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miércoles, 10 de agosto de 2011

Sapos a la vista


http://www.youtube.com/watch?v=kIQ3LzonzYk

Confucio

Cuando veas a un hombre bueno, trata de imitarlo; cuando veas a un hombre malo, examínate a ti mismo - CONFUCIO

Parábola del sapo


El personaje llego sin saludar y se acomodo sin pedir permiso a los dueños de la casa, el hecho no me hubiera molestado en lo más mínimo de no ser por dos cosas: La singular criatura de enorme fealdad a los ojos de la mayoría no había sido invitada. Y segundo porque el lugar al que había llegado con semejante frescura era, ni mas ni menos, mi propia residencia: Se instalo en cierto lugar en el que no tardó en amañarse, porque allí encontró lo que necesitaba alojamiento, y comida. Esta ultima, vale decirlo, la ganaba con el sudor de su propia frente o, para ser mas preciso, con el sudor de su propia lengua. Mi inesperado huésped era un individuo del grupo de los batracios definido por el Diccionario de la Real Academia Española como “anfibio, anuro, de cuerpo rechoncho y robusto, ojos saltones, extremidades cortas y piel de aspecto verrugoso”. Era dueño de dos enormes ojos y de cuatros extremidades terminadas en manos multifuncionales y completaba su dotación una boca gigantesca y una lengua larga y pegajosa con la cual casaba toda clase de pequeños insectos. Con el paso de los días ya no me resultó tan extraño y a decir verdad comencé a tenerle algo parecido al afecto y hasta me habría convertido en su amigo, de esos que le preguntan al otro por su trabajo, por las ganancias del día, cosas por el estilo, pero surgió algo inesperado: los de mi familia me pusieron a elegir: el sapo o ellos. Y tuve que escoger y no propiamente me incliné por el intruso. Le comunique mi decisión y aunque el idioma sapuno es de los que nunca aprendí a hablar, debió entenderme porque se abandonó a los brazos del nerviosismo y empezó desesperadamente a cumplir mi perentoria orden de desalojo solo que a bases de una estrategia alocada y a todas luces equivocada y en lugar de salir por la puerta, completamente abierta, pretendía hacerlo saltándose lo que para él debía ser una infinita pared de tres metros, coronada por un techo de concreto cuya perforación hubiera dado un buen trabajo al mismísimo Clark Kent entalegado en el uniforme de Superman. Quise ayudarlo con una escoba. Lo empujé con cuidado pero logró escabullirse de nuevo y continuó con su inútil ejercicio de saltar contra la pared con la intención de destrozarla o de pasar por encima de ella. Un poco confundido por su actitud recordé a Biroco el más alto de mis compañeros de 7º quien resolvía sus diferencias con los sapos y los demás animalitos utilizando métodos criminales que hoy, en los tiempos de la protección al medio ambiente, le habrían valido como mínimo una demanda ante la Corte Penal Internacional. Reprendí el momento en que me vino a la cabeza Biroco y su salvajismo; y regrese a la realidad de mis pobres resultados en el prolongado operativo de desalojo, dejé las cosas como estaban confié en el que el tiempo haría su parte, y dejé al sapo en paz en su refugio. Un buen día desapareció de mi vista y entonces respiré alivio, pues también declino la presión que me hacia la familia, dudo mucho que el sapo hubiera salido por un sitio diferente a la puerta, y no puedo dejar de pensar en todo el tiempo perdido por él y de paso por mi, debido a su terquedad de tratar de salir por el lugar que no era; tampoco fue posible ignorar el número de personas pertenecientes al género humano, intelectual y evolucionado, utilizan la estrategia sapuna de estrellarse contra la pared dura de la terquedad sin concederse la opción de mirar a otro lado y encontrar lugares, villas, y caminos despejados através de los cuales puedan iniciar su tránsito hacia la cumbre del éxito.
Tomado de: www.taringa.net

Parábola del caballo


Un campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado. El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo de allí. El campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente, y evaluó la situación, asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la operación de rescate. Tomó, entonces, la difícil decisión: Determinó que el capataz sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo. Y así se hizo. Los empleados, comandados por el capataz, comenzaron a lanzar tierra adentro del pozo de forma de cubrir al caballo. Pero, a medida que la tierra caía en el animal este la sacudía y se iba acumulando en el fondo, posibilitando al caballo para ir subiendo. Los hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino al contrario, estaba subiendo hasta que finalmente, ¡consiguió salir! Si estas "allá abajo", sintiéndote poco valorado, y los otros lanzan sobre tí la tierra de la incomprensión, la falta de oportunidad y de apoyo, recuerda al caballo de esta historia. No aceptes la tierra que tiraron sobre tí, sacúdela y sube sobre ella. Y cuanta más tiren, más irás subiendo, subiendo y subiendo.
Tomado de: www.taringa.net