a la vez.
- ¿Podría decirse que cometí una injusticia?
- ¡Sí!
- ¿Entonces?
¿Por qué nadie hizo nada al respecto? 
¿Para qué queremos leyes y reglas si no disponemos de la valentía para llevarlas a la práctica? 
Cada uno de ustedes tiene la obligación de actuar cuando presencia una injusticia.
¡Todos! 

¡No vuelvan a quedarse callados nunca más! 
Vete a buscar a Juan -dijo- mirándome fijamente.

Aquel día recibí la lección más práctica de mi clase de Derecho.

Y Venezuela es prueba de eso...

“Cuando las palabras pierden su significado, la gente pierde su libertad” Confucio

Freud


La gran cuestión... que no he sido capaz de responder, a pesar de mis treinta años de estudio del alma femenina, es ¿Qué quieren las mujeres? FREUD, Sigmund

Mafalda

Dicen que el hombre es un animal de costumbres, más bien de costumbre, el hombre es un animal - Mafalda. QUINO, Joaquín Salvador Lavado