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jueves, 10 de mayo de 2012

Felicidades, mami, por haberme condenado a un eterno infantilismo



Por: @doncadaver -
Nuestro mundo nos tiene ya acostumbrados a la celebración «del día de...» Ponga Usted cualquier cosa después del «de», que cualquier cosa vale en este mundo que pasa de fiesta en fiesta, cuando en realidad debería pasar de duelo en duelo.

El próximo domingo -hoy apenas es jueves- es el «día de las madres» y he querido adelantarme a esa "celebración" proponiendo algunas reflexiones sobre la "maternidad", aunque, más que sobre la maternidad, es sobre un modo de vivir la maternidad.

Tengo conciencia de que mis reflexiones muy posiblemente provocarán las urticarias de las personas de bien, acostumbradas como están a leer grandes panegíricos entorno a la maternidad. Pero quiero dejar constancia: me distancio radicalmente de Don Fernando Vallejo en su especial consideración sobre la maternidad. Para mí las mujeres, lejos de ser «vacas paridoras», son personas que hicieron de la maternidad una opción que les permitió un modo de ser y de vivir. A lo que quiero hacer referencia aquí, como dije, es sobre al modo particular de algunas madres de vivir el hecho de la maternidad.

Se trata de algunas madres venezolanas y de sus modos de ser con sus hijos varones, aunque este fenómeno, empero, puede que se dé de la misma manera en otras latitudes que desconozco. La observación atenta y detenida sobre el modo y cómo algunas mujeres ejercen su maternidad respecto de sus hijos varones, deja mucho que desear, por decir lo menos. Ese particular modo de ser madre se convierte en la ocasión propicia para que el varón venezolano, lejos de convertirse en un hombre en sentido estricto de la palabra, se vea brutalmente condenado a la posibilidad de ser «macho», pero muy lejos del ideal de la verdadera hombría.

¿Y qué es ser macho? Macho, en principio, es un sujeto con características masculinas que se distingue por el ejercicio de la fuerza y por la atracción que ejercen sobre él las hembras. Como puede notarse, esta definición de «macho», que no es ni mucho menos la acreditada por la Real Academia Española, se puede aplicar a un hombre y a un burro.

¿Y qué es ser hombre? Hombre, en principio, es el varón que, en un momento determinado de su decurso biográfico, asume responsablemente su autonomía e independencia respecto de todos aquellos condicionamientos que le impiden la toma de decisiones propias a través de un concienzudo ejercicio del discernimiento y de la puesta en marcha de su voluntad. El macho simplemente queda reducido en los niveles de lo fisiológico y de lo biológico, mientras que el hombre asume su virilidad desde un particular talante y modo de ser.

Pues bien, una cantidad nada despreciable de madres venezolanas fomentan en sus hijos la encarnación más prístina del ser macho, pero difícilmente -por no decir imposible- hacen posible en ellos asumir la virilidad como un talante que defina su modo de ser y de vivir.

Que esto sea así, puede que tenga un origen de tipo histórico-cultural y de origen psicológico. Creo que hoy estamos en condiciones de asumir cómo culturalmente los indígenas existentes en estas latitudes de América no se caracterizaban precisamente por la dedicación al trabajo y la puesta en marcha del ingenio. Mientras que en México y en Perú, por ejemplo, para el momento en que se inicia el período hispánico nos encontramos con grandes civilizaciones, por estos pagos hasta desconocían la rueda. Más bien dado a las labores de la recolección primero y de la pesca después, los indígenas aquí solían dejar estas labores a las mujeres, mientras que ellos se dedicaban a las liviandades propias de una vida muelle y regalada.

La situación no cambió en el período hispánico. Si bien es verdad que durante ese tiempo hubo hombres destacados en muchas materias, fácilmente nos encontramos aquí con matronas con el talante de la que Inés Quintero llamó "la criolla principal", y que no es otra que María Antonia Bolívar, la hermana de Simón José Antonio... Por si fuera poco, las guerras de independencia primero y las federales después, dejaron este país sin hombres. Todos o casi todos, en efecto, tenían que ir a la guerra, y Venezuela se convirtió en un territorio sin esposos, sin padres, sin referente masculino. El daño ocasionado fue tal, que doscientos años después de aquello, todavía no nos recuperamos, y vamos de caudillo en caudillo, intentando buscar a ese padre perdido que nunca tuvimos.

Tanto es el daño que hemos llegado a la bochornosa situación de llamar "Padre de la patria" a Simón Bolívar, un mantuanito díscolo con delirios de grandeza, que gustaba pasearse con capa e insignias por la Calle de Alcalá de Madrid. Por cierto y permítaseme el paréntesis, hoy tuve noticias de la aparición de una nueva biografía de Bolívar, escrita por el colombiano Evelio Rosero, Premio Nacional de Literatura 2006. La biografía se titula «La carroza de Bolívar» y, echando mano del género biografía novelada, narra la odisea del Doctor Justo Pastor Proceso, quien vive en Pasto y escribe una biografía sobre Bolívar que, de momento, no se atreve dar a conocer, pero cuya vida se va develando en una carroza, durante unas fiestas de carnaval, y donde se va poniendo en evidencia la especial tendencia a la cobardía del mantuanito caraqueño, al que llaman "El Napoleón de las retiradas", habida cuenta su especial habilidad en presentar la retirada de aquellas batallas más recias.

Me supongo que aquellos que se han dedicado a tributar un culto groseramente idolátrico a Bolívar se verán más que ofendidos en la fineza de su «sensibilidad bolivariana», pero el que soy yo alabo este tipo de iniciativas, porque va sonando la hora en el que al menos seamos capaces de dejar a las generaciones futuras la herencia de una desmitologización de figuras históricas que no fueron ni la cuarta parte de lo que nos dijeron fue fueron. Lo siento mucho por Bolívar y mucho más por los "bolivarianos", quienes parecen que son los que más echan en falta una figura masculina y paterna.

