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martes, 16 de agosto de 2011

Chopin

Toda dificultad eludida se convertirá más tarde en un fantasma que perturbará nuestro reposo - CHOPIN, Frédéric

Los opo-opo


Por: Asdrúbal Aguiar - correoaustral@gmail.com - Vuelvo a insistir. Soy convencido que hasta la democracia tiene y necesita de límites. La misma manda el diálogo, los consensos, la tolerancia en la convivencia, y eso nadie lo discute. Es lo propio del pluralismo. Mas cosa distinta es pretender que por la vía del entendimiento y, según se dice, para asegurar la paz en Venezuela y su transición, urge que la sociedad democrática transe y le ofrezca acomodos a quienes, durante más de 12 años, desnudan al país de toda referencia ética. Lo transforman en una mentira, oculta tras la propaganda de Estado. Y no aludo a quienes, en el pueblo, apuestan a un sueño que deriva en pesadilla y ante quienes las obligaciones de solidaridad no cesan. Me refiero a quienes son traficantes de ilusiones y manipuladores de las necesidades públicas. La paz, como lo creo, se funda en la verdad y la justicia. Y pienso como Vaclav Havel, quien luego de ser preso de la República Socialista Checoslovaca es el primer presidente de la República Federal Checa, que nuestro desafío es fundar la política sobre la verdad. Urge purgar la mentira maquiavélica, instalada para conveniencia de unos y de otros tanto en el cenáculo de la dictadura como en determinados pasillos de la sociedad democrática. ¿Luego del gran engaño vivido desde 1999, cabe disimularlo? ¿O acaso no es una mentira habernos permitido usar las formas de la democracia para vaciarla de contenido, o haber aceptado el avance hacia los predios de la dictadura marxista por los callejones del capitalismo? Hemos vivido un período doceañista de insultos hacia Washington, alimentándonos con los dólares que éste prodiga para el financiamiento de nuestra juerga, revolucionaria y contrarrevolucionaria. ¿O no es así? Al final de la jornada, pues ella se acerca y ya llega pronto el traumático despertar que sigue a la gran borrachera, resta una sociedad que no es tal y se muestra en sus hilachas, huérfana de todo compromiso con la verdad. Nada nos queda como herencia, salvo la enfermedad del dictador, también llena de engaños. Salvo descubrir que sólo el "iluminado" -así lo llama Fidel Castro en 1998- une a los propios y sus adversarios, pues aquellos y éstos no hemos tenido más verdad que el mismo engaño que encarna en el espíritu de este déspota, rémora de nuestro más lejano amanecer. Algún amigo, grato conversador e inteligente, me pone al tanto de la experiencia chilena y nicaragüense. En la primera la Concertación pacta con Pinochet. Le asegura su inmunidad senatorial para abrirse paso hacia la reinstalación de la democracia. En la segunda, los Ortega ponen contra la pared a la presidenta Chamorro. Le hacen saber que gana la presidencia pero no obtiene el poder. Los jefes del sandinismo conservan, pues, los bienes obtenidos de sus crímenes y grosero peculado. El cuento viene al caso, pues también me pregunto ¿cómo hemos de asegurar los venezolanos la gobernabilidad -que es previa y necesaria para la gobernanza- en el marco de una nación cuyos poderes constituidos no son tales y cuyas formas de organización social -incluidas sus elites- se hacen pedazos, para derivar en pequeños e ineficaces feudos? ¿Pactaremos con los mentirosos y con la mentira? La tarea, pues, es exigente. De allí mi planteamiento, que en modo alguno pretende ser invitación al pesimismo o la auto lapidación. Es, eso sí, una advertencia ante el trajinar de los oportunistas, al servicio del régimen o quienes se mueven en los predios de la oposición: los "opo-opo", capaces de negociar hasta el porvenir democrático si conservan pellejos y canonjías. En buena o en mala hora no somos Chile o Nicaragua. Las Fuerzas Armadas chilenas, de larga tradición y verticalidad, las comanda en su hora un dictador que no orada el peso propio que las caracteriza. Entre los nicas se hace presente una organización guerrillera -no un puñado de oportunistas- que da al traste con el nepotismo de los Somoza, y alcanza el poder por vía de las armas sin refugiarse en la cobardía de nuestra Planicie. El dilema hacia el porvenir es simple. Nos los dibuja Havel mostrándonos el paso desde un ambiente totalitario hacia otro de auténtica libertad. Luego de afirmar que el poder falsea el pasado, el presente y el futuro; disimula el respeto a los derechos humanos y al mismo Derecho; disimula no tener miedo de nada; e incurre en la falsedad porque es prisionero de la mentira y de los mentirosos; ajusta que la opción está en las manos de todos y no de otro mesías. Reside, al fin, en la decisión de todos de vivir conforme a la verdad; lejos, diría yo, de quienes hacen de sus vidas un mero espectáculo o son oficiantes de la transacción, a espaldas de la moral democrática.

