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sábado, 18 de diciembre de 2010

Sueños de Navidad


Sueños de Navidad - Por Humberto J. Saras G. - Los seres humanos, en su mayoría, viven cada noche, mientras duermen, extrañas, imaginarias y misteriosas aventuras. En los tiempos precientíficos, los sueños fueron considerados como mensajes sobrenaturales o metafísicos y la lectura de los mismos estuvo a cargo de muy pocas personas. En la actualidad, para numerosos intérpretes, la base de la vida onírica es un estado especial de la actividad psicológica que se considera superior a la normal. Los sueños nacen, como afirman algunos estudiosos de los procesos mentales, de estímulos anímicos y representan manifestaciones de fuerzas psíquicas que durante el día se hallan impedidas de desplegarse libremente. Sin embargo, en Navidad, los sueños constituyen, especialmente para los niños y adolescentes, la mejor manera de asegurarse algo y disfrutarlo a plenitud, aunque en la realidad fáctica esto sea poco probable. Es una forma imaginaria de disponer ellos de un bien, a pesar de vivir convencidos de que materialmente nunca llegue a sus manos o llegue algún día. Ahora bien, así como los niños en época de Navidad sueñan con divertirse con sus juguetes preferidos y los jóvenes con regalos propios de su edad, la población adulta sueña con una sociedad mejor. Nadie niega que el supremo anhelo de todo pueblo civilizado sea la convivencia pacífica y democrática, así como el deseo de vivir en naciones prósperas y seguras, en las cuales se privilegien las libertades ciudadanas, el estado de derecho y la justa distribución de la riqueza. Estamos en un momento crítico y controvertido, en el cual la humanidad debe elegir su futuro. Como se sabe, a medida que el mundo se vuelve cada vez más interdependiente y frágil, el futuro depara, a la vez, grandes riesgos y grandes promesas. Para seguir adelante, debemos reconocer que en medio de la magnífica diversidad de culturas y formas de vida, somos una sola familia humana y una sola comunidad terrestre con un destino común. Debemos unirnos para crear una sociedad global sostenible fundada en el respeto hacia la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz. Sin embargo, para soñar con un mundo menos imperfecto y más vivible, es indispensable comprender que la Navidad es una bendición de Dios, un obsequio de la vida, un regalo del corazón, un tesoro de la espiritualidad y una fuerza del amor. En Navidad debemos soñar con reconciliarnos, perdonar, olvidar, socorrer a los desvalidos y regocijar a los ancianos. La vida es una sola, por consiguiente, hay que soñar con lo que se debe soñar, ir a donde se debe ir, hacer lo que se tiene que hacer, ser lo que se debe ser, porque solamente tenemos una vida y una oportunidad para realizar nuestros ideales, sueños y esperanzas. Congratulaciones, de nuestra parte, a todos los que sueñan en un porvenir mejor en estas festividades espirituales.
Tomado de:
http://www.elinformador.com.ve/noticias/opinion/columnas/suenos-navidad/30837

De la Dictablanda a la Dictadura


Por: Laureano Márquez - A la memoria de Manuel Caballero, que murió con su boina puesta - Esta semana nos abandonó un intelectual de primera línea, Manuel Caballero. Un hombre comprometido hasta los huesos con las luchas de Venezuela y luchador incansable por la democracia y la libertad. En su libro “Gómez, el tirano liberal” nos habla de ese momento, tan particular como frecuente en Venezuela, en que los gobiernos pasan de la “dictablanda” a la “dictadura”. Pasan de la relativa tolerancia de sus disidentes a su abierta persecución y silenciamiento. Para que este paso se dé, es indispensable el silencio cómplice de las instituciones y de los adulantes incondicionales, que siempre han existido y de los cuales suele hacerse tanta mofa después, cuando el miedo pasa o cambia de dueño. Manuel nos deja en un particular momento de esta conocida transición, cuando su aguda pluma y maravilloso humor eran tan indispensables. Este momento particular en el que nos confrontamos con nuestro destino. Los venezolanos estamos asistiendo como espectadores al desmantelamiento de nuestra patria cruzados de brazos, viviendo quizá en esa terrible situación a la que Picón Salas refiere como el “vivamos, callemos y aprovechemos” en el que se consumieron tantas generaciones de venezolanos en la estúpida creencia de que se puede sacar alguna ganancia –material o política- de la quiebra económica, moral e institucional de la nación. ¿Sera que hay algo en nuestra constitución que nos impide apropiarnos de nuestro destino? ¿Será eso de que hablaba Cabrujas de que provenimos de la fusión de tres culturas de paso, ninguna de las cuales se siente a gusto? ¿Será que no nos hemos terminado de formar? ¿Será que en verdad Venezuela todavía no se ha fundado? Nunca, como ahora, tantos venezolanos han huido del país, frente a las adversidades, frente al autoritarismo, para muchos la opción (con comprensible derecho) es el conocido “plan B”. Una de nuestras desgracias es que somos un país de “plan b”, que poca o raras veces ha tenido “plan A”, esto es, un modelo, una noción, un proyecto de país sustentado no en la idea de que somos una mina de extracción, una taquilla de cobros, sino una comunidad con destino, con proyectos colectivos que vayan más allá del exclusivo provecho personal. La gran tragedia venezolana es quizá que quien llega al poder, no dudamos que preñado de buenas intenciones que encantan y seducen, como sedujo Gómez a los venezolanos de entonces, termina reproduciendo el estado de cosas contra el cual insurgió y -las más de las veces- agravándolo. En Venezuela las revoluciones más que acabar con las arbitrariedades, terminan siendo simplemente un cambio de arbitrarios, un “quítate tú pa’ ponerme yo”. Si el conjunto de leyes que se aprueban en este momento hubiesen sido aprobadas por la cuarta, muchas voces que hoy guardan silencio y levantan la mano se habrían escandalizado, como lo hacían entonces. Esto lo que demuestra es que las convicciones eran una excusa para llegar al poder y que una vez en él se pierden. Lo que aturde de este momento es la desnudez de las intenciones y el inédito cinismo.
Señores: la transición ha comenzado.