Pero sigamos con las madres. En el momento mismo en que algunas mujeres paren un muchacho varón, comienzan a ejercer una influencia mucho más directa sobre él que la que pueden ejercer sobre una hembra. Para nadie es un secreto que el machismo es el resultado de la paradoja de un varón que es convertido por su misma madre, mujer, en un macho vernáculo, a veces maltratador y misógino, y que a su vez hace víctimas de su actitud a otras mujeres. Estas mujeres, por su parte, víctimas del macho vernáculo maltratador y misógino, paren otros varones a los que ellas convierten en machitos... Y así sucesivamente.

Esta influencia de algunas madres suele ser de tipo emocional, sobretodo a través del desgastado recurso del chantaje emocional. Normalmente este tipo de madres son capaces de "hacer ver" a sus hijos varones todos los sufrimientos, los desvelos, los sacrificios que ellas tuvieron que hacer para llevarlos a ser lo que son y a estar donde están. Esto hace que el varón se sienta en eterna deuda con su madre, más allá de los normales y naturales deberes filiales de los hijos para con los padres. A este tipo de madres no les queda más remedio, por otra parte, que aceptar, muchas veces a regañadientes, que sus hijos se casen y se vayan de sus casas. Pero ya el daño está hecho, porque este tipo de machos nunca es capaz de reconocer que, una vez que se casa, su mujer está primero que su madre. Y así, hay mujeres que parecieran estar eternamente condenadas a cargar con el irremediable fardo de tener un marido que es macho, pero que no alcanzó el estatuto psicológico y espiritual de la hombría.

Estas pobres mujeres -porque se trata de pobres mujeres- tienen que cargar con la enorme cruz que significa establecer competencias con la suegra, competencias de las que no salen bien libradas en la mayoría de los casos. Estas son las mujeres para las que, en consideración de sus maridos, nunca sabrán cocinar, lavar, planchar, arreglar la casa, cuidar a los hijos... porque no cumplen con los mismos estándares de sus suegras. Lamentablemente y para vergüenza del sentido común, son muchas las mujeres que viven día a día esta terrorífica experiencia con sus esposos.

El asunto es mucho más patético y vergonzoso cuando caemos en la cuenta de que no pocos "hombres" buscan en sus mujeres una prolongación de su propia madre. Resulta escandaloso, por decir lo menos, cuando uno tiene que escuchar cosas como "es que para mí, mi esposa es como mi madre". ¡Por favor! ¡A ese imbécil que lo capen, porque las bolas no le sirven ni de adorno!

No mencionemos, por ejemplo, el caso de muchos "varones" que han dejado pasar a buenas mujeres, con las que fácilmente pudieron llevar una armoniosa vida matrimonial por el hecho de que esa mujer no llenaba las expectativas de la suegra. Por desgracia, son muchas las mujeres que se tienen que casar con el hombre y con la madre del hombre. Después, son estos mismos "hombres" los que van buscando un "par de tetas" y que hacen de las tetas un fetiche tal, que muchas mujeres sienten la imperiosa necesidad de "hacerse unas tetas" cuando la naturaleza no las ha dotado de ellas o cuando la misma naturaleza se las ha maltratado a través del paso del tiempo. Es tristísimo y dantesco el espectáculo que ofrecen muchas mujeres en su deseo de "hacerse las tetas", en el fondo, para llenar el fetiche producido por el eterno infantilismo de un varón al que condenaron a no ser hombre.¿Qué cosas, no?

Felicidades, mami, por haberme condenado a un eterno infantilismo. Tomado de: http://ideasdelacripta.blogspot.com

Humildad, en una anéctoda

Magda Mascioli G. - Mi mamá decía: sé humilde al hablar, porque muchas veces no tendrás idea de con quién estás hablando... Si sabes más, estarás siendo pedante; si sabes menos, estarás haciendo el ridiculo.
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A fines del siglo XIX en Francia, viajaba en el tren un señor de cierta edad que en su asiento aprovechaba de rezar el Santo Rosario, sosteniéndolo entre las manos. Al lado, un joven leía concentradamente un libro voluminoso, pero sin dejar fijar la vista cada tanto en el Rosario que llevaba este señor. Hasta que tal vez, de no aguantarse más, el joven le dirigió la palabra comenzándole a hablar acerca de las maravillas de los avances científicos de la época, los grandes descubrimientos de la ciencia, que ya permitían explicar la creación y los misterios de la vida sin necesidad de creencias religiosas o míticas; de cómo en lugar de estar perdiendo el tiempo rezando y creyendo en supercherías, podría instruirse por ejemplo, a través de libros cómo los que él iba leyendo, que explicaban todas estas cosas. El señor le hizo ver interés en lo que le decía, pero no quería dejar sin terminar su Rosario. Entonces acordaron que el joven le prestaría uno de sus libros, dejándole su dirección para que se lo devolviera.
Un tiempo después, el joven recibió un paquete, que además del libro que había prestado, traía una nota de agradecimiento que decía:

– Le agradezco mucho el haberme prestado este libro, que me ha servido mucho para aprender, y lo he encontrado muy interesante. Sin embargo, por nada del mundo dejaría de rezar mi Rosario todos los días.
Firmado: Luis Pasteur.
Instituto de Investigaciones Científicas de París.

Tomado de: http://paraserfranco.wordpress.com

Chesterton

"La intolerancia es la resistencia con la que recibe las ideas definidas una masa de gente cuyas ideas resultan indefinidas en extremo. La intolerancia podría considerarse como el horrible pánico de los indiferentes" - G. K. Chesterton, Herejes