Son “nuestros” muertos, no “tus” cadetes


Por: Enrique Pereira - @pereiralibre - Doscientos treinta y tres muertos en el país, el fin de semana pasado, producto de la violencia. Un fin de semana, no dije la semana completa... doscientos treinta y tres, no me equivoqué de número. En Iraq, un atentado que produjo consternación en el mundo, sólo mató a sesenta y nueve -una minucia-comparado con nuestro performance. Los velamos en Venezuela, no en Cuba. Sucedió en la patria suya y mía, a los ojos de un gobierno que no termina de hacer algo concreto para contener el problema. Lo próximo será un cambio de ministro para que vuelva a hacer un plan y nos vuelvan a caer a mentiras con estadísticas de reducción amañadas. Aquí lo único que les preocupa es el enfermo, lo único trascendente en sus declaraciones es su parte médico y lo único que funciona bien, es su quimioterapia. En lugar de hablar de “tus” cadetes, deberías hablar de “tus” muertos, que parecieren no existir. Te los llevarás, dentro del flux de madera, almacenados en tu conciencia. Da dolor observar a una fuerza armada arrodillada a los pies de un presidente que se antoja de su propiedad y sugiere abiertamente una entrega incondicional de los militares para continuar esta fallida revolución. Da lástima y pena ajena escuchar a sus vociferantes asambleístas pasar horas acusando a la oposición sobre su actitud golpista, su entrega a las fuerzas imperialistas y su “chuleo” a los gringos. Les cuesta trabajo entender que la única entrega de soberanía, la hacemos todos los días a los gobiernos “chulos” que rodean nuestras alforjas de dinero. Dinero a manos llenas a los rusos para mejorar nuestro armamento, mientras en las calles –pueblo y ejercito- mueren a manos del hampa en una guerra pasiva, sin declaración alguna, que acaba con los hijos de la patria. Muy linda la propaganda oficial que nos muestra a una familia paseando en un carro iraní por encima del puente del Orinoco, con una computadora Canaima y hablando por un teléfono vergatario. El puente lo construyó una compañía brasilera, la misma que construye el Metro. Los vergatarios son ensamblados en Venezuela con partes cien por ciento chinas (ni siquiera las carcasas plásticas son criollas) los pocos caros iraníes que circulan, vinieron casi fabricados y las computadoras Canaima las envían los portugueses que se armaron de un buen negocio. ¿Que nos quieren vender con esta cuñita cursi? No sólo entregamos nuestra soberanía, también nuestros dólares petroleros. Venezuela se prepara para un cambio y él lo sabe, lo intuye con mucha fuerza. Chávez está perdido y con Chávez se pierde la revolución personalista que tratare de implantar en nuestro país. Maniobra tras maniobra y trapo tras trapo, usa los recursos que ya le conocemos para levantar sus números electorales –lastima incluida- . El guión que trajo de Cuba está clarísimo. Les tomó unos minutos aprendérselo y unas horas propagarlo por todos los medios e instituciones. La Mesa de la Unidad está tramando un golpe, han solicitado la intervención del imperio, reciben dinero de los gringos, preparan una injerencia de la derecha mundial en Venezuela y planifican un golpe de estado de corte similar al del renombrado abril de hace una década. Dedíquese a trabajar y deje de una vez por todas de fantasear y escurrir el bulto. Los muertos de la patria esperan por un gobierno verdadero. Venezuela no se rendirá jamás.

La lectura e internet


Por: Mario Vargas Llosa - Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió la computadora, Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la red, además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra. Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: "Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo". Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir en una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil e Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains, y en español: Superficiales: ¿qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido. Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras. En su libro reconoce el extraordinario aporte que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones. Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una trasformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall McLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. McLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo de Internet. Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa, y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance una computadora, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse. No es verdad que Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, y renuncia poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la "inteligencia artificial" que está a su servicio soborna y sensualiza nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas y, por fin, sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado "la mejor y más grande biblioteca del mundo? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas? No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos". Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para "informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros". Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer La guerra y la paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos? La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades y logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos de Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a las computadoras la solución de todos los problemas cognitivos reduce "la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos". En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro computador, más tontos seremos. Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que para qué engañarnos no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la "inteligencia artificial" es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si la segunda vez lo hacemos mejor.

Prisioneros de conciencia