lunes, 25 de junio de 2012

Oda a las papas fritas















Chisporrotea
en el aceite
hirviendo
la alegría
del mundo:
las papas
fritas
entran
en la sartén
como nevadas
plumas
de cisne matutino
y salen
semidoradas por el crepitante
ámbar de las olivas.


El ajo

les añade
su terrenal fragancia,
la pimienta,
polen que atravesó los arrecifes,
y
vestidas
de nuevo
con traje de marfil, llenan el plato
con la repetición de su abundancia
y su sabrosa sencillez de tierra.


Pablo Neruda

Oda a la crítica









Yo escribí cinco versos: uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso era
corto como un relámpago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura.


Y bien, los hombres, las mujeres,

vinieron y tomaron
la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera
y con tan poca cosa
construyeron
paredes, pisos, sueños,
En una línea de mi poesía
secaron ropa al viento.
Comieron mis palabras,
las guardaron
junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado.
Entonces, llegó un crítico mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros, otros llegaron
ciegos o llenos de ojos,
elegantes algunos
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente
vestidos de cadáveres,
algunos partidarios
del rey y su elevada monarquía,
otros se habían
enredado en la frente
de Marx y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
y entre todos se lanzaron
con dientes y cuchillos,
con diccionarios y
otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron
a distupar mi pobre poesía
a las sencillas gentes
que la amaban:
y la hicieron embudos,
la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron con suave
benignidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole
sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron
un pequeño paquete
que destinaron cuidadosamente
a sus desvanes, a sus cementerios,
luego se retiraron uno a uno
enfurecidos hasta la locura.
Porque no fui bastante
popular para ellos
o impregnados de
dulce menosprecio
por mi ordinaria falta de tinieblas,
se retiraron todos y entonces,
otra vez, junto a mi poesía
volvieron a vivir
mujeres y hombres,
de hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz
y en el amor unieron relámpago y anillo.
Y ahora, perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.

Habla Elías Manuitt Camero



Comentario al libro del Profesor Agustín Blanco Muñoz

Para un civil que nunca ha disparado un arma, como yo,  el tema de este libro y de este conversatorio no puede tener un enfoque objetivo.  Las razones de lo que se ha denominado lucha armada, si las hay o las hubo, son tema sobre el que nada puedo aportar, como no sea desde una óptica total y completamente subjetiva. Pero Elías Manuitt Camero, a quien hoy se rinde homenaje a través del excelente libro del Profesor Blanco Muñoz, no era sólo un hombre de esa lucha armada, era también un poeta. Esto me permite hacer un breve comentario sin sentirme demasiado extranjero, demasiado intruso en esta mesa donde todos tienen algo que decir con más pertinencia que yo.

¿Qué ha sido y qué es en este país la política revolucionaria? ¿Tenemos hoy lo que nos corresponde como herencia revolucionaria? El libro de Agustín plantea  y sugiere una larga serie de preguntas, muchas de ellas sin respuesta. ¿Cómo hacer, pregunta también, para quitarnos esa parte de la memoria  y dejar de un lado ese tiempo que sólo nos dejó errores, fracasos, frustraciones?

Estamos en una situación, pareciera decirnos, que tal vez no justifica pero sí explica el suicido del poeta guerrillero, del guerrillero poeta.  Porque si uno se pregunta y se pregunta y no obtiene respuesta se encuentra de pronto, irremediablemente, en una calle ciega -real y textualmente ciega-  donde los ojos quedan al fin abiertos para siempre, como dos golondrinas.

Agustín parte de esa imagen de Miguel Hernández,  poeta de la guerra o poeta en guerra y establece que cada uno de los muertos por la libertad queda con los ojos en la vida.

Pero de las preguntas sin respuesta, de los callejones sin salida que llevaron a Manuitt Camero al abismo, surgen hoy otras preguntas que son las que le hacemos a la época que permitió que esto ocurriera.

Dice Mery Sananes en el prólogo a los “ sueños de amor y libertad” de Manuitt:
“ Tu disparo, Elías,  es un nuevo expediente a esta sociedad, a esta historia dolorosa, a este proceso donde todos, como decía Pío hace más de cincuenta años , nos hemos convertido en culpables y cómplices de las armas asesinas. Tu vida y tu muerte son radiografía e historial de un tiempo y una sociedad que hay que cambiar ”.

Y esta es la pregunta que viene de adentro y que busca llegar más adentro aún en la respuesta, como para ir más allá sin tener que hacerlo con el gesto definitivo que el poeta puso en  práctica como último poema sin palabras: ¿Qué clase de sociedad es la que acorrala a tal punto la sensibilidad humana que fuerza al individuo a tomar las armas, contra otros o contra él mismo?

¿Es una sociedad criminal? ¿Es una sociedad enferma? ¿O es, como declara en el título el libro de Agustín y Elías, un país podrido?

Lo que permite, y exige, proponer esta otra cuestión: ¿Qué clases de personas forman, formamos un país así?

Estas no son preguntas fáciles, de esas que podemos responder sin pensar. No pretendo hacerlo yo en esta breve intervención. 

Manuitt se jugó su respuesta, que no es la mía,  cuando escribió:

Cada vez que salgo al viento
Me pongo a considerá
Qué será de Venezuela
Su futuro cuál será
Y la única respuesta
Que yo he podido encontrá
Es que pa’arreglá esta vaina
La solución es PELIÁ

Pero esta respuesta remite a otras preguntas, tal vez anteriores. Pelear… ¿Contra quién?  ¿Contra el tirano o contra la tiranía, contra el sistema o contra los que lo imponen… o contra los que lo toleran…contra los otros o contra nosotros mismos?

Preguntas difíciles que tal vez nadie a solas pueda responder, puesto que no es un problema de la soledad sino de lo colectivo. Yo no tengo las respuestas. Solo quiero comentar, siempre desde la subjetividad, siempre más cerca del poeta que del hombre de armas, que huir de las preguntas, por difíciles de responder que sean o parezcan,  es huir de nuestra condición humana. Yo no soy historiador pero sé que desde hace mucho tiempo en Venezuela se dispara primero y se pregunta después. En el sentido más literal  y sangriento, ese que produce un muerto cada media hora, y también en muchos otros sentidos igualmente sangrientos a la larga, igualmente inhumanos, por banales que parezcan.

Aquí se  habla antes de pensar, se gasta el dinero antes de sudárselo, se hacen hijos antes de amar, se publican leyes antes de discutirlas y se ganan elecciones antes de contar los votos. Huimos hacia adelante a toda la velocidad que la gasolina barata nos permite  para no detenernos ni un instante a preguntarnos quiénes somos, para qué somos, cómo somos…morimos, muchas veces, antes de preguntarnos si estamos vivos.

Huimos de nuestra propia humanidad, como si ser humanos fuera un peso demasiado grande, tal vez porque para serlo en plenitud tenemos que preguntarnos por nuestra condición más radical y más básica, nuestra condición de mortales.

Parece, en efecto, que nos regodeáramos en la paradoja funesta de irnos matando por el camino para escaparle a la muerte, al punto de que los caciques míticos de la tribu se declaran obscenamente inmortales, brutalmente vencedores de la debilidad, la enfermedad y el miedo, condiciones humanas por excelencia,  que están proscritas del lenguaje oficial como si se tratara de cosas pecaminosas y perversas.

De ello, como de todo lo demás, debemos  responder también como ciudadanos, acostumbrados a colocar en los líderes que nosotros mismos entronizamos la suma del cielo y del infierno mientras escondemos como avestruces la cabeza dejando expuesta nuestra  parte más vulnerable. ¿Idiotas? ¿Cómplices? ¿Inconscientes?

El puer ataernus, el eterno adolescente, es nuestro ícono, nuestro arquetipo y nuestro prototipo de ser humano. No tratamos a nadie de usted, no decimos señor o profesor o maestro , decimos chamo,  pana, amorcito… mostrando , aceptando o refrendando la superioridad de todo lo que es juvenil o nuevo o reciente o flamante y suplantando así lo esencial por lo aparente, porque la juventud no es una condición sino una circunstancia pasajera que sólo puede hacerse definitiva dándole muerte al que la ostenta.

Y así están muchos, paralizados en unos años sesenta en los que ya estaban atrasados  y convertidos en momias del funcionariado que se dice revolucionario. Con esta trampa, con esta cirugía estética de la teoría social, la sociedad entera pierde la memoria, la serenidad, la sabiduría, la prudencia y el sentido de lo trascendente, que son todos atributos de lo añejo, lo curado, lo decantado. Atributos de la Historia, en fin.

Como púberes congelados, estamos detenidos, retenidos, suspendidos siempre a un minuto de cumplir la mayoría de edad por miedo-terror de convertirnos en responsables de nuestros actos.  E incapaces, por tanto,  de salir de una vez por todas de esta prehistoria contemporánea.

Estamos, como Sísifo, intentando burlar a la muerte con argucias para terminar condenados a golpearnos eternamente con la piedra que debemos cargar una y otra vez hasta la cima de la montaña  que se viene abajo siempre con el nuevo deslave de cada temporada de lluvias.

Venezuela es un país podrido a costa de no haber querido madurar nunca. Como en el  retrato de Dorian Gray, el pacto con el diablo, firmado con la sangre negra, bituminosa del inframundo, nos permite vernos siempre apuestos, jóvenes y modernos, mientras que la realidad, oculta en el desván, desborda por las cloacas, los subsuelos y las morgues.

Y si el ex país nunca despierta, un epitafio rezará:

Aquí yace la Pequeña Venecia
Muerta por negarse a crecer
Abrió  los ojos, la muy necia
Cuando era ya muy tarde para ver.

Pablo Brito Altamira



Información sobre el libro
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